Durante décadas, Gargamel ha sido injustamente considerado poco más que un hechicero mediocre con graves problemas de gestión emocional y una obsesión enfermiza por capturar pitufos (pequeños homínidos azulados de hábitos gregarios, organización comunal y cuya economía se basa exclusivamente en la explotación de zarzaparrilla). Sin embargo, esta interpretación tradicional podría resultar excesivamente simplista al ignorar uno de los episodios de ingeniería social más sofisticados jamás concebidos por una mente humana. Estamos hablando del Plan Pitufina.
Tras comprobar reiteradamente que la persecución, el trampeo y los recursos mágicos ofrecían resultados mediocres, Gargamel decidió abandonar la confrontación directa y adoptar una estrategia mucho más sibilina: provocar el colapso de la sociedad pitufa desde su interior. El planteamiento era extraordinariamente sencillo. La aldea constituía una comunidad formada exclusivamente por individuos masculinos que llevaban décadas conviviendo en un estado aparentemente estable de cooperación, armonía y asexualidad involuntaria. Gargamel se propuso introducir una única variable capaz de alterar semejante equilibrio de forma catastrófica: una hembra pitufa.
A lo largo de este estudio analizaremos el Plan Pitufina mediante teorías evolutivas, filosóficas y sociológicas perfectamente respetables para demostrar que Gargamel no es, como tradicionalmente se ha pensado, un villano torpe e incompetente, sino un auténtico genio de la maldad cuyo talento ha sido injustamente denostado e incomprendido durante décadas.
El paraíso antes del deseo sexual
Pitufina no fue creada simplemente para infiltrarse entre los Pitufos y espiarlos. Su verdadera función era mucho más perturbadora: despertar el deseo, estimular la competencia, generar celos y transformar progresivamente una sociedad cooperativa en un conjunto de energúmenos obsesionados por demostrar delante de una muchacha apetecible cuál de ellos la tenía más grande y azulada. Nos encontramos, por tanto, ante una estrategia sorprendentemente cercana a algunos principios de la psicología social, la selección sexual, la teoría de juegos y la desestabilización de sistemas complejos.
Para comprender la magnitud de la putada concebida por Gargamel, es necesario estudiar primero las condiciones iniciales de esta idílica sociedad fundamentada en principios hippies. Antes de la aparición de Pitufina, la aldea constituía un sistema social extraordinariamente estable. Sus habitantes trabajaban, recolectaban alimentos, construían viviendas y repartían las distintas funciones de la comunidad sin que existieran conflictos ni motivos para la competencia directa. Cada individuo ocupaba un nicho perfectamente definido —Fortachón era fuerte, Filósofo daba por culo, Gruñón se quejaba de todo—, reduciendo considerablemente las posibilidades de conflicto por estatus. Y, sobre todo, existía una particularidad fundamental: en toda aquella población de pequeños señores azules no había una sola mujer. ¿Acaso se puede imaginar una organización social más perfecta y dichosa?

Esto había eliminado de la ecuación uno de los motores competitivos más poderosos observados en numerosas especies animales: la selección sexual. Sin potenciales parejas por las que disputarse el acceso reproductivo, los Pitufos podían dedicar sus energías a actividades socialmente más productivas, como cultivar zarzaparrilla, realizar tareas de bricolaje y bailar cogidos de la mano sin que nadie sintiera la necesidad de construir una personalidad ficticia, exagerando virtudes y ocultando miserias con la finalidad última de lograr realizar el coito.
Gargamel comprendió entonces algo extraordinario. Para destruir aquel equilibrio no necesitaba introducir violencia, hambre ni enfermedades. Solo tenía que introducir el deseo. Y es que este equilibrio aparentemente perfecto tenía una debilidad estructural evidente: jamás había sido puesto a prueba. Los Pitufos podían considerarse una sociedad pacífica y cooperativa, pero lo hacían bajo unas condiciones excepcionalmente favorables. Estaban jugando en modo fácil y con los trucos activados. No existía un recurso verdaderamente escaso capaz de enfrentar el beneficio individual con el bienestar colectivo. Gargamel solo necesitaba fabricar uno. Y difícilmente podía imaginarse un recurso más escaso que una única mujer para un clan de cien señores azules que han pasado toda su existencia sin gozar de un par de tetas
Ingeniería social aplicada
Una vez identificada la vulnerabilidad estructural de la sociedad pitufa, Gargamel procedió a fabricar la solución con el rigor metodológico propio de un científico. Mediante una combinación de magia, alquimia y conocimientos sorprendentemente avanzados de biología molecular, creó de forma artificial al primer individuo femenino conocido de la especie. Había nacido Pitufina.
