A ver, antes de que aparezcan cuarenta fans con antorchas en los comentarios: que una novela sea famosa, importante o haya vendido millones no significa automáticamente que tenga que gustarle a todo el mundo. Y en fantasía esto pasa muchísimo. Hay libros convertidos casi en religión dentro del fandom que lees esperando una experiencia trascendental… y acabas mirando cuánto falta para terminar el capítulo mientras tu cerebro se va de vacaciones.
Así que aquí van cinco novelas o sagas gigantescas del género que objetivamente han sido un éxito brutal… pero que personalmente no terminaron de funcionarme. Algunas tienen cosas muy buenas, otras directamente me desesperaron y otras me dejaron una sensación rarísima de: “¿y ya está?”. Y recordad que esta es mi opinión subjetiva y, por tanto, debe ser tomada como ley inquebrantable.
Juego de Tronos – George R. R. Martin
Empezamos con un peso pesado: Juego de Tronos, de la saga Canción de Hielo y Fuego. Esta novela tiene un mundo increíblemente trabajado, tramas políticas muy buenas y personajes memorables. Eso es innegable. El problema es que para llegar a esas partes tienes que atravesar toneladas y toneladas de páginas donde parece que no pasa absolutamente nada.
Y sí, ya sé que eso es precisamente parte de la gracia para muchos lectores: la construcción lenta, la política, el detalle… pero personalmente se me hizo bastante pesado. Hasta más o menos la mitad del libro no sentí que arrancara realmente. Además, hay tantísimos personajes, familias, nombres y localizaciones que a veces parece más un manual enciclopédico de geopolítica medieval que una novela.
Lo curioso es que Sangre y Fuego, del mismo autor, sí me gustó mucho. Quizá porque tiene un ritmo más directo y parece menos obsesionado con describir hasta el último plato servido en cada cena. Más que una novela, es una especie de crónica histórica tremendamente entretenida en la que no paran de ocurrir cosas loquísimas. Y es que ese es quizá mi mayor problema con Martin: tiene ideas buenísimas y personajes geniales… pero su prosa me parece bastante sosa. Funcional, sí, pero lejos del nivel casi mítico que muchos le atribuyen.

Eragon – Christopher Paolini
Eragon es probablemente uno de los casos más claros de “esto me habría flipado con doce años”. Porque sí, se lee fácil, tiene dragones y aventuras constantes… pero en cuanto te paras a pensar un poco, empiezas a verle las costuras enseguida. La novela es un batiburrillo gigantesco de ideas sacadas de aquí y allá. Y ese es precisamente el problema: no tengo la sensación de estar leyendo algo original y con personalidad, sino una novela genérica que no tiene nada realmente nuevo que ofrecer.
Los protagonistas son bastante planos, los diálogos muchas veces parecen escritos por un niño pequeño y casi todo resulta tremendamente previsible. Además, muchos personajes existen simplemente para explicar cosas o admirar constantemente al protagonista. Y claro, teniendo en cuenta que el autor escribió el libro siendo adolescente… pues sinceramente, se nota bastante.
No diría que sea horrible ni mucho menos. De hecho, se deja leer perfectamente y entiendo por qué enganchó a tantísima gente joven. Pero sí me parece una obra extremadamente simple y bastante infantil en muchos momentos.

El Nombre del Viento – Patrick Rothfuss
El Nombre del Viento probablemente sea la opinión más peligrosa de este artículo, porque hay gente que defiende este libro como si fuera la Segunda Venida de Tolkien. A mí, sin embargo, se me hizo densísimo. El gran problema es que el libro entero se siente como un megaprólogo eterno. Todo parece estar constantemente preparándose para algo increíble que nunca termina de llegar. Además, la estructura narrativa nunca me terminó de convencer: un tipo misterioso que lleva años ocultándose decide contarle toda su vida al primero que pasa por allí porque sí.
Y luego está Kvothe. El protagonista es el mejor músico de la historia, más inteligente que todos los demás, aprende magia rapidísimo, liga constantemente, es una máquina combatiendo y no solo lo adoran sus amigos, es que hasta sus enemigos parecen admirarlo. Y él, por supuesto, se quiere a sí mismo con auténtica pasión. Es un Gary Stu de manual. Y encima bastante prepotente.
Eso sí: Rothfuss escribe bien. Mucho mejor que varios autores de esta lista. Tiene frases bonitas, una prosa cuidada y sabe crear atmósferas muy agradables de leer. El problema es que el libro me resultó muchísimo más bonito que interesante.

Blackwater – Michael McDowell
Blackwater fue una experiencia rarísima porque no me disgustó… pero tampoco entendí nunca el nivel de obsesión colectiva que tiene muchísima gente con esta saga.
Se lee rapidísimo, está bien escrita y tiene una atmósfera sureña bastante interesante. Pero sentí constantemente que la historia nunca terminaba de explotar todo su potencial. Hay muchísimos conflictos, secretos y personajes que parecen importantísimos… y luego el libro pasa por encima de ellos casi sin profundizar realmente.
Me dejó la sensación de estar viendo una serie larguísima donde pasan muchas cosas, aparecen montones de personajes y ocurren tragedias constantemente, pero casi nada termina impactando del todo. Todo fluye muy rápido, sí, pero precisamente por eso muchas situaciones importantes parecen quedarse a medio cocinar. Y eso duele especialmente porque la premisa tenía muchísimo potencial para convertirse en algo mucho más oscuro, turbio y memorable de lo que finalmente termina siendo.

El Camino de los Reyes – Brandon Sanderson
Con El Camino de los Reyes tuve constantemente la sensación de que Brandon Sanderson estaba muchísimo más interesado en enseñarme cómo funciona su mundo que en contarme una historia con ritmo. Y es que Sanderson tiene una imaginación brutal para construir mundos y sistemas de magia. Nadie puede negarle eso. Pero este libro se me hizo interminable. Absolutamente interminable.
Los problemas para mí fueron varios: demasiada extensión, ritmo lentísimo, interludios que parecen desconectados de todo, personajes que muchas veces hablan y reaccionan como adolescentes modernos, y unas flipadas constantes que terminaban sacándome completamente de la historia. Como el tema de las hojas esquirladas. Lo siento. No puedo con ellas. Cada vez que aparecían me subía la tensión.
Y es curioso porque Elantris, del mismo autor sí me funciona muchísimo mejor. Aunque comparte los mismos esquemas, el mundo que propone me parece más coherente y mejor construido. Más compacto, más centrado y menos obsesionado con enseñarte veinte sistemas mágicos nuevos cada tres capítulos.

Que no te guste algo famoso no te convierte en hereje
Y esa es quizá la gracia de la fantasía: no existe una lista mágica de libros que estés obligado a amar para poder disfrutar del género. A veces una novela considerada obra maestra simplemente no conecta contigo, y tampoco pasa nada. Hay libros técnicamente increíbles que se te hacen eternos, otros llenos de defectos que te enganchan muchísimo y otros que terminas pensando: “vale, entiendo por qué le gusta tanto a la gente… pero claramente no era para mí”.
Y eso también forma parte de ser lector. Ir encontrando qué tipo de historias, mundos y personajes te hacen disfrutar de verdad.