El Arca de la Alianza lleva siglos desaparecida, pero trabajo no le ha faltado: ha protagonizado relatos bíblicos, leyendas medievales, expediciones y una película en la que abrirla te deja la cara como un yogur. El escritor Graham Hancock también sale a buscarla, pasando por Etiopía, Egipto, el Templo de Salomón, los templarios y el Santo Grial. Y cada pista abre una puerta hacia otra historia todavía más extraña que la anterior.
En su libro La búsqueda del Santo Grial: La verdadera naturaleza del Arca de la Alianza, al fin al descubierto (que vaya título más largo y confuso, porque va sobre la búsqueda del Arca, no del Santo Grial, pero bueno), propone unir todas esas piezas para explicar dónde podría haber acabado el Arca. No hay pruebas que demuestren su teoría, y tampoco sabemos con certeza si el objeto bíblico llegó a existir. Pero seguirle el rastro tiene su gracia: reyes, viajeros, iglesias excavadas en la roca, teorías locas y guardianes de un supuesto tesoro que nadie puede ver so pena de morir baleado. Ingredientes suficientes para querer pasar de página, aunque al terminar el libro sigamos sin poder señalar un mapa y decir: «La dichosa caja está aquí, sí o sí».
⚠️ AVISO DE SPOILERS: aquí se comenta la hipótesis central del libro y buena parte del recorrido que Hancock propone. Por otro lado, te estoy ahorrando quinientas páginas llenas de nombres impronunciables y anécdotas de bibliotecarios. De nada. Porque los arqueólogos de verdad no se parecen en nada a Indiana Jones.
1. Moisés y el origen del Arca: alta tecnología en la época de los faraones
Antes de empezar a lanzar elucubraciones locas y teorías terraplanistas sobre la ubicación actual de la dichosa Arca, primero hay que construirla. Y, según el Éxodo, las instrucciones llegan directamente de Dios. Moisés recibe en el Sinaí las indicaciones para fabricar un cofre de madera de acacia, revestido de oro por dentro y por fuera, destinado a guardar las tablas de la Alianza, las que contenían los famosos diez mandamientos que nos obligaron a aprendernos de chicos en catequesis y de los que solo me acuerdo de dos o tres. Además, llevará anillas y varas para transportarlo, y una cubierta de oro coronada por dos querubines con las alas extendidas. Un encargo bastante elaborado para la época. El detalle importa porque el Arca se presenta como un objeto material, con una forma y un sistema de transporte definidos. Dentro del relato bíblico, es el lugar desde el que Dios se comunica con Moisés: su presencia se manifiesta sobre la cubierta, entre los querubines. La caja guarda las tablas, pero su significado religioso va mucho más allá de servirles de estuche: es un pacto inquebrantable de colegas entre Yahvé y los israelitas. Hasta aquí estamos contando lo que dice el texto. Tener una descripción precisa no demuestra que el objeto existiera, igual que describir sus poderes no demuestra que los tuviera.
Para buscar el origen del Arca, Hancock dirige la mirada hacia Egipto. Su propuesta parte de la posibilidad de que Moisés poseyera conocimientos religiosos y técnicos egipcios, y de que el objeto atribuido al mandato divino tuviese antecedentes en aquel mundo. En ese marco aparecen las comparaciones con los santuarios portátiles egipcios: estructuras sagradas transportadas durante ceremonias, que permiten imaginar un contexto anterior para ciertos elementos del relato bíblico. La fiesta de Opet entra en esta discusión por sus procesiones religiosas y el traslado ceremonial de imágenes divinas. Conviene conservar la distinción: las barcas y los santuarios procesionales egipcios no son automáticamente el Arca de Moisés, aunque Hancock encuentre sugerentes sus semejanzas. La comparación tiene interés porque lleva el objeto a un entorno cultural concreto. Un cofre sagrado llevado mediante varas resulta menos aislado si se contempla junto a otras formas antiguas de transportar objetos de culto. Pero entre señalar una semejanza y demostrar que uno procede del otro hay un trecho considerable.

