La búsqueda del Arca de la Alianza: templarios, reinas etíopes, traiciones traicioneras y el Santo Grial de regalo (Parte 2)

Si acabas de aterrizar aquí, pásate antes por la primera parte, donde seguimos al Arca desde Moisés hasta que su rastro se pierde entre reyes, profetas y unas cuantas desgracias de proporciones bíblicas. Ahora toca salir de Jerusalén y seguir las pistas que Hancock conecta por Egipto y Etiopía, con templarios, exploradores y el Santo Grial de regalo. La caja sigue desaparecida, pero el batiburrillo no ha hecho más que empezar.

4. De Egipto a Etiopía: la caja se va de gira por el Nilo

Si unos sacerdotes sacaron el Arca de Jerusalén durante el reinado de Manasés, como propone Hancock, necesitaban encontrar un refugio. Y aquí aparece Elefantina, una isla del Nilo situada junto a la actual Asuán, en el sur de Egipto. Allí se sabe que existió una comunidad judía que tenía su propio templo dedicado a Yahu, una forma del nombre de Yahvé. Este santuario está documentado en los papiros de Elefantina: su existencia no se cuestiona. Hancock propone que pudo albergar el cofre trasladado desde Jerusalén, apoyándose en las semejanzas arquitectónicas con el Templo de Salomón y en la conservación de prácticas sacrificiales que las reformas religiosas habían reservado al santuario de Jerusalén. La presencia del Arca, según su hipótesis, habría legitimado la celebración de esos ritos en Elefantina.

El lugar tiene interés para su investigación. Si buscas un refugio para un objeto vinculado al culto de Yahvé, encontrar un templo de ese mismo culto fuera de Judá te da una posible parada. Lo que los documentos no proporcionan es la confirmación de que el Arca estuviera dentro. Lo que sí permiten conocer los papiros es un episodio bastante concreto de la historia del templo. En el 410 a. C. fue destruido en un ataque promovido por sacerdotes del dios egipcio Jnum, con la colaboración de autoridades militares locales. Una petición del 407 a. C., conservada en dos versiones, relata el desastre y solicita permiso para reconstruirlo. El documento describe la demolición y el saqueo del santuario, pero nada sobre una posible evacuación de la reliquia.

La siguiente posible parada es Tana Kirkos, una isla del lago Tana, en Etiopía. Hasta allí llega Hancock siguiendo una tradición local según la cual el Arca permaneció en ese lugar durante unos ochocientos años antes de ser trasladada a Aksum. Hancock relaciona esa tradición de custodia con un pasado de prácticas religiosas judías anterior a la cristianización del lugar. Así intenta completar el tramo que falta entre la comunidad de Elefantina y la tradición etíope del Arca. La propuesta tiene un hilo fácil de seguir: unos sacerdotes salen de Jerusalén, encuentran refugio en Egipto y, cuando ese refugio se vuelve peligroso, continúan hacia Etiopía.

El siguiente gran cambio llega con la cristianización del reino de Aksum, durante el reinado de Ezana, en el siglo IV d. C. Hancock sitúa en ese contexto el supuesto traslado desde Tana Kirkos a Aksum: el objeto habría pasado a manos de la nueva jerarquía cristiana y quedado vinculado a la iglesia de Santa María de Sion. Esta es la versión que propone el libro para explicar cómo una reliquia de tradición israelita termina custodiada por cristianos etíopes. Eso también marca una diferencia con la historia de Menelik. La tradición del Kebra Nagast hace llegar el Arca a Etiopía en tiempos de Salomón; Hancock plantea una salida posterior de Jerusalén, una estancia intermedia en Egipto y otro largo periodo en Tana Kirkos. Ambos caminos apuntan hacia Etiopía, pero cuentan viajes distintos. En Aksum se conserva la afirmación de que el Arca está bajo custodia religiosa, en un recinto asociado a Santa María de Sion. El problema para quien intenta comprobarlo es bastante sencillo: el objeto no se presenta para un examen independiente. Hay que tener fe, como Toretto.

