Los niños de los 90 tuvimos una infancia maravillosa. Llegábamos del colegio, tirábamos la mochila al suelo y encendíamos la tele para ver festivales de casquería, personajes absurdos, monstruos terroríficos y todo regado con un humor negro que hoy probablemente acabaría provocando quince campañas en redes y un comunicado oficial de alguna asociación de padres horrorizados. Y aun así, precisamente por esa libertad caótica, salieron algunas de las series animadas más míticas, raras y memorables de toda una generación.
Y lo mejor es que nadie controlaba absolutamente nada. Los estudios de animación parecían funcionar bajo una norma muy sencilla: “si traumatiza a los niños pero vende juguetes, adelante”. El resultado fue una época dorada irrepetible donde convivían obras infantiles adorables con auténticas fumadas existenciales disfrazadas de dibujos.
Sailor Moon
Sailor Moon convirtió a media generación en expertos en coreografías mágicas que hoy darían vergüenza ajena y ataques anunciados a gritos. La serie mezclaba romance adolescente, monstruos absurdos y guerreras interplanetarias vestidas como si fueran a la feria del comic. Pero lo increíble es que funcionaba perfectamente. Usagi era caótica, vaga y bastante inútil muchas veces, lo que la hacía muchísimo más humana que muchos protagonistas perfectitos actuales. Además, la serie se volvía sorprendentemente oscura cuando quería: muertes, sacrificios, finales trágicos y villanos bastante turbios para una serie supuestamente infantil.

Pingu
Pingu era básicamente un experimento psicológico suizo protagonizado por un pingüino de plastilina incapaz de comunicarse usando un lenguaje coherente. Y aun así todos entendíamos perfectamente cuándo estaba feliz, enfadado o a punto de cometer un crimen de guerra contra su familia. El mítico “NOOT NOOT” quedó grabado para siempre en el cerebro colectivo de la humanidad. Además había algo inquietante en la serie: ese mundo helado silencioso parecía adorable y perturbador al mismo tiempo. Como si David Lynch hubiera decidido hacer animación infantil después de tomarse un gintonic.

Pokémon
Pokémon fue más que una serie: fue una ocupación militar japonesa a escala mundial. De repente todos los niños sabían nombres de criaturas imposibles, discutían sobre evoluciones y destruían amistades por negarse a intercambiar cromos. Ash tardó aproximadamente cuarenta años en convertirse en un entrenador competente, pero daba igual. La gracia estaba en el viaje, en la música y en descubrir monstruos nuevos constantemente. Además, la serie Pokémon tenía una lógica maravillosa donde un niño de diez años podía recorrer el mundo solo mientras capturaba animales salvajes para obligarlos a pelear profesionalmente.
Futurama
Futurama demostró que la ciencia ficción podía ser inteligentísima y completamente idiota al mismo tiempo. Fry, Bender y Leela protagonizaron una de las mejores comedias animadas jamás hechas mezclando humor absurdo, referencias científicas y capítulos capaces de destrozarte emocionalmente sin previo aviso. Porque sí, te reías viendo a un robot alcohólico robar cosas… hasta que de repente aparecía el episodio del perro de Fry y terminabas mirando al techo replanteándote la existencia.
Las Supernenas
Las Supernenas respondía a una pregunta fundamental: ¿qué pasaría si tres niñas de preescolar fueran capaces de destruir ciudades enteras a puñetazos? La serie era maravillosa porque combinaba estética adorable con violencia superheroica completamente desatada. Y luego estaba Mojo Jojo soltando discursos super épicos mientras las niñas lo mandaban contra un edificio de una hostión. Además, pocos villanos infantiles daban tanto mal rollo como él, esa especie de demonio travesti rojo salido directamente de una pesadilla.

Los Fruitis
Los Fruitis demuestra que España en los 90 estaba completamente desatada. Una serie protagonizada por frutas antropomórficas viviendo aventuras absurdas mientras un personaje llamado Gazpacho hablaba con acento andaluz con una especie de cactus deforme. Hoy intentas vender algo así en una reunión de Netflix y llaman a seguridad. Pero precisamente por eso tenía encanto. Era colorida, extraña y absolutamente imposible de explicar a alguien nacido después del año 2000.
South Park
South Park llegó como una bomba nuclear cultural. Mientras otras series infantiles intentaban enseñar valores, estos cuatro niños se dedicaban a insultar, traumatizar profesores y provocar a absolutamente todo el planeta. Lo increíble es que la serie no solo sobrevivió, sino que terminó convirtiéndose en una de las sátiras más salvajes y brillantes de la televisión. Y todo empezó con unos muñecos mal animados diciendo barbaridades en horario casi infantil.
Gárgolas
Gárgolas era muchísimo más seria y oscura de lo que Disney debería haber permitido jamás. Un grupo de guerreros medievales convertidos en piedra despierta siglos después en Nueva York y empieza a luchar contra mafias, monstruos y conspiraciones sobrenaturales. La serie tenía traiciones, tragedias, dilemas morales y una atmósfera gótica espectacular. Muchos descubrimos gracias a ella que los dibujos podían tener historias complejas de verdad.

La Banda del Patio
La Banda del Patio convirtió el recreo escolar en una especie de distopía política infantil donde cada grupo tenía jerarquías, territorios y reglas propias. Básicamente era Juego de Tronos pero con bocadillos y balones de futbol. Spinelli daba miedo, Randall era una rata traidora profesional y el Rey Bob gobernaba desde el columpio como un emperador salido de Mad Max. Absolutamente maravilloso.
Spider-Man: La Serie Animada
Spider-Man: La Serie Animada fue la responsable de que media generación descubriera el universo Marvel mucho antes de las películas. Tenía a los villanos más carismáticos de Marvel : Venom, Mysterio, los Seis Siniestros, el duende verde… y todo acompañado de viajes multiversales, mutaciones imposibles y Peter Parker sufriendo ansiedad crónica cada cinco minutos. La animación hoy parece hecha con una tostadora vieja, pero la serie tenía un alma gigantesca. Además, pocas intros han sido tan absurdamente épicas.

Y quizá lo mejor de los dibujos de los 90 era precisamente eso: no parecían fabricados por ejecutivos aterrorizados de las reseñas de internet. Eran raros, exagerados, imperfectos y muchísimas veces completamente caóticos. Pero tenían personalidad. Muchísima personalidad. Mogollón de personalidad. Y por eso seguimos recordándolos décadas después mientras medio catálogo actual desaparece de la memoria colectiva a las dos semanas.