Diego García de Paredes, el sansón extremeño: un tío más mamado que el Schwarzenegger

España tiene una habilidad especial para olvidar a personajes históricos absolutamente memorables. Porque mientras medio mundo convierte a cualquier guerrero mínimamente competente en protagonista de series, películas, videojuegos y portada de cajas de cereales, aquí tuvimos a un señor llamado Diego García de Paredes, que realizó cientos de hazañas y protagonizó innumerables gestas bélicas. Y aun así apenas lo conoce nadie fuera de cuatro historiadores y algún extremeño orgulloso.

El día que impresionó al Papa matando a toda su guardia de élite

Conocido como el Sansón Extremeño, Diego García de Paredes nació en Trujillo, en 1468, en una casa de cierto estatus. Ya desde joven destacó por una fuerza completamente descomunal, un físico más propio de un culturista hasta arriba de esteroides, llegó a medir más de 2 metros, y una facilidad preocupante para resolver cualquier conflicto usando espadones gigantes, mazas o directamente los puños.

Antes de convertirse en leyenda militar, Diego pasó una etapa bastante menos heroica. Viaja a Nápoles junto a su medio hermano Álvaro de Paredes esperando encontrar gloria militar… pero justo coincide con un periodo de paz, así que sobrevive robando capas en emboscadas nocturnas y vendiéndolas luego en el mercado negro.  

Una de las hazañas más surrealistas de su vida, ocurrió en este periodo, Diego estaba jugando junto a otros españoles al lanzamiento de barra, una especie de deporte medieval parecido al lanzamiento de jabalina, cuando aparece por allí el Papa, acompañado de su escolta. Estos, empiezan a increparlos, llegando incluso a desenvainar las espadas, y Diego, armado con la pesada barra de hierro, los enfrentó, «matando cinco, hiriendo a diez, y dejando a los demás bien maltratados y fuera de combate». Y a todo esto el Papa pensando: “este animal de bellota me sirve para la seguridad”.

Así que el hombre pasó de ladrón callejero a miembro de la escolta papal a base de homicidios deportivos.

La escabechina que lo convirtió en leyenda

Poco después Diego tiene un duelo contra un tal César el Romano y directamente le corta la cabeza, a pesar de sus súplicas, «no queriendo entenderle que se rendía». Esto, sorprendentemente, estaba mal visto incluso en el Renacimiento, así que termina encarcelado. ¿Y cómo escapa? Pues según las crónicas: le pega una patada a la puerta, le roba la alabarda a un guardia, y sale incapacitando a todos los soldados que encuentra durante su huida.

La historia que lo convirtió oficialmente en mito ocurre durante el asedio de Cefalonia contra los turcos en el 1500. Los defensores utilizaban una especie de gancho gigante llamado “lobo” para capturar enemigos desde la muralla, enganchando soldados como las máquinas esas que hay en las recreativas para conseguir peluches, y los izaban hacia arriba como si estuvieran pescando atunes. Si la presa era algún oficial o alguien famoso, se lo quedaban para luego pedir un rescate, pero si era un soldado raso, lo despeñaban tirándolo de la muralla. Mala idea hacerlo con Diego García de Paredes.

Lo capturan, lo suben a la muralla… y el hombre decide que ya que está arriba pues conquista la fortaleza él solo. Espada y rodela en mano empieza a matar defensores, limpiando toda la muralla y rechazando los refuerzos que venían una y otra vez a combatirle. Y así estuvo aguantando durante tres días enteros dentro de la fortaleza enemiga, haciendo «cosas tan dignas de memoria defendiéndose varonilmente que nunca le pudieron rendir», antes de caer por agotamiento y hambre. No porque pudieran derrotarlo sino porque tenía la garganta seca y más gazuza que el perro de un ciego. Así que es encerrado en una celda, pero al oír días después cómo sus camaradas entran a saco en la fortaleza, le da un mordisco a las cadenas, un cabezazo a la puerta y se lía a mamporros con todo el mundo, encontrándose con sus compañeros en mitad del camino, y habiendo matado él a tantos como todo el ejército cristiano junto.

Las crónicas musulmanas y cristianas coinciden en que parecía ganar fuerza cuanto más difícil era la situación. Y aquí nace definitivamente el apodo de Sansón Extremeño, que en mi opinión le viene que ni pintado.

El hombre que desafió él solo a dos mil franceses

Luego llega la absoluta locura de Garellano. Tras discutir con el Gran Capitán sobre una táctica militar, Diego se ofende muchísimo, sale de la tienda de mando, coge su espada de dos manos y se planta él solo en medio de un puente desafiando a un destacamento de dos mil franceses que había justo enfrente. No es exageración. Dos mil. Y según las crónicas, cuando estos vieron a un oficial sólo se fueron a por él, pero este aprovechando la estrechez del paso, empezó a repartir espadazos a diestro y siniestro y a lanzar franceses al río, con tanta destreza y mala hostia, que los atacantes tuvieron que retirarse.

Viendo la que estaba liando, algunos compañeros fueron a asistirle, pero entonces todos deben huir, ante el fuego de la artillería enemiga, siendo Diego el último en hacerlo. Dicen que entre muertos y despeñados al río provocó unas quinientas bajas, sin sufrir él ni un sólo rasguño, que ya hay que ser bestia parda. Vamos que ni el Capitán América llegó a tanto despachando soldados de Hidra en la guerra.    

