Pedro Bohórquez: el pícaro andaluz que se proclamó emperador Inca y acabó declarándole la guerra a España

La historia está plagada de conquistadores, aventureros y buscavidas que, a base de morro y audacia, intentaron medrar con más o menos suerte. Pero pocos tuvieron los santos cojonazos de inventarse que eran descendientes de los incas y terminar gobernando un reino indígena. Eso, a grandes rasgos, fue lo que hizo Pedro Bohórquez, un andaluz del siglo XVII cuya vida es tan bizarra que parece más una novela de aventuras que otra cosa.

Aventurero, embaucador, explorador y finalmente líder de una rebelión contra los españoles, Bohórquez pasó buena parte de su existencia buscando fortuna en América sin mucho éxito, hasta que encontró una manera mucho más creativa de prosperar: convertirse él mismo en aquello que llevaba años persiguiendo. Y lo más alucinante es que la jugada le funcionó.

Pedro Chamijo, el sinvergüenza que quería encontrar una ciudad de oro

Antes de ser Inca, nuestro protagonista ni siquiera se llamaba Bohórquez. Su nombre original era Pedro Chamijo o Chamizo, había nacido en Andalucía a comienzos del siglo XVII y llegó muy joven a América buscándose las habichuelas.

Como tantos otros aventureros de la época, terminó obsesionado con Paititi, el legendario reino o ciudad perdida donde supuestamente se ocultaban enormes riquezas incas. Durante años intentó organizar expediciones y convencer a las autoridades de que sabía cómo encontrarlo. No tuvo demasiada suerte.

Sus aventuras acabaron provocándole problemas con la justicia y terminó en Valdivia, Chile. En algún momento adoptó el apellido Bohórquez y, tras abandonar Chile y atravesarse los Andes a pata, apareció hacia mediados de la década de 1650 en la gobernación del Tucumán. Allí encontró algo mucho más interesante que una ciudad perdida: un territorio que los españoles llevaban más de un siglo sin conseguir controlar por completo.

Un andaluz que se convirtió en Inca

Los Valles Calchaquíes, en el actual noroeste argentino, estaban habitados por diferentes pueblos que habían protagonizado décadas de resistencia frente al avance español. No formaban un único Estado, pero ante determinadas amenazas podían agruparse alrededor de líderes comunes. Para cuando apareció Bohórquez, llevaban alrededor de un siglo alternando guerras, rebeliones, negociaciones y periodos de relativa paz con los españoles.

Bohórquez conocía suficientemente bien el mundo andino como para ver que allí había negocio. Se presentó como Inca Hualpa, supuesto descendiente de los antiguos soberanos incas, y comenzó a ganarse el apoyo de varios caciques a base de labia y carisma.

Pero aquí hay un detalle importante: probablemente aquello no fue simplemente la historia de «unos indígenas engañados por un español». Algunas investigaciones consideran que muchos calchaquíes sabían perfectamente que Bohórquez no era un auténtico Inca, pero aceptaron su figura porque podía servir para reagruparlos y reforzar su posición frente a los españoles. Y es que las propias fuentes muestran que no todas las tribus calchaquíes lo apoyaron.

El hombre que consiguió engañar a todo el mundo

Y entonces Bohórquez hizo su jugada maestra: engañar a los dos bandos al mismo tiempo. Mientras se presentaba ante los calchaquíes como heredero de los incas y defensor de su libertad, acudió a los españoles con una historia completamente diferente. Les aseguró que podía pacificar aquellos valles que tantos quebraderos de cabeza les estaban dando, facilitar su evangelización y, sobre todo, conseguir que los indígenas revelasen dónde escondían unas supuestas minas de oro que llevaban generaciones ocultando.  

El gobernador de Tucumán, Alonso Mercado y Villacorta, decidió tragarse el anzuelo. En 1657 Bohórquez se presentó ante las autoridades rodeado de caciques, vestido con toda la parafernalia de un soberano inca y transportado en una litera dorada. Aquello debía de ser digno de ver: un andaluz llegando en procesión como si fuera el mismísimo emperador de los Andes mientras los funcionarios españoles intentaban decidir qué carajos hacer con él. Y eso que el obispo de Tucumán ya había advertido que no se fiaran del personaje.

Pues ni caso. Bohórquez recibió cargos como teniente de gobernador, justicia mayor y capitán de guerra de los Valles Calchaquíes, además de autorización para utilizar el título de Inca. Después llegaron los festejos, que según una de las fuentes se prolongaron durante casi dos semanas, con banquetes, teatro y hasta corridas de toros. Los calchaquíes tenían a su Inca y los españoles tenían a su funcionario. Y mientras todos esperaban que aparecieran las famosas minas de oro, Bohórquez se instalaba en los valles y empezaba a comportarse cada vez menos como un farsante y cada vez más como un gobernante de verdad.

De rey inca a rebelde contra España

Bohórquez empezó a fortificar sus posiciones, organizó a sus seguidores y terminó rompiendo definitivamente con las autoridades españolas. El hombre al que poco antes habían reconocido y otorgado cargos oficiales ahora estaba levantando a los calchaquíes contra ellos.

En 1658 la situación desembocó en un enfrentamiento abierto. Bohórquez pasó a la ofensiva y uno de sus mayores éxitos fue la toma del fuerte de San Bernardo, en la zona de la actual Coronel Moldes. Durante un tiempo, aquel buscavidas andaluz se convirtió en un líder militar respetado, pero la aventura empezó pronto a hacer aguas. La respuesta española y las divisiones entre los propios pueblos indígenas fueron debilitando su posición hasta que Bohórquez comprendió que la fiesta se había terminado. En 1659 negoció su rendición, entregándose a cambio de garantías para salvar el pellejo.

Fue trasladado posteriormente a Lima, donde permaneció bajo custodia durante años y siguió dando dolores de cabeza a las autoridades. Finalmente, el 3 de enero de 1667, después de una vida dedicada a meterse en fregados cada vez más gordos, Pedro Bohórquez fue ejecutado. La resistencia calchaquí, sin embargo, no desapareció con él. Los españoles terminaron recurriendo a la desnaturalización, expulsando y dispersando comunidades enteras lejos de sus tierras para romper sus vínculos y evitar nuevos levantamientos. Bohórquez había caído, pero el conflicto que había aprovechado para convertirse en Inca venía de mucho antes y sobrevivió a su peculiar reinado.

El estafador que parecía un personaje de ficción

Pedro Bohórquez puede verse como un estafador, un oportunista, un aventurero o incluso como alguien que acabó metido hasta las cejas en su propio personaje. Lo que está claro es que protagonizó uno de los episodios más extraños de la América colonial.

Llegó buscando una legendaria ciudad de oro y terminó convertido en Inca Hualpa, reconocido por caciques indígenas, negociando de tú a tú con un gobernador español y participando después en una rebelión contra quienes inicialmente habían aceptado su autoridad.

Y pensar que todo empezó con un andaluz buscando hacerse rico. Al final no encontró Paititi, pero consiguió algo bastante más difícil: que más de tres siglos después sigamos preguntándonos cómo coño pudo llegar tan lejos.

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1 comentario en «Pedro Bohórquez: el pícaro andaluz que se proclamó emperador Inca y acabó declarándole la guerra a España»

  1. Es alucinante cómo un pícaro pueda engañar tanto a gobernantes y clérigos españoles, como a los incas. Aunque era de esperar su trágico desenlace.
    No conocía está historia, me ha gustado.
    👏👏

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