Gaugamela: cuando Alejandro Magno decidió conquistar el mundo

Hay batallas sin importancia. Hay batallas decisivas. Y luego están esas pocas que cambian el rumbo de la historia para siempre. Y ahí entra la batalla de Gaugamela 331 a.C., el momento exacto en el que un rey macedonio de apenas veinticinco años destruyó el imperio más poderoso del planeta y cambió para siempre la historia del mundo antiguo.

Porque Gaugamela no fue simplemente otra victoria de Alejandro Magno. Fue el instante en el que el Imperio Persa dejó de parecer invencible. Después de aquella batalla, Dario III ya no volvería a gobernar realmente nada, y Alejandro pasó de ser un conquistador brillante a convertirse en una figura casi mitológica.

Y lo más increíble de todo es que el macedonio lo tenía prácticamente todo en contra.

Macedonia: el país de pastores que acabó dominando Grecia

Para entender esta batalla hay que retroceder un poco. Porque Macedonia no era originalmente la gran potencia del mundo griego. De hecho, muchos griegos consideraban a los macedonios poco menos que bárbaros que apenas sabían hablar correctamente.

Todo cambió con Filipo II, el padre de Alejandro. Filipo cogió un reino mediocre rodeado de enemigos y lo transformó en la maquinaria militar más eficiente de su tiempo. Reformó completamente el ejército, profesionalizó a los soldados y creó una estructura táctica revolucionaria.

La pieza central era la falange macedonia: miles de hombres armados con sarissas gigantescas de hasta seis metros que avanzaban como un erizo humano imposible de atravesar frontalmente. Aquello no era simplemente una línea de infantería. Era una trituradora industrial de hoplitas.

Pero la genialidad real estaba en cómo se combinaban las tropas. La falange sujetaba al enemigo mientras, en los flancos, la caballería pesada de los Compañeros golpeaba los laterales y la retaguardia rival como un martillo devastador. Martillo y yunque. Fijar y destruir. Y Alejandro dominaba ese sistema como nadie.

Cuando Filipo fue asesinado en el 336 a.C., su hijo heredó no solo un reino poderoso, sino probablemente el mejor ejército del planeta. Y tenía clarísimo qué hacer con él: conquistar Persia.

¿Por qué invadir Persia?

Aquí también hay mucho mito. No era simplemente “Alejandro quería conquistar el mundo porque sí”, aunque claramente el hombre tenía una tendencia preocupante a intentar conquistar cualquier cosa que viera en el horizonte. La invasión tenía motivos políticos, económicos y personales.

Por un lado, estaba la vieja rivalidad entre griegos y persas tras las Guerras Médicas. La idea oficial era vengar las antiguas invasiones persas sobre Grecia. Sonaba heroico, patriótico y quedaba estupendamente en los discursos. Pero también había razones mucho más prácticas: Persia era absurdamente rica. Controlaba Asia Menor, Egipto, Babilonia y algunos de los territorios más prósperos del mundo conocido. Conquistar el Imperio persa significaba obtener dinero infinito, prestigio absoluto y poder sobre prácticamente todo el mundo civilizado.

Además, Alejandro necesitaba mantener ocupado a un ejército gigantesco acostumbrado a guerrear constantemente. Un ejército macedonio sin campañas militares probablemente habría acabado dedicándose a conspirar y organizar golpes de Estado cada dos por tres. Y su padre ya había comenzado los preparativos antes de morir, estableciendo incluso una cabeza de puente en Asia Menor.

Pero la verdadera razón de por qué Alejandro decidió lanzarse a una empresa tan descomunal nunca la sabremos del todo. Probablemente fuese una mezcla de ambición personal, propaganda política, deseo de gloria y la convicción de que estaba destinado a algo extraordinario.

Gaugamela: una llanura perfecta para matar macedonios

Y aquí está lo importante: Gaugamela no fue la primera vez que Alejandro se enfrentó a Persia. Tras consolidar su posición en Grecia, cruzó el Mar Egeo e invadió las provincias persas de la actual Turquía. Allí tuvo lugar la batalla del Gránico, en el 334 a.C., donde derrotó a los sátrapas persas de Asia Menor. Después vino Issos, un año más tarde, donde Alejandro venció directamente al propio Darío III y obligó al Gran Rey a huir dejando atrás incluso a su familia. Aquello fue humillante.