La genialidad del procedimiento residía en que Gargamel no necesitaba darle instrucciones complejas ni engañar a los Pitufos para que aceptaran esta nueva premisa. Solo tenía que colocarla cerca de la aldea y esperar. En términos militares, Pitufina funcionaba como una especie de caballo de Troya con tacones: un agente externo diseñado específicamente para ser aceptado voluntariamente por la misma comunidad que debía destruir. Los Pitufos no solo permitieron su entrada, sino que rápidamente comenzaron a disputarse su atención, confirmando que la hipótesis de Gargamel era de una solidez empírica incuestionable.
Desde una perspectiva evolutiva, aquello era perfectamente previsible. La selección sexual lleva millones de años provocando que animales perfectamente funcionales desarrollen cornamentas gigantescas, plumajes absurdamente llamativos, bailes ridículos y toda clase de comportamientos energéticamente costosísimos con la única esperanza de meterla en caliente. Los Pitufos, pese a su pretenciosa superioridad moral y su avanzado sistema de organización comunal, resultaron no ser una excepción. Y es que Pitufina no solo era deseable, sino absolutamente única en toda la civilización pitufil.

Aquí comenzaba a operar algo parecido a la teoría de juegos: aquello que podía resultar beneficioso para cada individuo —competir, destacar sobre los demás y acaparar la atención de Pitufina— podía acabar siendo desastroso cuando todos adoptaban simultáneamente la misma estrategia. El interés individual comenzaba a entrar en conflicto con el bienestar colectivo. La cooperación que había mantenido estable el ecosistema durante generaciones se enfrentaba así a una fuerza mucho más antigua, mística y poderosa: las ganas de mojar el churro.
La situación todavía podía empeorar. El filósofo francés René Girard propuso que buena parte del deseo homínido tiene un componente mimético: no deseamos únicamente aquello que consideramos valioso, sino también aquello que vemos desear a fulanito. Aplicado al ecosistema pitufil, esto significaba que Pitufina podía resultar atractiva para un Pitufo y volverse todavía más deseable al comprobar este que otros noventa y nueve desgraciados también intentaban ligársela. Gargamel no había introducido simplemente un objeto de deseo. Había construido una máquina capaz de retroalimentarlo.
Y el experimento no se limitaba al conflicto sentimental. Siguiendo las intenciones de su creador, Pitufina comenzó a provocar problemas reales dentro de la comunidad hasta llegar a poner en peligro la integridad de la propia aldea. El deseo era únicamente el instrumento. La verdadera finalidad consistía en deteriorar progresivamente las redes de cooperación hasta alcanzar, en última instancia, la aniquilación total de toda forma de vida pitufil.
Y lo más inquietante de todo es que el Plan Pitufina fue un éxito enorme que sobrepasó las expectativas más optimistas.
El arma se rebela contra su creador
Todo gran plan tiene un punto débil y, en el caso de Gargamel, fue su propia creación. El villano había cometido un error metodológico bastante serio y no obstante, comprensible y relativamente frecuente en cualquier proceso experimental: tratar a un ser consciente como si fuera una variable constante.
La convivencia con los Pitufos comenzó a modificar el comportamiento de Pitufina. A medida que establecía vínculos con aquellos a quienes debía destruir, empezó a desarrollar afecto, empatía y, finalmente, remordimientos. Después de haber colaborado en el sabotaje de la aldea, terminó confesando la verdad sobre su origen y aceptando incluso recibir acciones punitivas contra su persona. Pitufina había sido creada específicamente para hacer el mal y, aun así, podía decidir dejar de hacerlo. Acababa de demostrar que la voluntad individual podía imponerse al propósito para el que había sido concebida.
