Hay personajes literarios que nacen para ser héroes, otros para convertirse en leyendas y algunos que parecen destinados a recibir palos hasta debajo de los sobacos durante toda su miserable existencia. Francisco de Quevedo creó a uno de estos últimos: don Pablos de Segovia, un buscavidas, mentiroso y aspirante a caballero que llevaba la picaresca española en la sangre y la vergüenza en paradero desconocido.
Más de cuatro siglos después, el guionista francés Alain Ayroles y el dibujante español Juanjo Guarnido decidieron recuperar a este ilustre sinvergüenza y enviarlo a las Indias, donde las promesas de riqueza, las aventuras y las oportunidades para estafar al prójimo estaban a la orden del día.
El resultado es El Buscón en las Indias, una de las mejores novelas gráficas actuales, que combina aventuras, humor negro, mala leche, crítica social y un apartado artístico extraordinario. Una obra que demuestra que el Siglo de Oro español tenía de oro bastante menos de lo que su nombre sugiere, especialmente si te tocaba nacer pobre.
Y es que estamos ante uno de esos cómics que demuestran que la literatura clásica no tiene por qué ser aburrida, solemne ni estar reservada a profesores de instituto armados con una edición anotada de ochocientas páginas. Aquí tenemos traiciones, codicia, aventuras, personajes despreciables y una considerable cantidad de putadas. Todo ello acompañado de unas ilustraciones tan espectaculares que uno podría pasarse diez minutos contemplando una viñeta mientras se te cae la baba. Una combinación perfecta de arte, literatura y delincuencia de baja intensidad.
Una segunda parte que tardó cuatrocientos años en llegar
En 1626 se publicó Historia de la vida del Buscón, llamado don Pablos, una de las grandes novelas picarescas de la literatura española. En ella, Quevedo narraba las desventuras de un joven de origen humilde que intentaba ascender socialmente mediante engaños, trampas y una considerable ausencia de escrúpulos. Al final de la novela, Pablos decidía marcharse a América con la esperanza de mejorar su suerte. Quevedo dejó abierta la posibilidad de una continuación que nunca llegó a escribir. Hasta que, en 2019, Ayroles y Guarnido recogieron el testigo y decidieron terminar el trabajo. Más vale tarde que nunca.
Lo interesante es que El Buscón en las Indias no se limita a utilizar el nombre de un clásico para vender una aventura cualquiera. Recupera su espíritu satírico, su lenguaje, su crítica de las apariencias y esa visión de una sociedad en la que todos quieren aparentar ser más importantes de lo que realmente son. Algo que, por suerte, hemos superado completamente gracias a Instagram.
La elección de continuar precisamente esta obra tiene mucho sentido. A diferencia de los grandes héroes caballerescos, Pablos no está obligado a comportarse con nobleza, defender inocentes ni rescatar princesas. Su única misión consiste en prosperar, preferiblemente trabajando lo menos posible y aprovechándose de la estupidez ajena. Esa libertad convierte al personaje en un vehículo perfecto para recorrer los distintos estratos de la sociedad del siglo XVII, desde las tabernas más miserables hasta los palacios de los poderosos. Y, de paso, demostrar que entre un ladrón callejero y un señor con título nobiliario a veces la única diferencia es que el segundo puede permitirse mejores trajes.

De la miseria española a las riquezas de El Dorado
La historia nos presenta a un Pablos que ha conocido tanto la pobreza más absoluta como los lujos de las clases privilegiadas. Su vida es una sucesión de identidades, engaños, golpes de fortuna y desgracias que lo llevan desde España hasta los territorios americanos del Imperio español.
Su gran objetivo es encontrar El Dorado, la legendaria tierra de riquezas que obsesionó a tantos conquistadores. Pero, como buen pícaro, Pablos no es precisamente un aventurero heroico. Es un superviviente que cambia de oficio, condición y lealtades con la misma facilidad con la que otros se cambian de calzoncillos. La aventura recorre ciudades coloniales, montañas andinas y selvas amazónicas, entre personajes ambiciosos, poderosos corruptos y miserables dispuestos a cualquier cosa por un puñado de monedas. Todo ello mientras el protagonista cuenta su propia historia, aunque conviene recordar que estamos escuchando la versión de un mentiroso profesional.
Uno de los grandes atractivos del relato es precisamente esa mezcla de aventura clásica y novela picaresca. Encontramos ecos de las grandes expediciones de conquistadores, búsquedas de tesoros y territorios misteriosos, pero contemplados desde una perspectiva mucho menos heroica. Aquí los personajes no atraviesan medio continente para engrandecer la civilización ni para realizar grandes descubrimientos científicos. La mayoría quiere hacerse rica, y si para conseguirlo tiene que engañar, traicionar o mandar al otro barrio a media expedición, pues son pequeños inconvenientes administrativos. El sueño americano, pero con arcabuces, sífilis y una esperanza de vida bastante inestable.
Juanjo Guarnido: el granaino que dibuja como los ángeles
Si hay algo que convierte este cómic en una experiencia extraordinaria es el dibujo de Juanjo Guarnido, artista granadino nacido en 1967 y conocido internacionalmente por Blacksad, una de las grandes referencias del cómic europeo contemporáneo. Su trabajo es una auténtica exhibición de talento. Los personajes poseen una expresividad extraordinaria, los escenarios están repletos de detalles y el color consigue transmitir tanto la suciedad de las calles como la majestuosidad de los paisajes americanos.
Guarnido domina las escenas multitudinarias, las expresiones grotescas y los grandes paisajes. Sus dibujos oscilan entre el realismo y la caricatura, una combinación perfecta para representar un mundo donde la belleza y la miseria conviven constantemente.
Además, la ambientación histórica resulta fascinante. Vestimentas, edificios, barcos y paisajes contribuyen a recrear un siglo XVII que parece cobrar vida ante nuestros ojos. Hay viñetas que merecerían estar colgadas en un museo. Aunque, tratándose de un dibujante de Granada, tampoco vamos a sorprendernos demasiado.
Especialmente impresionante resulta el tratamiento del color y de la iluminación. Guarnido consigue que los interiores oscuros, los paisajes bañados por el sol y las escenas nocturnas tengan una personalidad propia. También demuestra un dominio excepcional del lenguaje corporal: una mirada desconfiada, una sonrisa hipócrita o una postura ridícula pueden revelar más sobre un personaje que varias páginas de diálogo. Y todo ello sin sacrificar la claridad narrativa. Porque dibujar bonito está muy bien, pero conseguir que una escena con veinte personajes, tres conversaciones y un sinvergüenza intentando escapar de una paliza resulte perfectamente comprensible tiene un mérito del carajo.

