En nuestro anterior y rigurosísimo estudio sobre el mundo de Primal, ya comprobamos que su ecosistema tiene más agujeros en su lógica que sentido científico. Ahora toca estudiar a sus habitantes.
Y es que hay sociedades que tardaron miles de años en pasar de vivir en pequeñas comunidades de cazadores-recolectores a construir ciudades, organizar ejércitos y crear grandes imperios. Y luego está Primal, donde todo ese lento proceso histórico parece haber ocurrido en un fin de semana. En el mismo mundo conviven cavernícolas armados con lanzas, tribus de aspecto prehistórico, pueblos con religiones y rituales bastante chungos, vikingos, sociedades esclavistas y civilizaciones capaces de movilizar ejércitos y construir enormes monumentos. Básicamente, varios miles de años de historia humana comprimidos en un lugar donde, recordemos, todavía hay dinosaurios correteando por el monte.
Pero ya demostramos que preocuparnos por la cronología de Primal conduce únicamente al sufrimiento. Y el sufrimiento al lado oscuro. Así que hagamos lo mismo que con su maravilloso ecosistema y aceptemos que todo esto existe simultáneamente. La pregunta ahora es otra: ¿tienen algún sentido las sociedades de Primal? ¿En qué culturas reales podrían estar inspiradas? ¿Qué nivel tecnológico tiene cada una? ¿Y cómo coño hemos pasado de Lanza viviendo en la Edad de Piedra a imperios, barcos de guerra y ejércitos organizados sin que nadie vea nada raro en semejante escalada histórica?
Bienvenidos a la antropología de Primal.
Lanza: empezamos en la Edad de Piedra
Nuestro recorrido por la historia de la humanidad empieza con Lanza, que representa el nivel tecnológico que cualquiera esperaría encontrar en un mundo donde todavía hay dinosaurios intentando comerte el culo.
Su forma de vida recuerda a la de los cazadores-recolectores del Paleolítico: vive en pequeños grupos familiares, caza para alimentarse, utiliza el fuego y fabrica herramientas y armas sencillas con piedra, madera y otros materiales disponibles en su entorno. Nada de agricultura, ciudades, escritura ni funcionarios pidiendo una fotocopia del DNI.
También encontramos algo fundamental: cooperación social. Lanza no es simplemente un animal solitario to mazao. Tiene familia, se comunica, fabrica herramientas, desarrolla estrategias de caza y es capaz de establecer vínculos y colaborar con otros individuos. Incluso con Colmillo, aunque pertenezca a una especie que normalmente debería considerarlo un aperitivo.
Hasta aquí, antropológicamente hablando, todo resulta razonablemente reconocible. Tenemos una sociedad humana muy sencilla basada en la supervivencia inmediata y perfectamente compatible con una especie que todavía no ha desarrollado grandes asentamientos.

Los simios y las brujas: las tribus más chungas del barrio
A partir de aquí, la antropología empieza a consumir sustancias. Los simios guerreros presentan una sociedad tribal bastante más organizada de lo que inicialmente parece. Tienen un líder, una clara jerarquía, combates rituales y ceremonias colectivas que reúnen a toda la comunidad. Incluso poseen su propio brebaje negro, una sustancia capaz de aumentar brutalmente la fuerza y convertir una pelea en algo parecido a una combate de MMA con esteroides.
Lo interesante es que detrás de semejante festival de hostias encontramos comportamientos perfectamente reconocibles: competición por el estatus, obediencia al líder, rituales colectivos y demostraciones públicas de fuerza. Básicamente, mecanismos utilizados para establecer quién manda y mantener unido al grupo. Solo que aquí las elecciones internas se resuelven arrancándole democráticamente la cabeza a alguien.
Las brujas llevan el asunto todavía más lejos. Viven en una comunidad exclusivamente femenina, realizan ceremonias colectivas y poseen unas creencias y rituales perfectamente establecidos. Desde un punto de vista antropológico, todo esto resulta reconocible: muchas sociedades humanas han utilizado rituales, chamanismo y ceremonias religiosas para explicar el mundo, reforzar la identidad del grupo y transmitir sus creencias. El pequeño inconveniente es que las brujas de Primal hacen magia de verdad.
Y cuando una sociedad puede manipular el tiempo, transformarse y utilizar poderes sobrenaturales, llega un momento en que la antropología tiene que reconocer sus limitaciones y dejar trabajar al departamento de hechicería.

