Si creciste en los 90, seguramente recuerdes a Fly, aquel chavalín con espada que vivía rodeado de monstruos y soñaba con convertirse en un gran héroe. Lo que posiblemente no sabías entonces es que Las aventuras de Fly era en realidad Dragon Quest, una adaptación del manga Dragon Quest: Dai no Daibōken, nacido de una de las sagas de videojuegos más importantes de Japón.
Tenía todo lo necesario para volver loco a cualquier crío: monstruos, magia, espadazos, maestros legendarios, villanos cada vez más tochos y un grupo de personajes que se iban haciendo más fuertes a base de entrenamiento y de recibir hostias como panes. El problema es que el anime que vimos en los 90 se quedó a medias, dejándonos con la aventura sin terminar. Casi treinta años después, Fly regresaría para saldar aquella deuda pendiente. Así que hoy toca desempolvar la espada y volver a una de esas series que quizá no sea de las más famosas, pero que basta con verla unos minutos para comprender que tienes entre manos mandanga de la buena.
Un pequeño héroe criado entre mostrencos
La historia comienza en la isla Dermline, un lugar apartado del mundo donde viven pacíficamente los monstruos que antiguamente servían al Señor del Mal. Allí encontramos a Fly —Dai en la versión original—, un chiquillo huérfano criado por el anciano monstruo Blas. Su abuelo pretende convertirlo en un gran mago, aunque al chaval los hechizos se le dan reguleros y él tiene bastante claro que lo suyo es agarrar una espada y convertirse en héroe.
Su vida cambia con la llegada de Leona, princesa del reino de Papunika, que viaja hasta la isla para realizar una ceremonia. Una conspiración intenta asesinarla y Fly consigue salvarla despertando un extraño poder que ni siquiera él comprende. Poco después aparece Avan, el héroe legendario que años atrás derrotó al Señor del Mal, acompañado por su discípulo Pop. Avan ha sido enviado para entrenar a Fly porque el mal ha regresado y el mundo vuelve a estar en peligro.
El entrenamiento, como era de esperar, dura un suspiro, ya que aparece por allí el mismísimo Hadler, y Avan debe enfrentarse nuevamente a él. A partir de ese momento Fly y Pop emprenderán un viaje en el que encontrarán nuevos compañeros, enemigos cada vez más tochos y las respuestas sobre el misterioso poder que Fly lleva dentro.

Una aventura de las de antes
Una de las cosas que mejor han envejecido de Las aventuras de Fly es precisamente su sencillez. Aquí no hay treinta líneas temporales ni hace falta ver un vídeo de cuarenta minutos explicándote la mitología y la genealogía de los personajes. Tenemos un mundo de fantasía, un grupo de héroes viajando por él y un ejército de villanos al que hay que partirle la cara. Por el camino aparecen nuevos lugares, monstruos, maestros, armas mágicas y enemigos que en ocasiones terminan convirtiéndose en aliados. Y ya está.
Pero donde realmente gana puntos la serie es en sus personajes. Pop es posiblemente el mejor ejemplo: comienza siendo un aprendiz cobardica que preferiría encontrarse en cualquier sitio menos delante del monstruo de turno, pero poco a poco supera sus miedos y se convierte en un poderoso hechicero y uno de los compañeros más importantes de Fly. También encontramos a Maam, Hyunckel, Crocodine y muchos otros personajes que van formando un grupo bastante más interesante que el típico protagonista acompañado por cuatro floreros.
Y luego están los combates. Espadas, hechizos, transformaciones, técnicas especiales y enemigos que parecen imposibles de derrotar hasta que nuestros protagonistas encuentran alguna manera de superar sus límites. Es shōnen clásico en estado puro, con ese encanto de las aventuras que empezaban siendo pequeñas y terminaban jugando con el destino del mundo. No inventó la rueda, pero sabía perfectamente cómo hacerla girar.
De Dragon Quest a clásico de los 90
Lo curioso es que muchos conocimos a Fly sin tener ni puñetera idea de que aquello estaba relacionado con Dragon Quest. La famosa saga de videojuegos nació en Japón en 1986 de la mano de Yuji Horii, con Akira Toriyama encargándose del diseño de personajes y monstruos. Casi nada. Su éxito fue enorme y en 1989 comenzó a publicarse el manga Dragon Quest: Dai no Daibōken, escrito por Riku Sanjo y dibujado por Kōji Inada. Por eso todo recuerda inevitablemente un poquito a Dragon Ball: Toriyama no dibujó el manga de Fly, pero su ADN visual ya estaba metido hasta las trancas en Dragon Quest.
En 1991 llegó la adaptación de Toei Animation que muchos conocimos como Las aventuras de Fly. Tuvo 46 episodios, pero terminó antes de completar la historia del manga, dejando la aventura a medias y a toda una generación preguntándose qué demonios pasaba después.
Casi treinta años después llegó la revancha. En 2020, Toei estrenó una nueva adaptación desde el principio, modernizando la animación, pero manteniendo los monstruos, la magia y el espíritu aventurero del original. Esta vez la historia sí pudo llegar hasta el final, permitiendo que muchos de aquellos niños que conocieron a Fly en los 90 regresaran ya talluditos para terminar por fin el viaje que habían dejado a medias.

Conclusión
Las aventuras de Fly pertenece a esa maravillosa época en la que veíamos anime sin saber siquiera que estábamos viendo anime. Para nosotros simplemente era una serie cojonuda de un niño con una espada que viajaba por un mundo lleno de monstruos dando mamporros y haciendo amigotes.
Vista hoy puede resultar sencilla comparada con algunos shōnen modernos, pero precisamente ahí está parte de su encanto. Tiene aventura, humor, personajes que evolucionan, combates memorables y ese aroma inconfundible a partida de rol que aporta el universo Dragon Quest. Y gracias a la versión de 2020, además, ya no tenemos que quedarnos con las ganas de saber cómo termina.
Fly tardó casi treinta años en completar su aventura, pero más vale tarde que nunca.