¿Qué pasaría si Bruce Wayne hubiera nacido hace ciento cincuenta años? ¿Y si en lugar de perseguir al Joker por los callejones de Gotham tuviera que enfrentarse al asesino en serie más famoso de la historia? Con una idea tan sencilla como brillante nació Batman: Luz de Gas, un cómic que no solo enfrentó al Caballero Oscuro contra Jack el Destripador, sino que cambió para siempre la forma en la que DC entendía las historias alternativas.
Publicado a finales de los años ochenta, este pequeño relato de apenas unas decenas de páginas acabó convirtiéndose en uno de los mejores comics de Batman. No porque reinventara al personaje, sino porque demostró que podía funcionar perfectamente fuera de la continuidad habitual. Lo que comenzó como un experimento terminó dando origen al sello Elseworlds, responsable de algunas de las historias más originales de DC.
Pero… ¿sigue siendo tan bueno como dicen? La respuesta corta es sí. La larga viene ahora.
Cuando Batman viajó a la época victoriana
Uno de los mayores aciertos de Batman: Luz de Gas es que no se limita a vestir a Bruce Wayne con ropa antigua. Habría sido muy fácil coger al Batman de siempre, ponerle una capa más elegante y decir que estamos en 1889. Pero Brian Augustyn va mucho más allá.
La historia traslada toda la mitología del personaje a finales del siglo XIX con una naturalidad sorprendente. Bruce Wayne regresa a Gotham después de completar su formación en Europa, donde incluso mantiene conversaciones con Sigmund Freud, una pequeña licencia histórica que ayuda a reforzar el componente psicológico del personaje. Mientras tanto, la ciudad vive aterrorizada por una serie de asesinatos que recuerdan inevitablemente a los cometidos por Jack el Destripador, el criminal que acaba de abandonar las calles de Londres.
La premisa es fantástica porque mezcla dos de los grandes iconos de la cultura popular. Por un lado, está Batman, el mejor detective del mundo. Por otro, uno de los mayores misterios criminales de todos los tiempos. El resultado funciona como un tiro.
Y además la ambientación no parece un disfraz. Gotham siempre ha tenido algo de ciudad gótica, oscura y decadente, así que verla convertida en una metrópolis victoriana resulta increíblemente increíble. Farolas de gas, carruajes, niebla, periódicos, fábricas, callejones embarrados… Todo parece encajar como si Batman hubiera pertenecido siempre a esa época. En serio mola mucho.

Mike Mignola convierte Gotham en una pesadilla victoriana
Si el guion es bueno, el dibujo es directamente espectacular. Antes de crear Hellboy, Mike Mignola ya demostraba aquí que era un auténtico maestro construyendo atmósferas. Sus páginas están llenas de sombras enormes, edificios puntiagudos, callejones mugrientos y personajes que surgen constantemente de la oscuridad.
No busca el realismo absoluto. Busca transmitir sensaciones. Y vaya si lo consigue el tío.
Cada viñeta parece una ilustración gótica. Gotham respira humedad, suciedad y decadencia. Las calles parecen peligrosas incluso cuando no ocurre absolutamente nada. Esa sensación de inquietud constante es probablemente el mayor logro artístico del cómic.
Además, el diseño del propio Batman funciona de maravilla. La capa, la máscara, las botas y los guantes mantienen la esencia del personaje, pero adaptados al siglo XIX. No parece un cosplay victoriano de Batman. Parece el Batman que habría existido en aquella época.
Es uno de esos cómics donde basta abrir cualquier página para entender por qué sigue considerándose un clásico más de treinta años después.
Jack el Destripador: el enemigo perfecto para el mejor detective del mundo
Muchos villanos han puesto contra las cuerdas a Batman, pero pocos resultan tan apropiados para una historia detectivesca como Jack el Destripador.
Aquí no encontramos una amenaza que quiera destruir el planeta ni un supervillano lleno de gadgets imposibles. Nos enfrentamos a un asesino metódico, inteligente y prácticamente invisible, cuya identidad permanece oculta durante gran parte del relato. Y la investigación ocupa el centro absoluto de la historia.
Batman tiene que seguir pistas, interrogar sospechosos, reconstruir escenas del crimen y adelantarse a un enemigo que conoce perfectamente cómo actuar sin dejar rastro. Incluso la propia policía empieza a sospechar de Bruce Wayne, obligándole a investigar mientras intenta limpiar su propio nombre.
Es cierto que algunos lectores afirman haber descubierto relativamente pronto quién se esconde tras la identidad del Destripador. El misterio quizá no sea completamente imprevisible, pero eso nunca llega a estropear la experiencia. Lo importante no es únicamente descubrir al asesino, sino disfrutar del viaje, de la ambientación y del constante duelo intelectual entre ambos personajes.

El cómic que abrió la puerta a los Elseworlds
Puede parecer exagerado, pero Batman: Luz de Gas cambió la historia editorial de DC. Aunque todavía no existía oficialmente el sello Elseworlds, este fue el cómic que demostró que los lectores estaban dispuestos a aceptar versiones completamente alternativas de sus héroes favoritos.
La idea era sencilla: sacar a los personajes de su continuidad habitual y preguntarse «¿qué ocurriría si…?». ¿Y si Superman hubiera aterrizado en la Unión Soviética? ¿Y si los héroes existieran en plena Edad Media? ¿Y si Flash tuviera intolerancia a la lactosa?
Ese concepto acabaría dando lugar a algunas de las historias más famosas de DC durante las décadas siguientes. Y es que el éxito fue tan grande que años después el universo de Luz de Gas siguió creciendo con nuevas historias, secuelas y reinterpretaciones donde ya no solo aparecía Batman, sino también Superman, Wonder Woman, Green Lantern, Constantine o incluso toda una Liga de la Justicia victoriana.
Sin embargo, muchos aficionados coinciden en una cosa: cuanto más se expandía aquel universo, más se alejaba del encanto íntimo, detectivesco y gótico que había convertido al cómic original en una obra tan especial.
Una obra imprescindible para cualquier fan del Caballero Oscuro
Esta obra no necesita cientos de páginas, ni multiversos, ni crisis cósmicas para brillar. Le basta con coger a Batman, trasladarlo a una Gotham victoriana sucia y peligrosa y enfrentarlo al asesino más famoso de todos los tiempos.
El resultado sigue siendo una jodida obra maestra.
Si buscas una historia autoconclusiva, con una ambientación espectacular, un dibujo inolvidable, un traje de superhéroe que mola que te cagas y una de las mejores reinterpretaciones que ha tenido jamás el Caballero Oscuro, este cómic debería ocupar un lugar obligatorio en tu estantería. No solo porque sea un gran Batman, sino porque es una de esas obras que demostraron que los superhéroes podían contar historias completamente distintas sin perder un ápice de su esencia.
