Hay series malas con finales malos. Eso no duele demasiado. Ves el desastre venir desde lejos y simplemente abandonas el barco antes de que sea demasiado tarde. El problema de verdad llega cuando una serie increíble, una historia que llevas años siguiendo con cariño enfermizo, decide estrellarse contra un muro en los últimos episodios como una mosca dándose de cabezazos contra la ventana hasta morir.
Y pocas cosas generan más rabia que eso. Porque un mal final no solo fastidia el último capítulo: puede cambiar completamente cómo recuerdas toda la serie. Horas y horas de desarrollo, personajes, misterios y tramas que terminan explotando en tu cara por culpa de decisiones absurdas, prisas, fanservice o guionistas perdiendo completamente el rumbo.
Así que aquí van cinco finales que consiguieron lo imposible: hacer que millones de personas se quedaran mirando la pantalla pensando: “¿pero qué cojones acabo de ver?”
Dexter: el asesino en serie que acabó llorando en una cabaña
Dexter tenía una premisa espectacular: un asesino en serie que canaliza sus impulsos matando criminales peores que él. Y durante varias temporadas funcionó increíblemente bien gracias al personaje de Dexter Morgan y villanos brutales como Trinity.
Pero el final fue una mezcla muy rara entre anticlimático y ridículo. Después de años construyendo el conflicto interno entre monstruo y humanidad, Dexter termina fingiendo su muerte tras un huracán y escondiéndose como leñador en mitad de la nada.
Y el problema no es solo que sea absurdo. Es que la serie abandona completamente cualquier consecuencia interesante. Dexter no afronta realmente sus actos, no es descubierto y ni siquiera intenta luchar por reconstruir algo con su hijo. En vez de eso, entra en un modo de autocompasión infinita: “soy un monstruo, mejor desaparezco”.
Y encima la serie deja en coma a Debra de una forma tristísima y completamente gratuita, solo para hacer que este tenga que matarla de un poco por la cara. Parece que los guionistas confundieron tragedia con depresión emocional aguda. El resultado final da la sensación de que la serie ha renunciado a cerrar realmente su propia historia.

Perdidos: cajas misteriosas, humo negro y guionistas improvisando
Perdidos fue probablemente la serie que más obsesionó a internet antes de que internet se fuera completamente de control. Cada episodio añadía un misterio nuevo: la escotilla, los números, la Iniciativa Dharma, el humo negro, Jacob, los osos polares, los viajes temporales, las líneas alternativas, las visiones, las reglas de la isla…
Y durante años daba igual no entender nada porque la serie era fascinante. El problema es que llegó un momento donde quedó clarísimo que los propios guionistas no tenían ni idea de cómo terminar aquello.
Perdidos se convirtió en el ejemplo perfecto de las famosas “cajas misteriosas”: introducir enigmas constantemente para mantener al espectador enganchado, aunque no tengas respuestas pensadas de antemano. Y eso explota completamente en el final.
Muchas tramas terminan con explicaciones vagas, otras directamente desaparecen y gran parte de la última temporada parece escrita improvisando sobre la marcha. Especialmente todo el tema de las líneas alternativas y la resolución espiritual final.
La serie seguía teniendo personajes buenísimos y momentos emocionales brutales, pero daba constantemente la sensación de que el misterio había crecido muchísimo más de lo que podía resolverse de forma satisfactoria. Era como ver a alguien abrir una matrioshka infinita.

Stranger Things: ya no hay peligro real
Stranger Things empezó siendo una mezcla maravillosa de terror ochentero, misterio y aventuras infantiles. La primera temporada funcionaba precisamente porque daba sensación de peligro real y de que los protagonistas estaban completamente superados por aquello.
Pero conforme avanzó la serie empezó a aparecer un problema enorme: la armadura de guion. Ya nadie importante muere. Ya nadie parece realmente en peligro. Y todos los planes absurdos salen bien porque sí.
La última temporada está llena de personajes explicando larguísimos planes suicidas que, milagrosamente, funcionan exactamente como esperaban. Todo queda sobreexplicado constantemente y la tensión desaparece porque sabes que prácticamente nadie relevante va a sufrir consecuencias reales.
Y luego está todo el tema del Mund del Revés, y del Abismo, que no tienen sentido. Resulta que allí la gravedad funciona igual, los niveles de oxígeno, la temperatura, la física. Y justo cuando va a tener lugar la batalla final contra el villano, no hay ni un solo demogorgon. No me jodas, ¿por qué no tienes un ejército en tu guarida secreta?
El mundo alternativo dejó de parecer un lugar aterrador y desconocido para convertirse básicamente en “Hawkins con filtro rojo”. Y claro, cuando ya no existe sensación de peligro real, el terror desaparece completamente.

