Hay algo raro en esta casa: cuatro películas donde lo cotidiano se convierte en algo terrorífico

Una urbanización de la que no puedes escapar, una casa donde un experimento abre una puerta que debería permanecer cerrada, una vivienda perdida en mitad del bosque y un edificio rodeado de la noche a la mañana por un enorme muro negro. Vivarium, Our House, The House y Brick parten de situaciones diferentes, pero comparten una idea bastante cabrona: basta con cambiar una sola regla de la realidad para convertir un lugar cotidiano en una pesadilla.

Cuatro historias extrañas, claustrofóbicas y bastante inquietantes que demuestran que no hacen falta monstruos gigantes para estropearte la tarde. Y si después de estas todavía tienes ganas de más películas raras capaces de dejarte mirando los créditos con cara de gilipollas, pásate por nuestra selección de 10 películas que te dejan humedad emocional y el alma con goteras.

Vivarium (2019): la hipoteca definitiva

Buscar casa ya es suficientemente aterrador sin necesidad de meter ciencia ficción de por medio, pero Vivarium (Lorcan Finnegan, 2019) decide llevar la experiencia inmobiliaria un poquito más lejos. Tom y Gemma son una joven pareja que visita Yonder, una urbanización aparentemente perfecta donde todas las casas son idénticas, el césped parece de plástico y hasta las nubes tienen pinta de haber salido de un catálogo barato. El agente inmobiliario que los acompaña desaparece y, cuando intentan marcharse, descubren que da igual qué camino tomen: siempre terminan regresando a la misma casa.

Y entonces llega un paquete con un bebé y unas instrucciones muy poco tranquilizadoras: «Criadlo y seréis liberados». A partir de ahí, Vivarium convierte la vida familiar perfecta en una pesadilla absurda: comida sin sabor, días exactamente iguales, ninguna posibilidad de escapar y un niño que crece a una velocidad imposible y resulta cada vez más inquietante. La película apenas necesita añadir nada más porque su gran acierto consiste precisamente en exprimir hasta las últimas consecuencias esa única anomalía: Yonder parece un barrio residencial diseñado para empezar una nueva vida, pero en realidad es una cárcel donde la rutina va destrozando poco a poco a sus habitantes.

Y debajo de toda esa rareza hay una mala leche considerable. Vivarium retuerce la idea de la casa, los hijos, el trabajo y la rutina hasta convertir el supuesto sueño de la vida adulta en una condena. Comprar casa, formar una familia y morir. Solo que aquí se han ahorrado treinta años de hipoteca para ir directamente a lo importante.

Our House (2018): cuando los muertos se conectan al wifi

Ethan es un estudiante de ingeniería obsesionado con un dispositivo capaz de transmitir electricidad sin cables, pero la muerte repentina de sus padres le obliga a abandonar la universidad y regresar a casa para hacerse cargo de sus hermanos. Allí continúa trabajando con el invento y pronto empiezan a suceder cosas bastante raras y difíciles de atribuir a un simple fallo eléctrico: luces que se encienden solas, objetos que se mueven y presencias que parecen pertenecer a personas que llevan bastante tiempo muertas.

Al principio incluso parece que el aparato podría permitirles comunicarse con sus padres, lo cual sería precioso si esto fuera una película de Disney. Pero Our House es una película de terror y, como suele ocurrir cuando alguien decide abrir una puerta al más allá, no siempre puedes elegir quién va a entrar por ella. La casa va transformándose poco a poco en un espacio hostil donde los recuerdos familiares conviven con algo mucho más peligroso.

Precisamente esa utilización de la casa como territorio sobrenatural la acerca al cine de Damián McCarthy, un director especialmente aficionado a encerrar personajes en viviendas donde los objetos, los rincones oscuros y las presencias que quizá estén allí convierten cuatro paredes en algo bastante peor que cualquier cementerio. Our House parte además de una idea especialmente puñetera: Ethan no descubre una casa encantada; es él quien llena de fantasmas su propia casa.

The House (2016): refugiarte de la guerra y meterte en algo peor

En The House (Huset) la cosa empieza de una manera bastante diferente. Estamos en la Noruega ocupada durante la Segunda Guerra Mundial y dos soldados alemanes, acompañados por un prisionero noruego, encuentran una casa abandonada en mitad del bosque donde refugiarse. Teniendo en cuenta que fuera hace un frío de cojones y están en mitad de una guerra, esto parece una decisión bastante razonable. Evidentemente, no lo es.

