Todo el mundo conoce Mi vecino Totoro, La princesa Mononoke, El viaje de Chihiro, El castillo ambulante, Porco Rosso o Nausicaä del Valle del Viento. Son obras que convirtieron a Hayao Miyazaki en uno de los autores más importantes de la historia de la animación y en el gran responsable de que Studio Ghibli acabara transformándose en un fenómeno mundial. Sin embargo, existe un manga mucho menos conocido que, de alguna manera, contiene las semillas de todos ellos. Se llama El viaje de Shuna.
Publicado en 1983, apenas un año antes del manga de Nausicaä y tres antes de la fundación oficial de Studio Ghibli, este pequeño libro ilustrado permaneció inédito en buena parte del mundo durante casi cuarenta años. Durante ese tiempo se convirtió en una especie de tesoro oculto para los seguidores más fieles de Miyazaki, una obra de la que todo el mundo hablaba pero que muy pocos habían tenido la oportunidad de leer.
Y es una auténtica pena, porque abrir sus páginas produce una sensación fascinante. Es como colarse en el cuaderno de bocetos de un genio justo antes de crear sus grandes obras maestras. Aquí ya aparecen la naturaleza como fuerza sagrada, los viajes iniciáticos, los animales extraordinarios, las críticas al poder, la fascinación por los paisajes inmensos y ese extraño equilibrio entre belleza, melancolía y esperanza que acabaría definiendo toda la filmografía de Miyazaki.
No es simplemente un manga bonito. Es el momento exacto en el que un autor excepcional empezó a construir el universo que terminaría enamorando a millones de personas.

El cuento que dio origen a un universo
La historia parte de una antigua leyenda tibetana conocida como El príncipe que se convirtió en perro, aunque Miyazaki la transforma casi por completo para convertirla en un relato profundamente personal.
Shuna es el joven heredero de un pequeño valle condenado por la pobreza. La tierra apenas produce alimento y su pueblo sobrevive con enormes dificultades. Cuando descubre la existencia de unas misteriosas semillas doradas capaces de acabar con el hambre, decide abandonar la seguridad de su hogar y emprender un viaje hacia tierras desconocidas para encontrarlas.
La premisa parece sencilla, pero muy pronto deja claro que aquí el verdadero protagonista no es Shuna, sino el camino. Shuna atraviesa montañas, bosques, desiertos y ciudades mientras descubre un mundo lleno de belleza, injusticias y criaturas extrañas. Es un viaje físico, pero también moral. Y, sobre todo, es una historia que ya contiene prácticamente todas las obsesiones de Miyazaki.
Leer El viaje de Shuna después de conocer la filmografía de Miyazaki resulta casi emocionante. Página tras página aparecen ideas que años más tarde volverían transformadas en algunas de sus películas más famosas. La naturaleza entendida como un ser vivo. La relación entre el ser humano y el medio ambiente. Los animales convertidos en compañeros inseparables. Los pueblos humildes luchando por sobrevivir. La crítica a la codicia. Los paisajes inmensos que transmiten paz y melancolía al mismo tiempo.
Es imposible no pensar en Nausicaä del Valle del Viento, cuya protagonista comparte con Shuna esa mezcla de valentía, compasión y respeto absoluto por la naturaleza. También aparecen ecos clarísimos de La princesa Mononoke, especialmente en el conflicto entre civilización y mundo natural. Incluso algunas escenas recuerdan inevitablemente a El viaje de Chihiro, con esos escenarios misteriosos donde la realidad parece funcionar según reglas completamente diferentes.
No son simples coincidencias. El viaje de Shuna fue el terreno de pruebas donde Miyazaki empezó a desarrollar un universo que luego perfeccionaría durante las cuatro décadas siguientes.

