El sulfato atómico: por qué sigue siendo la mejor aventura de Mortadelo y Filemón

Mortadelo y Filemón han protagonizado cientos de aventuras a lo largo de más de seis décadas. Han viajado por medio mundo, se han enfrentado a dictadores, mafiosos, científicos chiflados, extraterrestres y toda clase de villanos con nombres imposibles. Sin embargo, cuando los aficionados discuten cuál es la mejor de todas, hay un título que aparece una y otra vez: El sulfato atómico.

Publicado en 1969, este álbum no solo inauguró las aventuras largas de la pareja, sino que marcó un antes y un después en la historia del cómic español. Francisco Ibáñez demostró que aquellos dos agentes desastrosos podían sostener una historia de casi cincuenta páginas sin perder el ritmo, el humor ni la capacidad de sorprender al lector. No es casualidad que, hoy día, El sulfato atómico siga apareciendo con frecuencia en las listas de los mejores cómics españoles de todos los tiempos y continúe siendo la obra con la que se mide el resto de aventuras de Mortadelo y Filemón.

Más de medio siglo después, siguen apareciendo nuevas ediciones, continúa siendo la puerta de entrada para quienes descubren a Mortadelo y Filemón por primera vez y muchos lectores lo consideran el mejor trabajo de Ibáñez. La gran pregunta es evidente: ¿qué tiene El sulfato atómico para haber resistido tan bien el paso del tiempo mientras cientos de cómics de su época quedaron en el olvido?

El álbum que cambió para siempre a Mortadelo y Filemón

Cuando El sulfato atómico apareció en 1969, Mortadelo y Filemón ya eran dos personajes enormemente populares. Sus historietas triunfaban semana tras semana en las revistas de Bruguera y Francisco Ibáñez se había convertido en uno de los autores más queridos del país. Sin embargo, hasta ese momento casi todas sus aventuras consistían en relatos breves de dos, cuatro u ocho páginas, pensados para ofrecer un puñado de chistes rápidos y terminar con una buena colección de tortazos.

El problema era evidente: hacer reír durante unas pocas páginas no es lo mismo que mantener el interés del lector a lo largo de un álbum completo. Una historia larga exigía un argumento más elaborado, un mejor ritmo narrativo y la capacidad de combinar el humor con una aventura que realmente invitara a seguir pasando páginas. Nadie sabía si Mortadelo y Filemón serían capaces de soportar ese cambio de formato.

Ibáñez aceptó el reto y terminó cambiando para siempre el rumbo de la serie. El sulfato atómico fue el primer álbum largo protagonizado por la pareja y demostró que el humor absurdo podía convivir con una auténtica historia de aventuras sin perder frescura. La apuesta salió tan bien que marcó el camino que seguirían prácticamente todos los grandes clásicos posteriores y consolidó un formato que acabaría convirtiéndose en la seña de identidad de Mortadelo y Filemón durante décadas.

Hoy resulta difícil imaginar a la pareja sin esos álbumes que llenaban librerías, kioscos y bibliotecas escolares. Pero alguien tuvo que demostrar primero que aquel par de agentes desastrosos podían sostener una aventura de principio a fin. Ese alguien fue Francisco Ibáñez. Y esa aventura fue, precisamente, El sulfato atómico.

Un argumento tan absurdo como brillante

Todo comienza cuando el profesor Bacterio inventa un fertilizante revolucionario capaz de acelerar el crecimiento de cualquier ser vivo. Como suele ocurrir en la T.I.A., el invento desaparece casi inmediatamente y Mortadelo y Filemón reciben la misión de recuperarlo antes de que provoque un desastre.

El famoso sulfato atómico es, en realidad, la excusa perfecta para desencadenar una persecución constante donde aparecen insectos descomunales, disfraces imposibles y todo tipo de situaciones delirantes. La historia nunca pretende ser creíble; simplemente necesita una idea lo suficientemente loca como para justificar el caos absoluto que viene después.

En términos cinematográficos podríamos decir que el sulfato es un perfecto MacGuffin. Lo importante nunca es el fertilizante en sí, sino todo lo que ocurre alrededor de él. El lector pasa las páginas sin apenas darse cuenta porque siempre está ocurriendo algo: un disfraz to loco, un accidente mortal de necesidad, una explosión o un personaje secundario haciendo el cafre al fondo de la viñeta.

Lo mejor es que Ibáñez nunca pierde el tiempo intentando explicar cómo funciona el invento ni si tiene el más mínimo sentido, sabe que la gente ha venido a ver cómo dos agentes incompetentes intentan resolver una misión que se les escapa de las manos desde la primera página. Cada nuevo obstáculo es más absurdo que el anterior y la aventura va aumentando constantemente de intensidad hasta convertirse en una sucesión casi ininterrumpida de situaciones completamente disparatadas.

La genialidad de Francisco Ibáñez

Muchos recuerdan El sulfato atómico por sus chistes, pero la verdadera genialidad está en cómo están construidos. Ibáñez tenía una capacidad casi sobrenatural para dirigir la mirada del lector. Cada página está medida al milímetro para que el siguiente gag llegue exactamente en el momento adecuado.