5. Templarios, el Santo Grial y viajeros curiosos

 Avanzamos hasta la Edad Media, cuando entran en escena unos caballeros que parecen tener abono permanente para cualquier misterio medieval: los templarios. La orden nace a comienzos del siglo XII y establece su sede en el recinto que los cruzados relacionan con el Templo de Salomón. San Bernardo de Claraval respalda a aquellos monjes guerreros y contribuye a su reconocimiento religioso. Esa combinación —caballeros, santuario antiguo y apoyo de un personaje influyente— proporciona a Hancock el punto de partida para preguntarse si la orden busca algo más que proteger peregrinos. El autor plantea que los templarios pudieron investigar bajo el antiguo recinto del Templo y obtener información sobre el Arca o sobre conocimientos relacionados con su construcción. Desde ahí conecta su supuesto descubrimiento con San Bernardo y con el desarrollo de la arquitectura gótica, especialmente con Chartres, donde interpreta ciertas representaciones escultóricas como pistas hacia Etiopía.

Mientras, en Etiopía encontramos a Lalibela, el rey relacionado con las célebres iglesias excavadas en la roca. Hancock recoge la tradición de su estancia en Jerusalén y propone que allí pudo entrar en contacto con los templarios. Según su reconstrucción, algunos caballeros habrían viajado con él a Etiopía y colaborado en sus proyectos, interesados a su vez en localizar el Arca. La hipótesis convierte las iglesias en parte de una historia de alianzas y búsquedas: Lalibela obtiene ayuda para levantar su Jerusalén etíope y los templarios ganan acceso a un país que podría guardar la reliquia. Tiene ingredientes de sobra para una novela. La presencia de cruces semejantes a las templarias resulta sugerente, pero no basta para demostrar que los caballeros de la orden participaran en la construcción de estas iglesias.

El Grial nace como objeto literario a finales del siglo XII, cuando Chrétien de Troyes lo introduce en su relato de Perceval. Su identificación con la copa de la Última Cena llega después. A comienzos del XIII, Wolfram von Eschenbach ofrece otra versión en Parzival: aquí es una piedra prodigiosa. Hancock busca en el poema conexiones con Etiopía, especialmente en los personajes de Belacane, una reina negra, y Feirefiz, su hijo con un caballero europeo. Ve paralelismos con la reina de Saba y Menelik y propone que la historia esconde pistas sobre el destino del Arca. También recoge las comparaciones de la investigadora Helen Adolf entre los relatos del Grial, las tradiciones etíopes y los tabots, las piezas sagradas que son copias del Arca en el culto etíope. Interpreta estas conexiones como indicios de que el Grial podría ser una representación encubierta del Arca. Según su hipótesis, escritores, arquitectos, pintores y escultores medievales habrían dejado en sus obras pistas sobre el lugar donde se ocultaba la dichosa caja.

Llegamos a comienzos del siglo XIV. Durante el reinado del emperador etíope Wedem Arad, una embajada llega a Europa en 1306. Hancock relaciona ese contacto con la persecución de los templarios, que comienza en Francia al año siguiente, y se pregunta si los etíopes pudieron transmitir información perjudicial para la orden, preocupados por la supuesta influencia de estos caballeros en su país y sus posibles intenciones maliciosas con respecto al Arca. Tras la disolución del Temple, Portugal ofrece otra pieza para la investigación. En 1319 se crea la Orden de Cristo, que recibe buena parte del patrimonio templario portugués. Más adelante, Enrique el Navegante queda vinculado a la orden y a la expansión marítima portuguesa. Hancock interpreta esa continuidad institucional como una posible vía para prolongar el interés por Etiopía y por el Arca. Después llegan viajeros y expediciones como la de Pêro da Covilhã, que parte en 1487 por encargo de Juan II de Portugal y llega a Etiopía años después; la de Cristóvão da Gama, hijo de Vasco da Gama, en 1541; y, finalmente, la del escocés James Bruce de Kinnaird, en el siglo XVIII. Hancock se pregunta si, detrás de los intereses declarados de algunos viajeros, pudo existir también curiosidad por el Arca.

