En la primera parte dejamos a Edward Vernon frente a Cartagena de Indias con una flota gigantesca, miles de hombres y la confianza por las nubes después de su victoria en Portobelo. Al otro lado, Blas de Lezo y los defensores españoles tenían muchos menos hombres, muchos menos barcos y una ciudad que no podían permitirse perder.
Las piezas estaban colocadas y la diferencia de fuerzas parecía insultante. Pero una cosa es llegar hasta Cartagena y otra muy distinta conquistarla. Ahora empieza la batalla de verdad.
Bocachica: se desata el infierno
El 13 de marzo de 1741, la inmensa flota británica comenzó a aparecer frente a Cartagena de Indias. Pero Vernon no podía dirigirse directamente hacia la ciudad y empezar a repartir cañonazos. Para introducir sus grandes navíos en la bahía necesitaba atravesar Bocachica, un estrecho paso entre la isla de Tierra Bomba y Barú que los españoles habían tenido la sensatez de llenar de cañones. Allí se encontraba el fuerte de San Luis de Bocachica, acompañado por varias baterías que cubrían el canal desde ambas orillas. Además, habían puesto una enorme cadena bloqueando el paso.

Los británicos comenzaron entonces a hacer valer aquello que les sobraba: barcos, hombres y artillería. Durante días sometieron las posiciones españolas a un bombardeo brutal mientras desembarcaban tropas para atacarlas también desde tierra. Lezo respondió colocando algunos de sus escasos navíos en el canal para apoyar a los fuertes con sus cañones. Él mismo permaneció en plena zona de combate, a bordo del Galicia. Durante una junta de guerra, un proyectil británico alcanzó la mesa alrededor de la que estaban reunidos los mandos y las astillas hirieron a Lezo en el muslo y en una mano. El problema era evidente: Vernon podía permitirse seguir disparando y reemplazando hombres; los españoles tenían hombres y municiones contados.
Bocachica resistió durante semanas, pero poco a poco las fortificaciones quedaron destrozadas y los españoles tuvieron que replegarse hacia el interior de la bahía. Y entonces las cosas se torcieron bastante: el Galicia, buque insignia de Lezo, cayó en manos británicas junto a su capitán Juan Jordán y una treintena de marineros; el San Felipe embarrancó mientras se retiraba y los españoles decidieron incendiarlo para bloquear el paso, pero el fuego se propagó accidentalmente al África. Finalmente hundieron también el San Carlos en medio del canal para intentar cerrarlo. El sacrificio sirvió para retrasar al enemigo, pero no para detenerlo: los británicos consiguieron entrar, enganchando uno de los barcos hundidos por la popa y arrastrándolo para abrirse paso. Vernon había conseguido atravesar las defensas exteriores y Cartagena parecía cada vez más vulnerable, pero había un pequeño detalle: había tardado semanas en conseguirlo, y en pleno Caribe cada día de retraso significaba más agotamiento, más enfermedades y más muertos.
Vernon entra en la bahía… y le dan sopas con hondas
La caída de Bocachica parecía confirmar todos los pronósticos. Los británicos habían conseguido abrirse paso hasta el interior de la bahía y las defensas españolas retrocedían una tras otra. Pero ahora llegaba la parte complicada: desembarcar aquel enorme ejército y avanzar por tierra hacia Cartagena. Y aquello no era un agradable paseo por la campiña inglesa. Buena parte del terreno estaba formado por manglares, zonas pantanosas y caminos difíciles, bajo un calor tropical al que muchos soldados británicos no estaban acostumbrados.
Los españoles, además, no pensaban dejarles caminar tranquilamente. A los defensores se les unieron indígenas armados con arcos, que conocían perfectamente el terreno y participaron en los combates y hostigamientos contra las tropas invasoras. Los británicos tenían una superioridad enorme, pero tenían que mover hombres, cañones, pólvora, comida y agua a través de un territorio pantanoso mientras los defensores trataban de tocarles los cojones siempre que podían.
Y mantener alimentada a semejante multitud empezaba a convertirse en una pesadilla. Decenas de miles de hombres necesitaban comida y enormes cantidades de agua potable todos los días, además de municiones, pólvora y suministros médicos. Había que enviar continuamente embarcaciones a buscar provisiones y fuentes de agua, mientras las reservas se consumían a una velocidad brutal. Cuanto más durase el asedio, más difícil resultaría mantener funcionando aquella gigantesca maquinaria de guerra.

