El poema de Gilgamesh: la primera gran historia de la humanidad

Hace más de cuatro mil años, cuando todavía no existían ni la Ilíada, ni la Odisea, ni la Biblia tal y como la conocemos, alguien escribió una historia que seguía una idea tan sencilla como demoledora: un hombre descubre que va a morir y decide declararle la guerra a la muerte.

Puede parecer una premisa moderna, pero no lo es. Es la primera gran epopeya de la humanidad, el relato que dio origen al héroe literario y que, miles de años después, sigue lanzándonos a la cara las mismas preguntas incómodas. ¿Qué sentido tiene la vida? ¿Qué hay después de la muerte? ¿Qué dejamos cuando desaparecemos? ¿Existe alguna forma de vencer al tiempo? ¿Si me convierto en un ciborg perderé mi humanidad? ¿Harán las paces algún día Andy y Lucas?

No sabemos quién escribió el Poema de Gilgamesh, pero sí sabemos que comprendía muy bien a los seres humanos. Porque esta no es solo una historia sobre monstruos, dioses caprichosos o aventuras increíbles. Es una historia sobre la amistad, el miedo, el dolor de perder a alguien y de la búsqueda desesperada de un significado para nuestra existencia. Y quizá por eso, después de cuatro milenios y medio, sigue pareciendo escrita para nosotros.

El primer héroe… y también el primer tirano

La historia empieza presentándonos a Gilgamesh, el rey de Uruk y, según el propio poema, dos tercios dios y un tercio hombre. Era el más fuerte, el más inteligente, el más poderoso de todos, el que tenía más estilo vistiendo y el mejor pelazo de toda Mesopotamia. El problema era que también era un auténtico déspota. Gobernaba convencido de que su voluntad estaba por encima de cualquier otra y los habitantes de Uruk terminaron suplicando ayuda a los dioses porque ya estaban hasta los cojones.

«Gilgamesh separa a los hijos de sus padres, 
día y noche suelta el freno a su arrogancia.
No deja a la doncella al lado de su madre,
ni a la hija del guerrero, ni a la esposa del noble.»

Curiosamente, el primer gran héroe de la literatura no empieza siendo un modelo de virtud. No es generoso, ni humilde, ni especialmente amable. Es orgulloso, arrogante, se tira a todo lo que se mueve y está convencido de que nadie puede hacerle frente. Y precisamente por eso los dioses deciden crear a alguien capaz de detenerlo.

Ese alguien será Enkidu. Y, sin saberlo, también será la persona que cambiará su vida para siempre.

Enkidu: el salvaje que enseñó humanidad a un rey

Los dioses escuchan las súplicas del pueblo y la diosa Aruru crea a Enkidu para poner fin a la tiranía de Gilgamesh. Sin embargo, no nace en un palacio ni entre la nobleza. Aparece en mitad de la naturaleza, cubierto de pelo, bebiendo en los ríos, corriendo en pelotas por las llanuras y viviendo como un animal más.

«Con las gacelas, en el llano, se alimenta de hierba;
con las bestias se abreva y con los rebaños se deleita bebiendo.»

Enkidu representa a un ser humano antes de la civilización. No conoce las ciudades, ni las leyes, ni el poder. Su único mundo es la naturaleza. Pero su fuerza es tan descomunal que empieza a destrozar las trampas de los cazadores y a liberar a los animales capturados. Harto de que se folle a sus cabras y destroce los cercados, un pastor acude a Uruk para pedir ayuda a Gilgamesh.

La solución de Gilgamesh resulta tan sorprendente como creativa: en lugar de enviar un ejército, manda a una prostituta. Tras pasar varios días con ella, Enkidu deja de ser aceptado por los animales y comienza a descubrir que el mundo de los hombres no está tan mal. Aprende a vestir, a comer pan, a beber cerveza y a hablar sin soltar perdigones. En cierto modo, nace por segunda vez.

«¡Eres sabio, oh Enkidu, eres bello como un dios!
¿Por qué andorrear por el llano con las bestias?
¡Ven conmigo! Te llevaré a la amurallada Uruk.»

La mujer lo lleva a la capital, y ambos gigantes se encuentran en las calles de Uruk, dónde se lían a mamporrazos, destrozándolo todo a su paso y liándola parada. Tenemos así el primer gran combate épico entre héroes de la literatura. Sin embargo, el desenlace no es el que esperaríamos. No hay un ganador. Ninguno mata al otro. Los dos comprenden que, por primera vez, han encontrado a alguien capaz de igualar su fuerza y sienten admiración. Y entonces sucede algo extraordinario: «Se besaron y sellaron su amistad.»

Puede parecer un detalle menor, pero no lo es. El primer gran héroe de la literatura no encuentra aquello que da sentido a su vida derrotando a un enemigo, sino encontrando a un amigo. A partir de ese momento, Gilgamesh y Enkidu serán supercolegas inseparables, y juntos emprenderán un viaje que los convertirá en leyendas… aunque también acabará cambiándolos para siempre.

