Hay películas tristes y luego está La tumba de las luciérnagas. Una película que no te pone triste: te hunde la puta vida. Puedes verla un día en el que estés eufórico, te haya tocado la quiniela y todo te vaya de genial. Da igual. Pasarán los meses y todavía habrá días en los que te levantes y te duches llorando.
Estrenada en 1988 y dirigida por Isao Takahata, está considerada no solo una de las mejores películas de Studio Ghibli, sino también una de las historias más devastadoras jamás hechas en animación. Porque La tumba de las luciérnagas consigue llevarte a lugares que parecen estar más allá de la tristeza.
Y lo más increíble es que se estrenó en Japón formando programa doble con Mi vecino Totoro. Por un lado, Miyazaki te presentaba a una criatura peluda que te devolvía la fe en el mundo; por el otro, Takahata se encargaba de quitártela.
Una película de guerra sin héroes
La tumba de las luciérnagas fue dirigida por Isao Takahata y estrenada en 1988, aunque su historia nos lleva hasta Japón en 1945, durante los últimos meses de la Segunda Guerra Mundial. Aquí no hay grandes batallas, generales moviendo ejércitos ni soldados realizando heroicidades. La guerra se contempla desde el peor lugar posible: el de dos niños que no tienen absolutamente ningún control sobre lo que está ocurriendo.
Seita es un adolescente que vive junto a su hermana pequeña, Setsuko, en la ciudad de Kobe. Su padre sirve en la Marina Imperial japonesa y su madre permanece con ellos hasta que un bombardeo estadounidense destruye buena parte de la ciudad. Los hermanos sobreviven, pero su madre queda gravemente herida y muere poco después. Seita intenta ocultárselo durante un tiempo a Setsuko, mientras él mismo trata de asumir que, de repente, todo lo que conocía ha desaparecido.
Takahata evita convertir aquello en un espectáculo bélico. Las bombas importan, pero todavía importa más lo que viene después: ciudades destruidas, familias separadas, hambre y una sociedad demasiado ocupada intentando sobrevivir como para preocuparse por dos niños. Y ahí es donde La tumba de las luciérnagas empieza realmente a hacer pupa.

Seita y Setsuko: una historia que solo puede ir a peor
⚠️ A partir de aquí hay spoilers como catedrales. Prepárate a llorar como un cabrón.
Tras la muerte de su madre, Seita y Setsuko se marchan a vivir con una tía. Al principio parece una solución, pero la comida escasea y los dos hermanos terminan convirtiéndose en una carga. La convivencia se deteriora hasta que Seita, orgulloso y convencido de que podrá cuidar solo de Setsuko, decide marcharse con ella.
Los dos se instalan en un refugio abandonado. Durante unos días incluso parece una aventura. Capturan luciérnagas para iluminar la oscuridad, juegan juntos y disfrutan de una libertad que nunca habían tenido. Pero las luciérnagas mueren rápidamente, y Setsuko las entierra. No hace falta ser un experto en metáforas para sospechar que aquello no augura nada bueno.
La comida comienza a desaparecer. Seita roba cultivos, entra en casas durante los bombardeos y hace cualquier cosa para conseguir algo que llevarle a su hermana. Pero Setsuko está cada vez más débil y termina sufriendo una desnutrición severa. Cuando Seita consigue finalmente comida, ya es demasiado tarde.
Setsuko muere y Seita incinera su cuerpo antes de guardar sus cenizas en la misma lata de caramelos que había acompañado a la niña durante buena parte de la película. Poco después también muere él, solo y desnutrido, en una estación de tren. Y lo peor es que la película empieza precisamente anunciándote la muerte de Seita. Desde el primer minuto sabes que todo va a acabar como el culo, pero aun así pasas la historia esperando un milagro: que aparezca su padre, que alguien los ayude o que, al menos, Setsuko consiga salvarse. No ocurre. Takahata te arranca el corazón sin piedad y lo pisotea en tu cara.

La historia real detrás de La tumba de las luciérnagas
Por si la película no fuera suficientemente dolorosa, resulta que su origen es todavía peor. Está basada en el relato Hotaru no Haka, publicado en 1967 por el escritor japonés Akiyuki Nosaka, que utilizó sus propias experiencias durante la Segunda Guerra Mundial para escribirlo.
Nosaka perdió a miembros de su familia durante la guerra y tuvo que cuidar de una de sus hermanas pequeñas, que murió por desnutrición. El escritor sobrevivió y cargó durante años con la culpa de no haber podido salvarla. El relato fue, en buena medida, una forma de enfrentarse a aquellos recuerdos.
Pero existe una diferencia fundamental: Seita muere junto a Setsuko mientras que Nosaka sobrevivió. El escritor construyó así una especie de final alternativo en el que el hermano comparte el destino de la niña. Precisamente por eso la historia resulta todavía más incómoda: detrás de toda esa preciosa animación hay recuerdos de hambre, muerte y culpa que alguien vivió realmente.
Por qué duele tanto
Lo más brutal de La tumba de las luciérnagas es que nunca necesita manipular descaradamente al espectador. No hay grandes discursos sobre la guerra ni actos de heroicidad. Son simplemente dos chavales tomando decisiones sobre la marcha dentro de una situación que los supera completamente.
Y Seita tampoco es perfecto. Su orgullo contribuye a empeorar la situación cuando decide abandonar la casa de su tía. Si podría haber evitado la tragedia tomando otras decisiones es un debate que ha dado casi tantas vueltas como el de si Jack cabía o no en la puta tabla del Titanic. Pero precisamente ahí está parte de la grandeza de la película: no convierte a sus protagonistas en santos. Son personas, y una de ellas es un adolescente intentando comportarse como un adulto cuando todavía no sabe serlo.
Después están los pequeños detalles. Las luciérnagas que viven apenas unos días, la lata de caramelos de Setsuko, la comida imaginaria que preparan cuando ya están completamente desnutridos o esos breves momentos en los que los hermanos consiguen comportarse simplemente como niños. Takahata entiende que una tragedia resulta mucho más dolorosa cuando antes te ha enseñado qué es lo que estás perdiendo.

Una obra maestra que no puedes ver más de una vez
La tumba de las luciérnagas no necesita monstruos, fantasmas ni mundos fantásticos para ser una de las películas más duras de la animación. Solo necesita mostrar qué ocurre cuando una guerra llega hasta quienes menos entienden por qué está sucediendo.
Es también una demostración perfecta de hasta dónde podía llegar Studio Ghibli. Mientras otras películas del estudio nos llevaron a mundos imposibles, Takahata utilizó la animación para contar algo dolorosamente real y creó una de las mejores películas de toda la historia del estudio.
Hay películas que terminas y quieres volver a ver inmediatamente. La tumba de las luciérnagas la terminas, reconoces que acabas de ver una obra maestra y piensas: qué película tan maravillosa. No pienso verla otra vez en mi puta vida.