6. Hancock y la fiesta de Timkat: tanta vuelta para quedarse en la puerta

 Después de seguir a sacerdotes, reyes, templarios y exploradores, le toca a Hancock intentar acercarse a la dichosa caja. En enero de 1991 llega a Aksum, en una Etiopía marcada por la guerra civil. Su objetivo es asistir a Timkat, una fiesta religiosa en la que supuestamente se saca el Arca de la Alianza original en procesión, con la esperanza de poder verla en persona después de tanta pesquisa.

Antes de la celebración, habla con el guardián de la reliquia, la única persona que, según la tradición, tiene acceso a ella y que tiene prohibido alejarse de su custodia. Un gran honor y también una gran putada, porque el tipo vive prisionero en el recinto de Santa María de Sion. Este hombre le explica que el Arca obra milagros, pero evita aclararle si sacarán el objeto auténtico durante la procesión. Le invita a asistir y sacar sus propias conclusiones. El 18 de enero, Hancock observa un cofre rectangular cubierto con una tela azul bordada con una paloma. El detalle le recuerda al Grial de Parzival, aunque concluye que lo que desfila es una réplica: la supuesta reliquia permanece dentro del santuario, ya que el guardián sigue allí dentro y se supone que nunca debe separarse del Arca. Vamos, que tampoco hay que ser Sherlock Holmes para olerse la tostada.

Y así termina la búsqueda: Hancock llega hasta el lugar donde cree que está el Arca, pero no consigue examinarla. Después de tantos siglos, viajes y pistas, seguimos dependiendo de lo que cuentan sus custodios. Como aventura, el recorrido tiene de todo; milagros, plagas, saqueos, guerras… como demostración, falta echar la puerta abajo y comprobar por fin qué vainas hay dentro.

El Arca sigue sin aparecer pero menudo paseo

Lo que más me gusta del libro La búsqueda del Santo Grial es que convierte un misterio antiguo en una aventura llena de escenarios y conexiones atractivos. La reina de Saba, los templarios, los relatos medievales del Grial y las tradiciones etíopes dan para una historia muy chula. Hancock consigue que quieras seguir buscando la dichosa caja, aunque por el camino tengas que tragarte unos cuantos nombres impronunciables.

Su teoría resulta bastante verosímil como posibilidad, al menos en su idea central: un objeto sagrado puede ser protegido, trasladado y conservado por una comunidad durante generaciones. Lo difícil es demostrar que el Arca existió, que recorrió ese itinerario y que terminó donde él propone. Las semejanzas y las coincidencias despiertan curiosidad, pero no bastan para resolver esas preguntas. Y algunas conexiones, especialmente cuando entra en juego la Atlántida, están bastante más pilladas por los pelos.

Que una historia encaje no significa que haya ocurrido así. Pero eso no me estropea la lectura. Me parece un libro entretenido y una búsqueda que merece la pena acompañar, siempre que tengamos claro qué está documentado y qué pone Hancock de su cosecha. No necesito terminar convencido de que ha resuelto el misterio para quedarme con ganas de conocer Lalibela, visitar Etiopía y volver a esos textos medievales tan extraños. La caja sigue sin aparecer, pero al menos el viaje ha merecido la pena.

¡EY TÚ! ¡NO TE ESCAPES!

Una vez por semana te mandamos cine, cómics, libros, juegos y demás frikadas. Gratis, sin spam y sin venderle tu alma a Sauron.

¡No hacemos spam! Lee nuestra política de privacidad para obtener más información.

Deja un comentario

Esta página web utiliza cookies   
Privacidad