Durante años parecía que las series buenas solo podían venir de Hollywood o de Inglaterra, pero entonces llegó Corea del Sur, se sacó la chorra y empezó a producir contenido como churros. Apocalipsis zombies, thrillers psicológicos, dramas existenciales y locuras ultraviolentas con una calidad incomprensiblemente absurda. Mientras media industria occidental seguía reciclando remakes y superhéroes, los coreanos decidieron traumatizar espectadores a escala internacional.
El resultado ha sido una de las explosiones más bestias de la televisión moderna. Porque las series coreanas tienen algo especial: son capaces de mezclar humor, violencia, drama humano y paranoia absoluta sin despeinarse. Y cuando se ponen oscuras… madre mía cuando se ponen oscuras. Aquí van cinco de las mejores para empezar a sufrir alegremente.
Kingdom (2019) — Juego de Tronos con zombies hambrientos en la Corea feudal
Kingdom fue una de las primeras series coreanas que hizo que muchísima gente descubriera el potencial absurdo que tenía este país haciendo televisión. Y vaya manera de entrar. La serie mezcla intrigas políticas de época con un apocalipsis zombie brutal en plena Corea medieval. Ya solo la idea es fantástica, pero lo impresionante es lo bien ejecutada que está.
Aquí los zombies no son la única amenaza. Nobles corruptos, hambrunas, conspiraciones palaciegas y luchas por el poder convierten cada episodio en una pesadilla constante. Además, los infectados dan muchísimo mal rollo porque son rápidos, violentos y aparecen en cantidades absurdas. La serie consigue algo dificilísimo: que una historia de muertos vivientes vuelva a sentirse fresca. Y encima tiene una ambientación espectacular. Todo parece sucio, frío y desesperado. Como si alguien hubiera mezclado The Walking Dead con una tragedia histórica coreana y hubiera salido algo muchísimo mejor de lo esperado.

Rumbo al Infierno (2021) — Cuando demonios gigantes empiezan a cancelar gente
Rumbo al Infierno parte de una premisa completamente absurda y consigue convertirla en una de las cosas más inquietantes que ha hecho Netflix. De repente aparecen criaturas demoníacas gigantes que anuncian públicamente cuándo va a morir alguien. Llegado el momento, salen de la nada, revientan a la víctima a hostiazos delante de todo el mundo y la condenan al infierno. Premisa potente donde las haya.
Y lo peor no son los monstruos. Lo peor es cómo reacciona la sociedad. La serie se convierte rápidamente en una crítica salvaje al fanatismo religioso, las masas enfurecidas y la necesidad humana de convertir cualquier tragedia en espectáculo. Hay momentos que parecen sacados de Black Mirror después de una noche muy mala. Todo el mundo empieza a actuar como auténticos psicópatas mientras las redes sociales y las sectas convierten el apocalipsis en entretenimiento. La sensación constante es profundamente incómoda. Y eso precisamente es lo que la hace tan buena.

Estamos Muertos (2022) — El instituto más peligroso de la historia
Estamos Muertos demuestra que Corea del Sur tiene una obsesión muy seria con meter adolescentes en situaciones traumáticas horribles. En este caso el escenario es un instituto donde empieza un brote zombie descontrolado y cientos de estudiantes quedan atrapados dentro.
La serie parece al principio el típico drama juvenil coreano, pero tarda aproximadamente diez minutos en convertirse en una carnicería gigantesca. Lo interesante es cómo mezcla supervivencia, relaciones adolescentes y puro caos. Los personajes son bastante más humanos de lo habitual en este tipo de historias y eso hace que muchas muertes duelan muchísimo más. Además, los zombies son rapidísimos y tremendamente agresivos, así que cada pasillo del instituto parece una trampa mortal constante. También tiene uno de los mayores talentos del cine coreano moderno: conseguir que una escena pase de absurda a devastadora emocionalmente en cuestión de segundos.

El Juego de la Muerte (2023) — Morir repetidamente nunca había sido tan estresante
El Juego de la Muerte arranca con un protagonista completamente hundido que decide suicidarse. Mala idea. La Muerte aparece personalmente, se enfada por su actitud y decide castigarlo obligándole a reencarnarse múltiples veces en diferentes personas justo antes de morir de maneras espantosas.
La serie tiene una premisa loquísima, pero funciona sorprendentemente bien porque mezcla thriller, drama, acción y reflexiones existenciales bastante duras. Cada nueva vida cambia completamente el tono de la historia y eso hace que nunca sepas qué demonios va a pasar después. Hay episodios que parecen películas de acción coreanas y otros que directamente te dejan emocionalmente destruido. Además, el reparto es una barbaridad y la producción está cuidadísima. De todas las series de esta lista probablemente sea la más “videojuego existencial traumático”.

The 8 Show (2024) — El capitalismo convertido en tortura televisiva
The 8 Show coge la fórmula de “gente encerrada participando en un juego” y la convierte en algo muchísimo más incómodo y retorcido. Ocho personas atrapadas en un edificio descubren que ganan dinero simplemente permaneciendo allí. El problema es que el tiempo vale dinero… y cuanto más avanza el juego más cruel y enfermizo se vuelve todo.
La serie parece una mezcla entre El Juego del Calamar, Gran Hermano y un experimento social realizado por sociópatas multimillonarios. Lo fascinante es cómo va mostrando la degradación mental de los personajes mientras el dinero empieza a justificar comportamientos cada vez peores. Todo tiene una atmósfera rarísima, casi teatral, que hace que la incomodidad vaya creciendo constantemente. Y como buena serie coreana, cuando parece que ya no puede volverse más turbia… encuentra nuevas maneras de hacerlo.

Y quizá eso es lo mejor que tienen las series coreanas modernas: no tienen miedo al ridículo, ni al drama extremo, ni a destrozar emocionalmente al espectador. Pueden pasar de una escena absurdamente divertida a una tragedia humana devastadora en cuestión de segundos. Y precisamente por eso enganchan tanto. Porque nunca sabes si el siguiente episodio va a darte ansiedad, pena, miedo… o las tres cosas a la vez.