En la primera parte repasamos la gloriosa historia y la rica cultura de Perejil, asistimos a su traumática ocupación y vimos cómo la diplomacia agotaba todas sus opciones hasta que alguien pronunció las temidas palabras «no hay huevos». Si todavía no la has leído, empieza por ahí: necesitas comprender por qué un peñasco lleno de cabras y hierbas aromáticas tenía en sus manos el destino de la humanidad.
Ahora llega el momento de pasar a la acción. Ajustaos el cinturón y sujetad bien el perejil: comienza la operación para devolver al islote su bien más preciado, la ausencia de personas.
Comienza la cuenta atrás para el apocalipsis
A esas alturas, la crisis había dejado de ser una disputa por un peñasco. Perejil era ya el lugar donde podía desencadenarse la Tercera Guerra Mundial. Bastaba un disparo, una orden mal interpretada, un insulto o una cabra que se comiera un documento importante para que las grandes potencias empezaran a buscar los códigos nucleares en el cajón de los alargadores. La humanidad tragaba saliva mientras aguardaba acontecimientos. En los supermercados todavía no se había acabado el papel higiénico, pero aquello solo demostraba que la gente no comprendía la gravedad de la situación. Mientras tanto el Mediterráneo entero parecía contener la respiración, salvo los peces, por razones obvias. Pero, ¿qué buscaba realmente Marruecos?
La explicación oficial marroquí vinculaba la presencia de los gendarmes con la lucha contra la inmigración ilegal en el islote. Pero aquello no satisfacía a analistas y tertulianos de Telecinco. ¿De verdad se necesitaban seis militares para controlar un peñasco que nunca había tenido población humana ni inmigración de ningún tipo? ¿Por qué el consumo de perejil se multiplicó por mil en Marruecos durante esa semana trágica? ¿La policía sabía que los de Asuntos Internos les tendían una trampa? ¿Qué sabían realmente las cabras de todo el asunto?
La principal hipótesis es que Marruecos pretendía hacerse con el control absoluto del aliño mediterráneo. Una vez aseguradas las reservas del islote, bastaría con bloquear las exportaciones para poner de rodillas a las pescaderías españolas. Primero faltaría el perejil. Después vendrían las protestas. Finalmente, millones de ciudadanos furibundos saldrían a la calle a quemar contenedores. España desestabilizada y al borde de la guerra civil mientras Marruecos se enriquecía de manera obscena. Un plan redondo, sin fisuras. Pero desde Naciones Unidas, se planteó una segunda posibilidad: que todo respondiera a un ambicioso proyecto turístico. Las tiendas de campaña ya estaban montadas, había vistas al mar, playas vírgenes y una fauna autóctona que ofrecía actividades de contacto con la naturaleza, aunque algunas consistieran en recibir un cabezazo. Solo faltaba anunciarlo como «experiencia exclusiva de desconexión» y cobrar cuatrocientos euros por noche. Los especuladores estaban frotándose las manos.

Por su parte, España insistía en que su objetivo era restablecer la situación anterior. Pero la excesiva preocupación que se mostraba y las incontables gestiones que se hicieron para llegar a un acuerdo obligaban a hacerse ciertas preguntas. ¿Qué escondía aquel pedrusco dejado de la mano de Dios en realidad? ¿Un yacimiento de petróleo? ¿El Santo Grial? ¿Los documentos con la financiación ilegal de los partidos políticos? Nuestros servicios de inteligencia, formados por mí y mi colega Miguelón, manejábamos varias teorías. La principal sostenía que un inversor de Arabia Saudí había proyectado la construcción de una rotonda gigante en el islote, así como un centro de interpretación con su propio centro de interpretación dentro. Un proyecto capaz de generar empleo, prosperidad y hasta siete inauguraciones anuales antes de que alguien empezara a preguntarse a dónde iba realmente el dinero.
Mientras proliferaban las teorías locas, cientos de buques militares, barcos pesqueros, pedalos e incluso colchones inflables de ambas naciones seguían acercándose a la zona y los gobiernos de todo el mundo medían sus siguientes pasos. Cada gesto podía interpretarse como una provocación. Acercarse demasiado era una amenaza. Alejarse podía parecer una retirada. Quedarse quieto denotaba chulería. En los platós se discutía si el conflicto podía extenderse. Primero Perejil, después el estrecho, luego el Mediterráneo y, antes de que acabara la semana, todo el Sistema Solar. El terror y la anarquía campaban a sus anchas. Rusia preparaba sus misiles. Inglaterra aprovechó para saquear el Museo del Prado. A Canadá nadie le echaba cuentas. Y mientras tanto los oscuros poderes que movían los hilos entre las sombras reían a carcajadas y comían chirimoyos y uvas pasas con fruición.
