En las montañas de la locura: cagándonos de miedo con Lovecraft desde hace un siglo

¿Qué puede haber más terrorífico que descubrir que la humanidad no es más que un accidente insignificante en un universo tan antiguo como indiferente? Esa fue la pregunta que H. P. Lovecraft nos lanzó al careto hace casi un siglo con En las montañas de la locura, una novela que no solo redefinió el género de terror, sino que dio forma al horror cósmico tal y como lo conocemos hoy día.

Porque aquí no hay vampiros sedientos de sangre, asesinos en serie ni casas encantadas construidas sobre un cementerio indio. Solo una expedición científica a la Antártida, un continente prácticamente inexplorado y un descubrimiento que jamás debería haber salido a la luz. A partir de ahí, Lovecraft construye una historia en la que el miedo no nace de los sobresaltos, sino de la inquietante sensación de que el ser humano ocupa un lugar ridículamente pequeño en un universo que existía mucho antes que nosotros… y que seguirá ahí mucho después de que desaparezcamos.

Casi cien años después de su publicación, la novela sigue siendo una de las obras más influyentes de la literatura fantástica y de terror. Su huella puede encontrarse en películas, videojuegos, juegos de mesa y novelas de todo tipo, demostrando que algunas pesadillas nunca pasan de moda.

Una expedición que sale regular

La historia comienza cuando el geólogo William Dyer decide contar públicamente una experiencia que ha mantenido en secreto durante años. Su objetivo no es hacerse famoso ni vender libros, sino impedir que una nueva expedición científica viaje a la Antártida y repita los mismos errores que cometió la suya. Desde las primeras páginas queda claro que lo ocurrido fue tan espantoso que ni siquiera los descubrimientos científicos más importantes justifican volver allí.

Todo empezó de forma aparentemente rutinaria. La Universidad de Miskatonic organizó una expedición para explorar regiones inexploradas del continente helado, estudiar su geología y realizar perforaciones en busca de fósiles y muestras de roca. Sin embargo, tras atravesar una gigantesca cordillera desconocida, uno de los equipos descubre unos extraños cuerpos perfectamente conservados bajo el hielo. No parecen animales, tampoco plantas, y mucho menos seres humanos. Son criaturas con una anatomía imposible, tan antiguas que desafían todo lo que la ciencia creía saber sobre el origen de la vida.

Poco después se pierde el contacto con el campamento avanzado. Cuando Dyer y varios compañeros llegan para investigar, encuentran un escenario propio de una película de terror: cadáveres mutilados, perros despedazados y los misteriosos seres desaparecidos. Sin saberlo, acaban de cruzar un punto de no retorno. Lo peor no era aquello que habían encontrado bajo el hielo, sino lo que todavía permanecía oculto más allá de aquellas montañas gigantescas.

Los Antiguos y el nacimiento del horror cósmico

Si hay algo que distingue En las montañas de la locura del resto de novelas de terror es que los monstruos no son el verdadero problema. De hecho, Lovecraft consigue algo muy curioso: cuanto más descubrimos sobre los Antiguos, menos parecen simples criaturas monstruosas. A través de los bajorrelieves que decoran la inmensa ciudad abandonada, Dyer y Danforth reconstruyen su historia y descubren que fueron una civilización increíblemente avanzada, llegada a la Tierra millones de años antes de que existieran los seres humanos. Construyeron ciudades imposibles, dominaron la biología hasta crear vida artificial y levantaron un imperio cuando nuestro planeta era un lugar completamente distinto.

Esa revelación cambia por completo la perspectiva del lector. De repente, la humanidad deja de ocupar el centro de la historia. Los seres humanos ya no son los protagonistas del universo, sino una especie reciente, insignificante y completamente ajena a la verdadera historia del planeta. Esa idea era revolucionaria para la época y es la base de lo que hoy conocemos como horror cósmico: un tipo de terror en el que el miedo no nace de un monstruo que quiere matarte, sino de comprender que el universo es inmenso, aterrador e indiferente y que nuestra existencia tiene poquita importancia.

