Antes de que aparezca algún catedrático dispuesto a golpearme con una edición tapa dura de El Quijote, dejemos una cosa clara: esto es una opinión completamente personal y subjetiva y por tanto debe ser considerada como una verdad incuestionable. Entiendo perfectamente el enorme valor literario, histórico y cultural de estos libros, la influencia que han tenido y por qué están consideradas auténticas obras maestras. No pretendo discutir nada de eso. Pero una cosa no quita la otra: a mí se me hicieron bola.
La Ilíada, La Biblia, Don Quijote, Moby Dick y Los miserables: cinco monumentos de la literatura que tuve los santos cojones de terminar y que mezclan momentos absolutamente brillantes con otros en los que avanzar una página requería más fuerza de voluntad que madrugar un domingo.
La Ilíada: Aquiles, deja de hablar y empieza a repartir hostias de una vez
La Ilíada es una de las obras fundamentales de la literatura occidental y, casi tres mil años después, Aquiles, Héctor, Patroclo o Príamo siguen siendo personajes memorables. Cuando se pone seria tiene momentos brutales: duelos a muerte con espada, dioses metiendo mierda, héroes atravesados de un lanzazo y una visión de la guerra bastante menos gloriosa de lo que uno esperaría de una epopeya heroica.
El problema es llegar hasta esos momentos. Genealogías, discursos larguísimos, descripciones, repeticiones, repeticiones y los famosos epítetos una y otra vez. Aquiles es el de los pies ligeros, Héctor el de tremolante casco, Agamenón el señor de hombres… que sí, Homero, me acuerdo perfectamente de quién coño es Aquiles.
Y luego están los nombres. Te presentan a un guerrero, te cuentan quién era su padre, de dónde venía, dónde echaba la quiniela el abuelo y en qué frutería compraba la tía… para que dos versos después algún desgraciado le clave un lanzazo en el bazo. Especialmente criminal es el Catálogo de las Naves, una interminable enumeración de pueblos, caudillos y contingentes griegos que hoy te da ganas de arrancarte los ojos.
Todo esto tiene explicación: La Ilíada procede de una tradición oral donde fórmulas, repeticiones y epítetos ayudaban a construir y recordar los versos. Culturalmente es fascinante. Eso no hace que deje de ser un coñazo. Porque cuando deja de pasar lista y se concentra en Aquiles, Héctor y la guerra de Troya, La Ilíada es cojonuda. El problema es que Homero te obliga a ganártelo con sudor y lágrimas.

La Biblia: el 5% que todos conocemos y un 95% de relleno
Aquí probablemente me meto en un jardín todavía más grande, en el del Edén concretamente. Así que repito: hablo únicamente de mi experiencia como lector, no de su enorme valor religioso, histórico o cultural. Ahora bien: leerla entera se me hizo más largo que la caminata de cuarenta años por el desierto de Moisés y sus compas.
Porque antes de leerla uno tiene en la cabeza una especie de Grandes éxitos de la Biblia: Adán y Eva, Caín y Abel, Noé y el diluvio, David contra Goliat, Sansón reventando filisteos, Sodoma y Gomorra, Jonás y la ballena, Jesús haciendo milagros, la crucifixión, la resurrección… Y esas partes molan. Molan mogollón. Hay asesinatos, traiciones, guerras, plagas, milagros, sexo, venganzas y situaciones absolutamente demenciales. El problema es que representan un porcentaje sorprendentemente pequeño del total.
Entre medias te esperan genealogías de fulano que engendró a mengano que engendró a otro fulano, leyes rituales, normas alimentarias, sacrificios, instrucciones, censos y reiteraciones de cosas que jurarías haber leído ya cincuenta veces. Números se llama así precisamente por los censos que aparecen en el libro. Y luego está Levítico, cuyas normas tendrían todo el sentido religioso y social del mundo en su contexto, pero como lectura recreativa hay momentos en los que tienes ganas de tirarte por la ventana y dejar de sufrir.
El Nuevo Testamento, en comparación, se me hizo mucho más llevadero: es bastante más corto, tiene una narrativa más reconocible y contiene buena parte de los episodios que todos conocemos. Después de sobrevivir a determinadas partes del Antiguo Testamento, aquello es coser y cantar.
Y sí, la Biblia contiene reflexiones morales, filosóficas y humanas que han influido a millones de personas durante siglos. Seguro que puedes sacar enseñanzas valiosas de ella. Pero si alguien me pregunta si la recomiendo como libro de autoayuda para aprender a vivir mejor, ni de coña. Si ese es el objetivo, léete Tus zonas erróneas: tardas muchísimo menos y Wayne Dyer no se enrolla explicándote quién engendró a quién.

