Tras los acontecimientos del primer juego, que puedes leer aquí, cualquiera pensaría que convertirse en el nuevo dios de la guerra traería un poco de paz a la vida del Fantasma de Esparta. Nada más lejos de la realidad. Kratos sigue consumido por la culpa, continúa repartiendo espadazos a todo lo que se menea y, por si fuera poco, ahora tiene a Zeus en su lista de personas a las que quiere matarle la vida. El resultado es una aventura todavía más descomunal, más sangrienta y más épica, donde prácticamente todas las criaturas de la mitología griega acaban lamentando haberse cruzado en el camino de este espartano loco.
La traición que lo cambió todo
Convertirse en el nuevo dios de la guerra no ha solucionado ninguno de los problemas de Kratos. Sigue atormentado por el asesinato de su mujer y su hija, continúa odiando a los dioses que lo manipularon durante años y ha decidido canalizar toda esa frustración de una manera muy sana: conquistando media Grecia a base de hostias y espadazos. Atenea intenta hacerlo entrar en razón, pero convencer a Kratos de que deje de destruir cosas es como hablarle a la pared.
Su siguiente objetivo es Rodas. Descendiendo desde el Olimpo convertido en un gigantesco titán, comienza a arrasar la ciudad, aplastando soldados y edificios como si fueran piezas de Lego. Sin embargo, una misteriosa águila le arrebata gran parte de sus poderes divinos y, al mismo tiempo, da vida al imponente Coloso de Rodas, que despierta dispuesto a acabar con él. Tras una épica batalla, Zeus aparece ofreciendo su ayuda y le entrega la Hoja del Olimpo, una espada capaz de derrotar a cualquier enemigo, pero con una condición: Kratos debe transferir a ella todo su poder divino. El tipo acepta sin sospechar que está cayendo en una trampa. Muchas luces tampoco tenía.

Gracias a la espada consigue destruir al Coloso, pero la victoria dura muy poco. La estatua cae sobre él, la Hoja sale despedida y Kratos, convertido de nuevo en un simple mortal, intenta arrastrarse hasta ella para recuperar su fuerza. Justo antes de alcanzarla aparece Zeus, recoge el arma y revela que todo había sido una emboscada perfectamente planeada mientras suelta una malvada carcajada de villano. Después le ofrece una última oportunidad para someterse a su voluntad. Kratos, fiel a sí mismo, le manda a la mierda. La respuesta de Zeus es atravesarle el pecho con la Hoja del Olimpo y aniquilar al ejército espartano que asediaba Rodas, dando por muerto al Fantasma de Esparta.
Pero cualquiera que conozca un poco esta saga sabe que morir nunca ha sido un inconveniente para Kratos. En el mismísimo Hades, la titánide Gaia le ofrece una oportunidad para vengarse de Zeus: encontrar a las Hermanas del Destino y viajar al pasado para cambiar la historia. Y claro, cuando a Kratos le ofrecen una nueva oportunidad de vengarse, ya sabemos cuál va a ser su respuesta.
Un viaje por la mitología griega dejando un reguero de cadáveres
Con ayuda de Gaia, Kratos consigue escapar del Hades con un único objetivo: encontrar a las Hermanas del Destino para viajar al pasado y vengarse de Zeus. El problema es que las tejedoras del destino viven en la Isla de la Creación, un lugar al que parece imposible llegar sin matar antes a media mitología griega. Su viaje comienza en la montaña donde permanece encadenado el titán Tifón. Allí conoce a Prometeo, castigado eternamente por Zeus por entregar el fuego a la humanidad. Kratos pone fin a su sufrimiento, deja completamente ciego a Tifón utilizando su propio arco y obtiene un nuevo poder antes de continuar el camino sobre Pegaso. Está claro que cuando el espartano necesita una mejora no suele ir a comprarla; normalmente se la arranca al cadáver de alguien.
Al llegar a la Isla de la Creación empieza el auténtico festival de sangre. El primero en caer es Teseo, que protege la llave de los Corceles del Tiempo y descubre demasiado tarde que enfrentarse al asesino de Ares es una idea de mierda. Poco después reaparece el Rey Bárbaro, todavía empeñado en vengarse de Kratos pese a que ya murió una vez por su culpa. El resultado, para sorpresa de nadie, vuelve a ser el mismo.