El fracaso del experimento también plantea el viejo debate entre naturaleza y crianza. Gargamel había proporcionado a Pitufina un origen, unas características y una misión, pero fue el entorno social el que terminó modificando su conducta. Gargamel había calculado perfectamente cómo Pitufina afectaría a la aldea, pero no había considerado cómo la aldea afectaría a Pitufina. Pero en lugar de entregarla a Gargamel o ejecutarla públicamente en la plaza de la aldea, que sería lo lógico, Papá Pitufo, cargo máximo de la sociedad pitufil, decidió perdonarla y permitir su integración definitiva en la comunidad. Pitufina, que originalmente había sido creada por Gargamel con pelo negro y unos rasgos bastante mundanos, fue sometida entonces a una transformación que la convirtió en la rubia de largas pestañas y facciones armónicas que todos conocemos.

La decisión resulta fascinante desde una perspectiva contemporánea: una mujer aparece en la aldea, provoca conflictos, reconoce haber trabajado para el enemigo y la solución propuesta por la máxima autoridad política y espiritual de la comunidad consiste, básicamente, en hacerle una cirugía estética. Sorprendentemente, la psicología vuelve a ofrecernos una forma de analizar semejante procedimiento. El denominado efecto halo describe nuestra tendencia a atribuir cualidades positivas a una persona a partir de una característica favorable, especialmente cuando se trata del atractivo físico. Y es que tendemos a asumir que la gente guapa es también más simpática, competente o digna de confianza sin disponer necesariamente de pruebas para ello. Pero existe una paradoja todavía más hermosa. Gargamel había creado a Pitufina precisamente para despertar el deseo masculino y utilizarlo como mecanismo de desestabilización, por lo que, transformar posteriormente a Pitufina en una mujer todavía más buenorra no equivalía precisamente a desactivar el arma. Equivalía a mejorarla.
Al final, Gargamel cometió el único error capaz de derribar incluso el plan más brillante: creer que podía entender a una mujer. Podía dominar la magia, la alquimia y los secretos más profundos de la naturaleza, pero Pitufina pertenecía a un misterio bastante más antiguo e inescrutable. Porque quizá ahí resida parte de la belleza de la feminidad: en esa maravillosa capacidad para resultar eternamente imprevisible, incluso para el hombre que literalmente te ha creado.
Al final Gargamel ganó
A primera vista, el Plan Pitufina terminó en fracaso. Pitufina traicionó a su creador, fue aceptada por la comunidad y Gargamel volvió a casa sin haber exterminado a un solo Pitufo. Sin embargo, semejante interpretación resulta preocupantemente superficial y no resiste un análisis mínimamente riguroso de las consecuencias a largo plazo. Porque si algo demostró el experimento fue que aquella supuesta sociedad perfecta, cooperativa y espiritualmente elevada estaba formada, en realidad, por una panda de superficiales de mierda. Bastó introducir una mujer para que décadas de armonía, camaradería y colectivismo comenzaran a tambalearse. Y todavía resulta más revelador que, después de desconfiar y renegar de Pitufina, una transformación estética fuera suficiente para que la población al completo reconsiderase su postura.
Pero existe una conclusión todavía más inquietante. Gargamel quizá nunca necesitó destruir la aldea. Le bastaba con cambiarla para siempre. Antes de Pitufina existía una comunidad estable, asexual y feliz. Después de ella aparecieron el deseo, los celos, la rivalidad feroz y el deterioro de las capacidades cognitivas masculinas inducido por la posibilidad remota de follar. Pitufina se convirtió, por tanto, en una bomba de relojería que alteró de manera irreversible el ecosistema que pretendía destruir y estableció de manera rotunda las condiciones para el desastre. Es solo cuestión de tiempo que alguien pierda los nervios, coja una azada y aquello termine en una guerra civil de proporciones minúsculas.
Quizá por eso haya llegado el momento de reconocer la incómoda verdad que este estudio ha tratado de demostrar. Gargamel no fracasó. Gargamel ganó. Solo que los Pitufos aún no se han dado cuenta de ello.

A mi la pitufina me pone