A todo aquello se sumaron las enfermedades. Fiebres, disentería y otras infecciones encontraron un terreno perfecto entre miles de hombres hacinados, calor, humedad, mosquitos y unas condiciones sanitarias lamentables. Los hospitales comenzaron a llenarse y cada día había menos soldados disponibles para combatir. La misma inmensidad de la expedición británica, que al principio parecía su mayor ventaja, empezaba a convertirse en un problema logístico de tres pares de cojones.
Aun con todo, los británicos siguieron avanzando. Con mucho esfuerzo fueron ocupando las posiciones que los españoles ya no podían mantener, obligando a los defensores a retroceder cada vez más cerca de Cartagena. Vernon estaba consiguiendo abrirse camino, pero cada kilómetro conquistado significaba más tiempo, más suministros consumidos y más hombres fuera de combate. Finalmente llegaron ante el gran obstáculo que todavía les cerraba el camino hacia Cartagena. Sobre una colina dominando los accesos terrestres se levantaba el castillo de San Felipe de Barajas. Mientras aquella fortaleza permaneciera en manos españolas, Vernon no podía considerar la ciudad conquistada.
Después de semanas de cañonazos, desembarcos, pantanos, enfermedades y bajas, los británicos habían conseguido llegar hasta allí. Y Blas de Lezo llevaba todo ese tiempo preparando la bienvenida.
San Felipe de Barajas: aquí se acabaron las tonterías
Vernon estaba tan convencido de que la cosa estaba hecha que envió a Inglaterra la noticia de la victoria antes de haber conquistado Cartagena. La confianza era tal que incluso comenzaron a circular medallas conmemorativas celebrando la derrota española, algunas mostrando a Blas de Lezo arrodillado ante Vernon entregándole las llaves de la ciudad. El pequeño inconveniente era que Cartagena todavía no se había rendido y que entre los británicos y su objetivo seguía levantándose el castillo de San Felipe de Barajas.
Los británicos comenzaron a machacar San Felipe con la artillería mientras preparaban el asalto definitivo. Pero Blas de Lezo también llevaba tiempo preparando la fiesta. Mandó fortificar el castillo, y también preparó trincheras que dificultarían la aproximación enemiga y permitirían a la infantería española responder cuando llegara el momento.
Finalmente, durante la noche del 19 al 20 de abril, miles de soldados británicos avanzaron hacia San Felipe cargando con sus escalas. El plan era sencillo: aprovechar la oscuridad, llegar hasta las murallas, colocar las escalas y superar rápidamente a una guarnición muy inferior. Entonces llegó la sorpresa. Las apoyaron contra las murallas y descubrieron que, a pesar de sus cálculos, se quedaban cortas. Mientras ellos habían estado preparando el asalto, Lezo había hecho cavar más profundo el foso. Los británicos quedaron completamente expuestos al fuego español.
Mosquetes y cañones descargaron sobre unas tropas que se encontraban amontonadas al pie de las murallas, incapaces de escalar y con las siguientes filas empujando desde atrás. Lo que debía ser el golpe definitivo se convirtió en un caos. Los británicos intentaron reorganizarse y mantener el ataque, pero San Felipe seguía sin caer. Cuando comenzaron a retroceder, los defensores aprovecharon el momento para salir de sus posiciones y realizar una carga desesperada a bayonetazo limpio, convirtiendo la retirada en una escabechina.

Aquello fue el punto de inflexión. Los británicos todavía poseían una fuerza formidable, pero llevaban semanas combatiendo, sus tropas estaban agotadas, las enfermedades se multiplicaban y las diferencias entre los mandos no ayudaban. Vernon había llegado a Cartagena con una de las mayores expediciones navales reunidas hasta entonces y había conseguido atravesar Bocachica, penetrar en la bahía, desembarcar su ejército y alcanzar las puertas de la ciudad. Pero ahí se había quedado.
Durante los días siguientes todavía hubo bombardeos y nuevos intentos de presionar las defensas, pero finalmente Vernon tuvo que aceptar lo que unas semanas antes parecía imposible. Cartagena de Indias no iba a caer. Ordenó la retirada y aquella inmensa flota que había aparecido cubriendo el horizonte comenzó a abandonar la bahía con el rabo entre las piernas. El hombre que había llegado convencido de repetir en Cartagena su paseo triunfal de Portobelo se marchaba dejando atrás miles de muertos y una ciudad todavía española.
Y mientras tanto en Inglaterra ya estaban celebrando su victoria.
El precio de la victoria
La derrota fue un golpe durísimo para Edward Vernon. Regresó a Gran Bretaña sin haber conquistado Cartagena y su prestigio quedó seriamente tocado, aunque continuó ocupando cargos importantes y años después llegó a ser ascendido a almirante. La historia tradicional cuenta que el gobierno británico prohibió hablar de la derrota y ordenó retirar las medallas que celebraban anticipadamente la conquista; aunque el desastre fue muy incómodo para la propaganda británica.
Y lo más injusto es que Blas de Lezo tampoco pudo disfrutar mucho de su victoria. Sus enfrentamientos con el virrey Sebastián de Eslava hicieron que este enviara informes muy críticos sobre él a la Corona y Lezo terminó cayendo en desgracia. Murió en Cartagena el 7 de septiembre de 1741, apenas unos meses después del asedio, víctima de las heridas recibidas durante la batalla. Con el paso del tiempo su figura fue rehabilitada y su hazaña recuperada del olvido. Pero el Medio hombre murió sin saber que acabaría convertido en leyenda.
Gran relato, contado con maestría y audacia, espero con impaciencia más historias tan brillantemente descritas como esta. Te animo a que sigas así. Un abrazo.
Toda una lección de estrategia militar muy bien contada.