Tus zonas erróneas: el libro que lleva 50 años comiéndote la cabeza para que dejes de comerte la cabeza

Hay libros de autoayuda que te prometen convertirte en un follador vividor en una semana, otros que parecen escritos por un listo que sólo quiere venderte la moto y luego está Tus zonas erróneas, uno de los grandes clásicos del género. Publicado por Wayne Dyer en 1976, el libro parte de una idea bastante sencilla: muchas de las cosas que nos hacen desgraciados no vienen de lo que nos ocurre, sino de cómo lo gestionamos, de nuestra forma de pensar y reaccionar y de hasta qué punto dejamos que los demás condicionen nuestra vida.

Dyer llama «zonas erróneas» a esos comportamientos y formas de pensar que terminan jugando en nuestra contra: necesitar constantemente la aprobación de los demás, castigarnos por lo que hicimos en el pasado, preocuparnos por cosas que todavía no han sucedido, definirnos con un resignado «yo soy así», tener miedo a probar algo nuevo o permitir que otras personas decidan cuánto valemos. Su propuesta consiste en identificarlas, dejar de utilizarlas como excusa y asumir una mayor responsabilidad sobre nuestra propia vida. Vamos que hay que dejar de lloriquear como un niño y agarrar a la vida por los cojones.

Casi medio siglo después, muchas de sus afirmaciones parecen escritas para una época dominada por las redes sociales, la necesidad de aprobación y la costumbre de darle cincuenta vueltas a cualquier gilipollez.  

Quiérete un poquito y deja de vivir para los demás

Una de las grandes obsesiones de Dyer es la necesidad de aprobación. Si necesitas que los demás estén de acuerdo contigo, te feliciten o incluso te perdonen para sentirte bien, les estás entregando el mando de tus emociones. No significa convertirse en un ermitaño que manda a todo el mundo a la mierda, sino aprender a disfrutar del cariño y la compañía sin necesitarlos para decidir cuánto vales. Para Dyer, puedes querer que te quieran, pero cuando necesitas que te quieran para estar bien contigo mismo empiezan los problemas.

También insiste mucho en separar nuestro valor de nuestro comportamiento. Puedes equivocarte, hacer el ridículo o tomar una decisión de mierda sin que eso te convierta automáticamente en un mierdas. El error sirve para aprender, no para definirte. De la misma manera, Dyer anima a aceptar aspectos de nosotros mismos que quizá no gusten a los demás y a dejar de sacrificar nuestra personalidad simplemente para encajar o evitar una crítica. Al fin y al cabo, por mucho que lo intentes, es imposible conseguir la aprobación de todo el mundo.

Algo parecido ocurre con todas esas etiquetas que llevamos años poniéndonos: «soy tímido», «soy malo cocinando», «siempre he sido así», «se me da como el culo la física cuántica de partículas». Para Dyer, esos famosos «yo soy» muchas veces son excusas estupendas para seguir haciendo lo mismo y no correr el riesgo de cambiar. El pasado explica quién has sido, pero no tiene por qué decidir quién vas a ser mañana. Su propuesta es sencilla: acéptate, aprende de tus errores, piensa por ti mismo y deja de pedir permiso para ser quien quieres ser. ¡Coño ya!

Deja de preocuparte, sentirte culpable y tener miedo hasta de tu sombra

Para Dyer hay dos maneras estupendas de desperdiciar el presente: sentirse culpable por el pasado y preocuparse constantemente por el futuro. Por mucha culpa que acumules, no vas a cambiar lo que hiciste ayer, así que resulta mucho más útil aprender del error e intentar no repetirlo. Con la preocupación ocurre algo parecido: darle quinientas vueltas a algo que quizá ni suceda. Es más fácil angustiarse que actuar, pero bastante menos útil.

Otro de nuestros grandes frenos es el miedo a lo desconocido. Nos educan para buscar seguridad, evitar riesgos y hacer las cosas correctamente, cuando para Dyer precisamente es fuera de lo conocido donde se produce el crecimiento. No necesitas hacerlo todo perfecto ni saber exactamente adónde vas antes de empezar. Equivocarte no significa que seas un fracasado, simplemente que algo no ha salido bien esta vez. Sin errores tampoco hay demasiado que aprender.

Por eso el libro insiste tanto en actuar. Las cosas rara vez se solucionan solas mientras permaneces sentado rascándote la huevada y esperando una señal del universo. Hay que probar, aprender cosas nuevas, enfrentarse a los miedos y aceptar que algunas decisiones saldrán bien y otras como el culo. Lo importante no es acertar siempre, sino saber levantarse después. Como resume Dyer de una forma bastante difícil de malinterpretar: deja de ser un observador de tu propia vida y conviértete en alguien que hace cosas.

Haz lo que te salga de los cojones… sin tocar demasiado los cojones a los demás

Dyer tampoco siente demasiado cariño por las normas, obligaciones y expectativas sociales que seguimos simplemente porque «siempre se ha hecho así». No todas las reglas sirven para todo el mundo ni en todas las situaciones, y vivir intentando cumplir constantemente lo que esperan de ti es otra forma de entregar el control de tu vida. Su propuesta es pensar por uno mismo, experimentar, arriesgarse y decidir qué consideramos correcto en lugar de buscar continuamente un manual de instrucciones. Incluso recomienda dejar de idealizar a nuestros héroes: son personas que hacen determinadas cosas muy bien, no seres superiores. Sé tú mismo tu propio héroe.

Esto también se aplica a las relaciones. Querer a alguien no debería significar depender de esa persona, sacrificarte constantemente ni intentar convertirla en lo que tú quieres que sea. Una relación sana, según Dyer, permite que cada uno siga siendo quien quiere ser. Para conseguirlo hay que aprender a poner límites, soportar los desacuerdos y aceptar que los demás pueden pensar y comportarse de maneras que no nos gustan. No puedes controlar a todo el mundo, pero sí decidir hasta qué punto permites que sus actos condicionen tu vida.

Y ahí entran la ira, las expectativas y la queja constante. Dyer considera que enfadarse porque alguien no se comporta como esperábamos sirve de bastante poco: la ira no va a transformar mágicamente a la otra persona. Propone rebajar expectativas, aceptar las diferencias e incluso recurrir al humor antes que desperdiciar el presente cabreado. Lo mismo ocurre con las injusticias: hay que combatirlas y luchar por lo que queremos, pero sin permitir que la frustración, la venganza o las acciones de otros gobiernen nuestra existencia. En definitiva, vive como quieras, deja vivir a los demás y procura no pasarte media vida quejándote porque el universo no funciona exactamente como tú habías planeado. Que a nadie le gustan los quejicas.

¿Sigue mereciendo la pena Tus zonas erróneas?

Casi 50 años después, sorprende lo actuales que siguen siendo muchas de las ideas de Tus zonas erróneas. En una época de redes sociales, comparaciones constantes y necesidad de aprobación, aquello de vivir el presente, pensar por uno mismo, asumir nuestros errores y dejar de depender tanto de la opinión ajena son consejos útiles de cojones. Dyer escribe además de forma sencilla y práctica, así que no hace falta tener un máster en psicología para entender por dónde van los tiros.

Eso sí, algunas de sus afirmaciones sobre elegir nuestras emociones, eliminar la ira o decidir ser felices pueden resultar demasiado tajantes. Pero tampoco hay que convertir a Wayne Dyer en Moisés bajando del monte con las tablas de la autoayuda: puedes quedarte con lo que te resulte útil y desechar lo que no. Y si después de leerlo consigues comerte la cabeza un poquito menos, pues mira, el libro ya habrá cumplido su función.

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