Hay historias de amor que comienzan con una mirada, otras con un beso inesperado y algunas con un inocente choque que termina con los protagonistas en el suelo en un batiburrillo de risas y papeles. La de Ataru Moroboshi y Lum comenzó con una invasión extraterrestre, una persecución y un malentendido matrimonial. Lo que viene siendo una relación perfectamente normal si vives en el universo de Rumiko Takahashi.
Urusei Yatsura, conocida en España como Lum, la chica invasora, es una de las obras más importantes de la reina de la comedia romántica japonesa. Uno de los animes más gamberros y divertidos de los 80, sentó muchas de las bases que posteriormente utilizarían innumerables mangas y animaciones románticas. Y buena parte de su encanto reside en la relación entre sus protagonistas: un adolescente mujeriego que huye del compromiso como de la peste y una princesa alienígena que ha decidido convertirlo en su marido, quiera él o no.
Un matrimonio por accidente: cuando los cuernos llegan antes que la boda
Ataru Moroboshi es un estudiante de 17 años cuya principal ocupación consiste en perseguir mujeres y cuya mayor habilidad parece ser recibir bofetadas. Su vida cambia cuando es elegido al azar para representar a la humanidad en una competición contra unos invasores extraterrestres. Si consigue atrapar por los cuernos a Lum, la hija del líder alienígena, en diez días, salvará la Tierra.
Para motivarlo, su novia Shinobu le promete casarse con él si gana. Contra todo pronóstico, Ataru consigue atrapar a Lum y comienza a gritar emocionado que por fin podrá casarse. El problema es que Lum interpreta que la propuesta va dirigida a ella y decide aceptarla sin molestarse en consultar al supuesto novio. Una confusión bastante comprensible si tenemos en cuenta que estaban hablando de matrimonio mientras él le agarraba los cuernos. Aunque seguramente habría sido conveniente aclarar algunos detalles antes de organizar el banquete.
Así comienza una de las relaciones más accidentadas de la historia del manga. Ataru descubre que tiene una prometida extraterrestre que puede volar, lanzar rayos y aparecer en cualquier momento para arruinarle sus conquistas. Lum, por su parte, descubre que su futuro marido tiene la fidelidad de un gato callejero en época de celo. La situación resulta todavía más absurda porque Ataru, que hasta entonces había demostrado un éxito sentimental bastante cuestionable, consigue atraer la atención de una hermosa princesa alienígena que está completamente enamorada de él. Cualquier adolescente en su situación pensaría que le ha tocado la lotería, pero Ataru considera que le han impuesto una condena de cadena perpetua. Y no porque Lum sea una mala pareja, sino porque su gran sueño consiste en disponer de un harén infinito sin tener que rendir cuentas a nadie. Una aspiración modesta, realista y perfectamente compatible con la convivencia matrimonial.
Ataru Moroboshi: el hombre que quería a todas las mujeres menos a la suya
Ataru es mujeriego, mentiroso, egoísta, inmaduro y bastante cobarde cuando la situación lo requiere. Se pasa el día persiguiendo a cualquier chica que se cruce en su camino, aunque sus posibilidades de éxito sean más bien escasas. Sin embargo, reducirlo a un simple pervertido sería quedarse en la superficie. Ataru nunca eligió comprometerse con Lum y considera que aceptar esa relación supondría renunciar a su libertad. No deja de ser un adolescente salido al que han colocado una esposa extraterrestre prácticamente por decreto. Y aunque sus métodos para reivindicar su independencia consistan principalmente en acosar a otras mujeres, detrás de su comportamiento existe un conflicto bastante comprensible: no quiere que nadie decida por él cómo debe vivir su vida.
Pero lo verdaderamente interesante aparece cuando Lum desaparece o se encuentra en peligro. Entonces, el mismo muchacho que suele huir de sus muestras de cariño es capaz de arriesgar su vida por ella. Ataru no tiene la fuerza de Son Goku ni las habilidades marciales de Ranma. Es un chico corriente que, cuando las circunstancias lo exigen, demuestra un valor extraordinario. También existen momentos en los que Ataru deja entrever una sensibilidad que normalmente oculta bajo su fachada de idiota. Puede mostrarse generoso con personajes que sufren, ayudar a quienes lo necesitan e incluso sacrificar su propio bienestar sin esperar nada a cambio.
