Si alguien hubiera presentado Pokémon por primera vez en una reunión de ejecutivos antes de saber que acabaría convirtiéndose en una de las franquicias más exitosas de la historia, probablemente lo habrían expulsado por decir tonterías. La premisa consiste, básicamente, en un mundo donde criaturas peligrosísimas capaces de lanzar fuego, provocar terremotos, congelar ciudades o desatar tormentas eléctricas son capturadas por preadolescentes que recorren el planeta obligándolas a pelear entre sí, mientras científicos ancianos los animan, les entregan animales potencialmente letales y aprovechan la situación para realizar sus investigaciones. Y nos lo comemos con patatas.
Durante años vimos el anime, jugamos a los videojuegos y coleccionamos cromos sin detenernos demasiado a pensar en cómo funcionaba realmente aquella sociedad. Sin embargo, llega un momento en la vida de todo hombre adulto en el que empieza a hacerse preguntas incómodas sobre los Pokémon. Preguntas que la franquicia jamás responde y que, cuanto más las analizas, más convierten este universo en una especie de experimento social llevado a cabo por gente completamente ida de la cabeza.
Pokémon quizá no provoque las crisis existenciales de otras series de los noventa, pero cuanto más analizas su mundo, más dudas empiezan a surgir.
Ash Ketchum, un chaval de diez años obligado a emanciparse a la fuerza
Todo comienza con Ash Ketchum, un niño de diez años que una mañana abandona su casa para recorrer el mundo capturando criaturas salvajes. Hasta aquí ya tenemos suficientes motivos para llamar a servicios sociales, pero la situación empeora rápidamente cuando descubrimos que esto no es una excepción, sino la norma.
Su madre lo despide con una sonrisa, le prepara la mochila y prácticamente le cierra la puerta en las narices, deseándole suerte como quien envía a su hijo a un campamento de verano. Lo curioso es que Ash no va a pasar una semana fuera ni a visitar a unos familiares. Va a cruzar regiones inhóspitas enteras, atravesar bosques llenos de criaturas letales, escalar montañas sin la menor preparación, adentrarse en cuevas peligrosas y enfrentarse a organizaciones criminales internacionales. Y todo ello sin dinero.
Otro de los grandes misterios del universo Pokémon es la absoluta ausencia de su padre. Después de más de mil episodios, películas, especiales y videojuegos, sabemos más sobre el origen del universo Pokémon que sobre el señor Ketchum. Ash ha sido electrocutado, secuestrado, congelado, achicharrado, perseguido por Pokémon legendarios y enviado a dimensiones alternativas sin que su padre aparezca ni una sola vez para preguntar qué tal va todo. Es que ni se le menciona. Aunque viviendo en un mundo tan peligroso lo más probable es que muriera devorado por un snorlax.

El profesor Oak: el mayor fraude científico del mundo
Si hay alguien que debería responder preguntas incómodas en el universo Pokémon, ese es el profesor Oak. Supuestamente estamos hablando de uno de los mayores expertos Pokémon del planeta. Tiene un laboratorio propio, reconocimiento internacional, décadas de experiencia y una carrera científica que debería convertirlo en una autoridad absoluta en la materia. Sin embargo, cuando llega el momento de realizar trabajo de investigación, decide delegarlo en niños de diez años. Y es que el puto viejo anima a los chavales de su pueblo a abandonar sus hogares, recorrer continentes enteros y capturar criaturas salvajes para poder estudiarlas mediante unas Pokédex que les entrega nada más salir por la puerta.
Según la explicación oficial, la Pokédex existe para recopilar información sobre los Pokémon. El problema es que la propia Pokédex parece saber absolutamente todo sobre ellos. Cada vez que Ash apunta el dispositivo hacia una criatura, esta comienza a recitar datos sobre altura, peso, hábitat, habilidades, comportamiento, alimentación y características especiales con la confianza de alguien que lleva años estudiando el tema. Si la Pokédex ya conoce toda esa información, ¿qué demonios está investigando Oak? ¿Qué datos necesita exactamente?
La única explicación lógica es que Oak ha descubierto la forma definitiva de conseguir becarios gratuitos. Mientras otros científicos necesitan financiación, equipos de investigación, años de trabajo de campo y toneladas de papeleo, él convence a varios niños de que están viviendo una aventura épica, les regala una mascota peligrosa que te cagas y los pone a recorrer el planeta para que capturen a los pobres bichos y se los envíen a su laboratorio. Algo tendrá planeado hacer con ellos.
Toda la economía gira alrededor de los Pokémon
En este mundo ficticio, no es que los Pokémon sean importantes, es que son la sociedad. Todo gira alrededor de ellos. Los deportes consisten en Pokémon. La investigación científica consiste en Pokémon. La policía utiliza Pokémon. Los bomberos utilizan Pokémon. La construcción utiliza Pokémon. La agricultura utiliza Pokémon. Si es que tienen hasta sanidad pública gratuita. Que más que sanidad parece magia, porque los curan al instante y sin sacarlos de las pokeball.
Lo extraño es que no existen referencias a animales normales. Esto plantea preguntas bastante incómodas sobre la alimentación. Porque si no hay vacas, pollos, cerdos o peces corrientes, alguien tendrá que explicar exactamente qué contiene esa hamburguesa que acaba de pedir Ash en un restaurante. Y no estoy seguro de querer saber la respuesta.
Y además estas criaturas son terriblemente peligrosas, a pesar de que la serie intenta presentarlas como compañeros adorables. Existen Pokémon capaces de generar tsunamis. Otros pueden derretir roca sólida. Algunos controlan tormentas eléctricas. Hay criaturas capaces de secuestrar niños, provocar incendios forestales o destruir edificios enteros. ¿De dónde sale toda esa agua, fuego y electricidad?
¿Y por qué la sociedad permite que cualquier menor los capture utilizando una esfera mágica? Imagina que mañana apareciera un dragón capaz de lanzar fuego por la boca y el gobierno decidiera enviar chavales de primaria para capturarlo y usarlo en sus gamberradas. Pues eso es exactamente lo que ocurre en Pokémon.

