Todos hemos conocido a unos Zipi y Zape. Quizá eran dos hermanos del colegio incapaces de pasar un día sin romper una ventana. Tal vez eras tú y tu mejor amigo, convencidos de que fabricar un cohete con petardos del chino era una idea brillante. O, si naciste hace unas cuantas décadas, seguramente creciste leyendo las aventuras de dos gemelos que parecían tener un talento sobrenatural para convertir cualquier día normal en un auténtico desastre.
Porque si Mortadelo y Filemón eran el caos hecho espionaje y Carpanta representaba el hambre eterna, Zipi y Zape eran la infancia en estado puro. La curiosidad, las trastadas, las mentiras piadosas, los suspensos, las peleas entre hermanos y esa capacidad casi mágica que tienen algunos niños para encontrar problemas incluso cuando no los están buscando.
Creados por José Escobar en 1948, estos dos pequeños terremotos no tardaron en convertirse en una de las grandes estrellas de la Editorial Bruguera. Durante décadas protagonizaron miles de páginas, hicieron reír a varias generaciones y demostraron que sobrevivir a la autoridad de Don Pantuflo tenía casi tanto mérito como derrotar a un supervillano de Marvel.
José Escobar: el genio que entendía mejor que nadie cómo era ser un niño
Detrás de Zipi y Zape estaba José Escobar Saliente, uno de los grandes maestros del cómic español. Antes de dedicarse profesionalmente al dibujo había trabajado como funcionario de Correos, pero su verdadera pasión siempre fueron las viñetas.
Cuando comenzó a publicar para Bruguera ya había creado varios personajes, aunque ninguno alcanzó la popularidad de aquellos dos hermanos imposibles. Escobar tenía una virtud extraordinaria: sabía observar a los niños. Sus personajes no parecían adultos disfrazados de pequeños, sino auténticos críos impulsivos, imaginativos y tremendamente curiosos.
Por eso las aventuras de Zipi y Zape siguen resultando naturales a día de hoy. Sus problemas cambian con los tiempos, pero las ganas de saltarse las normas, inventar excusas absurdas y meterse en líos parecen formar parte del ADN de cualquier infancia.

Dos gemelos y un padre al borde del infarto
Aunque muchas veces parezcan intercambiables, Zipi y Zape nunca fueron exactamente iguales. Zipi suele ser el más impulsivo: actúa primero y piensa después, una estrategia que rara vez termina bien. Zape, por su parte, aparenta ser algo más prudente, aunque esa prudencia suele desaparecer en cuanto su hermano propone alguna idea descabellada. Precisamente esa diferencia es la que hace funcionar tan bien a la pareja. Se complementan a la perfección y convierten cualquier situación cotidiana en una cadena de decisiones cada vez peores que, inevitablemente, termina con una nueva trastada.
Y si hay alguien que sufre las consecuencias de ese talento para meterse en líos, ese es Don Pantuflo. Progenitor serio, amante de la disciplina y convencido de que el estudio era la solución para casi cualquier problema, pasaba buena parte de su vida intentando educar a dos hijos que parecían inmunes a cualquier método pedagógico conocido. Sus broncas forman parte de la historia del cómic español, aunque nunca fue un padre cruel ni un villano. Simplemente representaba a esa figura de autoridad tan habitual en la España de la época, siempre intentando inculcar responsabilidad mientras sus hijos encontraban una nueva forma de poner la casa patas arriba.
Como contrapunto aparecía Doña Jaimita, mucho más paciente y comprensiva. Entre ambos formaban una familia sorprendentemente creíble, donde los castigos, las discusiones y las trastadas acababan dando paso, casi siempre, a una reconciliación. Porque, por mucho que desesperaran a sus padres, bajo todo aquel caos siempre había una familia que se quería de verdad.

