El mundo imposible de Primal: dinosaurios, monstruos y otras cosas raras que no deberían estar ahí

Hay lugares poco recomendables para vivir. Chernóbil, Mordor, Murcia… y luego está el mundo de Primal, un precioso paraíso natural donde salir a dar un paseo puede terminar contigo devorado por un dinosaurio, secuestrado por un imperio esclavista, infectado por una especie de rabia zombi o convertido en una nutritiva fuente de proteínas para un clan de simios pseudointeligentes enfarlopados.

Y es que en Primal conviven alegremente dinosaurios separados entre sí por decenas de millones de años, humanos, mamuts, serpientes gigantes, murciélagos monstruosos, arañas que parecen haberse escapado de la Tierra Media y toda una colección de aberraciones que harían llorar a cualquier biólogo evolutivo. Pero no vamos a ponernos tiquismiquis. Supongamos por un momento que ese mundo existe y que millones de años de evolución, extinciones masivas y las leyes fundamentales de la biología son simplemente recomendaciones orientativas.

¿Podría funcionar semejante ecosistema? ¿Qué coño comen tantos depredadores gigantes? ¿Podrían existir algunos de sus monstruos? ¿Qué demonios ocurre con la Plaga de la Locura? ¿Y cuánto tardaría toda esta maravilla de la naturaleza en colapsar y convertirse en una montaña gigantesca de cadáveres?

Bienvenidos a la historia natural de Primal.

Cronología: aquí alguien ha mezclado los cromos

El primer pequeño problema científico de Primal es que su mundo parece construido metiendo toda la prehistoria de la Tierra en una batidora y dándole al botón de superturbo.

Nuestro querido protagonista, Lanza, es un humano que convive con dinosaurios, mamuts y todo tipo de fauna prehistórica como si hubieran coincidido cronológicamente, cuando en realidad los separan decenas de millones de años. Los mamuts, por ejemplo, aparecieron millones de años después de que los dinosaurios no avianos se extinguieran, mientras que nuestra especie se unió todavía muchísimo más tarde a la fiesta.

Y entre los propios dinosaurios tampoco hay demasiadas ganas de respetar el calendario. Primal mezcla especies y criaturas inspiradas en animales pertenecientes a periodos diferentes con la mayor sinvergonzonería. Desde el punto de vista paleontológico, por tanto, el mundo de Primal tiene el mismo rigor cronológico que una película sobre Julio César luchando junto a Napoleón durante la Segunda Guerra Mundial.

Pero tampoco nos pongamos exquisitos. Tartakovsky nunca pretendió reconstruir un periodo concreto de la historia de la Tierra. Primal utiliza la prehistoria como una enorme caja de juguetes y mete dentro todo lo que mola: dinosaurios, mamuts, cavernícolas, brujas, simios pseudointeligentes y cualquier criatura suficientemente grande como para arrancarle una extremidad a alguien de un bocado. ¿Es históricamente posible? No. ¿Mola ver a un cavernícola montado sobre un tiranosaurio? Muchísimo.

¿Qué coño come esta gente?

Superado el pequeño inconveniente de tener animales separados por millones de años compartiendo barrio, aparece un problema bastante más urgente: darles de comer.

El mundo de Primal está hasta arriba de depredadores. Dinosaurios carnívoros, serpientes gigantes, murciélagos enormes, arañas monstruosas y toda clase de criaturas que parecen haberse especializado evolutivamente en comerse todo lo que pase por delante. Y mantener semejante colección de hijos de puta requiere cantidades industriales de comida.

En cualquier ecosistema normal ocurre precisamente lo contrario: hay muchísimas plantas, bastantes herbívoros, menos carnívoros y todavía menos superdepredadores. Primal soluciona este inconveniente científico de una manera bastante sencilla: poniendo comida por todas partes. Vemos enormes manadas de dinosaurios herbívoros, mamuts y otros animales capaces de proporcionar cantidades demenciales de carne. El problema es que para mantener a todas esas presas también harían falta extensiones gigantescas de vegetación y una productividad vegetal espectacular.

Así que el ecosistema podría funcionar… siempre que el mundo de Primal fuese una inmensa fábrica de crear hierba, frutas y verduras para convertirlas después en herbívoros. La naturaleza es maravillosa.

Monstruos que la evolución tuvo el buen criterio de desechar

Como si juntar dinosaurios, mamuts y humanos no fuese suficiente, Primal decidió rellenar los huecos con criaturas que parecen diseñadas por un científico loco con mucha imaginación.

