Hay personajes históricos que parecen haber sido creados por un guionista después de pasarse una noche con el orujo. Gente tan absurda, tan exagerada y tan increíble que, si aparecieran en una novela o una serie, probablemente diríamos que el autor se ha venido muy arriba. Ahí está Mad Jack Churchill, el oficial británico que luchó contra los nazis armado con arco largo, espada escocesa y una gaita porque consideraba poco elegante ir a la guerra sin ellas. O Diego García de Paredes, el “Sansón de Extremadura», cuyas hazañas eran tan descomunales que cuesta distinguir dónde acaba la realidad y empieza la leyenda. Y qué decir de Olga de Kiev, una princesa cuya venganza contra los asesinos de su marido fue tan brutal y creativa que haría sonrojar a Hannibal Lecter.
Pues bien, incluso comparado con semejante colección de tarados, Mitrídates VI del Ponto consigue destacar. Y es que estamos hablando de un rey que pasó media vida inmunizándose contra el veneno tomando pequeñas dosis todos los días, que se cargó a prácticamente todos sus parientes cercanos, que asesinó a un sobrino ocultando un puñal en los genitales, que puso al Imperio romano contra las cuerdas durante casi treinta años y que terminó protagonizando una de las muertes más irónicas de toda la Antigüedad: intentó suicidarse con veneno… y no pudo porque ya se había vuelto inmune.
Y lo mejor de todo es que no estamos hablando de una leyenda medieval ni de un héroe mitológico. Ocurrió de verdad de la buena. Bueno, al menos en la medida en que podemos confiar en unas fuentes antiguas que solían tomarse bastantes licencias creativas. Y es que, si George R. R. Martin hubiera presentado este personaje a su editor, probablemente le habría dicho que rebajara un poco el tono: nadie iba a creerse una historia así de loca.
El niño que aprendió que confiar está sobrevalorado
Hay personas que se vuelven desconfiadas por una mala experiencia. Mitrídates VI tuvo bastantes de estas a lo largo de su infancia: prácticamente todos sus parientes parecían empeñados en matarlo. Cosas de familia. Desde muy joven aprendió que, en la corte del reino del Ponto, las sonrisas solían tener trampa y una copa de vino podía contener algo mucho más peligroso que el alcohol.
Su padre, Mitrídates V, murió envenenado durante un banquete, un final tan habitual entre los reyes de la Antigüedad que podría catalogarse como muerte natural. Nunca se descubrió al responsable, aunque algunas fuentes antiguas señalan a su propia esposa, la madre de nuestro querido protagonista. Con el heredero todavía adolescente, ella asumió la regencia, pero Mitrídates tenía la mosca detrás de la oreja y empezó a sospechar que él sería el siguiente.
Convencido de que su vida corría peligro, huyó de la corte y pasó varios años oculto en las montañas, sobreviviendo gracias a la caza y endureciendo tanto su cuerpo como su carácter. Aquella experiencia lo marcaría para siempre. Su padre había sido asesinado y él ya se olía la tostada de que podía ser el siguiente, por lo que no resulta extraño que desarrollara una obsesión casi enfermiza por los venenos y las conspiraciones.
Cuando reunió suficientes apoyos, regresó para reclamar el trono. Recuperó el poder, encarceló a su madre y apartó del camino a cualquiera que pudiera disputarle la corona. Había sobrevivido porque desconfiaba de todo el mundo, y esa sería la norma que guiaría el resto de su vida. Una decisión que, con el tiempo, lo convertiría tanto en uno de los hombres más brillantes de la Antigüedad como en uno de los más temidos.

El hombre que desayunaba veneno
Si algo obsesionaba a Mitrídates era el veneno y con razón. Así que decidió enfrentarse al problema de una manera muy creativa: empezó a envenenarse voluntariamente. Cada día ingería pequeñas cantidades de distintas sustancias tóxicas con la esperanza de que su organismo se acostumbrara a ellas. La idea era sencilla: si conseguía desarrollar resistencia, un intento de asesinato mediante este sistema tendría muchas menos posibilidades de éxito. Una estrategia bastante menos absurda de lo que parece.
