Si hoy existieran las redes sociales, Don Juan Tenorio tendría millones de seguidores, varias cuentas suspendidas por comportamiento inapropiado y probablemente un podcast de éxito llamado «Los siete hábitos de los conquistadores altamente efectivos». Mucho antes de Instagram, Tinder o TikTok, este personaje creado por José Zorrilla ya era una auténtica celebridad.
Publicada en 1844, Don Juan Tenorio es una de las obras más famosas de la literatura española. En ella encontramos amor, duelos, apuestas imposibles, fantasmas, cementerios, estatuas que cobran vida y algunos de los versos más memorables jamás escritos en castellano. Pero, sobre todo, narra la historia del mayor sinvergüenza de Sevilla, un hombre convencido de que cualquier problema podía resolverse a base de braguetazos.
Sin embargo, bajo esa fachada de conquistador incorregible también encontramos una de las historias de amor más intensas y trágicas de la literatura española, protagonizada por una de las parejas más inolvidables y desgraciadas de la ficción.
Lo mejor de la obra no es tanto su historia como los versos que la acompañan. Por eso, más que hacer un simple resumen, vamos a recorrer las aventuras de Don Juan a través de algunos de los fragmentos más brillantes que escribió José Zorrilla.
El currículum del desastre
La historia comienza en una hostería sevillana donde Don Juan Tenorio y Don Luis Mejía se reúnen un año después de haber realizado una apuesta: comprobar quién ha conquistado a más mujeres y quién ha enviado a más hombres al otro barrio. Así se las gastaban antes.
Como cabía esperar, Don Juan gana. Y lejos de mostrar arrepentimiento, aprovecha para recitar lo que podríamos considerar el currículum más preocupante de toda la literatura española:
Por dondequiera que fui,
la razón atropellé,
la virtud escarnecí,
a la justicia burlé
y a las mujeres vendí.
Yo a las cabañas bajé,
yo a los palacios subí,
yo los claustros escalé,
y en todas partes dejé
memoria amarga de mí.
No intenta justificarse. No busca excusas. No está confesando sus pecados. Está presumiendo de ellos. Pero aunque Don Juan se lleve toda la fama, su rival tampoco era precisamente un modelo de conducta. El cartel que colocó en la puerta de su residencia parisina deja bastante claras cuáles eran sus prioridades:
«Aquí hay un don Luis
que vale lo menos dos.
Parará aquí algunos meses,
y no trae más intereses
ni se aviene a más empresas,
que a adorar a las francesas
y a reñir con los franceses».
Jefazo.
El método científico de Don Juan
Tras ganar la apuesta, Don Juan decide subir todavía más la dificultad. Promete conquistar en una sola noche a la prometida de Don Luis, doña Ana de Pantoja, y también a una novicia llamada doña Inés. Y es que cuando explica cómo lleva a cabo sus conquistas, todo empieza a tener sentido:
—¿Cuántos días empleáis
en cada mujer que amáis?
—Uno para enamorarlas,
otro para conseguirlas,
otro para abandonarlas,
dos para sustituirlas,
y una hora para olvidarlas.
Para Don Juan, el amor es una cuestión de organizarse bien.
Sin embargo, las cosas no parecen tan sencillas. Doña Ana está profundamente enamorada de Don Luis y confía plenamente en él. Cuando ambos se encuentran en la puerta de su casa, ella intenta tranquilizarlo con unas palabras que dejan clara su fidelidad:
Duerme, don Luis, en paz,
que su audacia y su prudencia
nada lograrán de mí,
que tengo cifrada en ti
la gloria de mi existencia.
En otras palabras, Doña Ana está convencida de que Don Juan no tiene ninguna posibilidad. Aunque como suele ser habitual en estos casos, la realidad termina siendo bastante más complicada.

La novicia que se cargó el algoritmo
En la hostería también se encuentra Don Gonzalo de Ulloa, padre de doña Inés. Tras escuchar las barbaridades que cuentan los dos amigotes, decide cancelar el compromiso matrimonial que había acordado entre Don Juan y su hija. Lejos de rendirse, Tenorio se toma aquello como un desafío.
