En 1992 apareció una serie de dibujos que hizo algo bastante insólito para la época: tomarse a Batman completamente en serio. Nada de convertirlo en un alegre señor disfrazado de murciélago que repartía mamporros mientras hacía un número musical antes de volver a casa a merendar. Aquí había crimen, tragedia, obsesiones, personajes rotos y una Gotham tan oscura que parecía que allí no había salido el sol en décadas.
Batman: la serie animada no solo tenía una estética y una música acojonantes. También entendió como pocas adaptaciones quién era realmente Batman y, sobre todo, quiénes eran sus enemigos. Más de treinta años después, sigue siendo para muchos la versión definitiva del Caballero Oscuro. Y hay bastantes razones para ello.
Gotham: una ciudad donde el sol no sale ni a saludar
Antes incluso de que Batman haga aparición, Batman: la serie animada ya consigue algo bastante importante: que Gotham dé mal rollo. La ciudad parece un lugar donde puedes salir a comprar el pan y regresar convertido en un nuevo supervillano.
Buena parte de la culpa la tuvo Eric Radomski, que comenzó a diseñar Gotham utilizando papel negro en lugar del habitual papel blanco. La idea era cojonuda y sencillita: en vez de dibujar un escenario y añadirle después las sombras, se partía directamente de la oscuridad y se añadía la luz. El resultado era una ciudad permanentemente envuelta en tinieblas, con Batman apareciendo muchas veces como una silueta que parecía más una criatura sobrenatural que otra cosa.
A aquello se sumaron influencias del expresionismo alemán, el cine negro y el Art Déco, hasta crear un estilo que los propios responsables terminaron llamando en broma Dark Deco. Edificios gigantescos, callejones, humo, sombreros, coches que parecen salidos de los años cuarenta y, de repente, ordenadores y tecnología moderna. Gotham no pertenece realmente a ninguna época. Podría ser 1947, 1992 o pasado mañana. Y luego estaba la música. Shirley Walker desarrolló el sonido de la serie utilizando una orquesta real y continuando musicalmente el universo que Danny Elfman había creado para las películas de Tim Burton. Una banda sonora capaz de hacerte sentir el trauma, épica y toda la tragedia vital de nuestro encapuchado favorito.
Todo junto consiguió que Gotham dejara de ser simplemente el sitio donde vive Batman. Era otro personaje de la serie: gigantesca, decadente, preciosa y peligrosísima. Una ciudad en la que nadie en su sano juicio viviría voluntariamente y donde, inexplicablemente, el precio de la vivienda seguramente está por las putas nubes.

Batman también tiene su corazoncito
Pero una Gotham cojonuda no sirve de mucho si luego metes dentro a un señor disfrazado de murciélago con la profundidad psicológica de una cebolla. Y aquí es donde Batman: la serie animada hizo probablemente su mayor aportación: entender qué coño pasa por la cabeza de Bruce Wayne.
Este Batman no combate el crimen porque le mole repartir hostias ni porque tenga una especial animadversión hacia los chorizos. Todo nace de aquel callejón, de sus padres y de una promesa imposible: evitar que otra persona tenga que pasar por lo mismo que él. Bruce ha convertido el peor momento de su vida en una misión que probablemente no pueda cumplir nunca.
La máscara del Fantasma (1993), película animada ambientada en el mismo universo y continuidad que la serie, profundizaría especialmente en esta idea mostrando algo bastante importante: Bruce podría haber sido feliz. Cuando conoce a Andrea Beaumont llega incluso a plantearse abandonar su promesa, casarse y llevar una vida normal, algo sorprendentemente sensato para un hombre cuya vida consiste en vestirse de murciélago y recibir disparos todas las noches. Pero cuando esa posibilidad desaparece, Bruce termina aceptando que Batman será su vida.
Y eso ayuda a entender una de las ideas más interesantes de la serie: Bruce Wayne y Batman han intercambiado los papeles. El multimillonario encantador, despreocupado y social es en buena medida una representación para los demás. Cuando se queda solo, desaparecen las sonrisitas, las fiestas y las ganas de aparentar que es un señor funcional. Sólo queda Batman. Pero lo verdaderamente importante es que la serie no confundía oscuridad con ser un puto psicópata.

