¿Es Dragon Ball Evolution la peor película de la historia de la humanidad? La ciencia responde

Durante años, Dragon Ball Evolution ha sido considerada una de las peores películas de la historia. Pero «una de las peores» es una afirmación vaga, cobarde y, sobre todo, carente de rigor científico. Y ya va siendo hora de dejar a un lado las opiniones y afrontar la cuestión como corresponde.

El objetivo de este artículo no es solo determinar si Dragon Ball Evolution es, efectivamente, la peor obra audiovisual jamás creada por el ser humano desde que los hermanos Lumière inventaran la cámara. Nuestras ambiciones van un poco más allá: existen indicios suficientes para plantear que, en el escenario más preocupante, podríamos encontrarnos ante un fenómeno cuya aparición guarda una inquietante relación con el progresivo deterioro de nuestra civilización.

Para comprobarlo someteremos sus 85 interminables minutos de metraje a un análisis exhaustivo de coherencia narrativa, construcción de personajes, fidelidad al material original, calidad audiovisual y cantidad de subnormalidades por minuto. La hipótesis es sencilla: si existe un límite para la degradación audiovisual, Dragon Ball Evolution podría haberlo encontrado e incluso rebasado.

Primeras anomalías detectadas

Nuestro experimento comienza hace 2.000 años, cuando Piccolo llegó a la Tierra acompañado de Ozaru, un gigantesco simio, discípulo y colega de fechorías. Juntos estuvieron a punto de destruir el mundo hasta que siete místicos consiguieron detenerlos utilizando el Mafuba, una especia de hechizo con el que encerraron a Piccolo en un caldero. Después crearon las siete Bolas de Dragón y las repartieron por el mundo porque sí. ¿Y qué paso con Ozaru? Pues no se sabe. Se fue a hacer turismo por el espacio.

Dos milenios después conocemos a Goku, un adolescente americano que vive con su abuelo asiático, Gohan. Este intenta enseñarle a sentir el ki, para que pueda farmear aura con sus colegas, pero Goku no consigue percibir una mierda. También le hace prometer que jamás peleará, ni aunque su vida este en peligro mortal. Y además, por su decimoctavo cumpleaños, le regala una Bola de Dragón que lleva años custodiando. Pero este Goku tiene poco interés en luchar, entrenar o hacerse más fuerte. Su principal preocupación es arrimar cebolleta a Chi-Chi, la buenorra de la clase y sobrevivir al instituto, donde un grupo de matones le hace bullying. Sí: le hacen bullying al puto Goku. Aunque bullyng es una forma suave de llamarlo, ya que intentan matarlo descaradamente sin que nadie haga nada. En un momento dado tratan de atropellarlo con el coche, y el chaval se salva de puto milagro.

Mientras tanto, Piccolo ha conseguido escapar de su prisión después de 2.000 años. Cómo lo ha hecho es una cuestión que no nos importa, lo importante aquí es que está recorriendo el mundo buscando las Bolas de Dragón acompañado por Mai, una esbirra humana que, por motivos desconocidos, ha decidido ayudar a un alienígena maligno cuya intención es someter o destruir el planeta, tampoco está muy claro el plan. Lo que sí está claro es que es un plan maligno. ¿Cómo sabe Piccolo de la existencia de las Bolas de Dragón? Se lo ha chivado el guionista.

Colapso de la causalidad

Un día en el insti, Goku observa a Chi-Chi intentando abrir su taquilla y el chaval decide ayudarla utilizando el ki. Recordemos que esa misma mañana era incapaz siquiera de sentirlo. Pero como la sangre de todo su cuerpo se le ha ido al prepucio, ha logrado claridad mental y, tras concentrar su energía, consigue abrir no una, sino todas las taquillas del pasillo. Nuestro querido protagonista ha adquirido nuevas habilidades durante el trayecto entre escenas. Impresionada por semejante demostración de cerrajería espiritual, Chi-Chi lo invita a su fiesta de cumpleaños, ya que casualmente cumple años el mismo día que Goku. Este acepta encantado y deja plantado a su abuelo, que le había preparado un banquete. El nieto del año.

En la fiesta vuelve a encontrarse con los matones del instituto y termina protagonizando una pelea ridícula en la que consigue derrotarlos sin llegar a tocarlos directamente, ya que, por lo visto, en una película de Dragon Ball está feo que el protagonista dé hostias. Después, hablando con Chi-Chi, Goku le cuenta que nunca conoció a sus padres y que Gohan le prometió revelarle la verdad sobre su origen cuando cumpliera dieciocho años. El chaval ha vivido toda su vida aislado con un anciano que le oculta de dónde salió. Todo apunta a que Gohan es en realidad un secuestrador de niños.