Su interés fue mucho más allá de protegerse. Mitrídates reunió médicos, botánicos y especialistas de todo su reino para estudiar plantas venenosas, animales tóxicos y posibles antídotos. De aquellas investigaciones nació el famoso mithridatium, una compleja mezcla de decenas de ingredientes que durante siglos fue considerada uno de los remedios más eficaces contra los envenenamientos. Incluso los romanos, sus grandes enemigos, acabarían adoptando y perfeccionando la receta.
Y es que la fama del rey llegó a ser tan grande que su nombre dio origen a un término que todavía se utiliza hoy: mitridatismo, el proceso de desarrollar resistencia a un veneno mediante la exposición repetida a pequeñas dosis. Es uno de esos pocos casos en los que una persona de hace más de dos mil años ha terminado dando nombre a un concepto científico. Casi nada.
Una familia que haría palidecer a los Lannister
La obsesión de Mitrídates por las conspiraciones no desapareció cuando se convirtió en rey. De hecho, fue a peor. Una de las historias más conocidas cuenta que, tras una larga campaña militar, regresó a la corte y, al reunirse con su familia, cuando se puso a contar a sus chiquillos, descubrió que había un niño más de los que recordaba. Y es que, mientras él combatía lejos de casa, su esposa, Laódice, convencida de que el rey había muerto, había iniciado relaciones con varios nobles de la corte e incluso había dado a luz a un hijo cuya paternidad resultaba, como mínimo, sospechosa. Cuando Mitrídates se puso a echar cuentas, vio que las fechas no cuadraban.
La situación empeoró cuando el rey descubrió que, además de la infidelidad, existía un plan para eliminarlo y robarle el trono. Avisado por uno de sus sirvientes, ordenó detener a los implicados y la respuesta fue tan contundente como cabría esperar de alguien que llevaba toda la vida viendo conspiraciones hasta en la sopa: Laódice fue ejecutada junto a sus amantes y colaboradores.
Pero si esa historia parece sacada de una serie de televisión, la siguiente la supera. Poco después, Mitrídates decidió eliminar a Ariárates VII, rey de Capadocia y, además, sobrino suyo. Antes de una batalla ambos acordaron reunirse para negociar. Ariárates, que no se fiaba un pelo de su tío y se barruntaba una traición, ordenó registrar a Mitrídates antes del encuentro. Mientras el guardia lo cacheaba minuciosamente, Mitrídates soltó una frase que ha pasado a la historia: «Ten cuidado, no sea que encuentres otra clase de arma distinta de la que buscas.» El soldado entendió el chiste, dejó de registrar aquella zona y dio por concluida la inspección. Grave error. Mitrídates llevaba un pequeño puñal oculto en los genitales y, cuando ambos quedaron a solas, lo sacó y le dio matarile a su sobrino.

Tocándole las narices a Roma durante treinta años.
Si los romanos acabaron tomándole manía a Mitrídates no fue por sus conspiraciones familiares ni por sus experimentos con pócimas. Lo hicieron porque, durante casi treinta años, fue el enemigo más peligroso al que tuvo que enfrentarse la República romana. Mientras otros reyes eran derrotados en una campaña, el monarca del Ponto sobrevivió a tres de los mejores generales de Roma y estuvo a punto de cambiar el equilibrio de poder en todo el Mediterráneo oriental.
Mitrídates era un gobernante brillante. Hablaba, según las fuentes antiguas, más de veinte idiomas y presumía de poder dirigirse a cada uno de sus pueblos sin necesidad de intérpretes. Además de ser un gran estratega militar, entendía mejor que muchos romanos el valor de la propaganda. Se presentó como el libertador de las ciudades griegas sometidas por Roma y consiguió que miles de personas vieran en él la única esperanza para librarse del creciente dominio romano.
