¿Qué ocurre cuando el mayor sueño de una persona nunca llega a cumplirse? Federico García Lorca respondió a esa pregunta con Yerma, una de las tragedias más dolorosas del teatro español. Su protagonista solo desea una cosa: tener un hijo. Sin embargo, lo que comienza como una ilusión termina convirtiéndose, poco a poco, en una obsesión capaz de devorarlo todo.
Después de Bodas de sangre, Lorca regresó a la Andalucía rural para escribir la segunda de las tres grandes tragedias que completarían su trilogía rural junto a La casa de Bernarda Alba. Si en la primera exploraba cómo una pasión imposible podía conducir a la muerte, en Yerma demuestra que los sueños también pueden convertirse en una prisión cuando la realidad se empeña en hacerlos inalcanzables.
Como ya hizo en sus otras tragedias rurales, Lorca construye esta historia a través de algunos de los diálogos y versos más hermosos de nuestra literatura. Siguiendo esas palabras vamos a recorrer una obra que habla de maternidad, deseo, libertad y frustración, pero, sobre todo, de cómo una obsesión puede acabar consumiendo por completo a quien la alimenta.
«Cada mujer tiene sangre para cuatro o cinco hijos»
A diferencia de Bodas de sangre, donde la tragedia parece anunciarse desde las primeras páginas, Yerma comienza mostrando una vida aparentemente tranquila. Yerma está casada con Juan y ambos llevan varios años de matrimonio. Sin embargo, hay algo que falta en esa casa: un hijo. Mientras ella vive consumida por el deseo de convertirse en madre, su marido parece mucho más preocupado por el trabajo, las tierras y por mantener una vida ordenada y sin sobresaltos.
Muy pronto Lorca deja claro que ambos viven el matrimonio de una forma completamente distinta. Juan intenta satisfacer las necesidades materiales de su esposa, pero también controla cada uno de sus movimientos.
«Si necesitas algo me lo dices y te lo traeré. Ya sabes que no me gusta que salgas.»
Y remata con otra frase que resume perfectamente su manera de entender el papel de la mujer.
«La calle es para la gente desocupada.»
Para Juan, el hogar es un refugio. Para Yerma, empieza a convertirse en una prisión.
La situación se vuelve todavía más dolorosa cuando Yerma se encuentra con María, una amiga que acaba de dar a luz. Mientras contempla la felicidad de quien acaba de convertirse en madre, comprende que ese sueño parece alejarse cada día un poco más.
«Tener un hijo no es tener un ramo de rosas. Hemos de sufrir para verlos crecer. Yo pienso que se nos va la mitad de nuestra sangre. Cada mujer tiene sangre para cuatro o cinco hijos, y cuando no los tiene se les vuelve veneno, como me va a pasar a mí.»
Pocas frases resumen mejor el corazón de la obra. Para Yerma, la maternidad no es un simple deseo, sino aquello que da sentido a toda su existencia. Y esa es, precisamente, la mayor tragedia que plantea Lorca: cuando una persona acaba creyendo que solo puede ser feliz de una única manera, cualquier obstáculo deja de ser un problema para convertirse en una condena.

«Los hombres tienen que gustar»
A medida que pasan los días, Yerma empieza a comprender que el problema quizá no sea únicamente la falta de hijos. También lo es el matrimonio que ha construido junto a Juan. Él es un hombre trabajador y honrado, pero incapaz de ofrecerle el cariño y la pasión que ella necesita. Mientras Yerma sueña con formar una familia, Juan solo parece preocupado por el trabajo y por evitar los rumores del pueblo.
Ese contraste se hace todavía más evidente cuando Yerma habla con una Vieja que no comparte las ideas tradicionales sobre el matrimonio. Al enterarse de que nunca ha amado realmente a su marido, le responde con una frase sorprendentemente moderna para la época.