La casa empieza a comportarse de una manera un pelín rara. Aparecen sonidos donde no toca, objetos fuera de lugar, situaciones que parecen repetirse y una percepción del tiempo cada vez más difícil de entender. Lo interesante es que Huset no se dedica a explicar claramente qué está pasando, sino que obliga tanto a los personajes como al espectador a intentar comprender unas reglas que parecen cambiar continuamente. El enemigo deja de ser la guerra que espera fuera: ahora el problema es averiguar dónde coño están y si realmente existe alguna forma de salir de allí.

Y aquí la película conecta especialmente bien con las otras tres. El bosque, la guerra o incluso los fantasmas son casi secundarios frente a la verdadera trampa: el espacio. La casa no funciona simplemente como escenario, sino como una especie de mecanismo cerrado que juega con el tiempo, los recuerdos y la percepción de quienes han entrado. Y como suele ocurrir en estas historias, cuando los protagonistas comprenden que quizá deberían largarse de allí, la casa ya lleva bastante ventaja.

Brick (2025): ni puertas, ni ventanas, ni hostias

En esta peli, Tim y Olivia están atravesando una crisis de pareja cuando una mañana descubren un problema ligeramente más urgente: las puertas y ventanas de su apartamento han quedado bloqueadas por una misteriosa pared negra. No pueden romperla, atravesarla ni saber qué carajos hay detrás. Pronto descubren que sus vecinos están exactamente igual y empiezan a abrirse paso entre los diferentes apartamentos mientras intentan encontrar una salida y averiguar qué demonios ha ocurrido.

La película se convierte así en una especie de gigantesco escape room donde cada posible salida conduce a otro problema. Una sensación bastante familiar para cualquiera que disfrute viendo a personajes meterse en lugares de los que después no saben cómo coño salir, algo que ya vimos en nuestras 20 películas que demuestran que explorar cuevas es una idea de mierda. Aquí al menos nadie puede decirles que se lo buscaron: ellos estaban tranquilamente en su casa cuando la salida decidió desaparecer.

Además, Brick introduce una diferencia importante respecto a las otras películas del artículo: detrás de su anomalía existe una explicación tecnológica. Lo que inicialmente parece una barrera imposible termina relacionado con nanotecnología y el misterio va creciendo hasta dejar claro que aquello es mucho más grande que un simple bloque de vecinos con muy mala suerte. Brick parte así de una idea extremadamente sencilla —ayer podías salir de casa y hoy hay una pared delante— para convertir algo tan cotidiano como abrir la puerta y largarte en un privilegio que probablemente no valoramos lo suficiente.

Cuando el lugar seguro deja de serlo

Quizá lo más interesante de Vivarium, Our House, The House y Brick sea que las cuatro atacan exactamente el mismo refugio: el lugar donde creemos estar a salvo. No importa que sea una urbanización perfecta, una casa familiar, una vivienda perdida en el bosque o un bloque de apartamentos. En todas ellas el espacio deja de ser un simple escenario y termina convirtiéndose en parte fundamental de la amenaza.

Y ahí está la idea verdaderamente inquietante que las une. Normalmente, cuando aparece el peligro, corremos a casa. Aquí el peligro es la casa. En Vivarium no puedes abandonarla; en Our House algo consigue entrar en ella; en The House sus propias reglas dejan de tener sentido; y en Brick una barrera convierte el hogar en una prisión. Cuatro formas diferentes de destruir la misma certeza: cerrar la puerta ya no sirve de nada.

También comparten algo que cada vez resulta más difícil encontrar en el fantástico: contención. No necesitan construir universos gigantescos ni explicar reglas interminables. Introducen una anomalía, reducen el espacio y dejan que la convivencia con lo imposible haga el resto. La repetición, el aislamiento y la incertidumbre terminan siendo mucho más importantes que cualquier gran espectáculo.

Porque pocas cosas dan más miedo que descubrir que el sitio al que siempre has llamado hogar es precisamente el lugar del que necesitas escapar.

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