Los vikingos: hemos avanzado unos cuantos miles de años de golpe
Y entonces aparecen los vikingos y la cronología decide marcharse discretamente por la puerta de atrás.
Aquí ya no tenemos pequeñas bandas de cazadores intentando sobrevivir con piedras y palos. Los vikingos de Primal viven en asentamientos permanentes, practican la agricultura y la ganadería, trabajan los metales, utilizan armas bastante elaboradas y construyen barcos capaces de realizar largas travesías. También poseen una estructura familiar y comunitaria mucho más compleja y, por si faltaba algún avance civilizatorio, practican la esclavitud.
Su inspiración histórica resulta bastante evidente: recuerdan a los pueblos escandinavos de la Era Vikinga, que se desarrolló aproximadamente entre los siglos VIII y XI. Sus barcos, escudos, armas, poblados e incluso algunos elementos religiosos beben directamente de ese imaginario.
El problema es que Lanza parece vivir tecnológicamente en algún momento del Paleolítico. Entre ambos modelos sociales deberían existir diez mil años de transformaciones: agricultura, sedentarización, domesticación de animales, metalurgia, crecimiento demográfico, comercio y especialización del trabajo.
En Primal, en cambio, basta con caminar un poco para pasar de la Edad de Piedra a encontrarte en pleno medievo, con unos señores navegando en barcos, cultivando la tierra y fabricando espadas.

El imperio de la Reina: esto se nos ha ido de las manos
Si los vikingos ya suponían un salto considerable respecto a Lanza, cuando aparece el imperio gobernado por la Reina la cronología directamente se tira por un barranco.
Aquí encontramos una civilización plenamente organizada, capaz de mantener enormes ejércitos, conquistar otros pueblos, capturar esclavos y movilizar grandes cantidades de recursos. Poseen barcos gigantescos, armas de metal, arquitectura monumental y una estructura política claramente jerarquizada con una autoridad central que controla todo el tinglado.
La inspiración recuerda inevitablemente a las grandes civilizaciones de la Antigüedad, especialmente por su arquitectura, sus ejércitos y el uso masivo de esclavos. Ya no hablamos de una pequeña comunidad intentando conseguir comida para pasar el invierno, sino de una sociedad capaz de producir excedentes suficientes para mantener soldados, constructores, navegantes, gobernantes y toda esa maravillosa colección de individuos que aparece cuando una civilización descubre que no todo el mundo tiene que dedicarse a buscar bayas. Y eso implica agricultura intensiva, comercio, administración, especialización del trabajo y una población enorme sosteniendo el sistema.
Hemos pasado de Lanza fabricándose una lanza con lo que encuentra por el campo a un puto imperio esclavista. Y todavía seguimos compartiendo planeta con dinosaurios.

Cronología: de las cavernas al imperio en un fin de semana
Llegados a este punto podemos intentar colocar todo este maravilloso despropósito sobre una línea temporal.
Lanza representa aproximadamente un modo de vida paleolítico, anterior a la agricultura y basado principalmente en la caza y la recolección. Después encontramos sociedades tribales con estructuras religiosas y rituales más complejos. Más adelante aparecen pueblos inspirados en los vikingos, lo que nos transportaría aproximadamente hasta la Edad Media, mientras que el imperio de la Reina recuerda mucho más a grandes civilizaciones de la Antigüedad.
El problema no es solamente que pertenezcan a épocas diferentes. Es que cada uno de esos modelos sociales requiere procesos históricos larguísimos. La agricultura permitió crear asentamientos permanentes; los excedentes favorecieron el crecimiento de la población; aparecieron nuevos oficios, redes comerciales, jerarquías políticas, ciudades, Estados y finalmente grandes ejércitos e imperios.
Todo eso necesitó miles de años.
En Primal, sin embargo, todas esas fases parecen existir simultáneamente y relativamente cerca unas de otras. Puedes abandonar una región habitada por cazadores-recolectores y terminar encontrando agricultores, herreros, navegantes, ejércitos profesionales y construcciones monumentales sin que nadie considere especialmente llamativo semejante desfase.
Es como salir de Altamira, caminar un rato y encontrarte el Imperio romano. Y que además haya un vikingo tomando el sol en la playa.

Conclusión
Antropológicamente hablando, Primal es casi tan desastroso como biológicamente. Sus habitantes parecen representar miles de años de evolución cultural y tecnológica comprimidos en una misma época, desde pequeños grupos de cazadores-recolectores hasta sociedades capaces de levantar monumentos, navegar enormes distancias y conquistar pueblos enteros.
Pero precisamente ahí está la gracia. Primal no intenta contar la historia de la humanidad en orden, sino utilizarla como una enorme caja de juguetes. Tartakovsky coge cavernícolas, chamanismo, vikingos, esclavistas, imperios y cualquier cultura que pueda proporcionar una buena historia, los mete en el mismo mundo y deja que se maten entre ellos. ¿Tiene sentido histórico? Ni de coña.
¿Queremos una serie donde Lanza tenga que enfrentarse a monstruos gigantes, brujas esquizofrénicas e imperios esclavistas? ¡Sí joder!