Blas de Lezo y la defensa de Cartagena de Indias: el día que España se meó en la Armada británica (Parte 1)

En 1741, Gran Bretaña reunió una flota gigantesca para conquistar Cartagena de Indias, uno de los enclaves más importantes del Imperio español en América. Al mando iba Edward Vernon, un almirante que venía de tomar Portobelo en un par de horas y tenía motivos para sentirse bastante sobrado. Defendiendo la ciudad estaba Blas de Lezo, un marino vasco al que llamaban Medio hombre, y no porque le faltara valor, al contrario. Y es que después de décadas guerreando ya le faltaban una pierna, un ojo y la movilidad de un brazo.  

Aquello tenía todos los ingredientes para acabar en desastre. Los británicos contaban con una superioridad aplastante en hombres, barcos y cañones, mientras que los españoles tendrían que aprovechar cada muralla, cada fuerte y cada estrecho paso de la bahía si querían tener alguna posibilidad. Pero Cartagena no era Portobelo y, sobre todo, esta vez Vernon tenía enfrente a un tipo que llevaba toda la vida preparándose para este momento.

Lo que siguió fue uno de los enfrentamientos más bestias del siglo XVIII: semanas de bombardeos, desembarcos, escaramuzas, fortalezas reducidas a escombros, barcos hundidos para bloquear el paso, enfermedades tropicales y miles de muertos. Una de esas historias de resistencia imposible que tanto nos gustan por estos lares. Pero antes de saber cómo aquella inmensa flota acabó marchándose de Cartagena con el rabo entre las piernas, toca conocer al hombre que iba a convertirse en la peor pesadilla de Edward Vernon.

Blas de Lezo: el marino difícil de matar

Cuando Blas de Lezo y Olavarrieta llegó a Cartagena de Indias no era precisamente un marinero novato. Había nacido en Pasajes, Guipúzcoa, en 1689, en el seno de una familia vinculada al mar, y con apenas doce años fue enviado a estudiar a Francia. Poco después estalló la Guerra de Sucesión española y el muchacho terminó enrolado en la marina francesa, aliada entonces de Felipe V. Con solo quince años participó en la batalla naval de Vélez-Málaga de 1704, uno de los mayores enfrentamientos marítimos de aquella guerra. Y allí empezó su particular colección de recuerdos bélicos: una bala de cañón le destrozó la pierna izquierda y tuvieron que amputársela por debajo de la rodilla. Según la tradición, aguantó la operación sin anestesia y sin soltar demasiadas quejas. Tenía quince años y era su primera batalla. Uno empieza ya a hacerse una idea del tipo de hombre que era.

Perder una pierna no consiguió apartarlo del mar. Continuó combatiendo, participó en operaciones para abastecer Peñíscola y Palermo y en 1707 estuvo en la defensa de Tolón, donde una esquirla le alcanzó el rostro y le hizo perder la visión del ojo izquierdo. Dos años después ya era teniente de navío y seguía metiéndose en fregados como si todavía le sobrasen extremidades. Durante estos años combatió repetidamente contra los británicos y fue acumulando una experiencia naval que décadas después iba a resultar bastante útil.

Todavía faltaba completar el personaje. O descompletarlo. Durante el asedio de Barcelona de 1714, una bala de mosquete le atravesó el antebrazo derecho y le dejó el brazo inútil para el resto de su vida. Con veinticinco años, Blas de Lezo era ya cojo, tuerto y manco, razón por la que acabaría siendo conocido como Medio hombre. En las décadas siguientes continuó navegando y combatiendo por medio mundo. Sirvió en el Mediterráneo, participó en expediciones contra posiciones norteafricanas y pasó largos años en América, donde persiguió contrabandistas y piratas y adquirió un conocimiento considerable de la guerra naval en aquellas aguas.

Para cuando fue destinado definitivamente a Cartagena de Indias en 1737, ya era un veterano con más de treinta años de servicio y experiencia enfrentándose precisamente al enemigo que no tardaría en aparecer frente a sus costas. Porque cuatro años después, cuando Edward Vernon llegó con su monstruosa expedición convencido de que Cartagena sería cosa de una tarde, no se encontró con un viejo mutilado esperando tranquilamente la jubilación. Se encontró con un marino al que los británicos llevaban intentando matar sin éxito desde que tenía quince años.

Todo empezó por una oreja

Para entender por qué una flota británica gigantesca terminó presentándose frente a Cartagena hay que hablar primero de negocios. España mantenía un férreo control sobre el comercio con sus territorios americanos, mientras que los británicos estaban deseando meter mano en aquel enorme pastel. Tras la Guerra de Sucesión habían conseguido algunos privilegios comerciales, pero aquello les sabía a poco y el contrabando británico se convirtió en una constante. España respondió utilizando guardacostas que inspeccionaban barcos sospechosos, confiscaban mercancías ilegales y, de vez en cuando, aplicaban métodos diplomáticos que hoy generarían alguna que otra queja formal.