Operación Romeo-Sierra: Stalingrado se nos queda pequeño
En la madrugada del 17 de julio de 2002, España puso en marcha la operación Romeo-Sierra. El nombre imponía respeto: sonaba a misión secreta, a película bélica y a contraseña del wifi de un flipado del Call of Duty. Tras días de tensión, había llegado el momento de recuperar el islote mediante una intervención que pasaría a estudiarse en todas las academias militares. Los preparativos exigían precisión. Había que llegar, controlar el terreno, detener a los ocupantes y evitar víctimas entre la población caprina. Sobre el papel parecía sencillo, pero cualquier militar con experiencia sabe que incluso los mejores planes pueden irse a la mierda en un instante.
Los seis soldados marroquíes presentes en la isla constituían el objetivo de la operación. Seis hombres. Una cifra escalofriante que podía contarse con los dedos, aunque hubiera que recurrir a las dos manos. El mando español disponía de apoyo naval y aéreo, fuerzas especiales, helicópteros, portaaviones y un Helicarrier. Los defensores tenían palos, aerosol de pimienta, varios tirachinas y la inquietante sensación de que aquella excursión estaba empezando a salirse de madre, pero también la determinación de dar sus vidas por aquel enclave irrelevante.
Las fuerzas especiales llegaron en helicópteros. El ruido de los rotores rompió la calma del islote y anunció que España había agotado su repertorio de notas diplomáticas. Imaginemos la escena con la solemnidad que merece: el mar oscuro, las siluetas acercándose, los defensores preparados y una cabra levantando la cabeza con expresión de «¿pero qué coño pasa ahora?». Los soldados españoles descendieron sobre el terreno mientras el apoyo naval y aéreo respaldaba la operación. Cada uno tenía una tarea. Había que asegurar posiciones, localizar a los ocupantes y controlar sus movimientos. Todo debía hacerse con rapidez y coordinación. Un tropiezo podía arruinar una maniobra; pisar una mierda, además, podía arruinar la foto de portada.

Tras un duro intercambio de insultos y reproches, hubo un intenso forcejeo, arañazos, dedos en el ojo y zarandeos. La operación concluyó con la detención de los seis militares marroquíes. No hubo muertos ni heridos, excepto por una cabra que se desmayó del susto y a la que hubo que sacrificar. Un resultado excelente para los implicados y una dificultad considerable para quienes quisieron vender después los derechos de una superproducción de tres horas a Netflix. Los soldados marroquíes quedaron bajo custodia española y fueron devueltos a Marruecos, donde los recibieron como héroes. Se les erigieron estatuas. Se les compusieron canciones. Se bautizaron calles con sus nombres. Las cabras por su parte, asistieron al cambio de personal con la resignación de quien ve llegar otra administración y sabe que tampoco va a arreglar nada.
Después de la intervención, quedaron soldados españoles en el islote, que se hicieron con el control del campamento y se comieron las provisiones de cuscús de los enemigos. Pero todavía faltaba resolver cómo regresar a la situación anterior, aquella maravillosa época en la que los humanos ignoraban la existencia de aquella isla paradisiaca.
La paz que redefinió el orden mundial y galáctico
Cuando la humanidad parecía condenada a estudiar en clase de Geografía e Historia la Tercera Guerra Mundial en un capítulo titulado «Todo empezó por culpa de las putas cabras», apareció Colin Powell, secretario de Estado estadounidense, para mediar entre España y Marruecos. La mayor potencia del planeta tuvo que intervenir para conseguir que dos países de chichinabo dejaran de discutir por una piedra que ninguno quería y no valía ni mierda. Pero un desenlace así resulta demasiado discreto para semejante epopeya. Lo que realmente pasó fue algo más que un simple par de llamadas, y es que los acuerdos de paz se negociaron durante semanas en un safari en Botsuana. Según nuestras fuentes, Aznar y Zapatero llegan a reunirse con Mohamed VI en aquel terreno neutral mientras el rey Juan Carlos ejerce de intermediario, aprovechando una pausa en la cacería de elefantes.