Esa noche, cuando Goku regresa a casa, encuentra todo destruido y a Gohan agonizando entre los escombros, ya que Piccolo había aparecido buscando la Bola de Dragón que, casualmente, el chaval se había llevado a la fiesta. ¿Cómo sabía Piccolo que Gohan tenía una? Porque si Piccolo es capaz de detectar las Bolas de Dragón, algo que nunca se explica en la película, ¿por qué no detectó que aquella ya no estaba allí? Antes de palmar, Gohan le encomienda una misión: encontrar al maestro Roshi y reunir las siete Bolas de Dragón porque la trama tiene que avanzar.

Más alteraciones graves de la lógica

A la mañana siguiente aparece una chica llamada Bulma apuntando a Goku con una pistola y dispuesta a volarle la cabeza sin muchas contemplaciones. Y es que la noche anterior Mai se había colado en su empresa y había robado una Bola de Dragón que Bulma guardaba allí. Gracias a un radar diseñado por ella misma, ha detectado la señal de la bola y ha ido a la casa del chaval a recuperar lo que es suyo. Pero es que Bulma vio perfectamente a Mai mientras robaba su Bola de Dragón. Entonces, ¿por qué al encontrarse con Goku lo acusa de ladrón? Más importante todavía: si dispone de un radar capaz de localizar las bolas, ¿por qué no siguió la señal de la que acababan de robarle en lugar de ir detrás de otra diferente? Y si hasta ese momento creía que su bola era única, ¿para qué coño había construido un radar específicamente diseñado para encontrar Bolas de Dragón?

Goku le explica entonces que existen siete bolas y que, al reunirlas, puede invocarse a un dragón capaz de conceder un deseo. Bulma decide entonces que necesita reunirlas para crear una fuente de energía inagotable y le pide a Goku que la acompañe en la búsqueda. Hace treinta segundos ni siquiera sabía que existían otras seis, pero ya tenía preparado un proyecto energético para utilizarlas por si acaso. Primero deciden ir en busca del maestro Roshi, el cual vive en una especie de cráter a las afueras de una ciudad. Una vez allí, Goku siente repentinamente la presencia de otra Bola de Dragón y decide colarse en la casa a buscarla. No utiliza el radar de Bulma. Simplemente la siente. Otro poder desbloqueado.

Goku comienza a revolverlo todo, tirando objetos y armando un ruido de mil demonios, pero Roshi no despierta hasta que una pequeña piedrecita golpea cerca de él. Y a pesar de haberle prometido a su abuelo moribundo que no pelearía, Goku se lía a hostias con el anciano al que acaba de allanarle la casa, en vez de intentar explicarle la situación. Durante el combate vuelve a recordar cómo utilizar el ki y uno de sus ataques impacta contra Bulma, que sale disparada destrozando media casa y muriendo reventada en el acto. O al menos eso es lo que debería haber ocurrido con semejante hostiazo, pero por desgracia la chica sale ilesa, aunque un poco despeinada. Finalmente, la situación se aclara y Roshi les cuenta que él fue el maestro de Gohan, a pesar de ser mucho más joven, y que posee otra Bola de Dragón.

Entramos en territorio científicamente inexplicable

Al enterarse de que Goku es el nieto de Gohan, Roshi empieza a pensar que toda la movida de las Bolas de Dragón es cierta, a pesar de que nunca antes había creído en todo aquello. Roshi les explica que se aproxima un eclipse solar durante el cual Ozaru regresará, se unirá a Piccolo y juntos destruirán el mundo. Un plan perfecto, sin fisuras. Para impedirlo deben reunir las siete Bolas de Dragón antes que él, ya que el dragón Shenron es el único que puede detenerlo y, al mismo tiempo, entrenar a Goku para que pueda enfrentarse al villano, ya que también es el único que puede detenerlo. Mientras tanto, Piccolo continúa buscando las bolas: primero destruye una ciudad entera lanzando una bola de fuego asesina y luego deseca un lago entero sin inmutarse, habilidades que no volverá a usar en toda la película.