El episodio que terminó de convertirlo en el enemigo público número uno fue la llamada Víspera Asiática. Siguiendo sus órdenes, decenas de miles de ciudadanos romanos e itálicos fueron asesinados de forma coordinada en un solo día por todo Asia Menor. Las cifras varían enormemente según las fuentes, que hablan de entre 80.000 y 150.000 víctimas, pero incluso aceptando que pudieran estar exageradas, el impacto fue enorme. Roma jamás olvidaría aquella escabechina.
A partir de ese momento comenzaron las conocidas como Guerras Mitridáticas. Primero fue Sila quien marchó contra él. Después llegaría Lúculo, que consiguió varias victorias importantes, aunque nunca logró acabar definitivamente con el rey del Ponto. Finalmente sería Pompeyo quien pondría fin al conflicto tras una larga persecución. Tres de los generales más célebres de Roma tuvieron que enfrentarse al mismo hombre, algo que dice mucho del nivel del rival que tenían delante.
Aunque terminó derrotado, Mitrídates logró algo al alcance de muy pocos: obligar a la mayor potencia del mundo a dedicar décadas, enormes cantidades de dinero y algunos de sus mejores ejércitos para acabar con él. Y eso, para un pequeño reino situado a orillas del mar Negro, era una auténtica barbaridad.
Morir no es una cosa sencilla
Después de casi tres décadas desafiando a Roma, la suerte de Mitrídates terminó por agotarse. Pompeyo había destrozado su reino y muchos de sus aliados lo habían abandonado. Incluso varios de sus hijos se rebelaron contra él, encabezados por Farnaces, que acabó arrebatándole el trono. El hombre que había sobrevivido a conspiraciones, guerras y traiciones familiares se encontró, por primera vez, sin salida.
Convencido de que todo estaba perdido y decidido a no convertirse en un trofeo para los romanos, tomó la decisión de suicidarse con veneno, cómo no. Era un final lógico para alguien que había vivido obsesionado con esa forma de asesinato durante toda su vida. Solo había un pequeño problema. No funcionó.
Durante décadas había estado ingerido pequeñas dosis para inmunizarse y, según cuentan las fuentes antiguas, aquello terminó salvándole la vida justo cuando más deseaba perderla. Sus hijas si murieron tras beberlo, pero Mitrídates siguió con vida. Sin otra alternativa, pidió a uno de sus guardaespaldas galos que acabara con él atravesándolo con una espada. Así murió, en el año 63 a. C., el enemigo más persistente de Roma.
Quizá algunas de las historias sobre Mitrídates hayan sido adornadas por las fuentes antiguas. Es posible que nunca sepamos cuántas son completamente ciertas. Pero incluso eliminando las exageraciones, sigue siendo uno de los personajes más extraordinarios de la Antigüedad: un rey que convirtió el miedo en una obsesión, la obsesión en una ciencia y esa misma ciencia en la protagonista de la muerte más irónica de la historia.

La realidad casi siempre supera a la ficción
La vida de Mitrídates VI demuestra que la historia puede ser mucho más extravagante que cualquier novela. Fue un rey obsesionado con los venenos, un estratega capaz de poner contra las cuerdas a Roma durante casi treinta años y un personaje rodeado de traiciones, asesinatos y conspiraciones que parecen inventadas.
Puede que algunas anécdotas hayan sido exageradas por las fuentes antiguas, pero incluso separando la leyenda de la realidad, sigue siendo uno de los personajes más increíbles de la Antigüedad. Al fin y al cabo, no todos los días descubres a un rey que se sacaban puñales de la huevada, dio nombre a un concepto médico y acabó siendo incapaz de suicidarse a pesar de sus empeños.
Si alguien vuelve a decirte que la realidad nunca supera a la ficción, ya sabes qué responderle: Mitrídates VI. Ese tío era un máquina.
Muy original, nunca había escuchado nada sobre este personaje.