Tras los acontecimientos de God of War II, Kratos ya no busca únicamente acabar con Zeus. Después de años siendo manipulado por los dioses, ninguneado por su propio padre y utilizado como un simple peón, el Fantasma de Esparta ha llegado a una conclusión muy sencilla: si el Olimpo entero está en su contra, entonces el Olimpo entero tendrá que desaparecer. Así comienza el desenlace de una de las trilogías más épicas de la historia de los videojuegos, una aventura donde los dioses caen como moscas, Grecia se desmorona y Kratos demuestra que, cuando promete destruir el mundo, no está exagerando.
La guerra contra el Olimpo empieza por todo lo alto
El juego retoma exactamente el final de la segunda entrega, con Kratos cabalgando sobre Gaia mientras los titanes escalan el Monte Olimpo para declarar la guerra definitiva a Zeus. El juego empieza fuerte. A los pocos segundos ya estás participando en una batalla de proporciones épicas entre dioses, titanes y ejércitos tochos. Es uno de esos comienzos que te hacen pensar: «Bueno, si esto es el prólogo, no quiero imaginar cómo será el final». Y efectivamente, la cosa solo va a ir a más. Poseidón es el primero en salir a recibir al espartano, utilizando un gigantesco avatar de agua y varios hipocampos para intentar derribar a Gaia antes de que alcance la cima del Olimpo. El dios de los mares confía en que la inmensidad de su poder bastará para detener al Fantasma de Esparta. Cagada de principiante.
Tras una batalla absolutamente espectacular, Kratos consigue abrirse paso hasta Poseidón y le administra una de las ejecuciones más salvajes de toda la saga. Después de ostiarlo sin piedad, le hunde los pulgares en los ojos y le retuerce el cuello hasta partirlo. Es una muerte tan exageradamente violenta que deja claro que el protagonista ya no busca simplemente vengarse de Zeus; ahora cualquier dios que se interponga en su camino está condenado. Pero la muerte de Poseidón tiene consecuencias mucho más graves de lo que parece. Al desaparecer el dios que controla los mares, el equilibrio del mundo se rompe y gigantescos tsunamis comienzan a devastar toda Grecia. Ciudades enteras desaparecen bajo el agua mientras Kratos continúa su ascenso sin darle mucha importancia. Si el precio de su venganza es el fin del mundo, así será.
Finalmente, Kratos alcanza la cima del Olimpo y se encuentra cara a cara con Zeus. Todo parece preparado para el combate definitivo, pero las cosas se tuercen cuando Gaia decide abandonarlo a su suerte. La titánide confiesa que nunca fue más que una herramienta en la guerra entre titanes y olímpicos y deja caer al espartano hasta el río Estigia, donde pierde una vez más gran parte de sus poderes. Sí, otra vez toca empezar de cero. En el Hades vuelve a aparecer Atenea, ahora convertida en un ser superior, para entregarle las Espadas del Exilio y revelarle que la única forma de acabar definitivamente con Zeus es alcanzar la Llama del Olimpo. Antes de abandonar el inframundo, Kratos también aprovecha para ajustar cuentas con Hades, que sigue bastante molesto porque el espartano mató a su esposa Perséfone y ahora también a su hermano Poseidón.

Si eres un dios griego, más vale que no te cruces con Kratos
Después de escapar una vez más del Hades, Kratos regresa al Olimpo con más ganas de repartir estopa que nunca. Si alguien esperaba que la caída al inframundo le hubiera servido para reflexionar un poco, se equivoca de protagonista. El primero en cruzarse en su camino es Helios, que utiliza su cegadora luz para mantenerlo a raya. Pero Kratos consigue alcanzarlo y, después de una buena paliza, le arranca literalmente la cabeza para utilizarla como linterna portátil. Sí, has leído bien. El protagonista convierte la cabeza de un dios en una linterna.