La biología Pokémon desafía todas las leyes conocidas
Cuanto más analizas ciertas especies, menos sentido tiene todo. Charmander posee una llama permanente en la cola. Nadie explica cómo funciona. Nadie investiga por qué no se consume combustible. Simplemente aceptamos que existe un lagarto que lleva ardiendo desde el nacimiento. Es que este bicho es un peligro andante.
Magnemite parece una mezcla entre un imán, un tornillo y una avería eléctrica. ¿Es una máquina? ¿Es un ser vivo? ¿Fabricó alguien el primer Magnemite? ¿Evolucionó la especie después de que los humanos inventaran los tornillos? Kadabra aparece siempre con una cuchara. ¿Esto viene de fábrica o es que están tan obsesionados con ese objeto que siempre llevan una encima?
Luego tenemos a Geodude, una roca con brazos que desafía alegremente la gravedad, Diglett, una especie de salchicha enterrada de la que nadie ha visto jamás la parte inferior del cuerpo y Dodrio, una especie de avestruz con tres cabezas. Y ni siquiera hemos llegado a los Pokémon fantasma, que plantean preguntas filosóficas que probablemente requieran un máster para responder.
¿Y qué me dices de las Pokeball? Los entrenadores dan un palizón de muerte a los pobres Pokémon y luego le lanzan uno de estos artefactos para capturarlos. Los Pokémon entran en ellas y desaparecen. ¿Se encogen? ¿Se transforman en energía? ¿Son digitalizados? ¿Viajan a otra dimensión?
Tampoco sabemos qué ocurre dentro. ¿Tienen espacio? ¿Comen? ¿Duermen? ¿Pueden salir cuando quieran? ¿Permanecen encerrados hasta que el entrenador decide utilizarlos? Es que son mini cárceles portátiles. Vaya bajón.
El Team Rocket debería estar en bancarrota
Jessie, James y Meowth llevan décadas fracasando. Fracasan en secuestros. Fracasan en robos. Fracasan en infiltraciones. Fracasan en combate. Fracasan en planes simples. Fracasan en planes complejos. Fracasan en prácticamente todo. Y aun así disponen constantemente de vehículos, robots gigantes, submarinos, dirigibles, armas experimentales y tecnología que costaría millones.
La verdadera pregunta de Pokémon no es qué es Mew. La verdadera pregunta es quién lleva la contabilidad del Team Rocket. ¿Por qué Giovanni mantiene a estos tres inútiles en plantilla con el dineral que le cuestan? ¿Y por qué está tan obsesionado en capturar a Pikachu? ¿Y por qué diablos habla el puto gato?
Eso significa que un Pokémon puede aprender lenguaje humano, comprender conceptos abstractos y mantener conversaciones complejas. ¿Por qué no lo hacen los demás?
Porque si otros Pokémon también pueden aprenderlo, toda la relación entre entrenadores y Pokémon cambiaría radicalmente. Ya no estaríamos hablando de mascotas ni compañeros de combate. Estaríamos hablando de seres plenamente conscientes capaces de discutir las condiciones de su contrato laboral. Y sospecho que muchos tendrían algunas quejas.

Cuanto más analizas Pokémon, menos sentido tiene todo
Quizá esa sea precisamente la razón por la que sigue funcionando tan bien. Pokémon es uno de esos universos que parecen perfectamente normales mientras eres niño. Sin embargo, cuando empiezas a observar cómo funciona realmente su sociedad, descubres una cantidad absurda de preguntas sin respuesta, contradicciones biológicas, agujeros argumentales y decisiones gubernamentales que provocarían infartos masivos entre expertos en seguridad infantil, científicos, economistas y probablemente también entre varios psicólogos.
Pero, seamos sinceros, nadie ve Pokémon para descubrir una representación realista y coherente de una civilización avanzada. Lo vemos para acompañar a un chaval eternamente preadolescente mientras captura monstruos capaces de destruir ciudades, derrota organizaciones criminales que jamás aprenden la lección y recorre el planeta sin que nadie se pregunte dónde están sus tutores.
Porque el día que Pokémon tenga sentido probablemente dejará de ser Pokémon.