Pero Persia seguía viva. Seguía teniendo recursos inmensos, millones de súbditos y espacio infinito del que sacar soldados. Así que Darío decidió preparar una batalla definitiva donde aplastar de una vez a los macedonios. Y eligió cuidadosamente el terreno.

Darío escogió la llanura de Gaugamela, al norte de Irak, porque favorecía enormemente a su ejército. El terreno fue allanado expresamente para permitir cargas masivas de caballería y el uso de carros falcados: unos vehículos maravillosos con cuchillas gigantes en las ruedas cuya función principal era convertir infantería enemiga en carne picada.

Y es que el ejército persa era gigantesco. Las cifras antiguas son absurdas y seguramente exageradas, pero incluso reduciéndolas muchísimo, los persas seguían superando ampliamente a Alejandro. Había persas, medos, bactrianos, escitas, indios y tropas llegadas de medio imperio. Caballería pesada, arqueros, carros y hasta elefantes. Plutarco y Arriano hablan de un millón de efectivos, aunque los historiadores modernos calculan que probablemente rondaban los 200.000 o 250.000 hombres. Que ya está bastante bien.

Frente a ellos, Alejandro tenía unos 47.000 soldados aproximadamente. Pero eran veteranos profesionales que llevaban años luchando juntos y siguiendo a un comandante que combatía en primera línea como si tuviera un pacto firmado con la muerte. En oposición, gran parte de las tropas persas habían sido reclutadas apresuradamente entre poblaciones locales y carecían tanto de formación militar como de cohesión entre ellas. Lo más probable es que muchos combatieran con armas de caza adaptadas y no con armamento realmente militar. El fuerte persa seguía siendo la caballería y los arqueros, aunque también contaban con unidades de élite como los famosos Inmortales, el auténtico poder persa residía sobre todo en su enorme superioridad numérica.

La formación de los dos ejércitos

Los macedonios llegaron a la llanura el 30 de septiembre del 331 a.C. y se encontraron con el campamento enemigo. Alejandro desoyó entonces los consejos de Parmenión, que sugirió atacar de noche: “Yo no hurto la victoria”, le dijo. Darío debía ser humillado a plena luz del día delante de sus hombres. Además, una batalla nocturna siempre era peligrosa: las formaciones tendían a romperse y los soldados podían perderse fácilmente en el caos.

Tras montar un campamento protegido con foso y empalizada, Alejandro inspeccionó personalmente el terreno y eliminó las estacas, bolas con pinchos, triboloi y otras trampas colocadas por los persas. El macedonio conocía su existencia gracias a un desertor.

Al día siguiente ambos ejércitos formaron uno frente al otro. En el flanco izquierdo persa, Darío colocó la caballería bactriana comandada por Bessos, junto a jinetes de distintos pueblos del Asia Central. En el centro situó las tropas de Siria y Mesopotamia, medos, partos, indios, babilonios, los Inmortales y la guardia que protegía al Gran Rey. También estaban allí los cien carros falcados y los quince elefantes, desplegados en vanguardia. A la derecha se encontraba Maceo con tropas procedentes de Mesopotamia y del golfo Pérsico. Los persas habían imitado parcialmente la estructura táctica macedonia: infantería en el centro y caballería en ambos flancos. Pero existía un problema enorme. El ejército persa estaba formado por más de treinta pueblos distintos, con idiomas diferentes, culturas distintas, estructuras militares incompatibles y formas completamente distintas de luchar. La única cosa que realmente unía a aquel ejército era la lealtad a Darío. Y Alejandro sabía perfectamente que, si conseguía hacer huir al rey persa, gran parte del ejército se desmoronaría psicológicamente.

La formación macedonia era mucho más compacta y cohesionada. Los Compañeros de la caballería de élite, ocupaban el ala derecha junto a Alejandro. A continuación, estaban los hipaspistas dirigidos por Nicanor, seguidos por la falange principal y el ala izquierda de infantería bajo las órdenes de Crátero. En el extremo izquierdo se situaba la caballería aliada dirigida por Parmenión. Además, por precaución, Alejandro colocó una segunda línea detrás de la principal para reaccionar si los persas lograban rodearlos.