«Los hombres tienen que gustar, muchacha. Han de deshacernos las trenzas y darnos de beber agua en su misma boca. Así corre el mundo.»
La anciana no solo cuestiona el matrimonio de Yerma. También se atreve a poner en duda las creencias religiosas del pueblo.
«A mí no me ha gustado nunca Dios. ¿Cuándo os vais a dar cuenta de que no existe? Son los hombres los que te tienen que amparar.»
Como si quisiera demostrar que no existe una única forma de entender la vida, Lorca introduce también a una Muchacha casada que representa la visión opuesta a Yerma. Mientras la protagonista daría cualquier cosa por tener un hijo, ella solo sueña con disfrutar de su libertad.
«Yo tengo diecinueve años y no me gusta guisar, ni lavar. Bueno, pues todo el día he de estar haciendo lo que no me gusta. ¿Y para qué? ¿Qué necesidad tiene mi marido de ser mi marido? Toda la gente está metida dentro de sus casas haciendo lo que no les gusta. Cuánto mejor se está en medio de la calle. Ya voy al arroyo, ya subo a tocar las campanas, ya me tomo un refresco de anís.»
Lorca no enfrenta a personajes buenos y malos. Enfrenta distintas maneras de entender la felicidad. Mientras unos creen que una mujer solo puede realizarse siendo madre, otros cuestionan el matrimonio, la religión o el papel que la sociedad les ha impuesto. Yerma escucha todas esas voces, pero ninguna consigue apartarla del único sueño que ocupa por completo su vida.

«Quiero beber agua y no hay vaso ni agua»
Con el paso del tiempo, la obsesión de Yerma no hace más que crecer. Mientras ella vive pendiente de cualquier esperanza de convertirse en madre, Juan toma el camino contrario. Cada vez controla más los movimientos de su esposa y, preocupado por los rumores del pueblo, decide que sus hermanas vivan con ellos para vigilarla. Lo que para él es una forma de proteger el honor de la familia, para Yerma supone perder la poca libertad que todavía conservaba.
Como si eso no fuera suficiente, Lorca introduce a las Lavanderas, un grupo de mujeres que actúan como la voz del pueblo. Entre el lavado de la ropa comentan la vida de los demás, critican a Yerma y reflejan la enorme presión social que sufrían las mujeres de la época.
«Estas machorras son así: cuando podían estar haciendo encajes o confituras de manzanas, les gusta subirse al tejado y andar por esos ríos.»
Otra de ellas va todavía más lejos y responsabiliza directamente a la propia Yerma de no haber sido madre.
«Tiene hijos la que quiere tenerlos. Es que las regalonas, las flojas, las endulzadas, no son a propósito para llevar en vientre arrugado.»
No importa cuánto sufra la protagonista. En el pueblo siempre habrá alguien dispuesto a señalarla y convertir su desgracia en motivo de murmullo. Cada comentario aumenta todavía más su desesperación. Yerma siente que todo a su alrededor está lleno de vida mientras ella permanece atrapada en una espera que parece no tener final.
«Quiero beber agua y no hay vaso ni agua; quiero subir al monte y no tengo pies; quiero bordar mis enaguas y no encuentro los hilos.»
Y poco después pronuncia uno de los monólogos más bellos de toda la obra.
«Estoy ofendida, ofendida y rebajada hasta lo último, viendo que los trigos apuntan, que las fuentes no cesan de dar agua, y que paren las ovejas cientos de corderos, y las perras, y que parece que todo el campo puesto de pie me enseña sus crías tiernas, adormiladas, mientras yo siento dos golpes de martillo aquí, en lugar de la boca de mi niño.»
Es imposible resumir mejor el corazón de Yerma. Mientras la naturaleza sigue su curso y la vida brota por todas partes, ella siente que permanece completamente estéril, como si hubiera quedado excluida del orden natural del mundo. En ese momento, el deseo de ser madre deja de ser una ilusión para convertirse en una obsesión que ya ocupa cada pensamiento de su vida.
