Todos conocemos a Peter Pan: el niño que puede volar, vive electrizantes aventuras en el País de Nunca Jamás y se niega a crecer. Durante más de un siglo ha sido presentado como un símbolo de la libertad, la imaginación y el deseo infantil de escapar del coñazo que implica hacer la declaración de la renta y demás aburridas responsabilidades del sobrevalorado mundo adulto. Básicamente, el sueño de cualquier niño y de una cantidad preocupante de millennials cuarentones.
Sin embargo, cuando uno abandona las adaptaciones posteriores y examina Peter Pan y Wendy, la novela publicada por J. M. Barrie en 1911, el cuadro clínico empieza a ponerse bastante chungo. Peter muestra un egocentrismo extremo, una preocupante falta de empatía, enormes dificultades para establecer vínculos afectivos duraderos, una relación bastante gratuita con la violencia y una extraordinaria facilidad para desvincularse de personas que anteriormente parecían importantes para él. Conductas que, analizadas en conjunto, permiten plantear una cuestión imprescindible que inexplicablemente la sociedad lleva más de cien años ignorando: ¿es Peter Pan un peligroso psicópata homicida?
Porque ensuciar la pared con los plastidecor es rebeldía infantil. Cortarle la mano a un señor, dársela de comer a un cocodrilo y después convertir la enemistad resultante en una divertida aventura para toda la familia es una llamada de alerta para ir buscando camisas de fuerza. Así que para averiguar la verdadera naturaleza de este inquietante sujeto vamos a someterlo a un rigurosísimo examen psicológico, utilizando exclusivamente la obra de Barrie. Analizaremos sus relaciones personales, sus métodos de manipulación, su absoluta despreocupación por las consecuencias de sus actos y, especialmente, el inquietante destino de los Niños Perdidos cuando comienzan a echar pelos en los huevos. El objetivo será determinar si estamos simplemente ante un niño extremadamente inmaduro y caprichoso o si existen suficientes indicios para considerar que bajo esas mallas verdes apretadas se esconde algo bastante más oscuro.
Porque quizá llevemos más de un siglo buscando al villano de Nunca Jamás en el sitio equivocado.
Estudio clínico de Peter Pan
Antes de acusar gratuitamente a un menor de edad de psicopatía y varios delitos potencialmente punibles conviene conocer un poquito al sujeto. En Peter Pan y Wendy, nuestro protagonista está muy lejos de ser simplemente un niño dicharachero y travieso. Barrie lo presenta como un personaje extraordinariamente egocéntrico, narcisista, impulsivo y pagado de sí mismo.
Peter necesita ser constantemente el protagonista. Presume de sus hazañas, busca la admiración de los demás y muestra una seguridad en sí mismo a unos niveles capaces de hacer parecer humilde a Cristiano Ronaldo. Pero el problema realmente interesante aparece en sus relaciones personales.
Peter puede sentir afecto, pero parece incapaz de conservarlo. Su memoria es extraordinariamente frágil y personas fundamentales para él terminan desapareciendo en el batiburrillo que hay en su cabeza. La propia Campanilla acaba siendo olvidada y, cuando años después regresa buscando a Wendy, apenas conserva recuerdos de quienes compartieron sus antiguas aventuras. Para Peter, el presente prácticamente devora todo lo anterior. Las personas parecen importarle sólo mientras forman parte de su maquiavélico juego. Puede necesitarlas, divertirse con ellas e incluso arriesgarse por ellas, pero los vínculos desaparecen con una facilidad pasmosa cuando dejan de estar presentes.
Y ahí encontramos nuestra primera señal de alarma. La psicopatía se relaciona, entre otros rasgos, con una afectividad superficial, una empatía reducida y dificultades para establecer vínculos emocionales profundos. Eso no convierte automáticamente a Peter en un psicópata, pero resulta difícil pasar tantas red flags por alto.

Manipulación y relaciones tóxicas
Nuestro paciente no solo tiene problemas para mantener vínculos afectivos. También demuestra una habilidad bastante notable para conseguir que los demás participen en sus chanchullos.
El mejor ejemplo es Wendy Darling. Peter descubre rápidamente que los Niños Perdidos necesitan una figura materna y decide que Wendy reúne los requisitos necesarios para cubrir la vacante. Para convencerla de viajar a Nunca Jamás utiliza sutiles medios de manipulación: le habla de volar, de sirenas, de aventuras mágicas y de todos los niños a los que podrá contar historias y mangonear. Una oferta laboral bastante atractiva si ignoramos que implica abandonar a tus padres, viajar a una isla llena de piratas homicidas y trabajar de madre a tiempo completo sin contrato ni cotización a la Seguridad Social. Esa parte se la calla el muy sinvergüenza.
Una vez allí, Wendy termina desempeñando el papel que Peter necesitaba. Cuida a los Niños Perdidos, les prepara Nuggets de pollo, se preocupa por ellos y participa en una especie de familia disfuncional improvisada en la que Peter adopta encantado el papel de padre siempre que eso no implique ninguna de las responsabilidades tradicionalmente asociadas a esta figura.
La relación también deja claro hasta qué punto Peter entiende a los demás desde sus propias necesidades. Wendy siente por él emociones que Peter ni comprende ni parece especialmente interesado en comprender. Algo parecido ocurre con Campanilla, cuyos violentos celos hacia Wendy llegan hasta el extremo de intentar provocar su muerte. Peter vive en medio de semejante festival de emociones ajenas con la sensibilidad de una esponja.
El patrón empieza a resultar evidente: Peter quiere compañía, admiración y afecto, pero siempre bajo sus propias reglas. Los demás tienen un lugar en su mundo mientras cumplen una función dentro de él. Wendy puede ser la madre, Campanilla su inseparable compañera y los Niños Perdidos sus camaradas de aventuras. El problema comienza cuando alguno deja de encajar en el reparto.

