El conflicto de la isla Perejil: el islote donde se decidió el destino de la humanidad (Parte 1)

Hoy traemos un tema polémico a Frikarium: vamos a hurgar en una herida aún abierta en el corazón de la humanidad: el incidente de la isla Perejil. Un episodio que llevó al mundo al borde del abismo, puso a prueba la hermandad de las naciones y marcó para siempre a quienes sobrevivieron para contarlo, especialmente a las cabras, que nunca recibieron asistencia psicológica. Así que, aunque nos tiemble el pulso, ha llegado el momento de abordar esta tragedia con el rigor que nos caracteriza.

Porque, si bien es cierto que en la actualidad España y Marruecos viven una historia de amor que ríete tú de Romeo y Julieta —«Marruecos, eres increíble», «No, España, tú más», «No, tú», «Cuelga tú, tontorrona»—, hubo un tiempo en que estos dos entrañables vecinos andaban a la gresca. Por suerte, hoy día tenemos unos políticos estupendos que solo piensan en nuestro bienestar y están dejando un mundo maravilloso donde reina la concordia y el diálogo.

Pero no siempre vivimos en este anuncio de suavizante que es la actualidad. Allá por 2002, España y Marruecos estuvieron a punto de destruirse mutuamente por un islote lleno de cabras que desconocían la enorme importancia geopolítica de su hogar. Así que vamos a repasar la trágica semana en la que la fraternidad de los pueblos fue puesta a prueba y la supervivencia de la comunidad caprina se vio seriamente comprometida.

Perejil, la joya del Mediterráneo

Hay lugares cuya posesión otorga un gran poder y altera dramáticamente el statu quo reinante: el canal de Suez, el estrecho de Gibraltar, el único enchufe que queda libre en el aeropuerto… Y después está Perejil, una roca que emerge del mar con la majestuosidad de un delfín y cuya riqueza natural ha despertado la codicia de todas las grandes civilizaciones de la Antigüedad: piedras, cabras y unas reservas de perejil capaces de condimentar el destino de Occidente. La custodia de semejante tesoro recae sobre su población caprina, que controla la zona desde tiempos inmemoriales y, aunque oficialmente ajena a cualquier alianza militar, dispone de una capacidad de movilización extraordinaria en cuanto alguien agita una lechuga.

Los fenicios fueron los primeros en comprender el potencial de aquel enclave. «Aquí levantaremos una gran ciudad», anunció uno. «No cabe», respondió otro. «Pues plantaremos perejil». Así nació uno de los mayores imperios marítimos de la Antigüedad, basado en el control del comercio de hierbas aromáticas, con el que sometieron a pueblos enteros bajo la amenaza de comidas sin aliñar. Según unas tablillas cuneiformes que todavía no se han encontrado, una antigua leyenda afirmaba que quien dominara Perejil dominaría el estómago del Mediterráneo.

Después llegaron los griegos, que bautizaron el islote como Dementus Capris Mojonópolis, topónimo que aún no ha podido ser traducido al español por los expertos. Allí se estableció una importante escuela filosófica dedicada a resolver los grandes misterios de la humanidad: quiénes somos, de dónde venimos y por qué las cabras siempre tiran al monte. Alejandro Magno también pasó por Perejil. Se cuenta que, cuando el conquistador puso sus pies en el islote, lloró, pues comprendió que ninguna conquista futura podría superar aquella hazaña. ¿Qué valor tenía someter Persia cuando ya era dueño de todo aquel perejil? Más tarde, Roma incorporó el enclave a sus dominios, después de que el Senado debatiera durante semanas si declararlo provincia, colonia o capital de la República. Y tras la caída del Imperio romano, los visigodos reclamaron Perejil como parte de su reino, pero su dominio fue breve: las cabras se comieron los calzoncillos de esparto de los invasores y estos acabaron abandonando el islote.

Los árabes llegaron después y, reconociendo de inmediato la relevancia del enclave, construyeron una fortaleza inexpugnable, hoy desaparecida porque probablemente nunca existió. También los franceses trataron de hacerse con aquella joya, pero fracasaron en el intento. Napoleón sabía de la importancia del lugar: «Perejil es la llave de Europa», afirmó en una conversación que no recogió ningún testigo, pero que no por ello deja de ser mentira. Hitler también cometió el error de querer conquistar lo inconquistable. Convencido de que el islote escondía un arma capaz de cambiar el curso de la guerra, envió una expedición de científicos y expertos en ocultismo para investigar sus secretos. Allí realizaron experimentos, invocaron fuerzas oscuras y trataron de abrir un portal hacia otra dimensión. Pero tras la derrota alemana, la isla quedó temporalmente abandonada.

