Cuatro libros que te enseñan a amar, discutir, desenamorarte y mandarlo todo a la mierda

Enamorarse debería ser sencillo. Conoces a alguien, os gustáis, quedáis para tomar un kebab y, si todo va bien, pasáis los siguientes meses discutiendo sobre quién dejó el bote de leche semidesnatada vacío dentro del frigorífico. Pero la humanidad lleva siglos convencida de que este proceso necesita instrucciones. Hemos escrito libros para aprender a ligar, conservar a la pareja, superar una ruptura e incluso vivir tranquilamente sin sexo.

El problema es que los expertos no se ponen de acuerdo en nada. Para Ovidio, el amor es un juego de estrategia en el que conviene provocar celos y ganarse a la criada de tu pretendienta. John Gray cree que hombres y mujeres se comunican como habitantes de planetas distintos. Erich Fromm sostiene que amar exige aprendizaje continuo y esfuerzo constante. Y Pamela Pettler y Amy Heckerling se plantan con El libro de los castos para preguntar si no estaríamos todos más descansados dejando el sexo en paz y yéndonos a vivir a un faro.

Así que vamos a sentar a estos cuatro enfoques alrededor de la misma mesa y ver qué ocurre cuando intentan resolver los problemas de una pareja. Puede que aprendamos algo sobre el amor. O puedo que no.

Ovidio: conquistar es una operación militar

En El arte de amar, Ovidio trata la seducción como una campaña cuidadosamente planificada. Hay que escoger el momento, buscar aliados, controlar la impresión que causamos y, si hace falta, manipular un poquito. Bueno, un poquito bastante mucho.

A las mujeres les aconseja llegar tarde a los banquetes, cuando la luz ya disimula los defectos y el vino mejora la opinión de los invitados. También propone que el pretendiente crea que tiene competencia: primero debe sentirse el único y después empezar a sospechar que otro hombre ronda por allí. Nada enciende la pasión como convertir una relación en una subasta emocional. Así que finge que tienes otros amantes, o mejor, ten otros amantes.

Para los hombres, Ovidio recomienda ganarse a la criada de la mujer que les interesa, porque conoce sus secretos y puede facilitar el acercamiento. Incluso considera acostarse con ella, aunque advierte de que es una jugada arriesgada y aconseja no empezar por ahí. Ovidio viene a decirte: «Ten un plan de seducción», y acto seguido te explica el plan, que puede acabar con varias personas enfadadas y algún asesinato entre medias.

Lo mejor es que luego escribió Remedios de amor, dedicado a librarse de un enamoramiento doloroso. Entre sus propuestas están mantenerse ocupado y alejarse de aquello que recuerda a la persona amada. Primero te explica cómo meterte en el lío y después te vende el manual de evacuación. Un genio del negocio editorial no cabe duda.

John Gray: el problema es que vivís en planetas distintos

Los hombres son de Marte, las mujeres son de Venus, de John Gray, propone otra explicación para las desgracias sentimentales: hombres y mujeres reaccionan de forma diferente ante los problemas y no siempre entienden lo que necesita el otro.

Pongamos una escena. Ella llega a casa y cuenta que ha tenido un día horrible. Él responde con una lista de soluciones: «Habla con tu jefe, cambia de horario, denuncia al compañero y cómprate una pistola eléctrica». Ella solo quería desahogarse y que alguien la escuchara. Él cree que está ayudando. Diez minutos después, ambos están discutiendo por algo que ninguno recuerda exactamente cómo empezó.

Según Gray, los hombres también son muy dados a retirarse a su famosa «cueva» cuando necesitan procesar un problema. Se quedan callados, se aíslan un rato y esperan encontrar la solución por su cuenta. Mientras tanto, su pareja puede interpretar ese silencio como falta de interés y preguntar qué ocurre. Él responde «nada», ella sabe que algo pasa y, de pronto, ya tienen un segundo problema además del primero.

La invitación a escuchar antes de lanzarse a arreglarlo todo puede venir bien. El problema aparece cuando el libro presenta esas conductas como si fueran equipamiento de fábrica de cada sexo. Hay hombres que necesitan hablar durante horas y mujeres que quieren que les dejen tranquilas tocándose el toto en su cueva. Puede que el secreto no sea descubrir de qué planeta viene tu pareja, sino preguntarle sencillamente qué necesita sin asumir que lo sabes.