Delante del ala derecha desplegó tropas ligeras, arqueros, mercenarios veteranos y caballería ligera con órdenes de hostigar continuamente al enemigo y abrir huecos en las líneas persas. Este cuerpo era el que estaba más cerca del enemigo y el primero que entraba en combate. A la izquierda había otro destacamento parecido, preparado para evitar un posible flanqueo. Por último, Alejandro dejó en retaguardia un contingente tracio encargado de proteger los equipajes y el campamento. Todo estaba pensado.

Comienza la batalla

Alejandro, a lomos de su legendario Bucéfalo, dirigió a la caballería de su ala derecha hacia el exterior del campo de batalla, avanzando oblicuamente hasta casi abandonar la zona allanada por los persas. Darío reaccionó inmediatamente y ordenó a su caballería seguirlo para evitar ser flanqueado. Y ahí empezó la trampa.

La intención de Alejandro era estirar las líneas persas para abrir huecos entre sus unidades. Mientras avanzaba, envió destacamentos ligeros a hostigar constantemente a la caballería rival. Estas pequeñas escaramuzas tenían un objetivo muy concreto: provocar desorden. Las unidades macedonias cargaban y se retiraban repetidamente, obligando a los persas a perseguirlas y rompiendo poco a poco la cohesión de sus formaciones.

Los persas tenían mejor equipo y causaron numerosas bajas durante estos primeros choques, pero también empezaron a desorganizarse. Entonces Darío lanzó su gran arma secreta: los famosos carros falcados. Y aquello salió regular tirando a mal. Los lanzadores de jabalinas macedonios comenzaron a acribillarlos antes de que alcanzaran sus líneas. Los caballos, aterrorizados, empezaron a desviarse o a perder el control.

Y los pocos carros que consiguieron llegar hasta la falange encontraron otro problema: Alejandro había ordenado abrir filas para dejar pasar los vehículos entre huecos. Muchos terminaron atravesando las líneas sin causar apenas daño antes de ser masacrados en el campamento macedonio. Darío acababa de perder una de sus mejores armas prácticamente para nada.

La carga decisiva de Alejandro

Mientras tanto, Alejandro continuó desplazándose hacia la derecha, arrastrando tras de sí a gran parte del ala izquierda persa. Y entonces apareció el hueco. Los persas habían estirado demasiado sus líneas y Alejandro no perdió ni un segundo. La caballería macedonia giró bruscamente y cargó directamente contra el centro persa en formación de cuña. Aquello era una maniobra absurdamente arriesgada. Y También la favorita del rey macedonio.

Cargar frontalmente contra una masa gigantesca de infantería no consistía simplemente en “atropellar gente”. El objetivo real era generar pánico, abrir huecos y romper la cohesión rival. Si el enemigo mantenía la formación, el caballo podía detenerse de golpe y lanzar al jinete al suelo. Pero Alejandro dominaba este tipo de cargas psicológicas como nadie. Sus Compañeros se lanzaron directamente entre los huecos y avanzaron hacia la posición de Darío mientras la falange macedonia iba detrás para sostener el ataque.

Por un momento, Alejandro estuvo a punto de quedar rodeado. Los persas reaccionaron rápidamente e intentaron cerrar el hueco alrededor del rey macedonio. Pero la infantería de Alejandro llegó justo a tiempo y consiguió rechazar a los persas antes de que lo aislaran completamente. Entonces llegó el caos.

 El auriga del carro de Darío murió atravesado por una lanza y muchos persas creyeron erróneamente que el propio rey había caído. El pánico comenzó a extenderse. Bessos quedó aislado del resto del ejército y el centro persa empezó a abrirse todavía más. Darío dudó unos instantes. Tal vez si hubiera mantenido el tipo, habría conseguido rehacer sus líneas… pero finalmente huyó. Y ahí se acabó prácticamente la batalla.

Porque en los ejércitos antiguos, cuando el rey escapaba, muchísimos soldados interpretaban automáticamente que todo estaba perdido. Mientras Darío huía, la mitad de su ejército se desmoronó, la caballería de su ala izquierda, completamente aislada acabó siguiéndolo, y el centro ya era un completo caos. Esto había sido un mazazo enorme para los persas, mientras los macedonios veían a su rey luchar junto a ellos.

El desastre del ala izquierda macedonia

Sin embargo, la batalla todavía no había terminado. El ala izquierda macedonia, comandada por Parmenión, estaba sufriendo muchísimo. A diferencia del ala derecha de Alejandro, Parmenión se había mantenido principalmente a la defensiva. Esta disposición oblicua del ejército, inspirada originalmente por el general tebano Epaminondas y perfeccionada después por Filipo y Alejandro, permitía concentrar el esfuerzo principal en un único punto del frente, en este caso en el ala derecha, donde el rey en persona comandaba a sus mejores jinetes. Pero también implicaba riesgos.