Los dos amigos emprenden electrizantes aventuras

Aburrido de gobernar Uruk y habiendo encontrado un amigo capaz de seguirle el ritmo, Gilgamesh decide que ha llegado el momento de hacer lo que cualquier héroe mitológico haría: buscar un monstruo gigantesco y darse de hostias con él. Su objetivo será Huwawa, el aterrador guardián del Bosque de los Cedros, una criatura tan poderosa que incluso los dioses la temían.

«El fiero Huwawa vive en el bosque. 
Vamos, tú y yo, a darle muerte,
para librar del mal al país…
Su grito es la tempestad,
su boca vomita fuego,
su aliento es mortal.»

Enkidu, que conoce mejor que nadie los peligros del bosque, intenta convencer a Gilgamesh de que abandone aquella locura. Sabe que Huwawa no es un enemigo cualquiera y, por primera vez, siente miedo. Pero Gilgamesh hace lo que hacen los buenos amigos: en lugar de burlarse de él, le devuelve el valor y consigue convencerlo para continuar el viaje tras un discurso motivacional.

Lo curioso es que, poco después, los papeles se invierten. Es Gilgamesh quien comienza a tener sueños terribles que anuncian un destino incierto, y ahora será Enkidu quien tranquilice a su pana. Uno sostiene al otro cuando flaquea. Ninguno podría llegar hasta el final sin su compañero. Joder esto es precioso.

Finalmente, tras una durísima batalla, consiguen derrotar a Huwawa y regresan a Uruk convertidos en auténticas leyendas. Y es entonces cuando aparece uno de los personajes más temperamentales de toda la mitología mesopotámica. La diosa Ishtar queda fascinada por la belleza y la fama de Gilgamesh y quiere temita con él. Pero el héroe que ya tiene el ego por la estratosfera protagoniza uno de los rechazos más memorables de toda la historia de la literatura.

«¿Qué ganaría yo casándome contigo? 
No eres más que una ruina que no da abrigo,
una puerta que no resiste a la tormenta,
un palacio que los héroes han saqueado,
una trampa mal disimulada,
pringue que ensucia a quien la toca...»

Y así durante unas cuantas líneas más. Vamos, que Gilgamesh no solo rechazó a una diosa, decidió humillarla con una colección de insultos tan creativos que, miles de años después, siguen haciendo bastante risa. Ishtar, como era de esperar, no encaja demasiado bien semejante desplante. Furiosa, exige a su padre Anu que envíe un Toro Celeste para destruir a los dos amigos, amenazando incluso con abrir las puertas del inframundo si no le concede su deseo.

Pero Gilgamesh y Enkidu vuelven a luchar codo con codo y consiguen derrotar también a la bestia. La victoria parece absoluta. Han vencido al monstruo del bosque, han sobrevivido al Toro Celeste y hasta se han permitido el lujo de enfadar a una diosa. Les ha quedado una semana redonda.

A Gilgamesh le da la bajona

Hasta ese momento, Gilgamesh y Enkidu parecían imparables. Habían derrotado a Huwawa, habían humillado a Ishtar, habían matado al Toro Celeste y se habían ganado un lugar entre los grandes héroes de su tiempo. Pero los dioses deciden que alguien debe pagar por semejante desafío. Y el elegido no será Gilgamesh. Será Enkidu.

La enfermedad cae sobre él como una condena inevitable. Poco a poco, el titán que parecía indestructible comienza a apagarse sin que su amigo pueda hacer nada para impedirlo. El poema describe el dolor de Gilgamesh con una humanidad que sigue resultando sobrecogedora tanto tiempo después.

«Gilgamesh le pone la mano sobre el pecho: 
el corazón ya no late; 
abraza a su amigo como a una novia, 
ruge de dolor como un león,
como una leona a quien se ha quitado su cachorro;
vierte lágrimas, rasga sus vestidos 
y se despoja de sus adornos.»

No es la reacción de un rey. Tampoco la de un semidiós. Es la de cualquier ser humano que acaba de perder a alguien irremplazable. Y entonces llega la frase que cambia por completo el sentido del poema.

«¿No moriré yo también, como Enkidu?
El miedo se ha metido en mis entrañas;
la muerte me atemoriza y vago por la llanura.»

Ese instante lo cambia todo. Gilgamesh ya no busca gloria, ni fama, ni monstruos a los que derrotar. Por primera vez comprende que toda su fuerza no sirve de nada frente al único enemigo al que nadie ha conseguido vencer jamás. La muerte.

A partir de ese momento, el héroe deja atrás las aventuras para emprender un viaje mucho más difícil. Ya no pretende derrotar monstruos ni desafiar dioses. Ahora quiere encontrar al único hombre que ha logrado escapar de su destino. Quiere descubrir el secreto de la inmortalidad.