Un manga que parece un libro de arte
Quien espere encontrar un manga tradicional probablemente se lleve una sorpresa. Aquí apenas existen las secuencias de acción frenéticas o las páginas repletas de viñetas. Miyazaki apuesta por un formato mucho más cercano al cuento ilustrado. Grandes imágenes pintadas con acuarela conviven con largos bloques de texto que narran la historia con un ritmo pausado y casi hipnótico.
Lejos de ser un defecto, esa decisión convierte la lectura en algo completamente diferente. No da la sensación de estar leyendo un cómic, sino de pasar lentamente las páginas de un antiguo libro de leyendas. Es una obra que invita a detenerse, a observar y a disfrutar del viaje sin ninguna prisa.
Cada ilustración parece una pequeña pintura. Los paisajes transmiten una calma extraordinaria, los animales poseen una personalidad enorme y los escenarios rebosan detalles sin resultar nunca recargados. Incluso cuando apenas ocurre nada, uno tiene ganas de detenerse unos segundos simplemente para contemplar el dibujo. Resulta fácil reconocer en estas páginas al Miyazaki que años más tarde deslumbraría con sus películas animadas.
También llama la atención el uso del color. Lejos de buscar el realismo, Miyazaki utiliza las acuarelas para transmitir emociones. Hay páginas cálidas y acogedoras, otras desprenden una enorme melancolía y algunas consiguen resultar inquietantes sin necesidad de mostrar violencia explícita. Es un estilo delicado, elegante y tremendamente expresivo que convierte cada ilustración en una obra de arte por derecho propio.
Es uno de esos libros que se disfrutan tanto leyendo como mirando. De hecho, no sería ninguna locura afirmar que puede pasarse más tiempo admirando sus ilustraciones que leyendo el propio texto. Y pocas obras consiguen provocar algo así.
Mucho más profundo de lo que parece
Aunque visualmente conserva esa delicadeza tan característica de Miyazaki, El viaje de Shuna aborda temas sorprendentemente duros. El hambre, la esclavitud, la explotación de los más débiles, la desigualdad social y la destrucción provocada por la ambición aparecen constantemente a lo largo del relato. Sin embargo, el autor nunca recurre a discursos grandilocuentes ni intenta dar lecciones al lector. Prefiere mostrar las consecuencias de esos problemas a través de las personas que Shuna encuentra durante su viaje, dejando que sea el propio lector quien saque sus conclusiones.
Precisamente por eso el manga sigue resultando tan actual. Bajo su apariencia de cuento fantástico esconde una profunda reflexión sobre la pobreza, el poder, la codicia y la relación entre los seres humanos y la naturaleza. Como ocurre en muchas de las películas de Miyazaki, los verdaderos monstruos no siempre tienen colmillos. A veces llevan una corona, otras una espada y, en ocasiones, simplemente una ambición desmedida.
Lo más sorprendente es que Miyazaki consigue transmitir todas esas ideas en poco más de un centenar de páginas. Acostumbrados a sagas de cientos de capítulos que a menudo dan vueltas sobre sí mismas, cuesta creer que una obra tan breve sea capaz de construir un mundo tan creíble, desarrollar a sus personajes y dejar tantas reflexiones en la cabeza del lector. Es una demostración de que una gran historia no depende de su extensión, sino del talento de quien la cuenta. Y, en ese sentido, El viaje de Shuna vuelve a confirmar que Miyazaki iba muy sobrado mucho antes de fundar Studio Ghibli.

¿Merece la pena leer El viaje de Shuna?
Depende de lo que busques. Si esperas combates espectaculares, giros constantes o un manga de acción al uso, probablemente salgas decepcionado. El viaje de Shuna apuesta por la contemplación, los silencios y el viaje interior mucho más que por el espectáculo. Es una obra que se toma su tiempo, que invita a observar los paisajes, a detenerse en las ilustraciones y a dejar que la historia respire. En cierto modo, se parece mucho más a una película de Studio Ghibli que a un manga convencional.
Pero si disfrutas con las obras de Miyazaki, te interesa conocer cómo nació su universo creativo o simplemente quieres leer uno de los libros ilustrados más bonitos publicados en los últimos años, la respuesta es un rotundo sí. No solo descubrirás una historia preciosa, sino también una pieza fundamental para comprender la evolución artística de uno de los grandes genios del siglo XX.
Además, tiene otro punto a su favor: puede leerse en una sola tarde. Es una obra breve, pero deja un poso difícil de explicar. Cuando cierras el libro no tienes la sensación de haber terminado una aventura, sino de haber contemplado una pequeña fábula que sigue dando vueltas en la cabeza mucho después de la última página.
No es el manga más famoso de Miyazaki. Probablemente tampoco sea el primero que recomendaría a alguien que nunca ha leído una obra suya. Pero para cualquier aficionado a Studio Ghibli o a la fantasía con alma, es una lectura prácticamente imprescindible.
Las semillas de Studio Ghibli
Hay autores capaces de crear una obra maestra. Muy pocos consiguen construir un universo entero. El viaje de Shuna demuestra que Hayao Miyazaki ya llevaba ese universo dentro mucho antes de fundar Studio Ghibli. Aquí estaban las semillas de Nausicaä, de Mononoke, de Chihiro y de casi todas las historias que lo convertirían en uno de los narradores más importantes de nuestro tiempo.
Quizá nunca alcance la popularidad de sus películas. Ni falta que le hace. Su valor no reside en competir con ellas, sino en permitirnos contemplar el instante en que todas esas ideas empezaban a tomar forma. Es como abrir el cuaderno de bocetos de un pintor antes de crear sus obras más famosas o escuchar las primeras maquetas de un grupo que acabaría llenando estadios.
Además, demuestra que el talento de Miyazaki nunca dependió de un gran estudio, de presupuestos millonarios ni de un equipo de cientos de animadores. Bastaban unas acuarelas, una buena historia y una imaginación desbordante para crear un mundo capaz de quedarse grabado en la memoria del lector.
Por eso El viaje de Shuna es mucho más que una curiosidad para coleccionistas o una obra menor dentro de su bibliografía. Es una pieza fundamental para entender cómo nació uno de los universos creativos más influyentes de las últimas décadas. Y pocas veces un viaje tan corto ha llevado tan lejos.