Hancock también se pregunta si los poderes atribuidos al Arca podrían esconder el recuerdo de algún conocimiento técnico. Bajo esa lectura, los relatos religiosos habrían conservado, transformado o exagerado los efectos de un objeto que sus custodios no comprendían por completo. Su presentación del libro plantea expresamente la posibilidad de una tecnología egipcia misteriosa y de una herencia todavía más antigua. Al estirar esa idea, Hancock se saca la chorra y surge la loca teoría de la Atlántida, o, de forma más amplia, la posibilidad de una civilización desaparecida cuyos conocimientos hubieran sobrevivido en culturas posteriores. Egipto pasaría a ser heredero de una sabiduría anterior, y Moisés, uno de los posibles transmisores de esa herencia.
Es la clase de pregunta que Hancock vincula con el desarrollo posterior de su obra: si el supuesto conocimiento egipcio procedía de supervivientes de una catástrofe remota. Esto es lo que más pillado por los pelos está de todo. Pero el caso es que la dichosa caja ya está construida dentro del relato. Ahora empieza el problema de seguirle la pista.
2. Salomón, la reina de Saba y Menelik: una visita diplomática que acaba como el rosario de la aurora
Tras huir de Egipto, los israelitas vagabundean por el desierto llevando consigo el Arca durante cuarenta añazos. Según el relato bíblico, tan pronto representa la protección divina como convierte en churrasco a algún que otro israelita despistado. Después llegan a Canaán, donde el cofre acompaña sus campañas y protagoniza episodios como la caída de Jericó; incluso cuando los filisteos lo capturan, acaba provocándoles tantas desgracias que prefieren devolverlo. Finalmente, David lo lleva a Jerusalén y su hijo Salomón lo instala en el Templo que acaba de construir: la dichosa caja encuentra casa después de un historial bastante movidito. Durante la ceremonia de inauguración, se cuenta que una nube llena el edificio y los sacerdotes tienen que interrumpir su servicio entre toses por la presencia divina. El Arca viene con efectos especiales incluidos. La Biblia sitúa expresamente el Arca en el Templo de Salomón. Más adelante habrá que preguntarse cuándo desaparece de allí, pero primero entra en escena una visitante que la tradición etíope convierte en pieza fundamental del misterio.
En el primer libro de los Reyes, la reina de Saba viaja a Jerusalén después de escuchar hablar de la sabiduría de Salomón. Llega con un séquito, especias, oro y piedras preciosas, y lo pone a prueba con preguntas difíciles. El rey responde a todo y la visitante queda impresionada tanto por sus conocimientos como por el despliegue de su corte. La tradición etíope amplía considerablemente la visita. En el Kebra Nagast, conocido como el Libro de la gloria de los reyes, la reina recibe el nombre de Makeda, y su encuentro con Salomón se convierte en el origen de una descendencia real y de una nueva patria para el Arca.

Y es que, de esa unión, nace Menelik I, el hijo que vincula la monarquía etíope con Salomón. Ya adulto, Menelik viaja a conocer a su padre. La tradición cuenta que Salomón lo recibe y que, cuando el joven regresa a Etiopía, sus acompañantes se llevan el Arca tras robarla del Templo. El golpe tiene ayuda sobrenatural: un ángel facilita el acceso al santuario y guía a los conspiradores. Dentro de la leyenda, el robo sucede porque Dios lo permite: el traslado se interpreta como parte de su voluntad.
Para Hancock, la historia de Menelik ofrece una razón para mirar hacia Etiopía. Sin embargo, la tradición del robo en tiempos de Salomón y la ruta histórica que intenta reconstruir el autor no deben confundirse. Aceptar que una leyenda pueda conservar algún recuerdo antiguo no obliga a aceptar todos sus personajes, fechas y milagros literalmente. El relato nos deja dos pistas distintas: la Biblia coloca el Arca en el Templo; la tradición etíope explica su llegada a Etiopía mediante Menelik y sus acompañantes. Entre ambas queda el problema que sostiene la investigación: averiguar si hubo un traslado real y cuándo pudo producirse.
