Hay cómics que intentan conquistarte con superhéroes, explosiones y tipos en calzoncillos capaces de destruir planetas. El vuelo del cuervo se conforma con menos: una joven de la Resistencia, un ladrón con demasiado morro, el París ocupado por los nazis y el espectacular dibujo de Jean-Pierre Gibrat. ¿Para qué quieres más?
Publicada originalmente en Francia en dos álbumes entre 2002 y 2005, la obra puede encontrarse en España reunida por Norma Editorial en una edición integral. Y aunque comparte época y ciertas obsesiones con La prórroga, otra de las obras más conocidas de Gibrat, estamos ante una historia independiente que puede leerse perfectamente por separado.
Jean-Pierre Gibrat y su obsesión por la Francia ocupada
Jean-Pierre Gibrat es uno de esos autores que no necesitan montar una batalla de proporciones épicas para hablar de la guerra. Le interesa mucho más lo que ocurre mientras esta sucede: las calles, las casas, los pequeños actos de resistencia, los colaboracionistas, los romances y las personas corrientes intentando sobrevivir mientras Europa se convierte en un gigantesco campo de batalla.
Ya había explorado este terreno en La prórroga, ambientada también durante la ocupación alemana de Francia, y volvió sobre él en El vuelo del cuervo. No se trata de una continuación directa ni de una precuela, sino de otra historia situada en ese mismo periodo histórico.
Gibrat se encarga además prácticamente de todo: guion, dibujo y color. Eso hace que la obra tenga una personalidad visual y narrativa tremendamente reconocible.

Jeanne, François y una Francia intentando sobrevivir
La protagonista es Jeanne, una joven relacionada con la Resistencia francesa que acaba detenida por la policía en junio de 1944. En prisión conoce a François, un ladrón que, al menos sobre el papel, tiene preocupaciones bastante menos heroicas que liberar Francia de los nazis.
Las circunstancias terminan uniendo a dos personajes que difícilmente habrían acabado juntos en condiciones normales. A partir de ahí, El vuelo del cuervo mezcla aventura, romance y suspense con el retrato de una sociedad que lleva años viviendo bajo la ocupación.
Y ahí reside buena parte de su encanto. Los alemanes están presentes y la guerra condiciona absolutamente todo, pero Gibrat también deja espacio para la vida cotidiana, el miedo, el deseo, las pequeñas traiciones y esa capacidad tan humana de enamorarse incluso cuando probablemente tengas problemas bastante más urgentes.
Un cómic que entra primero por los ojos
Pero si hay algo difícil de ignorar en El vuelo del cuervo es su apartado gráfico. Puedes no saber absolutamente nada de la historia y basta con abrir el álbum por una página cualquiera para entender por qué Gibrat tiene semejante reputación como dibujante.
Sus escenarios están repletos de detalles, las calles y edificios transmiten perfectamente la atmósfera de la Francia de los años cuarenta y el uso del color aporta una calidez curiosa a una historia ambientada en uno de los periodos más oscuros de Europa.
Y después está Jeanne. Gibrat dedica bastante cariño a su protagonista y consigue que sea tremendamente expresiva, atractiva y reconocible sin convertirla simplemente en una cara bonita paseándose entre decorados espectaculares. Personajes y escenarios forman parte del mismo conjunto y hay viñetas que prácticamente piden ser colgadas en una pared.

Conclusión
El vuelo del cuervo demuestra que un cómic sobre la Segunda Guerra Mundial no necesita centrarse en grandes batallas para resultar apasionante. Gibrat utiliza la ocupación francesa como escenario para contar una historia de resistencia, supervivencia, aventura y romance que, además, entra por los ojos desde la primera página.
La edición integral es probablemente la mejor manera de acercarse actualmente a la obra: toda la historia reunida en un único volumen y una buena excusa para descubrir por qué Jean-Pierre Gibrat está considerado uno de los grandes dibujantes del cómic europeo.