Por eso los Antiguos son mucho más interesantes que aterradores. No son demonios ni villanos clásicos. Son exploradores, científicos y constructores que, igual que los humanos, acabaron siendo víctimas de fuerzas que escapaban a su control. Incluso llegan a despertar cierta compasión cuando comprendemos cómo terminó su civilización.

Y luego están los shoggoths. Esos sí representan el auténtico horror. Creados por los propios Antiguos como simples esclavos biológicos, acabaron desarrollando inteligencia y rebelándose contra sus creadores. Lovecraft plantea así una idea inquietante: incluso una civilización capaz de dominar un planeta entero puede desaparecer cuando cree controlar fuerzas que en realidad la superan. Una lección que convierte En las montañas de la locura en mucho más que una novela de monstruos. Es una historia sobre la arrogancia del conocimiento y sobre lo pequeña que resulta la humanidad cuando levanta la vista hacia un universo infinitamente más antiguo que ella.

Un legado que sigue on fire casi un siglo después

No hace falta haber leído En las montañas de la locura para haber disfrutado de su influencia. La novela se publicó en 1936 y, desde entonces, ha dejado una huella gigantesca en la literatura, el cine, los videojuegos e incluso los juegos de mesa. Gran parte de las historias modernas sobre expediciones que descubren ruinas imposibles, civilizaciones perdidas o criaturas ancestrales beben directamente de las ideas que Lovecraft desarrolló aquí.

Uno de los ejemplos más evidentes es La cosa (The Thing), tanto la película de John Carpenter como el relato original de John W. Campbell. Aunque las criaturas son diferentes, ambas comparten el aislamiento de la Antártida, la sensación de que algo incomprensible ha permanecido enterrado durante miles de años y el miedo constante a enfrentarse a una forma de vida que desafía cualquier explicación científica. Tampoco cuesta encontrar ecos de la novela en la saga Alien, donde explorar un mundo desconocido acaba convirtiéndose en una pesadilla, o en videojuegos como Bloodborne, que transforma el horror cósmico en una experiencia jugable.

Los aficionados a los juegos de mesa también llevan décadas conviviendo con las ideas de Lovecraft. Títulos como Arkham Horror o Eldritch Horror han convertido a los Primigenios y al horror cósmico en parte de la cultura popular, acercando este universo a miles de jugadores que quizá nunca hayan abierto una de sus novelas.

Curiosamente, una de las adaptaciones que más ilusión despertó jamás llegó a realizarse. Durante años, Guillermo del Toro intentó llevar En las montañas de la locura al cine con un presupuesto gigantesco y Tom Cruise como protagonista. Sin embargo, el proyecto terminó cancelándose por su elevado coste y porque los estudios consideraban demasiado arriesgada una película de terror con un final tan poco convencional. Una pena.

¿Sigue dando miedo casi un siglo después?

La respuesta corta es: Sí, joder! Aunque no de la forma que muchos esperan. En las montañas de la locura no es una novela llena de sustos constantes ni de escenas frenéticas. Lovecraft se toma su tiempo para describir paisajes, fósiles, edificios y cada detalle de la expedición, algo que puede hacerse pesado para algunos lectores acostumbrados al estimulo constante tik tokero. Sin embargo, esa lentitud tiene un propósito: hacer que el descubrimiento de la ciudad y de los Antiguos resulte mucho más creíble e inquietante.

Y es por eso que la novela ha envejecido tan bien. Porque el verdadero miedo nunca estuvo en los monstruos, sino en la idea de que la humanidad no es el centro del universo y de que existen fuerzas y civilizaciones tan antiguas que nuestra historia apenas significa nada para ellas. Casi cien años después, esa sensación sigue siendo igual de perturbadora, y su influencia continúa viva en películas, videojuegos y novelas de todo tipo. Y es que como dijo Otto de los Simpson:  ¡Hay cosas que es mejor que el hombre no las sepa, tío!

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