Con el eclipse cada vez más cerca y el destino de la humanidad en juego, Goku, Bulma y Roshi parten hacia el desierto en busca de un templo secreto donde nuestro protagonista podrá comenzar su entrenamiento. Dado que disponen de poco tiempo, Bulma y Roshi viajan en moto mientras Goku corre detrás de ellos cargando con todo el equipaje. La estrategia para optimizar el tiempo resulta difícil de justificar, pero suponemos que forma parte del entrenamiento. Finalmente llegan al supuesto templo secreto, que resulta estar lleno de gente entrenando. Y entre toda esa gente se encuentra, casualmente, Chi-Chi, que, a pesar de vivir en el mismo barrio que el protagonista, se va a entrenar a un desierto perdido a miles de kilómetros para que su familia no se entere de que es luchadora, que eso está muy mal visto en este universo. La muchacha les explica que está allí preparándose para un torneo de artes marciales que se celebrará próximamente y después nuestros protagonistas continúan su camino al detectar la presencia de otra Bola de Dragón. ¿Están entrenando a Goku o reuniendo las Bolas de Dragón? La respuesta es sí.

Durante el trayecto, los tres caen en un agujero gigantesco excavado en mitad de la carretera por Yamcha, un bandido que utiliza este sistema para atrapar viajeros. ¿Cómo ha conseguido excavar semejante sima sin que nadie se dé cuenta? Cualquiera que caiga ahí con su coche tiene todas las papeletas de matarse y, de hecho, el vehículo de nuestros protagonistas queda completamente destrozado. ¿Qué piensa robar entonces, la chatarra? ¿La policía no sabe que un tarado ha excavado una trampa mortal en mitad de la carretera? Y si es un camino tan poco transitado que nadie lo ha descubierto, ¿qué coño hace Yamcha esperando allí? ¿Por qué este puto psicópata no está encerrado en la cárcel? Tampoco está claro cómo semejante agujeraco puede funcionar como trampa. No hay trampillas, barreras ni ningún mecanismo para ocultarlo. Es simplemente un agujero enorme en mitad de la carretera que Bulma, por algún motivo absurdo, no ve hasta que ya está cayendo dentro.

Anomalías espacio-temporales recurrentes

Nuestros protagonistas permanecen atrapados durante horas mientras Yamcha intenta negociar con ellos. Entonces Roshi decide que ya ha tenido suficiente, pega un salto gigantesco y sale del agujero. ¿Por qué coño no hizo eso nada más caer? Que se supone que hay prisa coño. Y, casualmente, dentro del agujero hay otra Bola de Dragón que el magnífico radar de Bulma no había detectado antes, pero ahora sí porque patatas. Tras ofrecerle dinero, Yamcha decide ayudarlos y utiliza un enorme taladro para buscar la bola. El problema es que, tras excavar un poco dentro de un agujero que estaba en una apacible campiña, salen directamente a un paisaje volcánico cubierto de lava, humo y ceniza. Pues vale, ¿por qué no? Mientras tanto, Piccolo crea unos esbirros que se teletransportan al volcán para detenerlos. ¿Cómo sabe exactamente dónde están sus enemigos? No se explica. ¿Y por qué Piccolo no va personalmente y les quita las bolas? Tampoco.

Tras derrotarlos, Goku utiliza sus cuerpos como puente para alcanzar una isla rodeada de lava donde está otra bola. ¿Por qué Roshi no pega uno de sus saltos mortales para alcanzar la isla? Además, allí está esperando Mai para intentar arrebatarle la bola a Goku, pero este se deshace de ella sin mucho problema. ¿Cómo ha llegado la villana allí? ¿A quién le importa? El grupo pone entonces rumbo a Toisan, donde se celebra el torneo de artes marciales y donde vive el maestro de Roshi, Sifu Norris, a quien pide ayuda para preparar el Mafuba, ya que también es el único modo de derrotar a Piccolo. Allí la pandilla vuelve a encontrarse casualmente con Chi-Chi, que está luchando, casualmente, contra Mai. Esta aprovecha el enfrentamiento para hacerle un corte y robarle una muestra de sangre. Mientras tanto, Yamcha y Bulma se han enamorado locamente tras intercambiar dos frases y un intento de asesinato.