Además, el dibujo está lleno de pequeños detalles que convierten cada relectura en una experiencia diferente. Carteles absurdos, personajes secundarios protagonizando su propia historia, animales haciendo tonterías, objetos escondidos… Siempre hay algo nuevo que descubrir. Es uno de esos cómics que se disfruta tanto leyendo los diálogos como perdiéndose entre las viñetas.

También sorprende la expresividad de los personajes. Filemón apenas necesita levantar una ceja para transmitir desesperación. Mortadelo es capaz de provocar una carcajada simplemente apareciendo disfrazado de cualquier cosa imaginable. El profesor Bacterio parece vivir permanentemente en otro planeta y el Súper representa como nadie al jefe que sabe perfectamente que todo va a salir mal… pero aun así insiste.

Todo ello convierte la lectura en una especie de película de dibujos animados sobre papel. No es casualidad que muchos consideren a Ibáñez uno de los mejores narradores gráficos que ha dado Europa. Muchos aficionados consideran, además, que el dibujo de El sulfato atómico representa a un Ibáñez especialmente inspirado, con un trazo más limpio, unas composiciones más cuidadas y un nivel de detalle que supera al de buena parte de las aventuras posteriores.

Mucho más que un cómic infantil

Uno de los mayores errores que se pueden cometer es pensar que Mortadelo y Filemón son únicamente cómics para niños. Evidentemente un niño puede disfrutarlos sin ningún problema, riéndose con los golpes, los disfraces imposibles y las persecuciones. Sin embargo, un adulto descubre una segunda capa de humor mucho más rica, llena de referencias, sátiras y pequeños detalles que probablemente pasaron desapercibidos durante la infancia.

En El sulfato atómico encontramos una divertida parodia de la obsesión científica propia de los años sesenta, una época marcada por la carrera espacial, la energía nuclear y los grandes inventos que prometían cambiar el mundo. Ibáñez convierte toda esa fascinación tecnológica en un fertilizante capaz de hacer crecer cualquier ser vivo hasta tamaños absurdos, ridiculizando con mucho ingenio esa fe ciega en que cualquier avance científico iba a solucionar todos los problemas de la humanidad.

También aparecen las burlas habituales hacia la burocracia, los funcionarios, los superiores incompetentes y los planes que se complican desde el primer minuto. La T.I.A. funciona como una caricatura de cualquier gran organismo oficial: todo el mundo da órdenes, nadie parece saber exactamente qué está haciendo y los únicos que terminan pagando las consecuencias son, cómo no, Mortadelo y Filemón.

Todo ello está envuelto en un humor tan blanco como inteligente que consiguió sobrevivir incluso a la censura de la época gracias al absurdo, los juegos visuales y el slapstick. Quizá por eso el cómic sigue funcionando tan bien hoy. Muchas de sus bromas continúan resultando igual de efectivas más de medio siglo después, demostrando que el buen humor, igual que las grandes aventuras, apenas entiende de generaciones.

¿Por qué sigue siendo la mejor aventura?

La respuesta probablemente esté en el equilibrio. Después llegarían álbumes extraordinarios como Valor… ¡y al toro!, El caso del bacalao, Los diamantes de la gran duquesa o Chapeau el «Esmirriau», pero muy pocos consiguen combinar de una forma tan perfecta aventura, humor y ritmo.

No sobra prácticamente ninguna página. La historia avanza constantemente, los gags aparecen con una frecuencia increíble y los personajes están en un estado de gracia difícilmente repetible. Es uno de esos cómics donde todo parece funcionar con una naturalidad absoluta, aunque detrás exista un trabajo de planificación gigantesco.

Quizá técnicamente Ibáñez dibujó mejor años después. Quizá desarrolló argumentos más complejos en otras aventuras. Pero pocas veces volvió a reunir todos esos elementos con tanta precisión en un mismo álbum. Y es que más de medio siglo después, El sulfato atómico sigue reeditándose de forma constante, continúa siendo la recomendación habitual para quienes quieren descubrir a Mortadelo y Filemón por primera vez e incluso inspiró la película de imagen real estrenada en 2003. Eso dice mucho de su importancia.

No fue simplemente el primer álbum largo de la serie. Fue el cómic que definió la personalidad definitiva de Mortadelo, Filemón, el profesor Bacterio y la T.I.A. Todo lo que vino después nació, en mayor o menor medida, de las ideas que Ibáñez puso en marcha aquí.

El eterno legado de Ibáñez

Francisco Ibáñez creó cientos de aventuras inolvidables durante más de medio siglo de carrera. Muy pocas series pueden presumir de semejante regularidad. Sin embargo, si hubiera que elegir un único álbum para explicar por qué fue uno de los mayores genios del cómic europeo, probablemente El sulfato atómico sería el candidato perfecto.

Porque no solo hizo reír a varias generaciones de lectores. También demostró que el cómic humorístico podía contar grandes aventuras sin perder un solo gramo de frescura. Y eso explica por qué, más de cincuenta años después, seguimos abriendo sus páginas con la misma sonrisa que la primera vez.

Y si quieres descubrir cómo obras como El sulfato atómico ayudaron a convertir el tebeo en una forma de arte respetada, no te pierdas nuestro artículo sobre la evolución del cómic español.

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