El problema es que estos destellos de humanidad suelen durar lo mismo que tarda en aparecer una mujer atractiva. Entonces vuelve a convertirse en el mismo degenerado de siempre, como si su cerebro tuviera un interruptor que desconectara automáticamente las funciones superiores ante la presencia de unas piernas bonitas. Su gran contradicción es que está enamorado de Lum, pero reconocerlo abiertamente sería admitir que existe una mujer capaz de hacerle olvidar a todas las demás. Y semejante posibilidad le produce más terror que una invasión alienígena.

Lum: la novia perfecta, siempre que tengas un buen seguro de vida
Lum es hermosa, cariñosa, alegre, apasionada y absolutamente fiel a Ataru. También es celosa, posesiva, impulsiva y tiene la desagradable costumbre de freír a su prometido cada vez que descubre alguna de sus aventuras amorosas. Su devoción resulta conmovedora, pero conviene recordar un pequeño detalle: Lum decidió que Ataru sería su marido sin que este hubiera aceptado semejante compromiso. Desde entonces, interpreta cualquier intento de escapar de la relación como una traición imperdonable.
Y aunque Ataru se esfuerza diariamente por ganarse una buena descarga eléctrica, tampoco puede decirse que Lum gestione los conflictos sentimentales con demasiada madurez. Donde otras parejas recurren al diálogo, ella prefiere aplicar varios miles de voltios y dar el asunto por solucionado. Si Lum trabajara como terapeuta matrimonial, probablemente conseguiría que todos sus pacientes dejaran de discutir, aunque algunos también dejarían de respirar.
Pero Lum también tiene sus virtudes. Detrás de sus celos existe un afecto sincero, una enorme capacidad de entrega y una confianza casi inquebrantable en que Ataru terminará correspondiendo a sus sentimientos. Además, Lum tampoco es una muchacha indefensa que necesite constantemente la protección de su novio. Tiene poderes extraordinarios, una personalidad arrolladora y suficiente carácter para enfrentarse a cualquiera que se interponga en su camino. Es independiente en casi todos los aspectos de su vida, excepto en el sentimental, donde parece haber decidido que su felicidad depende exclusivamente de conquistar a un adolescente cuya mayor ambición consiste en mirar tetas. Una demostración de que incluso las civilizaciones extraterrestres tecnológicamente avanzadas pueden cometer errores monumentales al elegir pareja. El problema es que Lum quiere que Ataru la ame libremente, pero no está demasiado dispuesta a concederle esa libertad. Una contradicción que convierte a la princesa alienígena en un personaje bastante más complejo de lo que parece.
Te quiero, pero antes voy a perseguir a esa moza
Lo más interesante de la relación entre Ataru y Lum es que sus sentimientos rara vez coinciden con sus palabras. Ataru puede pasarse días rechazando a Lum, pero cuando ella se marcha descubre que su ausencia le resulta insoportable. Puede asegurar que no quiere saber nada de ella, pero si alguien amenaza su seguridad es el primero en acudir a rescatarla. Y aunque jamás abandona del todo sus tendencias mujeriegas, demuestra una y otra vez que Lum ocupa un lugar que ninguna otra chica consigue arrebatarle.
Lum, por su parte, aprende que debajo de la fachada de idiota salido existe alguien capaz de sentir un amor profundo, aunque tenga la inteligencia emocional de una piedra. Uno de los mejores ejemplos de esta contradicción aparece cuando Lum se ausenta y Ataru descubre que su habitación, normalmente invadida por una extraterrestre hiperactiva, se ha convertido en un lugar insoportablemente silencioso. La misma presencia que antes consideraba una molestia se revela como una parte imprescindible de su vida. Resulta que el muchacho necesitaba perder temporalmente a su novia para descubrir que la quería. Una revelación sentimental que cualquier persona normal habría alcanzado sin necesidad de provocar una crisis interplanetaria.