Roshi comienza a enseñar a Goku el Kamehameha, una técnica legendaria cuya primera aplicación práctica consiste en encender farolas. El problema es que Goku parece haber olvidado otra vez cómo utilizar el ki y termina haciendo trampas para convencer a Roshi de que ha logrado dominar la técnica. Recordemos que Goku no está tratando de aprobar un examen del instituto: está entrenando para evitar el fin del mundo. Por suerte, Chi-Chi encuentra el incentivo que necesitaba y le promete un beso si consigue encender las farolas. Al parecer, salvar a la humanidad no era motivación suficiente. Más tarde esa noche, Chi-Chi aparece para robar las Bolas de Dragón. En realidad es Mai, que, gracias a la sangre obtenida durante el torneo, puede adoptar su aspecto por algún mecanismo que la película no considera necesario explicar. Goku descubre el engaño y recibe un disparo mortal de necesidad al tratar de detenerla, mientras la mala escapa con las bolas. Roshi consigue salvarlo in extremis utilizando un Kamehameha, confirmando así una nueva propiedad de la técnica que hasta ahora desconocíamos: también sirve como desfibrilador.

La degradación alcanza niveles críticos

Nuestros queridos protagonistas ponen rumbo al Templo del Dragón, el único lugar donde puede invocarse a Shenron. Piccolo ya está allí y pretende utilizar las bolas para pedir un deseo, aunque llegados a este punto tampoco queda demasiado claro para qué las necesita. Su objetivo es conquistar/destruir la Tierra, pero ya es prácticamente invencible. Goku y compañía llegan justo a tiempo para interrumpir la invocación y entonces se produce la gran revelación: Goku es Ozaru. Por lo visto, llegó a la Tierra en un meteorito hace dieciocho años para servir a Piccolo y, con la llegada del eclipse, se transforma en un gigantesco mono de CGI cutre de aproximadamente un metro setenta.

Esto plantea un pequeño problema. Al principio de la película nos contaron que Ozaru ya acompañaba a Piccolo hace 2.000 años. ¿Es el mismo? ¿Se ha reencarnado? ¿Dónde ha estado durante los últimos dos milenios? La película responde a todas estas preguntas con un respetuoso silencio. Roshi utiliza el Mafuba para encerrar de nuevo al villano, pero fracasa y muere a manos de Ozaru, que está siendo controlado por Piccolo. La muerte de su querido maestro, al que conoció hace dos días, hace que Goku recapacite, aprenda una valiosa lección vital, recupere su forma humana y derrote a Piccolo con un Kamehameha.

Con el mundo salvado, reúnen las Bolas de Dragón e invocan a Shenron para resucitar a Roshi. Exclusivamente a Roshi. ¿Y su abuelo Gohan? ¿Y las miles de víctimas de Piccolo? Que les den por culo. Nuestros héroes tampoco se molestan en comprobar si Piccolo está realmente muerto, algo especialmente recomendable tratándose de un peligroso alienígena que casi acaba con el planeta dos veces. Y en la escena final descubrimos que Piccolo ha sobrevivido y que una misteriosa mujer lo está cuidando, dejando preparada una secuela que, desafortunadamente para nuestra especie, jamás llegó a producirse.

Fin del experimento.

Conclusiones del estudio

Los resultados son concluyentes. El CGI es lamentable, los diseños parecen concebidos bajo los efectos de una sobredosis de LSD y la ambientación convierte Dragon Ball en una película juvenil americana con cuatro referencias desperdigadas para justificar el título. El guion no cuenta una historia: acumula acontecimientos que suceden porque hace falta llegar a la siguiente escena, mientras personajes mal escritos toman decisiones que desafían cualquier forma conocida de lógica.

Pero el crimen definitivo es Goku. Han cogido al icónico personaje de Bola de Dragón, definido por su entusiasmo por luchar, entrenar y superarse y al que no le interesa nada más, ni siquiera la crianza de sus hijos, y lo han convertido en un adolescente obsesionado con ligar, encajar en el instituto y evitar las peleas a toda costa. Si a eso añadimos combates ridículos, un Ozaru que parece salido de un videojuego cutre de los 90 y decisiones creativas que deberían ser juzgadas por un tribunal de crímenes de guerra, el resultado supera nuestras peores previsiones. Podemos, por tanto, dar por finalizado el experimento: la materialización de la mediocridad existe y la hemos encontrado.

Los responsables pueden estar tranquilos: no existe legislación que castigue lo ocurrido. Y es una pena, porque absolutamente todos los participantes en este sinsentido —director, actores, cámaras y hasta el que trae los cafés— deberían pasar el resto de sus vidas en una mazmorra medieval siendo torturados por la Inquisición. Dragon Ball Evolution no es solo una mala adaptación ni una película desastrosa. Es una aberración audiovisual, un monumento a la incompetencia y una prueba de que, cuando crees que el cine ha tocado fondo, alguien puede coger una pala y seguir cavando entre la mierda.

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