Mucho más que dos niños traviesos
Una de las grandes virtudes de José Escobar fue construir un universo lleno de personajes reconocibles. Más allá de Zipi y Zape, cada historia estaba poblada por profesores estrictos, compañeros de clase, vecinos cotillas, amigos inseparables y toda una galería de secundarios que hacían que aquel mundo pareciera vivo. El colegio, las excursiones, los partidos de fútbol improvisados, las pandillas del barrio o las tardes de verano jugando en la calle convertían cada aventura en un pequeño retrato de la infancia española de mediados del siglo XX.
Lo mejor es que muchas de aquellas historias nacían de situaciones completamente cotidianas. Un examen que había que aprobar, un jarrón roto, una trastada para evitar un castigo o una inocente competición entre amigos bastaban para desencadenar una cadena de desastres cada vez más disparatada. Escobar tenía un talento especial para convertir los pequeños problemas de cualquier niño en aventuras llenas de humor.
Es cierto que algunas situaciones han envejecido y reflejan una sociedad muy distinta a la actual, pero precisamente ahí reside parte de su valor. Leer Zipi y Zape también es asomarse a una España donde las calles eran el patio de recreo, los niños pasaban horas jugando al aire libre, las videoconsolas todavía no existían y un simple suspenso podía convertirse en la mayor tragedia del universo. Es una ventana a otra época que, además de hacer reír, despierta una enorme sensación de nostalgia.
El humor de Escobar sigue funcionando
Hay autores que dependen de referencias de actualidad y terminan quedándose anticuados. Escobar tuvo la inteligencia de construir un humor mucho más universal. Las mentiras que se complican, los inventos que salen mal, los castigos, las persecuciones, las expresiones exageradas o los malentendidos siguen funcionando porque forman parte de experiencias que prácticamente todos hemos vivido alguna vez.
Además, su dibujo transmitía movimiento con una facilidad asombrosa. Bastaban unas pocas líneas para que el lector sintiera la velocidad de una persecución o el caos provocado por una trastada. Esa aparente sencillez escondía un dominio extraordinario del ritmo narrativo.
Otro de los grandes aciertos de Escobar era que nunca necesitó recurrir al humor cruel ni a chistes especialmente rebuscados para hacer reír. Sus historias funcionaban porque cualquiera podía verse reflejado en ellas. Todos hemos intentado ocultar una travesura, poner una excusa imposible para evitar un castigo o confiar en que un plan disparatado saldría bien… solo para descubrir que había empeorado las cosas. Ese humor tan cotidiano explica por qué, más de setenta años después, Zipi y Zape siguen arrancando sonrisas tanto a quienes crecieron con ellos como a nuevos lectores.

Del tebeo al cine
El enorme éxito de Zipi y Zape hizo que sus aventuras saltaran pronto del papel a la pantalla. La primera adaptación llegó con Las aventuras de Zipi y Zape (1981), una película de imagen real que intentó trasladar el espíritu de los tebeos de José Escobar al cine familiar. Años después también protagonizarían una serie de animación estrenada en 2003, que acercó a los gemelos a una nueva generación de espectadores, aunque con un estilo visual y un tono bastante diferentes a los de las historietas originales.
El gran regreso llegó en 2013 con Zipi y Zape y el Club de la Canica, dirigida por Oskar Santos. En lugar de adaptar una aventura concreta, la película reinventó a los personajes dentro de una historia de misterio y aventuras ambientada en un internado, consiguiendo un notable éxito de público y varias nominaciones a los Premios Goya. Tres años después se estrenó Zipi y Zape y la isla del capitán, una secuela todavía más ambiciosa que apostaba por un tono cercano al cine de aventuras clásico, con una isla misteriosa, tesoros ocultos y nuevos enigmas por resolver.
Ninguna de estas adaptaciones sustituyó al cómic de Escobar, pero todas ayudaron a mantener vivos a los personajes y a presentarlos a nuevas generaciones. Cada una reinterpretó a Zipi y Zape según la época en la que fue realizada, aunque todas conservaron su esencia: dos hermanos inseparables cuya mayor habilidad sigue siendo convertir el día más tranquilo en un auténtico desastre.

Un clásico que nunca pasa de moda
Han pasado más de setenta años desde que José Escobar dibujó por primera vez a Zipi y Zape. Desde entonces han aparecido miles de personajes infantiles, pero muy pocos han conseguido representar la infancia con tanta naturalidad y tanto humor.
Quizá ese sea el secreto de su éxito. No eran superhéroes, ni detectives, ni niños prodigio. Eran simplemente dos hermanos con demasiada imaginación, muy pocas ganas de estudiar y una habilidad casi sobrenatural para meterse en problemas.
Y probablemente por eso seguimos recordándolos con tanto cariño. Porque todos hemos sido alguna vez un poco Zipi, un poco Zape… y, con el paso de los años, también hemos descubierto que todos terminamos convirtiéndonos, al menos durante unos minutos al día, en Don Pantuflo.