«¡Yo misma he matado a mi hijo!»
La desesperación empuja a Yerma a buscar ayuda donde sea. Incapaz de resignarse a una vida sin hijos, acude a una vieja conocida por su experiencia y sabiduría. La anciana escucha su historia y se atreve a poner en duda algo que nadie había cuestionado hasta entonces: quizá el problema nunca haya sido Yerma, sino Juan. Pero Yerma rechaza la idea de inmediato. No porque no quiera ser madre, sino porque hacerlo significaría traicionar todo aquello en lo que cree. Para ella, el honor está por encima de cualquier deseo.
Cuando ambos personajes vuelven a encontrarse durante la romería, la Vieja le insinúa que, si de verdad quiere ser madre, todavía existe una salida. Su propio hijo podría darle los hijos que tanto desea. Le dice que huya con él, que la está esperando por allí cerca. Yerma, sin embargo, rechaza la oferta.
«¿Dónde pones mi honra? El agua no se puede volver atrás ni la luna llena sale al mediodía. Por el camino que voy seguiré.»
Su respuesta resume a la perfección el personaje. Podría intentar ser feliz, pero hacerlo significaría traicionar los principios con los que ha vivido toda su vida. Para Yerma, el honor pesa más que cualquier deseo.
Poco después aparece Juan y, por primera vez en toda la obra, ambos hablan con absoluta sinceridad. Es entonces cuando él confiesa aquello que Yerma llevaba años negándose a aceptar, que nunca ha querido tener hijos.
«Muchas mujeres serían felices de llevar tu vida. Sin hijos es la vida más dulce.»
Con una sola frase, Juan destruye la última esperanza de su esposa. Mientras ella ha convertido la maternidad en el sentido de toda su existencia, él nunca ha compartido ese sueño. No solo no puede darle el hijo que tanto desea, sino que tampoco quiere intentarlo con la misma intensidad.
En ese instante Yerma comprende que ha estado luchando por un futuro que jamás llegará. En un arrebato de desesperación estrangula a Juan, matándolo delante de todos los presentes y, cuando el silencio se apodera de la romería, pronuncia una de las frases más impactantes de todo el teatro español.
«¡Yo misma he matado a mi hijo!»
No habla de un niño de carne y hueso. Habla de la última posibilidad que tenía de convertirse en madre. Al matar a Juan, Yerma acaba también con el único camino que podía conducirla al sueño que había dado sentido a toda su vida. La tragedia no termina con un asesinato, sino con una mujer que comprende que ha perdido para siempre aquello por lo que llevaba luchando desde la primera página.

Una tragedia que nunca deja de doler
Casi un siglo después de su estreno, Yerma continúa representándose en teatros de todo el mundo y sigue siendo una de las obras más intensas de Federico García Lorca. Actrices como Nuria Espert han dejado interpretaciones inolvidables del personaje, demostrando que la desesperación de Yerma continúa emocionando a espectadores de generaciones muy distintas.
Junto a Bodas de sangre y La casa de Bernarda Alba, forma parte de la gran trilogía rural de Lorca, tres obras protagonizadas por mujeres que luchan contra un destino impuesto y terminan pagando un precio devastador por intentar escapar de él. Cada una aborda un conflicto diferente, pero todas comparten la misma pregunta: ¿qué ocurre cuando la sociedad obliga a una persona a renunciar a aquello que más desea?
Y quizá esa sea la mayor grandeza de Yerma. Aunque fue escrita en una época muy distinta, su tragedia sigue resultando profundamente humana. Porque, más allá de la maternidad, Lorca habla de cualquier sueño que termina convirtiéndose en una obsesión, de cualquier vida marcada por aquello que nunca llega y de cómo, a veces, el verdadero enemigo no está en los demás, sino en la prisión que uno acaba construyendo dentro de sí mismo.

Muy buen artículo 👍👍