Consigue sacar a doña Inés del convento y llevarla a su quinta. Allí ocurre algo que nadie esperaba: el hombre que parecía resolver todos sus problemas a base de arrimar cebolleta, se enamora de la inocente muchacha tras escuchar como esta le declara su amor. La famosa escena del jardín contiene algunos de los versos más conocidos y hermosos de la literatura española:
¡Ah! ¿No es cierto, ángel de amor,
que en esta apartada orilla
más pura la luna brilla
y se respira mejor?
Pero la verdadera sorpresa llega cuando doña Inés le responde. La joven, criada en el convento y apartada del mundo, expresa unos sentimientos muy profundos y complejos:
Tu presencia me enajena,
tus palabras me alucinan,
y tus ojos me fascinan,
y tu aliento me envenena.
¡Don Juan! ¡Don Juan! Yo lo imploro
de tu hidalga compasión:
o arráncame el corazón,
o ámame, porque te adoro.
Y así, contra todo pronóstico, el conquistador profesional descubre que los sentimientos son bastante más complicados de lo que imaginaba.
Cuando empiezan a aparecer fantasmas, suele ser mala señal
Por desgracia, la felicidad dura poco. Don Gonzalo y Don Luis aparecen dispuestos a ajustar cuentas. Don Juan intenta convencerlos de que ha cambiado completamente en cinco minutos y de que ama sinceramente a doña Inés. Sorprendentemente, nadie le cree. La conversación termina con dos muertos, un fugitivo y un viaje improvisado a Italia.
Cinco años después, Don Juan regresa a Sevilla y encuentra un enorme panteón donde antes se levantaba el palacio de su familia. Allí descubre que doña Inés ha muerto y contempla su estatua entre las tumbas. Entonces sucede algo inquietante: la estatua desaparece y la sombra de doña Inés se presenta ante él.
La reacción de Don Juan nos muestra a un hombre muy distinto del que conocimos al principio:
¡Doña Inés! ¡Sombra querida,
alma de mi corazón,
no me quites la razón
si me has de dejar la vida!
Si eres imagen fingida,
sólo hija de mi locura,
no aumentes mi desventura
burlando mi loco afán.
El fanfarrón que se burlaba de todo empieza a comprender que quizá no era tan listo como pensaba. Y como si las apariciones fantasmales no fueran suficientes, Don Juan decide invitar a cenar a la estatua de Don Gonzalo para demostrar su valentía ante unos amigos. Y, contra toda lógica, la estatua acepta la invitación.
A partir de ese momento la obra se convierte en una mezcla imposible entre historia romántica, relato sobrenatural y película de terror gótico. Hay fantasmas, advertencias divinas, duelos, muertos que regresan y un protagonista que descubre que sus actos tienen consecuencias.
Finalmente, Don Juan comprende el daño que ha causado durante toda su vida. Cuando está a punto de ser arrastrado al infierno, se arrepiente sinceramente de sus pecados. Entonces aparece una vez más doña Inés. Ella ha ofrecido su alma para salvar la de él, y gracias a ese sacrificio ambos alcanzan la salvación. Y la obra concluye con unos versos que resumen el gran mensaje de Don Juan Tenorio:
La voluntad de Dios es;
de mi alma con la amargura
purifiqué su alma impura,
y Dios concedió a mi afán
la salvación de don Juan
al pie de la sepultura.

¿Por qué seguimos leyendo a este picaflor?
Quizá porque Don Juan es uno de esos personajes imposibles de olvidar. Es arrogante, impulsivo, irresponsable y tiene una capacidad sorprendente para tomar malas decisiones. Sin embargo, también posee un carisma irresistible.
Pero el verdadero secreto de la obra no está en sus conquistas, ni en sus duelos, ni siquiera en sus fantasmas. Está en sus versos. Versos divertidos, románticos, arrogantes, apasionados y trágicos que han sobrevivido generación tras generación. Y eso explica por qué, casi doscientos años después, seguimos hablando del mayor sinvergüenza que ha dado la literatura española. Porque las aventuras de Don Juan pueden parecernos exageradas, pero sus palabras siguen teniendo la extraña capacidad de quedarse a vivir en nuestra memoria mucho después de cerrar el libro.
Muy acertado tú comentario 👍👍
Muy interesante el artículo.
Describes muy bien al seductor, rebelde y libertino, que al final se arrepiente de sus pecados y alcanza la salvación.
👏👏👏