También participó en desafíos caballerescos legendarios como el de Barletta, en 1502, donde españoles y franceses organizaron un duelo de 11 contra 11 para decidir quién tenía mejor caballería. Lo mejor es que incluso herido de una pelea anterior, Diego fue llamado a participar, liándola pardísima como de costumbre. En un momento del duelo, pierde la lanza y la espada, y “con muy grande enojo de ver cómo tanto tiempo les duraban aquellos vencidos franceses», agarra un pedrolo gigantesco que servía para marcar del borde del campo, y se lo lanza a estos, que se habían atrincherado detrás de unos caballos muertos y no querían rendirse. Finalmente, los jueces del tribunal dictaminaron tablas, de tal manera que a los españoles «les fue dado el nombre de valerosos y esforzados, y a los franceses por hombres de gran constancia» Lo de gran constancia significa que aguantaron el atrincheramiento sin cagarse encima a pesar de la que les estaba cayendo.

Diego se planta en palacio con sus huevazos y amenaza a toda la corte delante del rey

Uno de los momentos más increíbles ocurre cuando de vuelta en España, escucha rumores de que algunos nobles están hablando mal del Gran Capitán frente a Fernando el Católico. Diego entra directamente en la sala del rey mientras este está rezando y reta públicamente a duelo a cualquiera que haya insultado a su antiguo comandante. Y no de uno en uno. Hasta cuatro a la vez si hace falta. Allí no se oía ni el vuelo de una mosca, toda la nobleza que hasta hace un momento estaba poniendo a parir al Gran Capitán, se quedó muda de repente. Y el rey tuvo que recoger el guante que este había soltado y calmarle para que no montara el pollo.  

Más tarde, se hizo corsario, y tras luchar en las campañas del norte de África, regreso a Italia a seguir haciendo de las suyas. Por esta época, el Sansón extremeño era ya una leyenda viva en toda Europa y fue nombrado Coronel de la Liga Santa al servicio del Papa, en 1512. Durante una escaramuza, recibe no menos de tres disparos de arcabuz y aun así consigue sobrevivir. Lo capturan y lo llevan atado entre cuatro caballos mientras se desangra como un cochino. Al cruzar un puente, el hombre decide tirarse al agua, con tres balazos en el cuerpo, recordemos, arrastrando con él a los cuatro caballos. Los ahoga, cruza nadando hasta una pequeña isla donde estaba el ejército español y tras caminar varias leguas llega a su campamento donde por fin puede echarse una siesta. Cualquier persona normal habría muerto diecisiete veces en el proceso.

Y lo mejor viene después. Dos meses más tarde, ya recuperado, el coronel Bartolomé Palomino le echa la bronca por haber perdido demasiados hombres en aquella emboscada. Aquí hay que reconocer que el coronel era un tipo valiente, no muy listo, pero valiente. Diego, naturalmente, responde retándolo a duelo. Durante el combate Bartolomé consigue herirlo en el antebrazo, lo que aparentemente no le hizo mucha gracia al Sansón Extremeño, que respondió cortándole el brazo al otro. Y si los jueces no llegan a intervenir, este termina cortándole la cabeza, que era la forma que le gustaba de terminar los duelos.

Un final un poco regulero para una leyenda de las armas

Y aún hay más. En otro duelo multitudinario similar al de Barletta, esta vez doce contra doce, Diego mata personalmente a dos caballeros franceses que además eran hermanos. El tercer hermano, completamente consumido por la rabia, lo desafía inmediatamente para vengarlos. Este era otro temerario con pocas luces. Diego acepta encantado y, como era el retado, elige las armas: dos mazas gigantescas más pesadas que el martillo de Thor. El problema es que el francés apenas podía levantar la suya, así que en mitad del combate tira la maza al suelo, saca una espada y ataca al otro a traición. Cagada histórica importante. Diego lo agarra por la pechera y le aplasta la cabeza de un mazazo. Fin de la discusión.

Y el hombre siguió guerreando durante años. A lo largo de su vida, participó en quince batallas campales, diecisiete asedios y las crónicas le atribuyen más de trescientos muertos en duelo. Finalmente, en 1533, tras asistir en Bolonia a un encuentro entre Carlos V y el Papa Clemente VII, murió a consecuencia de las heridas sufridas tras una caída del caballo durante un juego con unos cadetes. Resulta casi poético que un hombre capaz de sobrevivir a media Europa intentando matarlo acabara derrotado por algo tan absurdamente mundano. Cuentan que cuando prepararon el cadáver para el entierro, era tal la cantidad de cicatrices, agujeros de bala y heridas acumuladas durante más de cuarenta años de combates, que costaba reconocerlo. Más que un cuerpo aquello parecía un mapa topográfico.

Y sinceramente, Diego García de Paredes representa perfectamente aquella España imperial brutal, exagerada y legendaria donde los soldados se jugaban la vida por honor, orgullo o simplemente porque alguien había hablado de más en una taberna. Una época salvaje donde los duelos se resolvían a mazazos, los asedios parecían sacados de una película de fantasía y algunos hombres acababan convirtiéndose en mitos vivientes a fuerza de sobrevivir a cosas completamente imposibles.

Porque cuesta saber cuánto hay de verdad y cuánto de exageración en las historias del Sansón Extremeño… pero precisamente eso es lo que lo hace tan fascinante.  

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