Tintín lleva toda la vida presentándose como un humilde reportero. El problema es que, exceptuando el primer cómic de la serie, jamás lo vemos trabajar. No escribe artículos, no entrega crónicas, no ficha, no tiene jefe y, por lo que sabemos, rara vez hace algo que justifique una nómina.
Sin embargo, el cabrón no para de viajar por todo el mundo, se aloja en hoteles de lujo, es usuario habitual de coches, barcos y aviones e incluso termina viviendo en un enorme palacete del siglo XVII. Evidentemente, algo no cuadra.
Por eso hemos decidido hacer lo que Hacienda no ha tenido las agallas de hacer en casi un siglo: investigar los verdaderos ingresos de Tintín. Y después de revisar sus múltiples aventuras hemos encontrado su nombre relacionado con actividades bastante sospechosas: tráfico de antigüedades, compraventa de animales exóticos, explotación ilegal de recursos petrolíferos, expolio de naufragios, conexiones con organizaciones criminales, narcotráfico y cantidades preocupantes de dinero cuyo origen nadie parece interesado en explicar. Y detrás, siempre la misma excusa: «soy periodista». Claro que sí, campeón.
Puede que Tintín sea simplemente un reportero con muchísima suerte. O puede que nos encontremos ante uno de los mayores criminales de la historia moderna. Presuntamente, claro.
Espionaje, sabotaje y los primeros contactos
Nuestra investigación comienza en 1929, cuando tenemos las primeras noticias de nuestro sospechoso. Tintín aparece prácticamente de la nada como un joven reportero de pasado desconocido y es enviado a la Unión Soviética como corresponsal de Le Petit Vingtième. Al menos, esa es la versión oficial.
Porque una vez cruza la frontera, Tintín parece olvidarse sorprendentemente rápido del periodismo. Durante Tintín en el país de los Soviets se dedica a espiar instalaciones, infiltrarse en lugares restringidos, robar documentos, apropiarse de vehículos militares y sabotear infraestructuras soviéticas. Actividades bastante extrañas para un chaval que supuestamente había ido allí a escribir artículos.
Nuestra hipótesis es que aquel viaje fue en realidad su primer trabajo como agente encubierto. No sabemos quién pagaba sus servicios, pero hay indicios que apuntan al Gobierno belga, los servicios secretos franceses, logias de masones ultracatólicos y el archiconocido Priorato de Sion, en comunión para desestabilizar la producción de matrioskas del bloque soviético.
Lo importante es que Tintín regresó a Bélgica con algo mucho más valioso que un reportaje: importantes contactos políticos internacionales. Y nuestro joven reportero comprendió rápidamente que podía utilizar todo aquello para dejar de trabajar para otros y montar su propio negocio.

El nacimiento de un imperio criminal en el Congo
Apenas un año después de su misteriosa visita a los soviets, encontramos a Tintín en el Congo Belga. Oficialmente vuelve a viajar como reportero. Pero nosotros conjeturamos que fue a tantear las posibilidades de enriquecerse en las colonias aprovechando los contactos internacionales conseguidos durante su etapa como agente. Y una vez allí comprendió que aquella era la tierra de las oportunidades si se tenían agallas y un espíritu emprendedor.
Durante Tintín en el Congo, nuestro joven reportero se dedica a la caza furtiva de todo animal exótico que se cruza en su camino. Dispara contra manadas de antílopes, mata y despelleja un mono, participa en cacerías de cocodrilos y elefantes y llega incluso a hacer volar por los aires a un rinoceronte utilizando dinamita. Pero para nuestra investigación hay un detalle especialmente interesante: después de la muerte de un elefante, Tintín le arranca los colmillos y se queda con ellos.
Nuestra hipótesis es que Tintín había descubierto su primera gran fuente de financiación: el tráfico de marfil, pieles y animales exóticos para el mercado europeo. Gracias a sus contactos políticos podía conseguir mercancía en África, trasladarla hasta Europa y venderla discretamente entre aristócratas, coleccionistas, masones budistas y tal vez al creciente partido nazi.
El negocio parecía perfecto. Pero Tintín había cometido un error de novato: no era el único haciendo negocios en el Congo. La organización de Al Capone ya operaba en la región a través del tráfico clandestino de diamantes, y la aparición de un supuesto reportero belga intentando hacerse un hueco en el mercado no sentó demasiado bien a los estadounidenses. Tintín acababa de hacerse rico, pero a un alto coste: acababa de conseguir su primer gran enemigo.