Uno de aquellos encuentros ocurrió en 1731, cuando el guardacostas español La Isabela, comandado por Juan León Fandiño, interceptó al mercante británico Rebecca, capitaneado por Robert Jenkins, bajo sospecha de contrabando. Según el relato que Jenkins llevaría después a Inglaterra, Fandiño lo ató al mástil y le cortó una oreja de un sablazo antes de despedirlo con una frase que merece estar escrita en letras de oro en la historia de la diplomacia española: «Ve y di a tu rey que lo mismo le haré si a lo mismo se atreve».

El incidente no desencadenó inmediatamente la guerra. Pasaron varios años hasta que Jenkins compareció ante el Parlamento británico y su historia se convirtió en munición perfecta para quienes exigían una política más agresiva contra España. La famosa oreja —que según la tradición Jenkins llegó a conservar y mostrar con orgullo— terminó simbolizando todos los agravios que los comerciantes británicos denunciaban sufrir en aguas americanas. En 1739, después de años de tensiones comerciales, contrabando, apresamientos y disputas diplomáticas, Gran Bretaña declaró la guerra a España.  

Y los británicos empezaron fuerte. Ese mismo año, el almirante Edward Vernon atacó Portobelo, en la actual Panamá, uno de los puertos estratégicos del sistema comercial español en América. Vernon había asegurado que podía tomarlo con apenas seis navíos y cumplió su palabra: las defensas estaban en malas condiciones y la ciudad cayó con una facilidad insultante. La noticia provocó una euforia salvaje en Gran Bretaña y convirtió a Vernon en un héroe nacional. Si seis barcos habían bastado para Portobelo, imaginad lo que se podría hacer con una flota de verdad.

La victoria también dio lugar a un interesante intercambio de correspondencia. Vernon escribió desde la recién conquistada Portobelo a Blas de Lezo, que se encontraba en Cartagena, una carta en la que básicamente venía a presumir de sus enormes y británicos cojonazos. Lezo respondió señalando que Vernon conocía perfectamente el lamentable estado de las defensas que acababa de atacar y añadió que, de haberse encontrado él allí, habría hecho cuanto estuviera en su mano para impedírselo. En otras palabras y traducido al idioma Frikarium: muy bien, Edward, pero yo no estaba allí, que entonces otro gallo hubiera cantado.

El problema para Vernon es que su siguiente gran objetivo sería Cartagena de Indias. Y allí sí que estaba el bueno de Blas de Lezo.

Una flota que ocultaba el horizonte

En marzo de 1741, Edward Vernon apareció frente a Cartagena de Indias con una auténtica barbaridad de barcos. Las cifras varían según las fuentes y según qué embarcaciones se incluyan en el recuento, pero hablamos de una expedición formada por alrededor de 180 navíos de guerra y transportes y más de 20.000 hombres entre soldados, marineros y tropas auxiliares. Frente a semejante monstruo, los españoles disponían de unos pocos miles de defensores y apenas seis navíos de línea.  Basta imaginar aquel bosque de mástiles cubriendo el horizonte para entender lo que debieron pensar los habitantes de Cartagena.

Pero conquistar la ciudad no consistía simplemente en desembarcar veinte mil tipos y llamar a la puerta. Cartagena era un auténtico laberinto defensivo. La bahía estaba protegida por islas, canales estrechos, baterías y fortalezas que obligaban a cualquier flota atacante a seguir determinados pasos si quería acercarse a la ciudad. La principal entrada era Bocachica, el estrecho situado entre Tierra Bomba y Barú, defendido por el castillo de San Luis y varias baterías. Más adentro esperaba la propia Cartagena y, dominando el acceso terrestre, la mole del castillo de San Felipe de Barajas.

Aquello permitía a los españoles compensar parcialmente su inferioridad. Vernon tenía muchísimos más hombres y cañones, pero no podía utilizarlos todos a la vez. Antes de llegar a Cartagena debía abrirse camino por sus defensas exteriores, y cada fuerte que resistiera significaba perder hombres, munición y, sobre todo, tiempo. En el Caribe, el tiempo era un enemigo casi tan peligroso como los cañones españoles: cuanto más se prolongara la campaña, más oportunidades tendrían el calor, la humedad y las enfermedades tropicales de empezar a hacer de las suyas.

Además, Blas de Lezo no estaba solo al mando. La máxima autoridad era el virrey Sebastián de Eslava, responsable de la defensa terrestre y con quien Lezo mantendría una relación bastante complicada. Entre ambos existieron fuertes discrepancias sobre cómo defender la plaza, pero llegado el momento Cartagena utilizaría todo lo que tenía a mano: soldados regulares, milicias, marineros, artilleros, fortificaciones y los propios barcos españoles.

Vernon contemplaba una ciudad enormemente inferior en número y tenía motivos para pensar que tarde o temprano acabaría cayendo. El problema era llegar hasta ella. Y para hacerlo primero tendría que atravesar Bocachica, donde Blas de Lezo estaba dispuesto a cobrarle cada metro de terreno mucho más caro de lo que el británico había previsto.

La partida estaba preparada, las piezas ocupaban ya sus posiciones y Vernon tenía una superioridad aplastante. Ahora solo quedaba comprobar si aquello iba a ser otra Portobelo… o si esta vez los británicos habían llamado a la puerta equivocada.

La batalla no ha hecho más que empezar. Continúa esta apasionante historia en la segunda parte, donde Cartagena de Indias está a punto de convertirse en un jodido infierno.

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