3. Reyes, profetas y maldiciones: la caja desaparece y aquí nadie sabe nada
Después de Salomón, el rastro del Arca se vuelve mucho menos claro. El objeto que había ocupado un lugar central en los relatos anteriores aparece cada vez menos, hasta desaparecer de la narración sin una explicación. Para Hancock, ese silencio es uno de los grandes problemas que hay que resolver: cuándo pudo salir del Templo y qué circunstancias habrían provocado su traslado. En el siglo VIII a. C., nos encontramos al rey Ozías, cuyo reinado termina hacia el 740 a. C. Según el segundo libro de las Crónicas, entra en el Templo para quemar incienso, una función reservada a los sacerdotes. Estos intentan detenerlo, el rey se enfurece y le aparece en la frente una enfermedad que las traducciones suelen llamar lepra. Acaba apartado y vive aislado hasta su muerte. El episodio encaja con el ambiente de peligro que rodea al santuario: entrar sin autorización o asumir funciones religiosas que no te corresponden puede acabar regulinchi.
Después llega la amenaza de Senaquerib, el rey asirio que invade Judá y amenaza Jerusalén en el 701 a. C., durante el reinado de Ezequías. El relato bíblico cuenta que un ángel de Yahvé mata en una noche a 185.000 hombres del campamento asirio. Aquí entra la posibilidad de una peste o epidemia como explicación natural de la mortandad. También es el tipo de episodio que invita a especular sobre el poder destructor asociado a la protección divina de Jerusalén. Pero conviene precisar qué tenemos delante: el pasaje atribuye las muertes a un ángel, no describe el uso del Arca como arma y tampoco permite demostrar que aquella cifra corresponda a una epidemia real.

La siguiente pieza clave es Manasés, sucesor de Ezequías, que reina en Judá aproximadamente entre el 687 y el 642 a. C. Según el segundo libro de los Reyes, introduce una imagen de Aserá en el Templo, precisamente en el lugar consagrado a Yahvé. Para los defensores del culto exclusivo al Dios de Israel, aquello supone una profanación imperdonable: que el Arca comparta santuario con un ídolo pagano resulta inconcebible. Este contexto ofrece un posible motivo para retirar el Arca: protegerla de los cambios religiosos impuestos por el rey. En la reconstrucción de Hancock, unos sacerdotes podrían haberla sacado de Jerusalén antes de la destrucción babilónica y haber iniciado el recorrido que terminaría llevándola hacia África. La profanación del Templo aparece en el relato bíblico; la evacuación del Arca es la hipótesis que se intenta construir a partir de ese contexto.
Avanzamos hasta Josías, que impulsa una reforma religiosa a finales del siglo VII a. C. En torno al 622 a. C. aparece una referencia especialmente importante. En el segundo libro de las Crónicas, el rey ordena a los levitas que coloquen el Arca sagrada en el Templo construido por Salomón y que dejen de llevarla sobre los hombros. La frase plantea una pregunta importante: si había que ponerla allí, ¿dónde estaba? Podría haber sido retirada durante las sucesivas reformas o los cambios de culto. También se puede discutir cómo debe interpretarse la orden y qué nos permite saber sobre la presencia efectiva del objeto. Jeremías, contemporáneo de Josías, anuncia que llegará un día en que nadie recordará el Arca ni la echará de menos, y tampoco se construirá otra. Una profecía sorprendente, teniendo en cuenta que la dichosa caja había sido el gran símbolo del pacto entre Yahvé y los israelitas. Tal vez como el arca se encontraba en paradero desconocido, el profeta estaba intentando que los israelitas se olvidaran de ella y dejaran de preguntar por ella. A partir de este periodo, su rastro se pierde: hay algunas menciones y tradiciones posteriores, pero ninguna explicación inequívoca de qué ocurrió con el dichoso artefacto.
Y aquí dejamos el Arca: desaparecida, sin denuncia, sin parte de robo y con unas cuantas explicaciones que no terminan de encajar. En la segunda parte seguimos su supuesto rastro por Egipto y Etiopía, nos metemos en el fregado de los templarios y el Santo Grial y acompañamos a Hancock hasta su viaje final. Porque construir la dichosa caja ha sido fácil; encontrarla va a tener bastante más guasa.
Pues yo sí me creo lo de los poderes del Arca de la Alianza porque YO LA VI. Estaba en mi trastero, al lado de la bici de mi hermana Josefina, brillaba y hacía brrrrr. La toqué y al día siguiente el arca se activó sola y MATÓ A MI GATO. Literal, le lanzó un rayo. Mi gato se llamaba Misfúi. Si esto no es una prueba, no sé que lo es. Nos ocultan la verdad.
El Arca esa la tienen los iluminati preguntarle a ellos