Alain Ayroles: el arte de engañar al lector
Pero sería injusto atribuir todo el mérito al apartado gráfico. Alain Ayroles construye un guion extraordinariamente ingenioso, lleno de dobles sentidos, ironía y sorpresas narrativas. El escritor francés, conocido por obras como De capa y colmillos, demuestra un gran conocimiento de la literatura picaresca. Su relato conserva el espíritu barroco de Quevedo sin convertirse en una imitación artificial de su prosa. Los diálogos tienen personalidad y el humor aparece tanto en las situaciones más absurdas como en las observaciones más crueles sobre la naturaleza humana.
Uno de los grandes aciertos es la manera en que juega con la narración. Pablos no es un narrador fiable y el lector debe aprender a desconfiar de cuanto escucha. Ayroles utiliza esa circunstancia para construir una historia que adquiere nuevas dimensiones conforme avanzamos. Y aquí conviene detenerse, porque revelar demasiado sería arruinar uno de los mayores placeres del cómic: descubrir hasta dónde puede llegar un hombre cuya principal habilidad consiste en convencer a los demás de que no es el sinvergüenza que evidentemente es.
La estructura narrativa está cuidadosamente construida y aprovecha uno de los recursos más antiguos de la literatura: contar una historia desde el punto de vista de alguien que tiene excelentes motivos para manipularla. Ayroles juega con las expectativas del lector, introduce detalles aparentemente secundarios y administra la información con una precisión admirable. No estamos ante una simple sucesión de aventuras pintorescas, sino ante un relato donde la forma de contar los acontecimientos resulta tan importante como los propios acontecimientos. Conviene prestar atención a cada detalle, porque aquí hasta las mentiras pueden estar mintiendo.
Una crítica social con cuatro siglos de vigencia
Detrás de las aventuras y las situaciones cómicas encontramos una crítica feroz de las desigualdades sociales, la hipocresía y la obsesión por el dinero. El mundo de Pablos está dominado por las apariencias. Los nobles presumen de honor mientras cometen atrocidades, los poderosos se enriquecen explotando a los débiles y los pobres intentan sobrevivir utilizando cualquier recurso a su alcance. La moralidad suele depender del tamaño de la bolsa de monedas.
La conquista de América tampoco aparece como una gloriosa aventura protagonizada exclusivamente por hombres valientes y desinteresados. La codicia, la violencia y la explotación forman parte del paisaje, junto con la fascinación que despierta un territorio inmenso y desconocido para los europeos. Ayroles y Guarnido consiguen que esa crítica social surja de la propia historia, sin necesidad de interrumpir la aventura para impartir una conferencia. El lector se divierte con las desgracias de Pablos mientras descubre que, cuatrocientos años después, seguimos teniendo bastantes problemas para distinguir a un respetable caballero de un estafador con buena ropa.
También resulta interesante la manera en que la obra aborda la obsesión por el ascenso social. Pablos vive convencido de que el dinero y las apariencias pueden convertirlo en alguien respetable, pero pertenece a una sociedad profundamente jerarquizada donde el nacimiento determina buena parte del destino de una persona. Su lucha por escapar de la miseria es comprensible, aunque sus métodos sean difícilmente defendibles. Esa contradicción convierte al protagonista en un personaje mucho más interesante que un simple delincuente simpático. Al fin y al cabo, ¿qué clase de sociedad obliga a un hombre a convertirse en un farsante para aspirar a ser tratado con dignidad? Una pregunta incómoda que sigue teniendo vigencia, aunque ahora los títulos nobiliarios se hayan sustituido en buena medida por coches de lujo, seguidores y fotografías en Dubái.

Conclusión: una joya del cómic europeo
El Buscón en las Indias es mucho más que una continuación de un clásico literario. Es una aventura extraordinariamente bien construida, una sátira social y una demostración de las posibilidades narrativas del cómic. Su principal virtud consiste en combinar un guion inteligente con un dibujo espectacular, sin que ninguno de los dos elementos eclipse al otro. Ayroles aporta el ingenio y Guarnido la belleza visual, formando una pareja artística que habría hecho las delicias del propio Quevedo.
Además, se trata de una obra que invita a una segunda lectura. Una vez conocemos el desarrollo completo de la historia, determinados diálogos, gestos y situaciones adquieren nuevos significados. Es entonces cuando se aprecia todavía más el cuidado con el que sus autores han construido el relato. Y eso, unido a la calidad de las ilustraciones, convierte el álbum en uno de esos cómics que merece la pena conservar y revisitar, en lugar de leerlo una tarde y abandonarlo en una estantería junto al manual de instrucciones de la freidora.
Y si alguien se pregunta qué habría opinado Quevedo de esta continuación, probablemente habría dedicado unos cuantos versos insultantes a sus autores. Y conociendo al escritor, eso podría considerarse un elogio.