Guerra de mafias: Tintín contra Al Capone
Los negocios africanos de Tintín no tardaron en provocar problemas. La organización de Al Capone, que ya controlaba parte del tráfico clandestino de diamantes del Congo, comenzó a ver al joven belga como una amenaza. Pero Tintín estaba a punto de demostrar que aunque nuevo en el negocio, no era ningún pusilánime. Así que, en 1931, Tintín viaja hasta Chicago para solucionar personalmente sus diferencias con la competencia.
Oficialmente, viaja para destapar los turbios negocios del crimen organizado local. Nuestra investigación sostiene que inicialmente acudió para negociar un reparto del mercado con los aliados de Al Capone. Pero las conversaciones, por algún motivo desconocido, no llegaron a buen término. Y aquí es donde el veterano mafioso estadounidense cometió un error fatal: subestimar a Tintín.
Tintín no llegó solo a Estados Unidos. Nuestra investigación sostiene que viajó acompañado por varios sicarios y matones reclutados en el Congo, dispuesto a negociar con Al Capone desde una posición de fuerza. Y aunque no conocía el terreno, Tintín poseía un arma mucho más efectiva: sabía pasar completamente desapercibido. Durante Tintín en América, vemos cómo nuestro emprendedor se introduce en los bajos fondos de Chicago, hace tratos con mafiosos, sobrevive a varios intentos de asesinato y acaba desmantelando sistemáticamente las principales sociedades criminales de la ciudad. Incluida la de su principal competidor: Al Capone.
Pero el viaje todavía guardaba otras posibilidades de negocio, al fin y al cabo, América es la tierra de las oportunidades. Tintín aparece en territorio indígena casualmente justo cuando se descubre un enorme yacimiento de petróleo y la tribu india de los Pies Planos es expulsada inmediatamente por compañías comerciales estadounidenses que quieren apropiarse de las tierras. Resulta difícil creer que Tintín estuviera allí de casualidad. Gracias a la ayuda financiera de los Iluminati, el supuesto reportero aprovechó el vacío dejado por sus competidores para introducirse también en el negocio petrolífero, consolidando una red que ya conectaba África, Europa y América. Y el siguiente paso lógico era por supuesto el mercado del opio en Asia.

De las tumbas de Egipto a los fumaderos de opio chinos
Antes de lanzarse de lleno al narcotráfico decidió diversificar sus inversiones entrando en un sector perfecto para mover grandes cantidades de dinero: el arte y las antigüedades. Su primera parada fue Egipto.
En Los cigarros del faraón, nuestro supuesto periodista termina accediendo a una antigua tumba faraónica repleta de sarcófagos y restos arqueológicos. Oficialmente no existe ninguna prueba de que Tintín sacara una sola pieza del país. Nuestra investigación sostiene, naturalmente, todo lo contrario: expolio de tumbas y posterior venta de antigüedades en el mercado negro europeo. Pero durante aquella operación surge un problema inesperado. Tintín llama la atención de Hernández y Fernández, dos agentes del Servicio Europeo de Contrainteligencia que se desplazan a la zona para seguir sus actividades criminales más de cerca. Curiosamente, aquellos mismos policías terminarán convirtiéndose poco después en colaboradores habituales de nuestro protagonista. Y es que Tintín ha demostrado tener una increíble capacidad para hacer amigos hasta en el infierno.
Con el problema policial convenientemente solucionado, Tintín continuó hacia Asia y puso sus ojos en un negocio todavía más lucrativo. En China consigue infiltrarse en una importante organización internacional dedicada al tráfico de opio y termina eliminándola para hacerse con sus rutas y abrir definitivamente el mercado asiático a su organización. Todo indica que recibió ayuda del Partido Republicano Monárquico Chino. A mediados de los años treinta, Tintín ya movía marfil, antigüedades egipcias y animales exóticos desde África, petróleo y capital desde América y opio desde China. Tintín había logrado crear su imperio, ahora solo debía mantenerlo.