La izquierda macedonia estaba soportando una presión brutal. Unos 3.000 jinetes persas consiguieron atravesar las líneas y llegar incluso hasta la retaguardia. Maceo envió además otra fuerza de caballería hacia el campamento macedonio, probablemente con intención de rescatar a la familia de Darío capturada tras Issos. Parece ser que algunos persas lograron llegar hasta donde se encontraba la reina, aunque esta rechazó marcharse con ellos. Sin embargo, allí se toparon con las reservas que Alejandro había dejado estratégicamente en retaguardia y terminaron siendo rechazados.

Tradicionalmente se cuenta que Parmenión envió un mensaje desesperado pidiendo ayuda a Alejandro mientras este perseguía a Darío. Pero esta historia probablemente sea falsa. En un campo de batalla tan gigantesco, lleno de miles de hombres envueltos en polvo, humo y caos, encontrar exactamente al rey habría sido casi imposible.

Además, es poco probable que Alejandro hubiese abandonado completamente el campo en persecución de Dario sin asegurarse antes de que su ejército estaba a salvo. Sea como fuere, Alejandro terminó girando hacia la izquierda y lanzó una nueva carga, atrapando a los persas entre su caballería y la de Parmenión. Aquí tuvo lugar uno de los combates más violentos de toda la batalla

Murieron sesenta Compañeros y varios generales macedonios resultaron heridos. Pero finalmente la línea persa empezó a colapsar también en ese sector. Cuando los persas descubrieron que Darío había huido, la retirada se convirtió rápidamente en desbandada. La batalla había acabado.

El día que el mundo cambió

Dueño por fin del campo de batalla, Alejandro retomó la persecución de Darío hasta Arbela, donde capturó gran parte del tesoro persa. Perdió más de mil caballos durante aquella persecución frenética y terminó regresando al campamento sin haber conseguido atrapar a su eterno rival.

Las cifras de bajas varían muchísimo según las fuentes antiguas. Arriano habla de cientos de miles de persas muertos, aunque las cifras modernas son mucho más prudentes. Probablemente, los persas sufrieron decenas de miles de bajas frente a unas pérdidas macedonias relativamente reducidas. Pero lo verdaderamente importante de Gaugamela no fueron las cifras, sino sus consecuencias.

Porque tras aquella derrota el Imperio Persa quedó herido de muerte. Darío todavía seguiría huyendo durante un tiempo, pero ya no volvería a reunir un ejército capaz de detener a Alejandro. Las grandes ciudades del imperio —Babilonia, Susa y posteriormente Persépolis— quedaron abiertas ante el avance macedonio. El hombre que había salido de Grecia como rey de Macedonia terminó convirtiéndose, de facto, en dueño de media Asia.

Y el impacto de aquello fue gigantesco. El Imperio Persa llevaba más de dos siglos siendo la mayor potencia del mundo conocido. Había dominado Oriente Próximo, sometido pueblos enteros y amenazado incluso a las polis griegas durante generaciones. Para muchos contemporáneos parecía prácticamente invencible. Gaugamela destruyó esa imagen para siempre.

Además, la batalla marcó también un cambio histórico a nivel cultural. Las conquistas de Alejandro expandieron la cultura griega por Egipto, Mesopotamia y gran parte de Asia, dando origen al llamado mundo helenístico. Ciudades, idiomas, comercio, filosofía y ciencia comenzaron a mezclarse entre Oriente y Occidente como nunca antes había ocurrido. Incluso siglos después, Roma heredaría gran parte de ese mundo creado tras las conquistas de Alejandro.

Por eso Gaugamela no fue simplemente una batalla más. Fue el momento exacto en el que el rey de un pequeño estado destruyó el mayor imperio de su época y cambió el mundo para siempre.

2 comentarios en «Gaugamela: cuando Alejandro Magno decidió conquistar el mundo»

  1. Artículo muy interesante y bien construido. Su lectura me ha gustado y ayudado a entender mejor a ese personaje histórico, Alejandro Magno.

    Responder

Deja un comentario

Esta página web utiliza cookies   
Privacidad