Si has llegado hasta aquí sin leer la primera parte… ¿a qué juegas? Empieza por ella, porque vas a alucinar. Y cuando vuelvas, prepárate: en este segundo artículo llega Filipo II petándolo fuerte y también aparece por ahí Alejandro Magno y la guerra alcanza un nivel de brutalidad, estrategia e innovación que te va a explotar la cabeza.
Tebas se saca la chorra
Durante generaciones, Esparta había sido considerada invencible sobre tierra firme. Sin embargo, en el siglo IV a. C. apareció una ciudad dispuesta a romper ese mito: Tebas. Bajo el liderazgo de Pelópidas, Pammenes y, sobre todo, Epaminondas, los tebanos revolucionaron la forma de utilizar la falange y demostraron que una buena táctica podía derrotar incluso al ejército más temido de Grecia.
La mayor innovación de Epaminondas fue la llamada formación oblicua. En lugar de hacer avanzar toda la falange al mismo tiempo, concentró a sus mejores tropas en uno de los extremos de la formación, que atacaba primero, mientras el resto de la línea permanecía retrasado. La maniobra descolocó por completo a los espartanos y permitió a Tebas darle sopas con hondas, obteniendo una victoria histórica en la batalla de Leuctra en el 371 a. C., y poniendo fin a la hegemonía terrestre que Esparta había mantenido durante generaciones. La ciudad de Tebas se convirtió durante un breve periodo en la que repartía el bacalao en la zona.

Una pieza fundamental de aquel éxito fue el legendario Batallón Sagrado de Tebas, comandado por Pelópidas. Estaba formado por trescientos guerreros organizados en ciento cincuenta parejas de amantes masculinos. Los tebanos creían que un soldado lucharía con más ferocidad para proteger a la persona que amaba y que jamás huiría del combate si ello suponía avergonzarse ante ella. Lejos de ser una extravagancia, la idea resultó extraordinariamente eficaz, y el Batallón Sagrado se convirtió en una de las unidades de élite más temidas y respetadas de toda Grecia.
Pammenes también desempeñó un papel clave en el desarrollo y perfeccionamiento de estas innovaciones tácticas, que pocos años después serían estudiadas por un joven rehén macedonio llamado Filipo. El futuro rey de Macedonia tomó buena nota de todo cuanto hacían los tebanos y, como veremos a continuación, copió con la mayor sinvergonzonería todas estas innovaciones para mejorarlas y llevar el arte de la guerra al siguiente nivel.
Filipo el Tuerto tenía muy buen ojo
Filipo II (382-336 a. C.) suele ser recordado simplemente como el padre de Alejandro Magno, una fama bastante injusta si tenemos en cuenta que fue el verdadero arquitecto del Imperio macedonio. Cuando llegó al poder, Macedonia era un reino pobre, dividido y amenazado por todos sus vecinos. Apenas unas décadas después se había convertido en la mayor potencia militar de Grecia. Sin sus conquistas, sus alianzas y, sobre todo, sus profundas reformas militares, su hijo jamás habría conquistado medio mundo. En gran medida, las hazañas de Alejandro fueron posibles gracias al currazo de su viejo.
La base de aquella transformación comenzó años antes de que se convirtiera en rey. En el 368 a. C., Filipo fue enviado como rehén a Tebas, la gran potencia militar del momento, donde permaneció durante tres años aprendiendo de sus mejores generales. Allí estudió la falange tebana, la formación oblicua de Epaminondas y la importancia de la disciplina y la coordinación en el campo de batalla. Cuando regresó a Macedonia no se limitó a copiar aquellas ideas: las perfeccionó.

Tras la muerte de sus hermanos Alejandro II y Pérdicas III, Filipo asumió la regencia de su joven sobrino Amintas IV y, en el 359 a. C., después de apartar del trono descaradamente al chaval y deshacerse de los principales aspirantes al trono, se convirtió en rey de Macedonia. Consciente de que las grandes familias podían convertirse en un problema, obligó a los hijos de la nobleza a servir en la corte como basilikoi paides o pajes reales. Oficialmente recibían formación en filosofía, política y estrategia militar; en la práctica, también actuaban como rehenes de lujo para asegurarse de que sus padres no tuvieran ideas peregrinas sobre quién debía llevar la corona.
El martillo y el yunque
El núcleo del nuevo ejército seguía siendo la falange, aunque muy diferente de la griega tradicional. Sus hombres iban armados con la famosa sarissa, una enorme lanza de unos seis metros de longitud —algunas fuentes hablan incluso de más de siete metros— que pesaba alrededor de cinco kilos. Varias filas de puntas sobresalían por delante de la formación, convirtiéndola en un auténtico bosque de lanzas imposible de atravesar de frente. Además, la falange macedonia podía adoptar diferentes disposiciones, como la formación recta, la oblicua o la cuña, según las necesidades del combate.
Sin embargo, aquella formación también tenía importantes limitaciones. Era lenta, necesitaba terrenos relativamente llanos y perdía gran parte de su eficacia si se rompía el orden o el enemigo conseguía abrir brecha. Por sí sola era temible, pero Filipo comprendió que necesitaba más trucos si quería ser el number one.

