Samurái de ojos azules: el anime que nos enseña que una buena venganza puede ser preciosa y sangrienta

Mizu tiene los ojos azules, una espada y una lista de personas a las que quiere encontrar para tener una “charla amistosa”. En el Japón del siglo XVII donde vive, lo primero basta para que le traten como a un monstruo. Lo segundo le permite responder cuando alguien es tan insensato como para decírselo a la cara. Y lo tercero convierte su vida en una búsqueda de venganza durante la que apenas tiene tiempo para otra cosa que no sea cortar extremidades.

Esa es la premisa de Samurái de ojos azules, la serie de animación de Netflix plagada de samuráis, duelos a muerte, shōguns y cortesanas. Sobre el papel podría parecer otra historia de «me hicieron daño y ahora voy a repartir muerte». En la práctica, tiene personajes con los que apetece quedarse, una animación espectacular y suficientes malas decisiones, giros de guion y aventuras desenfrenadas como para dejarte con el culo pegado al sofá durante toda una tarde de domingo.   

Samurái de ojos azules ya se ganó un sitio en nuestro artículo sobre los dibujitos que te dejarán secuelas, pero merece que nos detengamos un poco más en ella. Porque detrás de sus espadazos y sus paisajes preciosos hay una historia de venganza, rechazo y decisiones que hacen que quieras darle un abrazo a Mizu. Aunque probablemente no sea la mejor idea del mundo.

Mizu necesita respuestas. Y quizá una palmadita en la espalda

Mizu busca a los hombres extranjeros que podrían ser su padre. Sus ojos son la marca de una vida entera de rechazo, así que encontrar a su progenitor se convierte en una obsesión. El problema es que una obsesión no suele respetar horarios, amistades ni consejos razonables. Mucho menos si llevas una espada y sabes usarla.

Ahí está una de las mejores cosas de la serie: Mizu no es un personaje perfecto. Tiene inteligencia, resistencia y habilidad suficiente para enfrentarse a enemigos que harían que cualquiera de nosotros nos cagáramos encima. Pero también tiene orgullo, desconfía de todo el mundo y es bastante capaz de empeorar su propia situación por su arrogancia. Hay momentos en los que quieres animar a Mizu y otros en los que te entran ganas de zarandearle y preguntarle si de verdad piensa seguir con esa mierda.

A su alrededor aparecen personajes que tienen sus propios deseos y problemas. La serie gana mucho cuando deja que esos caminos se crucen con el suyo: la venganza de Mizu puede ser el centro de la historia, pero no es lo único que importa en ese mundo.  

Parece un cuadro renacentista hasta que alguien pierde un brazo

Samurái de ojos azules es de esas series que puedes pausar en cualquier momento y encontrar un plano precioso. Los paisajes nevados, los interiores iluminados por velas, los colores y las siluetas hacen que el Japón de la historia resulte fascinante incluso cuando sabes que probablemente se avecina una desgracia.

Su aspecto combina técnicas de animación 2D y 3D con la intención de conservar una sensación artesanal. Los responsables también trabajaron las escenas de acción con especialistas antes de trasladarlas a la pantalla. Por eso los combates tienen ritmo y peso: ves dónde está cada personaje, notas cada golpe y entiendes cada coreografía en todo momento.

Y conviene dejarlo claro: es animación para adultos. Aquí hay violencia, sexo y heridas que ningún médico solucionaría diciendo «esto con un paracetamol…» La serie es elegante, sí, pero tiene la delicadeza de una katana atravesando un cuerpo como si fuera mantequilla.

Debajo de los espadazos hay algo más

Lo interesante de Mizu no es solo si conseguirá completar su lista. Es la relación con su propio aspecto. Sus ojos, que para otra persona podrían ser un rasgo bonito y sin mayor importancia, se convierten en el motivo por el que otros señalan a Mizu. Ocultarlos ayuda a sobrevivir, pero también supone un recordatorio constante de que mostrarse tal como uno es tiene un precio.

La serie habla de identidad y rechazo sin detenerse cada diez minutos para dar discursitos. Lo vemos en la forma de moverse de Mizu, en su poca confianza en los demás y en cómo interpreta cualquier gesto de afecto como si fuera una trampa particularmente elaborada. Si alguna vez has dicho «estoy bien» mientras estabas fatal, puede que reconozcas los síntomas. Mizu simplemente añade una espada al asunto, lo que suele mejorar mucho la comunicación.

Tampoco hay que esperar una reconstrucción histórica que podamos usar para aprobar un examen. Es una aventura de ficción, con escenas de acción llevadas al límite. Pero sus creadores sí investigaron el periodo Edo para construir el mundo de la serie, desde las costumbres hasta la ropa. El resultado tiene personalidad y detalles suficientes para que apetezca mirar más allá del siguiente duelo.

Curiosidades: ojos reales, ropa con historia y un vaquero samurái

La primera curiosidad está en el origen de la propia serie. Amber Noizumi, de ascendencia japonesa, que la creó junto a su marido Michael Green, empezó a pensar en esta historia después de que su hija naciera con ojos azules. Aquello la llevó a preguntarse por qué le producía tanta alegría ese rasgo y cómo habría sido percibido en otro lugar y otra época. De una pregunta bastante íntima salió Mizu, con una forma de procesar los sentimientos extraordinariamente peligrosa para quienes se cruzan en su camino.

El aspecto de Mizu también está pensado hasta el último detalle. El equipo concibió su ropa como una especie de casa portátil: algo que ofrece protección durante un viaje sin descanso. Durante la producción hubo incluso charlas semanales sobre vestuario y cultura de la época.  

Y si su manera de caminar te recuerda a un pistolero del oeste, no es casualidad. La directora Jane Wu utilizaba a Clint Eastwood como referencia para la presencia de Mizu en pantalla. Cambia el revólver por una espada, añade nieve y tienes a alguien que entra en una habitación haciendo que todos empiecen a tragar saliva de forma descontrolada.

Una serie que deja marca de catana

Samurái de ojos azules entra por los ojos gracias a su animación y te engancha con sus peleas, pero funciona sobre todo porque Mizu es mucho más que una máquina de vengarse. El dolor explica sus actos sin convertir cada decisión en una buena idea. Y eso hace que queramos seguir la historia incluso cuando tenemos ganas de gritarle a la pantalla que pare un momento y piense.

Si te gustan las historias de samuráis, los personajes complicados y las escenas de acción que te obligan a rebobinar para ver cómo demonios han hecho eso, aquí tienes serie. Solo queda esperar que Mizu encuentre lo que busca. O, como mínimo, a alguien capaz de convencer a este samurái de que dormir ocho horas no es una rendición.

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