La carnicería continúa con Hermes, posiblemente el personaje más cansino de toda la saga. Durante buena parte del juego no deja de perseguir a Kratos para burlarse de él, reírse de sus desgracias y recordarle constantemente que jamás podrá alcanzarlo gracias a sus botas aladas. El problema es que Hermes confunde velocidad con invulnerabilidad. Después de una persecución por medio Olimpo, Kratos consigue herirlo, le corta las piernas para que deje de correr de una vez y acaba con él sin demasiadas contemplaciones. Como si eso no bastara, también se enfrenta a Hércules, su hermanastro, consumido por los celos al considerar que Zeus siempre quiso más a Kratos que a él. El resultado vuelve a ser el habitual: el Fantasma de Esparta le destroza la cara a puñetazos utilizando los Cestus de Nemea hasta dejarle el rostro como una pizza pepperoni. Hay formas más elegantes de resolver los problemas familiares, pero desde luego ninguna tan efectiva.
Mientras tanto, Kratos también encuentra tiempo para visitar a Afrodita, única diosa del Olimpo que parece haber entendido que enfrentarse a él es una idea regulera. Digamos que ambos… mantienen una conversación bastante íntima antes de que la diosa le permita continuar su camino. Poco después reaparece Hefesto, que le habla de Pandora y le promete fabricar el arma definitiva si recupera la Piedra del Ónfalos del mismísimo Cronos. El titán, padre de Zeus, intenta aplastar al espartano, pero termina con una espada atravesándole la cabeza después de una batalla colosal sobre su propio cuerpo. Ni siquiera Hefesto resulta ser de fiar y acaba traicionando a Kratos para proteger a Pandora, aunque la jugada le sale bastante mal y termina empalado en su propia forja. A estas alturas queda bastante claro que intentar engañar al Fantasma de Esparta suele acortar la esperanza de vida.

Pandora consigue lo que ningún dios había logrado
Después de dejar el Olimpo convertido en un solar, Kratos llega por fin a los jardines de Hera, donde descubre que la situación en Grecia es ya completamente insostenible. La muerte de los dioses ha desencadenado inundaciones, plagas, oscuridad y hambrunas, mientras la propia Hera, completamente borracha y consumida por el odio, no deja de insultar al espartano. No es precisamente la mejor forma de recibir al hombre que acaba de matar a buena parte de tu familia. Kratos pierde la poca paciencia que le quedaba y acaba estrangulándola allí mismo, provocando que toda la vegetación de Grecia se marchite al instante. Poco después conoce a Dédalo, creador del gigantesco laberinto que protege a Pandora. El anciano lleva años esperando el regreso de su hijo Ícaro, sin saber que Kratos le arrancó las alas. Tras superar el laberinto y derrotar a un enorme escorpión, el Fantasma de Esparta encuentra por fin a Pandora, una niña creada por Hefesto para actuar como la llave capaz de abrir la Caja de Pandora.
Lo curioso es que, por primera vez en toda la trilogía, Kratos empieza a comportarse como un ser humano. Pandora le recuerda inevitablemente a su hija Calíope y poco a poco deja de verla como una simple herramienta para alcanzar su venganza. La relación entre ambos se convierte en el auténtico corazón de la historia y demuestra que, debajo de toda esa montaña de músculos, ceniza y mala ostia, todavía queda algo de la persona que fue antes de convertirse en el Fantasma de Esparta. Juntos consiguen llegar hasta la Llama del Olimpo, pero Pandora sabe que solo podrá extinguirse si ella se sacrifica. Kratos, que durante años no ha dudado en sacrificar a cualquiera para cumplir su objetivo, intenta convencerla de que existe otra solución. Es la primera vez que el espartano pone la vida de otra persona por delante de su propia venganza.