Guerra, naufragios y blanqueo de capitales
Durante la Segunda Guerra Mundial, Europa se convirtió en un gigantesco campo de batalla, pero donde la mayoría veía muerte y destrucción, Tintín vio nuevas oportunidades de negocio. Durante aquellos años aparece junto a él uno de sus colaboradores más importantes: el capitán Haddock, un experimentado marino con acceso a flotas y rutas internacionales y un pasado como contrabandista para los nazis comunistas y miembro destacado de la Logia de Cthulhu.
Gracias a Haddock, Tintín encontró una nueva forma de incrementar su fortuna: el expolio de naufragios. En lo más crudo de la guerra en el Pacífico, organiza una expedición privada, localiza los restos de un barco hundido y se hace con su contenido sin que ninguna autoridad parezca demasiado interesada en preguntar qué estaban haciendo allí.
Pero todavía faltaba una pieza fundamental: alguien capaz de convertir todo aquel dinero en patrimonio respetable. Entonces aparece en escena el profesor Tornasol, un misterioso científico de Europa del Este que nuestra investigación relaciona, sin ninguna prueba pero con muchos pálpitos, con una secta de ingenieros luteranos vinculada con los calvinistas.
Poco después ocurre el milagro financiero. Tornasol obtiene una importante cantidad de dinero supuestamente gracias a la venta de la patente de uno de sus inventos y el capitán Haddock termina convertido en propietario del castillo de Moulinsart, un palacete estilo Imperio del siglo XVII donde Tintín se instala cómodamente.

Chanchullos en la cara oculta de la Luna
A comienzos de los años cincuenta, Tintín ya había conseguido lo más difícil: blanquear su fortuna y convertir buena parte de sus negocios en actividades aparentemente legales. Pero todavía quedaba algo por limpiar: su propia reputación. Y para ello eligió el método tradicional de cualquier gran empresario con un pasado turbio: meterse en política. Nuestra investigación sostiene que Tintín utilizó sus contactos internacionales para estrechar relaciones con Syldavia, donde habría conseguido importantes cargos dentro del Gobierno gracias al apoyo de la omnipotente Orden del Fénix.
Esto explicaría por qué un supuesto periodista belga consigue acceso ilimitado al programa espacial más secreto del planeta, conoce sus instalaciones, trata directamente con sus principales científicos y termina formando parte de la primera expedición tripulada a la Luna. Oficialmente, se trataba de una misión científica.
Nosotros creemos que Tintín estaba preparando la siguiente expansión de su imperio. El objetivo habría sido extraer posibles recursos lunares, establecer futuras bases, realizar pruebas nucleares lejos de la mirada de otras potencias y llevar a cabo extraños experimentos científicos que probablemente violaban varias leyes internacionales y alguna que otra ley de la física.
Ya no quedaban nuevos mercados que conquistar. Salvo el espacio.

El crimen perfecto
Después de más de dos décadas construyendo su imperio, Tintín había conseguido lo que muy pocos criminales logran: retirarse sin pagar las consecuencias. Había eliminado a sus competidores, extendido sus negocios por medio planeta, blanqueado su fortuna y convertido a sus principales colaboradores en respetables ciudadanos.
Al final, aquel joven de pasado desconocido terminó viviendo tranquilamente en un palacete, con importantes conexiones con todos los gobiernos europeos y convertido en una figura pública absolutamente intachable. Sus posteriores iniciativas públicas y asociaciones benéficas contribuyeron a ello.
Nadie investigó sus cuentas jamás. Nadie preguntó de dónde había salido el dinero. Y nadie consiguió demostrar absolutamente nada. Hasta ahora.