La búsqueda imposible de la inmortalidad

Destrozado por la muerte de Enkidu, Gilgamesh abandona Uruk y se lanza a la búsqueda de Utnapishtim, el único hombre al que los dioses concedieron la inmortalidad tras sobrevivir al gran diluvio. Si alguien conoce el secreto para escapar de la muerte, tiene que ser él.

El viaje es tan largo como desesperado. Cruza montañas custodiadas por hombres escorpión, atraviesa una oscuridad absoluta durante días enteros y llega hasta la tabernera Siduri, quien intenta hacerle comprender una verdad que ningún héroe quiere escuchar. Le aconseja que deje de perseguir un sueño imposible y disfrute de aquello que sí está al alcance de cualquier mortal: comer, beber, chingar, reír y compartir la vida con quienes quiere. En otras palabras, que deje de obsesionarse con la muerte y empiece a vivir.

Pero Gilgamesh no está dispuesto a rendirse. Continúa su viaje hasta encontrar a Utnapishtim, quien le relata cómo los dioses destruyeron el mundo con un inmenso diluvio y por qué él fue el único ser humano recompensado con la vida eterna. Sin embargo, también le deja claro que aquello fue una excepción irrepetible. Entonces pronuncia una de las reflexiones más hermosas y profundas de toda la literatura antigua.

«¿Acaso construimos casas para siempre? 
¿Acaso sellamos contratos para siempre?
¿Acaso los hermanos se reparten una herencia para siempre?
¿Acaso la crecida del río dura para siempre?»

Aun así, compadecido por su esfuerzo, Utnapishtim le revela la existencia de una planta capaz de devolver la juventud. Gilgamesh logra encontrarla en el fondo del mar y, por primera vez desde la muerte de Enkidu, vuelve a sentir esperanza. No pretende guardarla solo para él; quiere llevarla a Uruk y compartir su poder con los habitantes de la ciudad. Pero el destino todavía le tiene preparada una última lección.

Durante el viaje de regreso, una serpiente roba la planta mientras Gilgamesh contempla la escena impotente. Ha cruzado medio mundo, ha sobrevivido a peligros inimaginables y ha estado más cerca que nadie de vencer a la muerte. Y, aun así, regresa con las manos vacías.

Cuando finalmente vuelve a Uruk, comprende que lo que llevaba buscando desde el principio siempre había estado allí sin darse cuenta. La inmortalidad no estaba escondida en una planta milagrosa ni en un rincón perdido del mundo. Estaba en las enormes murallas de su ciudad, en las obras que había levantado y en el recuerdo que dejaría tras de sí. Gilgamesh ya había conseguido la inmortalidad.

La primera historia sobre lo que significa ser humano

El poema de Gilgamesh pertenece a ese reducido grupo de obras que sobreviven a su época para seguir hablándole a cada nueva generación. Más de cuatro mil y pico años después de que alguien grabara sus versos sobre tablillas de arcilla, seguimos reconociéndonos en un rey que lo tuvo todo y descubrió que en realidad no tenía nada. A menudo se dice que es la primera gran historia de la humanidad, y no es una exageración. Aquí ya están presentes el viaje del héroe, una amistad capaz de cambiarte, los monstruos, las pruebas imposibles, los dioses caprichosos y el deseo de dejar un legado. Pero, sobre todo, aparece una pregunta que nunca ha dejado de perseguirnos: ¿qué sentido tiene vivir si sabemos que vamos a morir?

Quizá la respuesta más dura llegue al final del propio poema, cuando Gilgamesh logra hablar por última vez con el espíritu de Enkidu y le pregunta cómo es el mundo de los muertos. La respuesta está muy lejos de ofrecer consuelo.

"Lo que has amado, lo que has acariciado y que placía a tu corazón, 
como un viejo vestido, está ahora roído por los gusanos.
Lo que has amado, lo que has acariciado y que placía a tu corazón,
está hoy cubierto de polvo.
Todo eso está sumido en el polvo
."

No hay un paraíso lleno de héroes ni una recompensa reservada para los valientes. Solo silencio, oscuridad y polvo. Es un final profundamente pesimista, pero también sorprendentemente honesto. El poema no intenta engañarnos con falsas promesas. Nos recuerda que todos compartimos el mismo destino. Y, sin embargo, hay una hermosa contradicción aquí. Gilgamesh dedicó su vida a buscar la inmortalidad y fracasó. Nunca encontró un elixir milagroso ni consiguió derrotar a la muerte. Pero terminó alcanzando una forma de eternidad mucho más poderosa: convertirse en el protagonista de la primera gran historia jamás escrita.

Quizá esa sea la verdadera enseñanza del poema. Ningún ser humano puede vivir para siempre. Pero nuestras acciones, nuestras obras, los tuits que publicamos y las historias que dejamos tras nosotros pueden seguir inspirando a quienes todavía no han nacido. Gilgamesh murió hace miles de años. Su historia, en cambio, sigue más viva que nunca.

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