Como si eso no fuera suficiente, Kratos también acaba con Cerbero para hacerse con el Vellocino de Oro, decapita a Euríale siguiendo la tradición familiar iniciada con Medusa, empala a Perseo y le roba su escudo, termina arrancándole las alas al pobre Ícaro para utilizarlas él mismo e incluso convence al titán Atlas de que ambos tienen un enemigo común: Zeus. A estas alturas ya cuesta encontrar un personaje importante de la mitología griega que no haya recibido una puñalada en los higadillos del Fantasma de Esparta.
Sin embargo, entre tanto combate también hay tiempo para una revelación mucho más amarga. El Último Espartano consigue llegar hasta Kratos para contarle que, tras su muerte en Rodas, Zeus arrasó Esparta como castigo. Su hogar ha desaparecido y todo aquello por lo que luchó ha dejado de existir. Es un golpe durísimo para el espartano… aunque dura poco, porque un gigantesco Kraken decide aparecer en ese mismo momento para intentar matarlo. Digamos que tampoco elige el mejor momento. Tras derrotar al monstruo y montar sobre el ave Fénix, Kratos alcanza por fin el templo donde lo esperan las Hermanas del Destino. Después de todo lo que ha tenido que luchar para llegar hasta allí, está bastante claro que las pobres no van a tener una conversación tranquila con él.
Las Hermanas del Destino descubren que controlar el tiempo no sirve de nada contra Kratos
Después de abrirse paso entre monstruos, héroes y titanes, Kratos llega por fin al templo de las Hermanas del Destino. Allí lo reciben Láquesis, Átropos y Cloto, tres entidades capaces de controlar el destino de dioses y mortales. Convencidas de que nadie puede desafiar sus designios, intentan convencer al Fantasma de Esparta de que jamás conseguirá cambiar su futuro. Han elegido a la peor persona posible para negociar.
La primera en mover ficha es Átropos, que envía a Kratos al pasado, justo al instante en el que derrotó a Ares en el primer juego. Su intención es impedir aquella victoria destruyendo la espada con la que acabó con el dios de la guerra. Sin embargo, Kratos consigue frustrar su plan, regresa al presente y acaba encerrando a Átropos y Láquesis para destruirlas definitivamente. Solo queda Cloto, la gigantesca tejedora de los hilos del destino, que tampoco tarda demasiado en descubrir que controlar el tiempo no sirve de mucho cuando tienes delante a un puto loco con unas Espadas del Caos.

Con las Hermanas derrotadas, Kratos obtiene por fin el control de los hilos del destino y viaja al momento exacto en el que Zeus lo traicionó en Rodas. Esta vez la historia cambia por completo. El espartano evita su muerte, recupera la Hoja del Olimpo y se enfrenta cara a cara con el rey de los dioses. Tras un combate brutal, Kratos está a punto de asestar el golpe definitivo, pero Atenea se interpone para salvar a Zeus y acaba atravesada por la espada.
Antes de morir, la diosa le revela que Zeus es su padre y le suplica que abandone su venganza, advirtiéndole de que la caída del rey del Olimpo supondrá una catástrofe para el mundo entero. El problema es que intentar convencer a Kratos de que deje pasar una traición es una misión imposible. Su respuesta es tan sencilla como aterradora: si todo el Olimpo se interpone en su camino… entonces todo el Olimpo tendrá que morir.
Si el Olimpo no me deja en paz, el Olimpo entero va a pagar
Lejos de hacer caso a las últimas palabras de Atenea, Kratos decide llevar su venganza hasta un nivel completamente absurdo. Gracias al poder de las Hermanas del Destino viaja todavía más atrás en el tiempo, hasta la Gran Guerra entre dioses y titanes. Allí impide la derrota de los titanes a manos de Zeus y los trae consigo al presente. Si los dioses son demasiado poderosos para derrotarlos él solo, siempre puede presentarse con un ejército de gigantes dispuesto a arrasar el Olimpo.
Mientras tanto, Zeus reúne apresuradamente a los pocos dioses que permanecen a su lado. Desde la cima del Olimpo observan con incredulidad cómo la montaña comienza a temblar. No es un terremoto. Son los titanes escalando sus laderas para reanudar una guerra que llevaba siglos terminada. Y encabezando el ataque, armado con la Hoja del Olimpo y subido sobre los hombros de Gaia, aparece un Kratos más furioso que nunca.

La escena final de God of War II es, probablemente, una de las más espectaculares de toda la saga. El Fantasma de Esparta señala desafiante hacia Zeus mientras lanza una frase que pone los pelos de punta: «¡Zeus, tu hijo ha regresado y trae consigo la destrucción del Olimpo!». En ese preciso instante queda claro que ya no hay marcha atrás. La guerra definitiva entre Kratos y los dioses acaba de comenzar.
Y así termina God of War II, dejándonos con uno de los mayores finales abiertos de la historia de los videojuegos. Si el primer juego trataba sobre la venganza contra Ares, esta secuela eleva la apuesta hasta límites absurdos. Ya no se trata de matar a un solo dios, sino de darle matarile a todo el Olimpo.
Pero eso será otra historia. Porque la guerra contra Zeus acaba de empezar y, en God of War III, Kratos demostrará que cuando promete destruir el Olimpo entero, no está tirándose el psito.