Erich Fromm: menos truquis y más aprender a amar

Erich Fromm también tituló un libro El arte de amar, pero habría tenido una conversación bastante tensa con Ovidio. Para Fromm, amar no consiste principalmente en encontrar a la persona adecuada ni en aprender técnicas para conquistarla. Es una capacidad que exige conocimiento, esfuerzo y madurez; además, no se limita al amor romántico.

Desde la perspectiva de Fromm, antes de buscar una técnica para ganar la discusión, toca escuchar qué le molesta realmente a la otra persona y reconocer la parte que nos corresponde. A lo mejor la pelea empezó con una cuchara sucia, pero lleva semanas alimentándose de promesas olvidadas, cansancio y conversaciones que siempre terminan con un «déjalo, ya lo hago yo».

Amar, en este caso, exige prestar atención, hacerse responsable de lo que uno dice y tratar al otro como una persona completa, con sus necesidades, manías y días de mierda. También implica aceptar que nosotros podemos ser bastante difíciles de aguantar. Es un trabajo menos emocionante que las estrategias de Ovidio y bastante más incómodo que echarle la culpa a Marte, sobre todo cuando tu pareja vuelve a encontrar la tapa del wáter abierta.

Su propuesta quizá sea la menos espectacular para una cita. «He trabajado en mi capacidad de cuidar y respetar» no tiene el descaro de un consejo de Ovidio. Pero tiene una ventaja considerable: permite construir algo cuando termina la fase de impresionar al otro con descaradas mentiras y falsas promesas.

Pamela Pettler y Amy Heckerling: el arte de espantar a quien te gusta

El libro de los castos: cómo vivir mejor prescindiendo del sexo lleva la idea de evitar el romance hasta el absurdo. Pamela Pettler y Amy Heckerling proponen sabotear cualquier posibilidad de resultar atractivo: descuidar el aspecto, dejarse la bragueta abierta o incluso presentarse a una cita con un pasamontañas. Ovidio tardaría semanas en preparar una conquista; aquí basta con elegir mal la ropa antes de salir para sabotearla.

Si una mujer se acerca pese a todas las precauciones, el libro sugiere hablarle en plural mientras se le mira el pecho: «¿Cómo están hoy mis niñas?». Es una frase tan espantosa que indudablemente funciona como método para quedarse solo, aunque también puede degenerar en una orden de alejamiento. Es un win-win.

Y si, por una desgraciada cadena de acontecimientos, la situación desemboca en sexo, todavía quedan recursos: recibir llamadas, hacerlas uno mismo, echarse a llorar, o preguntar al otro si le queda mucho, que tienes pendiente la declaración de la renta. Para estropear una relación a largo plazo, recomiendan olvidar fechas importantes o incluso el nombre de la pareja. Vamos, una guía para convertirse deliberadamente en la peor cita de la vida de alguien.

Ahí está el chiste del libro: toma los consejos habituales para gustar y los pone del revés. Claro que algunas de sus tácticas no solo espantan el deseo; también hacen sentir fatal a la otra persona. Como sátira de los manuales amorosos tiene gracia. Como plan para la próxima cita, mejor dejar el pasamontañas en casa.

Entonces, ¿a quién hacemos caso?

Los cuatro libros parecen hablar de lo mismo, pero ni siquiera persiguen la misma meta. Ovidio quiere conquistar y, si sale mal, desenamorarse. Gray quiere que la pareja se entienda. Pettler y Heckerling se ríen de la obsesión por el sexo. Fromm pregunta si realmente sabemos amar.

Si mezclamos sus consejos sin cuidado, el resultado es maravilloso: llegas tarde a la cena para parecer más atractivo, insinúas que tienes otro amante, escuchas activamente a tu pareja, cultivas el amor maduro y finalmente decides que hoy tampoco vais a follar.

Quizá esa sea la única enseñanza compartida: el amor resulta demasiado extraño para caber entero en un manual. Los libros pueden darte ideas, hacerte reír o mostrarte los errores de otra época. Luego toca cerrar la tapa, mirar a la persona que tienes delante y preguntarle qué coño le pasa. Y escuchar la respuesta sin interrumpir.

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