—Mohamed, hombre, ¿cómo vamos a pelearnos por eso? Si ahí no cabe ni un chalet.
La cumbre transcurre entre copazos, apretones de manos y una mesa cubierta de joyas y diamantes, ofrenda de las élites locales. Zapatero, jefe de la oposición, se ofrece a transportarlas de manera segura a España. Aznar, por su parte, provoca un incidente diplomático al ponerse un sombrero vaquero y empezar a hablar en un inglés inventado, ofendiendo sin querer a Bush, a su familia y al estado de Texas. Mohamed VI amenaza con una yihad. Juan Carlos pide tranquilidad porque están espantando a los elefantes. Una cabra, invitada como representante de la población local, se come el borrador del tratado. Los presentes aplauden la intervención.
De haber escalado de verdad, la crisis podría haber tenido consecuencias mucho más graves: enfrentamientos armados por todo el globo, millones de víctimas, la desaparición de los principales organismos internacionales y la caída del comercio mundial. En la versión de Hollywood, Aznar y Zapatero, interpretados por Denzel Washington y Lucy Liu, respectivamente, se habrían subido a un submarino nuclear, cruzado el Estrecho y lanzado al combate armados hasta los dientes y gritando «¡No abandonamos a nadie!» mientras rescatan a una cabra herida. Todo muy épico e inclusivo.
Por suerte, el final real fue bastante menos cinematográfico. España retiró sus tropas el 20 de julio y Perejil volvió a quedar sin militares ni banderas. El acuerdo recuperó la situación anterior a la crisis, pero dejó sin resolver la cuestión de la soberanía. Después de semejante despliegue y de poner al mundo entero al borde del abismo, el gran logro diplomático consistió en conseguir que todo volviera a estar como antes. España podía presumir de haber desalojado a los militares marroquíes en una batalla épica. Marruecos también podía celebrar que había expulsado a los españoles en una batalla todavía más épica. Cada cual encontraba la manera de vender el desenlace como una victoria y nadie tenía que volver a casa diciendo: «Hemos movilizado al Ejército y al final no nos hemos pegado ni ná».

Las consecuencias definitivas fueron una leve crisis diplomática, unas cuantas imágenes para los telediarios y material de sobra para que décadas después sigamos haciendo chistes. Puede que nuestros abuelos vivieran la Guerra Civil y nuestros padres la dictadura franquista, pero nosotros vivimos la gloriosa gesta que representó la grandeza y bravura de nuestro país. Y es que Perejil fue nuestro desembarco de Normandía.
Las únicas vencedoras indiscutibles fueron las cabras. Vieron llegar soldados, helicópteros y banderas; recibieron caricias, comida y atención de todo el mundo, y después de una intensa semana las dejaron en paz. Los imperios se retiraron. Los generales guardaron sus mapas. Los diplomáticos se felicitaron por la paz. Los tertulianos se hicieron expertos en otro tema. Y una cabra se subió a la roca más alta, contempló sus dominios y cagó sobre el campo de batalla.
Así terminó la epopeya de Perejil: dos países defendieron su honor echándose un pulsito para ver quién la tenía más grande hasta que llegó Estados Unidos a darnos una colleja y poner paz.
Todo cambió para que las cabras siguieran igual
La guerra de Perejil marcó un antes y un después en la historia militar: pocas veces se había desplegado tanta épica para recuperar un sitio donde no había ni sitio donde estar. Helicópteros, buques y fuerzas especiales demostraron que España podía conquistar una roca y abandonarla poco después con enorme profesionalidad. En la cultura popular quedó una epopeya de sobremesa de la que sentirnos orgullosos: nuestro Lepanto moderno, pero con más perejil y menos muertos.
El statu quo se restauró, la soberanía siguió sin resolverse y cada país encontró la manera de presumir de victoria y vender su relato. Todo volvió a estar como antes, pero después de gastarse un dineral en movilizar al Ejército y tocarle las narices a medio mundo. Las cabras recuperaron sus dominios y continuaron pastando, ajenas a las fronteras, al honor nacional y al presupuesto de Defensa. Estos majestuosos y bellos animales fueron los auténticos héroes de esta historia.