Tenemos serpientes gigantes capaces de tragarse un elefante, murciélagos enormes que cazan en grupo, arañas del tamaño de un todoterreno y criaturas como el Devorador Nocturno, una especie de trituradora de carne con patas que convierte en picadillo todo lo que encuentra. Lo curioso es que el gigantismo no es completamente absurdo. A lo largo de la historia de la Tierra han existido serpientes enormes, insectos considerablemente mayores que los actuales y mamíferos de dimensiones bastante respetables. El problema aparece cuando Primal coge esa posibilidad y la lleva hasta su máxima expresión.

Una araña gigantesca, por ejemplo, tendría serios problemas para respirar y soportar su propio peso. Los murciélagos tampoco pueden aumentar de tamaño alegremente: volar exige una relación muy concreta entre masa, musculatura y superficie de las alas. Y una serpiente monstruosa podría alcanzar dimensiones impresionantes, pero seguiría necesitando cantidades enormes de alimento y tendría ciertos límites antes de convertirse en un tren de cercanías con escamas.

¿Imposibles todos ellos? No. ¿Un poquito pasados de rosca? Como una puta cabra.

También tenemos zombis, ¿por qué no?

Por si el ecosistema de Primal no tenía suficientes problemas, en algún momento aparece un saurópodo enfermo cubierto de heridas, babeando, pudriéndose en vida y con unas ganas tremendas de repartir mandanga a cualquier criatura que tenga cerca.

La llamada Plaga de la Locura recuerda inevitablemente a la rabia. La agresividad extrema, la desorientación, la abundante salivación y, sobre todo, la posibilidad de transmitirla mediante mordiscos, encajan bastante bien con una enfermedad que afecta al sistema nervioso y puede provocar alteraciones graves del comportamiento.

Hasta aquí, todo bien. El problema es que la rabia real necesita normalmente semanas o incluso meses para desarrollar síntomas. En Primal, la infección parece trabajar con cierta prisa y convierte a sus víctimas en monstruos homicidas en un abrir y cerrar de ojos. Tampoco explica la rapidísima degradación física, las heridas y la necrosis que presenta el animal infectado, que parece estar simultáneamente rabioso, podrido y teniendo la peor resaca de la historia.

La explicación más razonable sería algún patógeno ficticio con características similares a la rabia, pero muchísimo más agresivo y capaz de destruir tejidos a una velocidad absurda.

Entonces… ¿podría existir el mundo de Primal?

Después de este exhaustivo estudio científico realizado con el mismo rigor que un horóscopo, podemos concluir que el mundo de Primal tendría algunos pequeños problemas para existir.

Para empezar, habría que conseguir que animales separados por decenas de millones de años apareciesen simultáneamente, proporcionar cantidades obscenas de vegetación para alimentar a sus gigantescas poblaciones de herbívoros y confiar en que estos se reprodujeran lo suficientemente rápido como para abastecer a una cantidad absurda de superdepredadores.

Después tendríamos que explicar las arañas gigantes, los murciélagos monstruosos, las serpientes descomunales, el Devorador Nocturno y una enfermedad que combina lo peor de la rabia con la capacidad de convertir un dinosaurio en carne necrosada sin esperar siquiera al periodo de incubación.

Y todavía estamos ignorando deliberadamente la magia, las brujas y unas cuantas cosas más porque, llegados a ese punto, la biología ya habría recogido sus cosas y se habría largado dando un portazo.

Así que no. El ecosistema de Primal probablemente no duraría demasiado antes de colapsar miserablemente.

Conclusión

El mundo de Primal es, científicamente hablando, un puto desastre. Su cronología no tiene sentido, su cadena alimentaria parece diseñada por alguien que dejó Biología para septiembre, muchas de sus criaturas deberían desplomarse bajo su propio peso y, cuando parece que la cosa no puede complicarse más, aparece un dinosaurio con rabia zombi.

Pero es que Primal nunca intenta reconstruir la prehistoria. Construye una versión exagerada, brutal y casi mitológica de ella, donde todo es más grande, más peligroso y muchísimo más cabrón de lo que toca. Y que mola una barbaridad. No es el mundo que existió hace millones de años. Es el mundo que imaginábamos de pequeños cuando alguien nos explicaba que antes había dinosaurios. Solo que con bastante más casquería.

Y si después de comprobar que el mundo de Primal no debería existir te preguntas cómo coño pueden convivir cavernícolas, vikingos, imperios esclavistas y demás civilizaciones rarunas en semejante lugar, visita nuestro artículo sobre sus sociedades imposibles.

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