Hay juegos que necesitan un tablero enorme, trescientas fichas y un manual que parece el temario de unas oposiciones. The Royal Studys va por otro camino: un tablero de 3 × 3, cinco piezas de ajedrez y unas tarjeticas. Lo sacas de la caja pensando que vas a resolver un par de retos mientras te tomas un café y, cuando vuelves a mirar el reloj, el café está frío, son las tres de la madrugada y tu novia te mira con desaprobación desde la puerta mientras murmura: “Siento lastima”.
Su propuesta tiene algo especialmente puñetero: las reglas se entienden enseguida. No necesitas saber aperturas ni haber ganado una partida de ajedrez en tu vida. Si conoces los movimientos del rey, la dama, la torre, el alfil y el caballo, ya tienes lo necesario para empezar. Otra cosa es que consigas que las cinco piezas hagan lo que quieres.
¿Cómo se juega?
Cada tarjeta muestra una posición para las cinco piezas. Colocas las piezas según la tarjeta, sacas la siguiente tarjeta y tienes que transformar la primera disposición en la segunda utilizando los movimientos del ajedrez. El objetivo es hacerlo en la menor cantidad de movimientos posible.
Dicho así, parece un pasatiempo bastante amable. «La torre va para allá, el rey se mueve un cuadrito y listo». Pero el tablero solo tiene nueve casillas y cinco están ocupadas. No sobra precisamente espacio para maniobrar. Puede que una pieza llegue a su destino con un único movimiento, pero otra esté bloqueando el camino. La apartas, colocas la primera y entonces descubres que ahora tienes que volver a mover la que quitaste. Tu brillante solución de cuatro movimientos acaba de convertirse en una chapuza de siete.
Ahí está la gracia del juego: no consiste únicamente en saber cómo se mueve cada pieza, sino en pensar en qué orden conviene moverlas. El caballo, con sus saltos en forma de L, es particularmente bueno convirtiendo una situación aparentemente sencilla en un pequeño ataque de ansiedad.
Además, las tarjetas se encadenan. La posición que acabas de conseguir se convierte en el punto de partida del siguiente reto. Eso le da un ritmo peligroso: resuelves una, miras la siguiente, piensas «esta parece fácil» y ya estás otra vez atrapado.

Jugar solo también tiene su pique
Aunque incluya un modo competitivo, The Royal Studys funciona perfectamente como desafío en solitario. Miras la nueva tarjeta, estudias el tablero e intentas calcular la solución antes de tocar ninguna pieza. Luego la ejecutas y compruebas si tu gran plan era tan bueno como creías.
A veces sí. Otras veces llegas al quinto movimiento y descubres que has dejado al alfil en una casilla desde la que no puede llegar a su destino. En ese momento puedes cagarte en los muertos del alfil, pero la verdad es que el alfil no ha hecho nada. Estaba tranquilamente en su sitio hasta que tú empezaste a tomar decisiones.
También puedes volver a intentarlo para mejorar tu marca. Resolver una tarjeta en seis movimientos está bien; encontrar después una ruta de cinco produce una satisfacción desproporcionada para lo poco que has movido sobre la mesa. Es como ganar una discusión que nadie más sabía que estabas teniendo.
Con otra persona, el reloj mete presión
El modo para dos jugadores añade un reloj y convierte cada tarjeta en una pequeña competición. Ambos observan la posición y calculan mentalmente cuántos movimientos necesitarían. Uno propone una cifra; el otro dispone de un tiempo limitado para encontrar una solución mejor. Después toca demostrar que el recorrido prometido funciona de verdad.
Es una idea sencilla, pero cambia mucho la sensación del juego. En solitario puedes quedarte mirando el tablero todo el tiempo que quieras. Frente a otra persona, en cuanto alguien anuncia «lo hago en cinco», empiezas a ver movimientos posibles por todas partes y a desconfiar de todos ellos.
Además, hay un componente de farol involuntario bastante divertido. Puedes anunciar una solución con mucha seguridad y descubrir, al intentar ejecutarla, que te has saltado un movimiento. No hay forma elegante de salir de ahí: acabas de perder contra el tablero y delante de un testigo.

Cuando dominarlo ya no es suficiente
Las reglas básicas son solo el comienzo. En niveles más avanzados puedes girar la tarjeta como parte de tu solución. Un giro de 90 grados cuenta como un movimiento; uno de 180 grados, como dos. Más adelante se añaden los movimientos en espejo.
Esto abre posibilidades nuevas. Tal vez mover una pieza hasta su destino te cueste tres pasos, pero girar la disposición haga que quede a solo uno. Suena estupendo hasta que recuerdas que el giro también afecta a las otras cuatro piezas. Has ayudado al caballo y, de paso, has mandado a la torre a tomar por culo.
Lo interesante es que estos recursos no se sienten como una complicación metida con calzador. Te obligan a dejar de mirar cada pieza por separado y a pensar en todo el tablero. Una solución que parecía imposible puede aparecer de golpe cuando imaginas la tarjeta girada. También puedes pasarte diez minutos imaginando giros para acabar descubriendo que la primera idea era mejor, pero eso forma parte del espectáculo.
Pequeño, bonito y peligrosamente adictivo
Otro detalle agradable es la presentación. Las cinco piezas son de madera y las tarjetas se guardan dentro de la propia caja, que también sirve de tablero. Es un juego compacto, de esos que puedes sacar sin tener que despejar toda la mesa del comedor ni convocar a cuatro amigos con dos semanas de antelación.
The Royal Studys tiene una virtud que muchos juegos persiguen: resulta fácil decir «vamos a probarlo» y muy difícil decir «lo dejamos aquí». Cada reto es lo bastante corto como para tentar con el siguiente, pero ofrece suficientes posibilidades para que encontrar la mejor solución no sea automático.
Si te gustan los rompecabezas y el ajedrez te llama la atención aunque nunca hayas querido estudiar estrategia, aquí tienes una forma de utilizar sus piezas sin sufrir una partida completa. Eso sí, conviene entrar avisado: ese tablerito de nueve casillas puede hacerte sentir muy listo durante treinta segundos y bastante imbécil durante la media hora siguiente.