Batman está traumatizado, obsesionado y seguramente debería pasar bastante más tiempo con un terapeuta y bastante menos colgado de una gárgola, pero conserva una enorme capacidad para sentir empatía. Y precisamente porque sabe lo que significa quedar destrozado por una tragedia, muchas veces es capaz de reconocer ese mismo dolor en sus enemigos. Ahí está una de las grandes diferencias de este Batman. No siempre contempla al villano que tiene delante como un saco de carne al que debe administrar una sucesión de puñetazos reglamentarios en el hígado. Algunas veces ve a otra persona rota.
Con Harvey Dent continúa intentando recuperar al amigo que había debajo de Dos Caras. Con Harley entiende que existe una persona detrás de la criminal manipulada por el Joker. Con Mr. Freeze puede detener sus crímenes y, al mismo tiempo, comprender el dolor que siente por su esposa. Y con personajes como Baby Doll la serie lleva esta idea todavía más lejos: Batman intenta ayudar antes incluso de limitarse a castigar.
Este Batman podía resultar amenazante, pero nunca perdía su humanidad. Había tristeza, compasión y empatía detrás de aquella voz. La propia serie construía esa dualidad entre el Caballero Oscuro y el Bruce Wayne que enseñaba al resto del mundo. Batman da miedo a los criminales porque parece un monstruo, pero funciona como héroe precisamente porque todavía no se ha convertido en uno.
Los villanos eran personas humanas
Y si la serie entendió bien a Batman, con sus villanos directamente se sacó la chorra. Porque hasta entonces muchos enemigos del murciélago podían resumirse con bastante facilidad: señor obsesionado con el frío, señora obsesionada con las plantas, señor obsesionado con los acertijos, señor obsesionado con las monedas, señora obsesionada con los gatos y payaso loco homicida. Funcionaban como amenazas, tenían diseños reconocibles y proporcionaban una excusa estupenda para que Batman les calentara el lomo durante un rato. Batman: la serie animada decidió que aquello no era suficiente.
El ejemplo más famoso es Mr. Freeze. La serie lo convirtió en Victor Fries, un científico desesperado por salvar a su esposa Nora de una enfermedad terminal. De repente ya no teníamos simplemente al típico cabrón que quería congelar Gotham porque le había dado un aire: teníamos a un hombre que había perdido prácticamente todo y cuya obsesión había terminado devorándolo. Y aquello marcó buena parte del camino.
Con Dos Caras, la tragedia funcionaba porque antes de convertirlo en villano la serie nos había presentado a Harvey Dent como amigo de Bruce Wayne. Cuando aparece el monstruo ya conocíamos al hombre que había debajo. Batman no estaba intentando simplemente detener a Dos Caras: estaba intentando salvar a Harvey. Baby Doll, creada directamente para la serie, llevó la fórmula todavía más lejos. Mary Dahl era una antigua actriz atrapada físicamente en la apariencia de una niña y obsesionada con recuperar la familia ficticia de la serie de televisión que la había hecho famosa. Sobre el papel parece una subnormalidad considerable. En pantalla acaba siendo una historia tristísima sobre alguien incapaz de aceptar una vida que siente que le ha sido robada.

Y precisamente ahí aparece otra vez la empatía de Batman. Porque él también es alguien atrapado en un momento de su vida del que nunca consiguió salir del todo. Mary nunca pudo convertirse exteriormente en adulta; Bruce, de alguna manera, nunca dejó de ser aquel niño del callejón. Por eso cuando Baby Doll termina derrumbándose, Batman no necesita soltar un discurso sobre la justicia ni aplicarle una llave de jiu-jitsu. La consuela. La serie no justificaba a los villanos, los entendía.
Y luego llegaron Harley Quinn y el Joker. Harley apareció inicialmente como acompañante del Joker y acabó convirtiéndose en uno de los personajes más importantes que la serie aportó al universo de DC. Lo especialmente interesante es que su relación con el payaso fue mostrando algo bastante menos divertido que dos chalados haciendo el cafre juntos: una relación profundamente tóxica y abusiva. La gracia, el enamoramiento y los numeritos circenses convivían con manipulación, dependencia y maltrato. Todo esto en una serie que emitían para que los niños estuvieran entretenidos un rato.
Un episodio podía conseguir que terminaras sintiendo pena por el mismo hijo de puta que veinte minutos antes estaba intentando asesinar a media Gotham. Los villanos tenían pérdidas, traumas, obsesiones y deseos comprensibles que habían terminado completamente deformados. Batman estaba rodeado de gente que, después de sufrir una desgracia, había tomado una decisión diferente a la suya.
Seguimos sin tener un Batman mejor
Más de treinta años después, Batman: la serie animada sigue funcionando porque entendió algo muy sencillo y que muchas adaptaciones posteriores se empeñan en complicar: Batman no es interesante porque sea oscuro, sino porque sigue siendo humano a pesar de vivir rodeado de oscuridad.
La serie tenía una Gotham espectacular, una música acojonante, una dirección artística que todavía hoy entra por los ojos y probablemente las voces definitivas de Batman y el Joker. Pero su auténtica grandeza estaba en sus personajes. En un Bruce Wayne incapaz de superar completamente su tragedia y en unos villanos que en el fondo sólo eran personas rotas que habían tomado el camino equivocado.
Y todo aquello lo consiguió una serie de dibujos para niños estrenada en 1992. Sin necesitar convertir a Batman en un psicópata homicida, llenar la pantalla de vísceras, explosiones y tiroteos, ni decir frases intensísimas bajo la lluvia. Solo necesitó buenas historias.
