Superman vuelve a estar más de moda que nunca. La película de James Gunn ha conseguido algo que parecía imposible hace apenas unos años: que mucha gente vuelva a hablar del Hombre de Acero con ilusión en lugar de discutir sobre si es un sosainas o está demasiado roto. Y como suele ocurrir cada vez que Superman regresa a primera línea, muchos lectores se hacen la misma pregunta: ¿por dónde empiezo a leer sus cómics?
Y si de verdad quieres entender quién es Superman, olvidarte durante un rato de invasiones alienígenas, los villanos capaces de destruir planetas y las batallas que hacen temblar el universo, hay un cómic que sobresale por encima de casi todos los demás. Ese cómic es Superman: Las cuatro estaciones.
Porque Jeph Loeb y Tim Sale no intentan convencerte de que Superman es el héroe más fuerte del mundo. Eso ya lo sabemos todos. Lo que hacen es mucho más jodido: demostrar por qué, después de casi noventa años, es el mejor superhéroe de todos.
Mucho más que un origen: el viaje del chico de Kansas
Cuando pensamos en una historia sobre los primeros años de Superman es fácil imaginar lo de siempre: el planeta Krypton explotando, un bebé llegando a la Tierra en una cápsula, los primeros vuelos y el descubrimiento de sus increíbles poderes. Superman: Las cuatro estaciones pasa por encima de todo eso casi sin detenerse. Da por hecho que ya conoces el origen del personaje y prefiere centrarse en una pregunta mucho más interesante: ¿cómo un chico de un pequeño pueblo de Kansas decide convertirse en el mayor héroe del mundo?
Jeph Loeb construye la historia utilizando las cuatro estaciones como metáfora del crecimiento de Clark Kent. La primavera representa el momento en el que debe abandonar la seguridad de Smallville y enfrentarse al mundo adulto. El verano muestra el nacimiento del símbolo que cambiará Metrópolis para siempre. El otoño trae las primeras dudas y los primeros golpes de realidad, mientras que el invierno obliga a Clark a mirar hacia atrás para recordar quién es realmente. No se trata de un único año de su vida, sino de cuatro momentos fundamentales que terminan formando un retrato sorprendentemente íntimo del personaje.
Y pese a estar protagonizado por uno de los héroes más poderosos de la historia del cómic, Las cuatro estaciones apenas tiene interés en las grandes batallas. Aquí los conflictos más importantes no consisten en derrotar monstruos imposibles, sino en aceptar que ha llegado el momento de abandonar el hogar, asumir responsabilidades, lidiar con el miedo a no estar a la altura o preguntarse si el sacrificio merece la pena. Es un cómic sobre crecer, sobre encontrar tu lugar en el mundo y sobre comprender que tener un don solo tiene sentido si decides utilizarlo para ayudar a los demás.

Clark Kent siempre fue Superman
Existe una idea que lleva décadas persiguiendo al personaje y que mucha gente da por cierta. Probablemente la versión más famosa aparezca en Kill Bill Vol. 2, cuando Bill afirma que Superman es la identidad real y que Clark Kent no deja de ser un disfraz para mezclarse con los humanos. Es una interpretación interesante, pero Superman: Las cuatro estaciones la desmonta por completo. Para Jeph Loeb, Clark Kent nunca ha sido una máscara.
Antes de ponerse una capa ya ayudaba a quien lo necesitaba. Antes de descubrir todo el alcance de sus poderes ya era un chico humilde, inseguro y extraordinariamente bondadoso. Antes incluso de abandonar Smallville ya era incapaz de quedarse de brazos cruzados cuando alguien estaba en peligro. Superman no nace el día que se pone el traje azul y rojo; Superman siempre ha estado dentro de Clark. El uniforme simplemente permite que esa bondad llegue mucho más lejos.
Es una diferencia que puede parecer pequeña, pero cambia por completo la esencia del personaje. Clark no salva a la gente porque sea un kryptoniano prácticamente invencible. La salva porque Jonathan y Martha Kent criaron a un hombre incapaz de mirar hacia otro lado. Sus poderes le permiten levantar edificios o detener un tornado, pero el impulso de hacerlo nace de la educación que recibió en una granja de Kansas, no de su origen extraterrestre.
De hecho, el cómic insiste una y otra vez en que la verdadera fortaleza de Superman no está en sus músculos, sino en su carácter. Cuando duda de sí mismo, cuando siente que ha fallado o cuando el peso de la responsabilidad amenaza con aplastarlo, no recurre a la Fortaleza de la Soledad ni busca respuestas en Krypton. Regresa a Smallville. Vuelve a casa. Necesita recordar quién era antes de convertirse en un símbolo, porque sabe que si pierde a Clark Kent también perderá a Superman.
Hay una escena especialmente significativa cuando, tras atravesar uno de sus momentos más difíciles, vuelve junto a las personas que siempre lo han conocido como Clark y no como el Hombre de Acero. Su madre resume toda la filosofía del cómic con una idea tan sencilla como poderosa: por mucho que lleve una capa y una enorme «S» en el pecho, sigue siendo el mismo chico que creció en aquella granja. Lo lo verdaderamente inspirador es encontrarse con alguien que, pudiendo hacer cualquier cosa, decide ser simplemente una buena persona. Y esa, al final, siempre ha sido la mayor virtud de Superman.