Sin embargo, Zeus aparece una vez más para impedirlo todo. Padre e hijo vuelven a enfrentarse mientras Pandora avanza lentamente hacia la Llama del Olimpo. Kratos intenta detenerla, Zeus intenta manipularlo recordándole el asesinato de su propia familia y, en medio del caos, Pandora acaba sacrificándose para apagar la llama. Después de todo lo ocurrido, después de haber destruido prácticamente el mundo entero para llegar hasta ese momento, Kratos abre por fin la Caja de Pandora… y descubre que está completamente vacía. Durante unos segundos todo parece haber sido inútil. Zeus rompe a reír mientras el espartano comprende que la venganza que ha perseguido durante tanto tiempo quizá nunca le ha acercado realmente a la paz. Pero si algo caracteriza a Kratos es que nunca abandona a medio trabajo. Si la Caja no puede ayudarlo, siempre le queda una última forma de acabar con Zeus: hacerlo con sus propias manos.

El hombre que acabó con los dioses
La batalla definitiva entre padre e hijo queda interrumpida por una invitada inesperada. Gaia, que ha decidido que ya está harta de los dos liantes y trata de acabar con ellos de una vez. El combate continúa en el interior del cuerpo de la titánide, donde Zeus y Kratos vuelven a enfrentarse mientras el corazón de Gaia late bajo sus pies. Después de una lucha brutal, el espartano atraviesa con la Hoja del Olimpo tanto a su padre como al gigantesco corazón de Gaia, matándolos aparentemente a los dos de un solo golpe. La madre de los titanes se desploma sobre el Olimpo y el mundo griego queda reducido a un auténtico infierno de incendios, tormentas, plagas y destrucción.
Pero la pesadilla todavía no ha terminado. Cuando Kratos se acerca al cadáver de Zeus para recuperar la Hoja del Olimpo, del cuerpo del rey de los dioses emerge un avatar formado por el propio miedo que había escapado de la Caja de Pandora. La criatura arrastra al espartano a un mundo construido con todos sus recuerdos, obligándolo a revivir una vez más el asesinato de su mujer y su hija, la traición de los dioses y todos los pecados que lo han perseguido durante su vida. Parece que, por primera vez, Kratos está completamente derrotado. Sin embargo, Pandora vuelve a aparecer en su interior y le recuerda que la esperanza nunca desapareció, solo permanecía enterrada bajo años de culpa y odio. Gracias a esas palabras, el Fantasma de Esparta consigue perdonarse por fin a sí mismo, rompe el control del avatar y regresa al mundo real para acabar definitivamente con Zeus a puñetazos en una escena tan salvaje como inolvidable.
Con Zeus muerto, el fantasma de Atenea aparece para reclamar el verdadero poder de la Caja de Pandora. Entonces se revela el gran giro de la historia: la esperanza nunca estuvo en la caja, sino dentro del propio Kratos desde que derrotó a Ares en el primer juego. Atenea exige que se la entregue para gobernar a la humanidad, pero el espartano ya está hasta los cojones de dioses diciéndole cómo debe vivir. En lugar de obedecer, se atraviesa el pecho con la Hoja del Olimpo y libera la Esperanza para que se reparta entre todos los mortales. Es el primer acto verdaderamente desinteresado de toda su vida y el cierre perfecto para el personaje que comenzó esta historia consumido por la sed de venganza. Cuando Atenea abandona el lugar furiosa, solo queda el cuerpo sin vida de Kratos… o eso parece. Porque, al terminar los créditos, su cadáver ha desaparecido y únicamente queda un rastro de sangre que se pierde hacia el horizonte. Después de todo, la muerte nunca ha sido capaz de retener durante mucho tiempo al Fantasma de Esparta.

Con God of War III concluye la inolvidable trilogía griega de Kratos, una historia de venganza, tragedia y destrucción que convirtió al Fantasma de Esparta en uno de los personajes más icónicos de los videojuegos. Sin embargo, su viaje todavía no había terminado. Años después, Kratos regresaría en nuevas aventuras ambientadas en la mitología nórdica, demostrando que, por mucho que la muerte o los dioses lo intenten, siempre queda una historia más por contar.