Así que buscó un complemento, la famosa caballería de los Compañeros (hetairoi), formada por la aristocracia terrateniente macedonia. Armados con largas lanzas y protegidos por corazas de metal o cuero, estos jinetes de élite cargaban en formación de cuña buscando los puntos débiles del enemigo. Mientras la falange inmovilizaba al ejército rival, la caballería golpeaba sus flancos o su retaguardia con una violencia devastadora. Había nacido la táctica del martillo y el yunque: la infantería sujetaba al enemigo como un yunque mientras la caballería lo machacaba sin piedad y con alevosía como un martillo.
El ejército se completaba con los hipaspistas, una infantería de élite mucho más flexible que la falange y encargada de enlazarla con la caballería de los flancos. Además de arqueros cretenses, lanceros, exploradores tracios, honderos y otras tropas ligeras capaces de adaptarse a cualquier situación. Por primera vez en Grecia, todas las piezas de un ejército trabajaban de forma coordinada.
Una máquina de guerra letal de necesidad
Las reformas de Filipo fueron mucho más allá del campo de batalla. Macedonia se convirtió en el primer reino griego, junto con Esparta, en mantener un ejército permanente y profesional. El entrenamiento era constante, la disciplina férrea y el mantenimiento del equipo obligatorio. Las regulaciones de Anfípolis incluso establecían multas para quienes no le sacaban brillo a su armadura o no llevaran las grebas reglamentarias.
El rey también endureció la vida en campaña. Prohibió que los oficiales viajaran en carruajes, limitó el número de ayudantes y obligó a sus soldados a recorrer largas marchas cargando provisiones para un mes entero. Hasta bañarse con agua caliento prohibió el muy cabrón. Aunque los falangistas no recibían un sueldo fijo durante su reinado, el Estado les proporcionaba el costoso equipo militar y podían enriquecerse mediante el reparto del botín de guerra. Y teniendo en cuenta lo mucho que le gustaba guerrear y saquear a este señor, ni tan mal.
Otro de los grandes avances llegó con la ingeniería militar. Filipo contrató al ingeniero Poliído de Tesalia, impulsó talleres permanentes dedicados a la fabricación de máquinas de asedio y promovió el desarrollo de nuevas catapultas de torsión, enormes torres móviles y sofisticados sistemas para derribar murallas. Aquella capacidad técnica sería decisiva durante las campañas de Alejandro Magno, que heredaría el ejército más puntero, disciplinado y eficaz de toda la Antigüedad.
Gracias a esta formidable maquinaria militar, Filipo logró someter a ilirios, peonios y tracios, incorporar Tesalia y su prestigiosa caballería, convertirse en el líder indiscutible de Grecia y preparar la gran expedición contra el Imperio persa. El rey moriría asesinado antes de iniciar aquella campaña. Sería su hijo Alejandro quien terminaría de escribir la última página de una historia que, en realidad, había comenzado muchos años antes con las reformas de su padre.

El legado de la revolución militar griega
Cuando Alejandro Magno heredó el trono en el 336 a. C. no recibió simplemente un reino poderoso, sino el ejército más avanzado del mundo conocido. La falange macedonia, la caballería de los Compañeros, las máquinas de asedio, la disciplina y la organización creadas por Filipo II le permitieron conquistar un imperio que se extendía desde Grecia hasta la India en poco más de una década. El culmen de aquella revolución llegó en la batalla de Gaugamela, donde el ejército macedonio derrotó a un enemigo muy superior en número y selló el destino del Imperio persa. Alejandro fue, sin duda, un genio militar, pero también el heredero de una revolución que había comenzado siglos antes con los hoplitas de la antigua Grecia.
El legado de aquellas innovaciones no terminó con Macedonia. Los romanos estudiaron y combatieron contra la falange antes de desarrollar sus legiones, mucho más flexibles y adaptables, que dominarían el Mediterráneo durante siglos. Más adelante, formaciones compactas como los cuadros de piqueros suizos o los célebres Tercios españoles volverían a demostrar que la disciplina, la coordinación y el combate colectivo seguían siendo mucho más decisivos que el heroísmo individual. Porque, al fin y al cabo, la gran lección de la guerra en la antigua Grecia sigue siendo la misma casi tres mil años después: las batallas no las ganan los héroes solitarios, sino los ejércitos capaces de luchar como un solo hombre, de latir con un solo corazón, de moverse como un solo músculo, de fundir miles de voluntades en una sola, de convertirse, unidos, en una fuerza de la naturaleza imparable, de estar dispuestos a morir por la patria, de dar hasta la última gota de sangre por el compañero, de transformar el miedo en disciplina, el sacrificio en victoria y a hombres corrientes en leyendas inmortales… Perdón. Me he venido un poco arriba. Me estaban entrando unas ganas locas de conquistar Persia…
En fin… espero haberos entretenido y gracias por acompañarme en este viaje a través del arte de la guerra en la antigua Grecia.