Esta contradicción alcanza su máxima expresión en el desenlace de la historia, cuando Ataru debe volver a perseguir a Lum en una competición que recuerda a su primer encuentro. La posibilidad de salvar la Tierra depende de que pronuncie las palabras que ella lleva tanto tiempo esperando: que la quiere. Pero Ataru se niega a declararse por obligación. Prefiere arriesgarlo todo antes que convertir una confesión de amor en una imposición. Finalmente, Lum comprende que los sentimientos de Ataru son reales, aunque él sea demasiado orgulloso para expresarlos como una persona normal. Es una de las mayores ironías de la serie: el personaje que lleva toda la historia comportándose como un completo imbécil termina demostrando una inesperada madurez sentimental precisamente cuando se niega a decir «te quiero». Eso sí, tampoco conviene exagerar su evolución. Sigue siendo Ataru Moroboshi y nadie debería confiarle la organización de una despedida de soltero.
La pareja perfecta para hacerse la vida imposible
Ataru y Lum no representan precisamente un modelo de relación saludable. Él es incapaz de respetar los límites de la fidelidad y ella considera que una descarga eléctrica es una herramienta perfectamente válida para resolver una discusión doméstica. Cualquier terapeuta de pareja que los atendiera acabaría solicitando la baja por estrés postraumático. Sin embargo, Rumiko Takahashi consigue que su relación resulte entrañable porque ninguno de los dos es perfecto. Ataru debe aprender a reconocer sus sentimientos y Lum necesita comprender que el amor no puede imponerse.
A diferencia de otras historias románticas, Urusei Yatsura no necesita transformar a sus protagonistas en personas completamente distintas para demostrar que se quieren. Su relación evoluciona, pero sus defectos siguen formando parte de ellos. Y precisamente ahí reside una de las grandes virtudes de la obra. Rumiko Takahashi construye una historia romántica en la que los protagonistas no dejan de ser unos desastres sentimentales simplemente porque se hayan enamorado. Ataru sigue persiguiendo mujeres, Lum continúa perdiendo los nervios y ambos mantienen una dinámica de discusiones, reconciliaciones y catástrofes que parece diseñada para garantizar el pleno empleo de los servicios de emergencia.
Pero entre tanto disparate también aparecen momentos de ternura, complicidad y sacrificio que permiten comprender por qué siguen juntos. Lum encuentra en Ataru algo que va más allá de sus innumerables defectos, mientras que él descubre que su vida sería mucho más triste sin aquella extraterrestre que apareció un día para poner su mundo patas arriba. Ataru quiere a todas las mujeres del mundo, pero solo hay una cuya ausencia no puede soportar. Y Lum podría conquistar a cualquier hombre del universo, pero tuvo que enamorarse precisamente del único que intenta escapar de ella.

Conclusión: el amor es ciego, y a veces también da descargas eléctricas
Urusei Yatsura demuestra que una historia romántica no necesita protagonistas ejemplares, declaraciones empalagosas ni parejas que se comporten como si hubieran salido de un anuncio de perfumes. A veces basta con un adolescente salido, una extraterrestre celosa y una cantidad de electricidad suficiente para abastecer una ciudad de tamaño medio. Ataru y Lum son egoístas, contradictorios e incapaces de expresar sus sentimientos de manera saludable. Pero también son personajes profundamente humanos, incluso cuando uno de ellos procede de otro planeta. Su relación funciona porque detrás de cada pelea y cada disparate existe un cariño que nada consigue destruir.
Y quizá esa sea la mayor aportación de Rumiko Takahashi a la comedia romántica: demostrar que el amor no siempre transforma milagrosamente a las personas ni elimina sus defectos. A veces simplemente consigue que dos idiotas encuentren a alguien dispuesto a soportarlos. Porque Ataru Moroboshi podría tener a cualquier mujer del universo —al menos en sus sueños—, pero solamente quiere de verdad a la que lleva toda la vida persiguiéndolo. Y Lum, con todos sus poderes extraterrestres, jamás ha conseguido dominar el único fenómeno que realmente le importa: el cerebro de su novio. Aunque, la verdad, tampoco parece que haya mucho que dominar ahí dentro.