Violencia gratuita y niños que desaparecen misteriosamente
Hasta ahora nuestro diagnóstico podría resumirse en que Peter Pan es un niñato egocéntrico con serios problemas afectivos. Nada especialmente alarmante, cualquier influencer moderno encajaría en este patrón. Pero entonces llegamos a su relación con la violencia y el expediente clínico empieza a necesitar varias páginas adicionales.
En Nunca Jamás matar no parece constituir para Peter un acontecimiento especialmente traumático. Su guerra contra los piratas es prácticamente otro juego y Barrie describe enfrentamientos en los que hay muertos con una ligereza bastante llamativa. El propio Peter mutiló anteriormente al capitán Garfio, cortándole una mano y arrojándosela al cocodrilo que desde entonces lo persigue. Una travesura infantil que probablemente le habría costado unos cuantos años en un reformatorio en cualquier lugar civilizado.
Lo verdaderamente interesante es que Peter parece disfrutar del conflicto. El peligro, las persecuciones y la posibilidad de matar forman parte de la aventura. No encontramos en él demasiado remordimiento ni una reflexión posterior sobre las consecuencias de semejante conducta. Los enemigos simplemente desaparecen y el juego continúa. Pero existe un detalle todavía más preocupante.
Barrie explica que el número de Niños Perdidos va cambiando porque algunos de ellos mueren. Hasta aquí nada raro para los estándares de una isla donde menores armados mantienen una guerra permanente contra una tripulación de piratas. Sin embargo, inmediatamente después añade una frase bastante más siniestra: cuando los niños parecen estar creciendo, algo que va contra las reglas, Peter «reduce su número». Barrie no explica qué procedimiento administrativo utiliza nuestro pequeño sociópata, así que afirmar categóricamente que Peter asesina personalmente a todo Niño Perdido al que empieza a salirle bigotillo sería algo especulativo, pero no obstante bastante posible, dada la naturaleza violenta de Nunca Jamás. Los Niños Perdidos normalmente «quieren sangre», llevan dagas y matan animales; Barrie no presenta la muerte como algo excepcional dentro de ese ecosistema sino como la norma.

¿Es Peter Pan un psicópata?
Llegados a este punto tenemos un expediente bastante hermoso: egocentrismo extremo, manipulación, vínculos afectivos superficiales, escasa empatía, ausencia aparente de remordimiento y una relación con la violencia que haría levantar una ceja hasta al puto Hannibal Lecter. Ha llegado el momento de responder a nuestra pregunta inicial: ¿es Peter Pan realmente un psicópata?
Conviene aclarar primero una pequeña putada para nuestra investigación: la psicopatía no puede diagnosticarse simplemente contando cuántas barbaridades comete alguien, así que nuestro prestigiosísimo comité científico no puede entregarle oficialmente el carnet de psicópata. Lo que sí podemos hacer es comprobar si su comportamiento presenta algunos de los rasgos tradicionalmente asociados a ella. Y el muchacho viene fuerte.
Peter muestra una empatía extraordinariamente limitada. Comprende mal los sentimientos de quienes lo rodean y parece todavía menos preocupado por ellos. También presenta un egocentrismo gigantesco, necesita admiración constante y convierte buena parte de sus relaciones en algo instrumental. A esto podemos añadir una notable superficialidad afectiva. Sus emociones pueden ser intensas, pero también sorprendentemente fugaces. Algo especialmente inquietante en alguien condenado a conocer personas nuevas durante toda la eternidad y olvidarlas poco después. Y finalmente tenemos la violencia. Peter mata, mutila y combate sin mostrar el grado de culpa o remordimiento, sino todo lo contrario, alardeando de ello.
Nuestro diagnóstico, por tanto, debe ser prudente: no podemos afirmar clínicamente que Peter Pan sea un psicópata, pero su comportamiento presenta todas las características compatibles con lo que popularmente entendemos por psicopatía. Es un niño extremadamente narcisista, manipulador, emocionalmente desapegado, acostumbrado a matar incluyendo posiblemente a niños inocentes.

Cerrad la puta ventana por las noches
Después de nuestro rigurosísimo análisis podemos concluir que Peter Pan quizá no sea clínicamente un psicópata, pero desde luego se esfuerza bastante en serlo. Manipula, muestra una empatía bastante regulera, establece vínculos sorprendentemente superficiales, mata con una naturalidad envidiable y es el líder de una secta infantil donde alcanzar la pubertad tiene consecuencias administrativas bastante jodidas.
Lo realmente inquietante es que quizá ahí se encuentre precisamente la esencia del personaje. Peter no puede crecer y, por tanto, tampoco desarrolla plenamente aquello que asociamos con la madurez: responsabilidad, conciencia de las consecuencias y vínculos emocionales duraderos. Es alguien condenado a repetir eternamente la infancia con todo lo maravilloso y también todo lo jodidamente peligroso que eso puede implicar.
Así que la próxima vez que un niño vestido con mallas verdes entre volando por vuestra ventana prometiendo aventuras, hadas y una vida sin responsabilidades, nuestro consejo científico es bastante sencillo: sacadlo a escobazos de vuestra casa y cerrad la puta ventana.