Juego de Tronos: el mayor colapso televisivo de la historia
Juego de Tronos fue durante sus primeras temporadas una serie sobresaliente. Pero claro, cuando se acabó e material de George R. R. Martin descubrimos que los guionistas no tenían tanto talento como pensábamos.
Durante años parecía la serie definitiva: política, traiciones, guerras, personajes complejos y una sensación constante de que cualquiera podía morir en cualquier momento. La televisión entera giraba alrededor de Juego de Tronos. Y luego llegó la última temporada.
Todo empezó a ir aceleradísimo. Personajes que antes necesitaban temporadas enteras para llegar de un sitio a otro, ahora parecían teletransportarse entre continentes. Las personalidades cambiaban completamente entre episodios. Tramas gigantescas se resolvían en minutos y las estrategias militares parecían diseñadas por un grupo de estudiantes de instituto emporrados.
La batalla contra los Caminantes Blancos es probablemente el mejor ejemplo. Ocho temporadas construyendo la amenaza definitiva… para luego mandar literalmente a la caballería a suicidarse a oscuras contra un ejército infinito de muertos. Y luego está Daenerys. La idea de convertirla en villana podía funcionar perfectamente. El problema es que la transición ocurre tan rápido que parece que alguien activó un interruptor: “hoy toca genocidio”.
Todo el final transmite una sensación clarísima: prisa. Como si los guionistas quisieran terminar cuanto antes sin desarrollar realmente las consecuencias emocionales o políticas de nada. Y eso convirtió uno de los mayores fenómenos televisivos de la historia en una decepción colectiva gigantesca.

The Boys: cinco temporadas para acabar en una pelea de 5 minutos
The Boys empezó siendo una sátira salvajísima sobre superhéroes, poder, corrupción y corporaciones sin escrúpulos. Violenta, incómoda, caótica, divertida y bastante inteligente. El problema es que con el tiempo la serie empezó a girar en círculos. Y el final deja muchísimo esa sensación.
Gran parte de la última temporada consiste básicamente en personajes yendo de un lado a otro, discutiendo planes constantemente y retrasando el conflicto final una y otra vez. Da la impresión de que la serie estira artificialmente la historia porque no sabe realmente cómo cerrar a Patriota sin romper completamente el mundo.
Y luego llega el enfrentamiento final… y resulta muchísimo más sencillo de lo esperado. Después de vender a Patriota durante años como una especie de dios incontrolable capaz de destruir países enteros, al final Carnicero en solitario consigue ponerlo contra las cuerdas. Y muchas resoluciones se sienten apresuradas o directamente sacadas de la manga. Esperábamos una batalla final entre cientos de supers, un apocalipsis planetario, poderes brutales desatados y muertes a cascoporro.
Al final Kimiko se saca un poder del culo en el penúltimo capítulo y se cuelan en una Casa Blanca que prácticamente tiene las puertas de par en par y está completamente desprotegida. Y la pelea final es bastante corta y simplona. ¿Y donde vainas está Soldier Boy? Que desperdicio de personaje.
The Boys funcionaba mejor cuando parecía una bomba a punto de estallar. Cuando daba miedo pensar qué podía hacer Patriota si perdía completamente la cabeza. Pero conforme avanzó la serie, muchas amenazas dejaron de sentirse reales porque siempre aparecía alguna excusa para posponer el desastre definitivo.
Personajes desaprovechados, conveniencias de guion, villanos estúpidos y resoluciones desaprovechadas… Un apena tratándose de una de las mejores series de superhéroes de la historia.

Bonus track: Los Serrano: resulta que todo era un sueño de Resines
Los Serrano merece entrar aquí como bonus especial porque lo suyo ya no fue un mal final. Fue terrorismo audiovisual. Durante años la serie mezcló humor familiar, drama y caos costumbrista español hasta convertirse en una de las series más populares de la televisión española. Y luego llegó el final.
Diego Serrano despierta en la cama y descubrimos que TODO lo ocurrido durante temporadas enteras era un sueño suyo. Literalmente el recurso narrativo más vago y tramposo imaginable.
Da igual lo que hubiera pasado, los personajes, las relaciones o los dramas. Nada importaba porque resulta que lo que había ocurrido es que a Antonio Resines se le había ido de las manos una siesta.
Y lo peor es que este final se convirtió tan rápido en meme nacional que mucha gente recuerda más la fumada final que la serie entera.

El problema de los finales
Hacer un buen final es dificilísimo. Porque una serie larga acumula expectativas enormes, teorías, evolución de personajes y años de apego emocional.
Pero hay algo todavía peor que un final triste: un final que parece no entender su propia serie. Y eso es lo que tienen en común todos estos ejemplos. No molestan simplemente porque terminen mal. Molestan porque da la sensación de que los personajes, el tono o las reglas del mundo dejan de funcionar justo al final. Y se siente como una falta de respeto a unos personajes a los que queremos y que son prácticamente parte de nuestra familia.
Aun así, lo curioso es que muchas de estas series siguen siendo buenísimas. Porque un mal final puede fastidiar parte del viaje… pero no borra completamente todo lo que hizo que millones de personas se enamoraran de ellas en primer lugar.