Así sobrevivió Perejil a imperios, conquistadores y proyectos de dominación mundial. Y a comienzos del siglo XXI, allí seguía, custodiando imperturbable secretos arcanos y especias aromáticas, mientras sus habitantes pegaban balidos y brincos sobre las ruinas imaginarias de la historia, ajenos al trágico y sangriento capítulo que aún estaba por escribirse.

La invasión: el día que el mundo contuvo la respiración

La mañana del jueves 11 de julio de 2002, mientras los españoles de bien roncaban a pierna suelta —porque en España no se madruga en verano, salvo para ir a poner la sombrilla en primera línea de playa o a comprar churros—, un grupo de gendarmes marroquíes desembarcó en el islote de Perejil. El mar estaba en calma, el perejil en estado de floración y la comunidad caprina desarrollaba sus actividades habituales: comer, mirar fijamente al vacío y trepar riscos con una soltura y un desparpajo que harían sonrojarse al mismísimo Spider-Man. Nada anunciaba la tragedia, salvo quizá una cabra que llevaba toda la mañana balando, aunque también podía ser que tuviera un cólico.

Los recién llegados instalaron un campamento y colocaron, no una, sino dos banderas marroquíes. Una habría bastado para provocar un incidente diplomático, pero dos dejaban claro que esta gente iba muy en serio. Si alguien preguntaba «¿de quién es esta isla?», podían señalar una bandera. Y si seguía teniendo dudas, podían señalar la otra. Una estrategia impecable. Hasta entonces, ninguno de los dos países mantenía allí una presencia militar permanente. España y Marruecos defendían posiciones enfrentadas sobre su soberanía, pero habían conseguido convivir gracias a un delicado equilibrio: cada uno contaba en casa que la roca era suya, que el perejil estaba a salvo e inventaba hazañas exageradas sobre la épica conquista del lugar. En la práctica, ninguno se acercaba demasiado al peñasco para reclamarlo. Pero aquella trágica mañana alguien decidió que la frágil estabilidad que garantizaba la paz entre Europa y África se fuera a tomar por culo.

La llegada de los gendarmes supuso una transformación radical de la vida en Perejil. Donde antes había un peñasco vacío, ahora había un par de tiendas de campaña. Donde antes pastaban las cabras, ahora seguían pastando las cabras, pero más apretadas porque debían compartir espacio con doce gendarmes. Los mapas tuvieron que actualizarse. El mundo ya no era el mismo. Algunas cabras se retiraron a las alturas para observar los movimientos del enemigo. Otras se acercaron a olisquear el material, probablemente con intención de comérselo. La resistencia estaba organizada, aunque carecía de portavoz porque las cabras son gregarias. Los gendarmes, por su parte, se encontraron ante una misión de enorme complejidad: vigilar una isla diminuta, controlar el equipo —el hornillo y las latas de atún— y cualquier intento de sabotaje caprino. Dormirse podía significar despertar sin cordones, sin desayuno o con una cabra lamiéndote la cara. La tensión se palpaba en el ambiente.


ISLOTE DE PEREJIL. ESTRECHO DE GIBRALTAR.
11 DE JULIO DE 2002. 09:00, HORA LOCAL.
COORDENADAS: LAS TIENE EL CONDUCTOR DE LA LANCHA.
POBLACIÓN CAPRINA: ESTRATÉGICAMENTE RELEVANTE.
RESERVAS DE PEREJIL: INFORMACIÓN CLASIFICADA.
NIVEL DE ALERTA: BRAVO-DELTA.


Cuando la noticia llegó a España, el Gobierno declaró inmediatamente el estado de excepción, el de alarma y el de sitio y exigió que se restableciera la situación anterior inmediatamente. Es decir, que se retiraran los gendarmes, se desmontara el campamento, se recogieran las bolsas de Risketos y las latas de Coca-Cola vacías y la isla volviera a estar ocupada exclusivamente por animales sin reconocimiento diplomático. España consideraba inaceptable aquel cambio porque, aunque no estaba interesada en ocupar la isla, aquello era como el juguete que un niño lleva meses ignorando en un rincón: basta con que lo coja otro para que de repente sea su favorito y lo necesite urgentemente. «¡El Power Ranger es mío!». «Pero si no estabas jugando con él». «¡Da igual, es mío!».

De pronto, Perejil adquirió una importancia extraordinaria. Los políticos tuvieron que empezar a usar palabras complejas que jamás habían usado antes, como soberanía nacional, integridad territorial, precedente histórico, democracia y constitución. Y mientras el Gobierno preparaba sus respuestas, los periodistas buscaban el islote en un mapamundi y los programas de televisión se llenaban de tertulianos expertos en geopolítica internacional.