Cuatro narradores para comprender a un mismo héroe
Uno de los mayores aciertos de Superman: Las cuatro estaciones es que Clark Kent nunca nos cuenta su propia historia. En cualquier otro cómic parecería una decisión extraña, pero Jeph Loeb entiende que la mejor forma de conocer a una persona no siempre es escuchar lo que dice sobre sí misma, sino observar cómo la ven quienes la rodean. Cada estación está narrada por un personaje diferente y cada uno contempla una cara distinta del mismo hombre.
La primavera pertenece a Jonathan Kent. Para él no existe el Hombre de Acero ni el símbolo que algún día inspirará al mundo entero. Solo está su hijo. Un padre que observa con orgullo cómo el niño al que enseñó a distinguir el bien del mal está preparado para abandonar el hogar y comenzar su propio camino. Sin embargo, esa felicidad también viene acompañada del miedo inevitable de cualquier padre: el de aceptar que ya no puede proteger a su hijo. Jonathan sabe que Clark puede detener un tornado con sus propias manos, pero eso no evita que siga preocupándose por él. Da igual lo poderoso que llegue a ser Superman; para sus padres siempre seguirá siendo aquel chico que corría por los campos de Smallville.
Con el verano cambia por completo la perspectiva. Lois Lane contempla la aparición de Superman con la mezcla perfecta de fascinación y curiosidad periodística. Mientras toda Metrópolis intenta comprender quién es ese hombre capaz de volar, Lois no busca únicamente el gran titular. Quiere descubrir qué clase de persona se esconde detrás de semejante poder. Para ella, Superman es un misterio, casi una leyenda viviente, mientras que Clark Kent apenas parece un tímido compañero de redacción. Lo irónico es que, sin saberlo, pasa cada día junto al hombre al que intenta comprender.
El otoño introduce a Lex Luthor y, con él, la visión más amarga del cómic. Mientras los demás narradores ven esperanza, cariño o admiración, Lex solo es capaz de contemplar una amenaza. Su odio no nace simplemente de la envidia. Nace del hecho de que Superman demuestra que el poder no tiene por qué estar ligado al egoísmo. Toda la influencia, el dinero y el prestigio que Lex ha acumulado durante años quedan empequeñecidos por alguien que solo quiere ayudar a los demás. Esa idea resulta insoportable para él. Superman no necesita demostrar que es superior; precisamente por eso termina siéndolo.

Y finalmente llega el invierno, probablemente la parte más emotiva de toda la obra. Lana Lang habla del héroe desde un lugar que nadie más puede ocupar. Ella no está enamorada del símbolo ni del salvador de la humanidad. Está enamorada del chico con el que creció. Comprende que Clark eligió un camino que siempre los mantendría separados, pero nunca deja de verlo como la misma persona de siempre. Su narración transmite una mezcla de cariño, resignación y nostalgia que termina cerrando el viaje emocional del protagonista de una forma preciosa.
Jonathan conoce al hijo, Lois admira al héroe, Lex odia al rival y Lana ama al hombre. Cada uno observa únicamente una parte del rompecabezas. Sin embargo, cuando el lector une las cuatro perspectivas descubre algo mucho más grande: Clark Kent nunca cambia. Da igual quién lo mire, siempre encuentra a la misma persona honesta, humilde y extraordinariamente buena.
Tim Sale convirtió a Superman en un cuento para todas las generaciones
Si el guion de Jeph Loeb consigue tocarte el corazón, el dibujo de Tim Sale termina de rematar el trabajo. Hablar de Superman: Las cuatro estaciones sin detenerse en su apartado artístico sería hacerle un flaco favor a una de las obras visualmente más bonitas que ha protagonizado el Hombre de Acero.
Sale nunca fue un dibujante preocupado por el realismo anatómico o el espectáculo vacío. Su estilo siempre ha tenido algo de caricatura, de ilustración clásica y de cuento infantil, y precisamente por eso resulta perfecto para esta historia. Desde la primera página da la sensación de estar hojeando un viejo libro ilustrado que alguien ha conservado con cariño durante décadas. No importa que el cómic se publicara en 1998; desprende una calidez casi atemporal, como si pudiera haber sido dibujado hace cincuenta años o ayer mismo.
Su Superman es enorme. Enorme de verdad. Los hombros parecen imposibles, la capa ocupa media viñeta y su figura domina cada escena en la que aparece. Sin embargo, nunca transmite arrogancia ni superioridad. Todo lo contrario. Sale consigue una paradoja fascinante: cuanto más gigantesco dibuja al personaje, más humano parece. Es un auténtico superhombre físicamente, pero sus gestos, sus miradas y su lenguaje corporal reflejan constantemente la inseguridad y la humildad de Clark Kent.
Esa sensibilidad también se aprecia en el resto del reparto. Jonathan Kent transmite el cansancio y la sabiduría de un hombre que ha pasado toda la vida trabajando la tierra. Lois Lane desprende energía y determinación incluso cuando permanece en silencio. Lex Luthor resulta frío y distante con apenas una expresión, mientras que Lana Lang refleja una melancolía que pocas palabras podrían explicar. Tim Sale no necesita llenar las páginas de diálogos porque muchas veces basta una mirada para comprender exactamente qué está sintiendo cada personaje.
Gran parte de esa magia también pertenece al colorista Bjarne Hansen. Sus acuarelas envuelven toda la obra en una atmósfera cálida y nostálgica, diferenciando cada estación sin caer en artificios. La primavera respira vida, el verano rebosa energía, el otoño introduce tonos más apagados y el invierno se vuelve melancólico sin perder nunca la belleza. El color no está ahí para impresionar; está para acompañar las emociones del relato.
Quizá ese sea el mayor logro del apartado artístico de Las cuatro estaciones. No intenta impresionar con explosiones gigantescas ni con páginas repletas de acción. Prefiere emocionarte. Y cuando un cómic consigue que una simple conversación entre un padre y su hijo tenga tanta fuerza como la batalla más espectacular, significa que sus dibujos han alcanzado algo mucho más difícil que el virtuosismo técnico: han encontrado el alma de la historia.