El Quijote: más molinos y menos relleno por favor
Aquí puede haber polémica española de la buena. Don Quijote de la Mancha es probablemente la obra más importante de nuestra literatura y una de las novelas más influyentes jamás escritas. Y tiene momentos absolutamente brillantes. El problema es que entre esos momentos Cervantes se toma su tiempo. Muchísimo tiempo.
Porque uno empieza El Quijote esperando molinos de viento, gigantes imaginarios, manteos, palizas, ventas convertidas en castillos y a Sancho intentando que su señor deje de hacer el gilipollas. Y todo eso está ahí y es cojonudo. El humor, además, ha envejecido sorprendentemente bien: cuatro siglos después sigue teniendo escenas genuinamente graciosas y la relación entre Don Quijote y Sancho funciona de maravilla.
Pero luego aparecen las historias intercaladas. De repente Don Quijote y Sancho prácticamente desaparecen para que Cervantes te cuente durante páginas y páginas las desgracias amorosas de gente que acabas de conocer. El curioso impertinente es probablemente el ejemplo más famoso: una novela metida dentro de la novela que puede tener todo el valor literario que quieras, pero yo estaba pensando: Cervantes, ¿podemos volver con el loco y el gordo, por favor?
También hay discursos, poemas, conversaciones eternas y episodios donde parece que todo el mundo tiene una historia que contar antes de dejarte continuar. La segunda parte, al menos para mí, funciona bastante mejor: hay menos historias intercaladas, Don Quijote y Sancho llevan mucho más peso y Cervantes juega de forma sorprendentemente moderna con el hecho de que los personajes ya conocen la existencia del primer libro.
¿Es una obra maestra? Sin ninguna duda. ¿Tiene momentos divertidísimos, inteligentes y adelantadísimos a su tiempo? También. ¿Necesitaba yo conocer la vida y milagros de cada desgraciado que entraba en una venta? Pues quizá no. También se me hizo bola que le vamos a hacer.

Moby Dick: Melville, me importa una mierda cómo funciona una ballena
Moby Dick probablemente sea el ejemplo perfecto de este artículo. Tú empiezas esperando al capitán Ahab recorriendo los océanos como un puto lunático obsesionado con vengarse de la ballena que le arrancó la pierna mientras vive cientos de aventuras. Y cuando la novela va de eso, es magnífica: Ahab tiene un carisma brutal, la atmósfera del Pequod es cojonuda y toda esa obsesión autodestructiva que va arrastrando a la tripulación funciona de maravilla. El problema es que nunca va de eso.
Herman Melville parece empeñado en impedirte disfrutarlo. Al principio de la historia decide que ha llegado el momento de explicarte absolutamente TODO lo que un señor de 1851 sabía —o creía saber— sobre ballenas. Anatomía, especies, esqueletos, grasa, aceite, técnicas de caza, barcos, arpones… Hay capítulos enteros que parecen sacados de una enciclopedia ballenera. Hasta de obras de arte en las que aparecen cetáceos. ¿PERO DE QUÉ VAS HERMAN MELVILLE?
Y no es una exageración: llega a dedicar capítulos a discutir si la ballena es un pez, describir distintas especies como si fueran libros de diferentes tamaños o explicar con detalle qué coño hacen los balleneros con el animal una vez lo han cazado. Todo tendrá su simbolismo, su contexto histórico y las interpretaciones académicas que quieras, pero yo solo podía pensar: Melville, ¿podemos volver por favor al puto Ahab?
Porque debajo de todo ese curso intensivo de cetología hay una historia magnífica sobre la obsesión, la venganza y un hombre dispuesto a llevarse por delante a todo el que le rodea con tal de matar a una ballena. El problema es que para llegar hasta ella tienes que sacarte primero un máster en ballenas. Y lo más cojonudo es que, después de 500 páginas hablando de ella, la puta Moby Dick sólo aparece en las últimas 20. Melville consigue que una ballena que casi no sale sea la protagonista de una novela más larga que un día sin pan. Tiene mérito, el cabrón.

Los miserables: Victor Hugo, ¿podemos volver a la puta historia?
Los miserables tiene probablemente la mejor historia de los cinco libros de esta lista. Jean Valjean es un personajazo, Javert es un antagonista magnífico y toda la persecución entre ambos, la historia de Fantine, Cosette, los Thénardier y las barricadas tiene momentos absolutamente memorables. Cuando Victor Hugo cuenta Los miserables, Los miserables es cojonudo. El problema es que a veces Victor Hugo deja de contar Los miserables.
De repente el autor decide: un momento, antes de continuar necesito explicarte Waterloo. Y te comes una larguísima digresión sobre la batalla y sus consecuencias ético-políticas. Más adelante toca hablar de conventos, religión, política, historia de Francia, arquitectura, las barricadas y, por supuesto, las alcantarillas de París. Porque si alguna vez estabas leyendo una novela sobre un expresidiario perseguido durante años por un policía y pensaste «esto estaría mejor con un ensayo sobre el sistema de saneamiento parisino», Victor Hugo es tu hombre.
Lo peor es que muchas de estas digresiones son interesantes por separado. El problema es que aparecen cuando más metido estás en la historia y quieres saber qué coño pasa con los personajes y te corta todo el rollo. Hugo no te da contexto con un par de párrafos: Hugo secuestra la novela, se pone a dar una conferencia y te la devuelve cuando considera que ya sabes suficiente sobre Francia.
Y cuando vuelve a la trama recuerdas por qué has aguantado: porque la historia es magnífica. Los miserables es una obra maestra que recomendaría sin dudar… sólo que no la recomiendo.

Obras trascendentales que no entran ni con calzador
Que nadie se equivoque: los cinco son monumentos de la literatura y entiendo perfectamente por qué han sobrevivido durante siglos. Tienen personajes, historias e ideas que han influido en generaciones enteras y me alegro de haberlos leído. Pero reconocer su grandeza no significa tener que disfrutar cada puta página. Y estas tienen unas cuantas.
Por supuesto, todo esto no deja de ser mi opinión personal. Podéis estar de acuerdo, podéis pensar que no tengo ni puta idea de literatura o podéis preparar una turba con antorchas digna d ellos Simpson y venir a buscarme. Todas las opiniones son respetables. La mía, además, es sagrada. Los terminé todos, puedo decir que los he leído y no me arrepiento. ¿Los volvería a leer? NI DE PUTA COÑA.