La invasión había sido un éxito. Las Quechua estaban montadas, las dos enseñas ondeaban orgullosas al viento y, mientras tanto, los líderes españoles convocaban a su ejército de asesores y montaban un comité de emergencia para organizar una reunión de emergencia en la que se decidiría quién traía a las chicas y las bebidas espirituosas. Había que hacer más llevaderas las duras sesiones del gabinete de crisis que se avecinaban. La guerra por el islote Perejil acababa de comenzar.

La escalada diplomática: Europa empieza a cotillear y señalar con el dedito

 Durante los días siguientes, España y Marruecos recurrieron a la diplomacia, ese noble arte de elogiar al enemigo y darle palmaditas en el hombro mientras lo miras con condescendencia para acto seguido apuñalarle por la espalda sin contemplaciones. España exigía la retirada de los ocupantes y Marruecos mantenía su posición con obstinación. Los mensajes iban y venían, los teléfonos echaban humo y las cabras empezaban a estreñirse como consecuencia del fuerte estrés al que estaban sometidas.

El Gobierno español reclamaba el restablecimiento del statu quo, una expresión en latín que sonaba muy bien pero cuyo significado nadie tenía muy claro. Marruecos, por su parte, defendía su presencia en el islote e incluso había organizado allí un torneo de pádel. Ambas posiciones parecían irreconciliables. Cada declaración era estudiada con enorme atención. Había que medir las palabras, mantener la firmeza y evitar que una coma mal puesta desencadenara la Tercera Guerra Mundial. Un «solicitamos» podía parecer flojo. Un «exigimos» sonaba amenazador. Un «como tenga que ir yo, va a haber hondonadas de hostias» trasmitía el mensaje con bastante precisión, pero no quedaba elegante en una nota diplomática.

Mientras tanto, los periodistas aguardaban novedades y los ciudadanos de a pie desplegaban sus conocimientos sobre una isla cuya existencia habían descubierto hacía veinticuatro horas. Algunos ya hablaban de ella con la familiaridad de quien había pasado allí todos los veranos de su infancia. «Perejil siempre ha sido una pieza fundamental en el pluralismo oligárquico parlamentario de la civilización suroccidental», afirmaban con la mayor sinvergonzonería los más osados.

España recibió el respaldo de la Unión Europea, la OTAN y la TIA, que pidieron la retirada marroquí. El conflicto había alcanzado una dimensión internacional. El apoyo resultaba importante porque permitía demostrar que España no estaba sola. Se redactaron comunicados, se expresaron preocupaciones, se afearon conductas, se mentaron familiares y se hicieron llamamientos. La maquinaria diplomática mundial trabajaba a pleno rendimiento, produciendo cantidades industriales de papel que acabaron en la basura sin que nadie las leyera. La población caprina, sin embargo, no recibió invitación para participar en las conversaciones.

Lejos de achantarse, Marruecos sustituyó a los gendarmes por militares. El relevo elevó la tensión y confirmó que aquello estaba dejando de parecer una acampada scout y tomando un cariz peligroso. Las cabras observaron el cambio de personal con cierta decepción: ya habían empezado a coger confianza con los anteriores y ahora tenían que volver a olisquearle el culo a todo el mundo.

El entorno de Perejil empezó a llenarse de una atención naval desproporcionada para un lugar donde lo más emocionante que ocurría era que cayera un chaparrón de vez en cuando. Desde cubierta, los marineros contemplaban el objetivo estratégico. Desde el objetivo estratégico, las cabras contemplaban a los marineros mientras rumiaban. Las conversaciones continuaron, pero no resolvieron la crisis, ya que versaban sobre fútbol, marcas de desodorante y los mejores restaurantes de carretera donde comer churrasco. España pedía la retirada. Marruecos mantenía la ocupación. Los aliados reclamaban una solución. Hasta que alguien en un despacho puso fin a la indecisión y el miedo pronunciando las tres palabras que más vidas han puesto en peligro a lo largo de la historia de España: «NO HAY HUEVOS». La suerte estaba echada.


Dejamos aquí a nuestros queridos protagonistas: Marruecos echando raíces en el islote, España remangándose y golpeándose el pecho muy fuerte y las cabras sin saber muy bien qué bando tomar. En la segunda parte veremos cómo se organizó la operación militar más importante desde el desembarco de Normandía y las trascendentales consecuencias que tuvo el conflicto más significativo del siglo XXI.

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5 comentarios en «El conflicto de la isla Perejil: el islote donde se decidió el destino de la humanidad (Parte 1)»

  1. Muy buen artículo. No conocía bien lo que pasó en Perejil y me ha parecido muy bien explicado, corto y claro. Gracias por compartirlo. Todo es una cortina de humo.

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