El Vecino: el superhéroe español que no puede pagar el alquiler

El Vecino está de vuelta. Más de veinte años después de su nacimiento, y tras haber dado incluso el salto a Netflix, Santiago García y Pepo Pérez recuperan a su particular superhéroe de barrio con El Vecino 4, publicado en junio de 2026.

Una buena excusa para volver a uno de los cómics más peculiares que ha dado este país y también para reivindicar una generación de autores que, junto a nombres como Paco Roca o Juanjo Guarnido, demuestra que el cómic español hace mucho tiempo que dejó de vivir únicamente de Mortadelo y Filemón.

Porque Javier puede convertirse en Titán, tener poderes y salvar el día, pero cuando se quita el traje sigue teniendo que enfrentarse a alquileres, trabajos cutres, relaciones sentimentales y al enemigo más cabrón de todos: la vida adulta.

El Vecino: un superhéroe de aquí

El Vecino nació en 2004 de la mano del guionista Santiago García y el dibujante Pepo Pérez, con una idea bastante sencilla: ¿qué pasaría si un superhéroe viviera en un barrio cualquiera de Madrid y su vida fuese bastante menos espectacular y glamurosa que la de los de Marvel?

El prota de esta historia es Javier, un tipo bastante desastre que, de la noche a la mañana, recibe los poderes de Titán. Su vecino José Ramón, un opositor bastante más sensato que él, descubre el secreto y termina ayudándole a gestionar su nueva vida superheroica. Porque los poderes han elegido a Javier, sí, pero el sentido común parece que no.

El cómic apareció además en una época especialmente interesante para el tebeo español. Autores como Paco Roca, Juanjo Guarnido o Sergio García ayudaban a demostrar que aquí se podían hacer cómics de prácticamente cualquier género y para cualquier público. El Vecino tampoco partía de terreno virgen. Décadas antes, Jan ya había convertido a Superlópez en el gran superhéroe español, mezclando poderes imposibles con oficinas, hipotecas, jefes, vecinos y miserias cotidianas. Santiago García y Pepo Pérez recogieron en cierto modo ese testigo, pero lo llevaron hacia otro terreno: menos parodia, más costumbrismo y unos personajes cuya vida personal importa tanto —o más— que sus aventuras con mallas.

Superpoderes, oposiciones y una vida de mierda

Y ahí está probablemente la mayor gracia de El Vecino. Hay poderes, villanos, identidades secretas y amenazas, pero durante buena parte de la serie todo eso importa más bien poco. Mientras los superhéroes americanos salvan Nueva York por quinta vez antes de desayunar, aquí lo que preocupan son las oposiciones, el trabajo, el dinero, las parejas, los pisos y conseguir que tu existencia mantenga una mínima apariencia de normalidad.

De hecho, muchas de las grandes heroicidades de Titán ocurren incluso fuera de las viñetas. Santiago García y Pepo Pérez están mucho más interesados en lo que pasa cuando termina la aventura: volver a casa, quitarse el traje y descubrir que tener superpoderes sirve de poco cuando tienes que pagar el alquiler y llenar la nevera.

Y por eso funciona tan bien. El Vecino no se ríe de los superhéroes desde fuera; es un cómic de superhéroes, pero uno donde salvar la ciudad es bastante más sencillo que conseguir tener una vida medio funcional.

De las viñetas a Netflix

En 2019 El Vecino dio el salto a Netflix, con Quim Gutiérrez como Javier, Clara Lago como Lola y Adrián Pino como José Ramón. La serie duró dos temporadas y mantuvo bastante bien la idea fundamental del cómic: los superpoderes están ahí, pero lo divertido sigue siendo ver a un tío bastante poco preparado para la vida adulta intentando compaginar ser un héroe con tener una vida mínimamente normal.

La adaptación se tomó sus libertades, amplió personajes y llevó la historia por su propio camino, pero también consiguió algo importante: que un personaje nacido en un cómic español bastante alejado del gran público acabara llegando a espectadores que probablemente no habían pisado una tienda de cómics en la vida.

Y aunque podría parecer que el éxito de Netflix acabaría condicionando los tebeos, ocurrió más bien lo contrario. García y Pérez continuaron con sus propios planes y dejaron que ambas versiones siguieran caminos diferentes.

El Vecino 4: quince años después

Y llegamos a 2026. Cuando parecía que Titán podía quedarse definitivamente en el cajón de las historias inacabadas —ese lugar donde envejecen las promesas rotas, descansan los sueños de ser bombero y se acumulan, como pequeños monumentos al fracaso, las matrículas del gimnasio al que juramos ir y no fuimos—, apareció El Vecino 4.

La espera tiene una explicación bastante espectacular: el guion estaba terminado desde 2011 y Pepo Pérez ha tardado alrededor de quince años en dibujarlo. No sabemos si es que estaba laido o es que dibuja más despacio de lo que se construye una catedral medieval, pero lo importante es que finalmente está aquí.

Y el tiempo también ha pasado dentro del cómic. José Ramón es funcionario y está a punto de ser padre, Javier parece haber conseguido cierta estabilidad y, justo cuando todos empiezan a comportarse como adultos responsables, aparecen hombres lagarto dispuestos a destruir la ciudad. Lo típico. Además, este cuarto volumen cambia el juego: aquello que antes muchas veces ocurría fuera de plano ahora ocupa el centro de las viñetas. Hay más acción, más espectáculo y un Titán mucho más superheroico. Después de veinte años preguntándose qué hace un superhéroe cuando termina de salvar el mundo, El Vecino parece haber decidido que ya iba siendo hora de enseñarnos también las hostias.

Y esto todavía no ha terminado: Santiago García ya tiene escrito El Vecino 5, que será el encargado de cerrar definitivamente la historia.

Conclusión

El Vecino lleva más de veinte años demostrando que para hacer un buen cómic de superhéroes español no hace falta copiar americanadas ni mandar a nadie a salvar el universo. A veces basta con darle poderes a un tipo bastante desastre, ponerle un vecino con algo más de sentido común y dejar que ambos intenten sobrevivir a la vida adulta y a invasiones alienígenas.

Ahora Titán vuelve con más años, más problemas y, por lo visto, bastantes más hostias. Y después de quince años esperando este cuarto volumen, solo queda una duda: esperemos que Pepo Pérez no tarde otros quince en dibujar el quinto, porque a este ritmo sus fans vamos a llegar al final con cataratas y artritis.

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