Hay algo chungo en esta casa: cuatro pelis donde nunca sabes qué —o quién— se esconde dentro de tu choza

Una colaboración de Mari Trini (@MoviesArtMT) y Frikarium

Hace un tiempo ya dedicamos un artículo a esas casas del cine en las que sabes que algo no va bien. Películas en las que tu hogar, ese sitio donde se supone que puedes estar tranquilamente comiendo Doritos en gallumbos mientras ves La isla de las tentaciones, se convierte de repente en el último lugar del mundo donde querrías pasar la noche. Pero esta vez vamos un poquito más allá. Porque no hacen falta fantasmas, experimentos alienígenas ni señores flotando por el pasillo para que una casa dé mal rollo. A veces el ser humano da bastante más miedo que cualquier fantasma, y estas cuatro películas se encargan de recordárnoslo.  

Heretic y Barbarian utilizan el terror para convertir hogares aparentemente normales en lugares donde sabes que hay gato encerrado, y cuanto más investigas, menos ganas tienes de encontrarlo. The Apology y Padres, en cambio, tiran más por el suspense psicológico: aquí el problema no son tanto los sótanos, pasadizos y puertas que nadie debería abrir, sino algo potencialmente mucho más peligroso: la gente que conocemos, queremos y dejamos entrar en nuestra vida.

Porque puedes poner tres cerrojos, una alarma, cámaras, un dóberman con muy mala hostia y hasta un foso de cocodrilos rodeando tu parcela. Nada de eso sirve de mucho cuando descubres que el verdadero peligro no estaba intentando entrar. Ya estaba dentro de tu choza.

Heretic (2024): nunca entres en casa de Hugh Grant

En Heretic, dos jóvenes misioneras llaman a la puerta de una casa durante una noche de tormenta. Quien les abre es el señor Reed, interpretado por Hugh Grant, una elección cojonuda para un personaje que poco tiene que ver con ese inglés encantador y achuchable que llevamos décadas viendo en comedias románticas.

Al principio todo parece bastante normal: una casa acogedora, un anfitrión educado y un lugar donde refugiarse de la lluvia. Pero Reed empieza a conducir la conversación hacia la religión, la fe y sus propias ideas, mientras pequeños detalles van dejando claro a las dos jóvenes que salir de allí quizá no sea tan sencillo como entrar. Y ahí está lo realmente interesante de Heretic.

El peligro no es solo lo que pueda esconder la casa, sino el tipo que controla absolutamente todo lo que ocurre dentro. Reed domina la conversación, decide qué información reciben sus invitadas y establece las reglas del juego. Está convencido de haber comprendido una verdad que los demás no ven y utiliza esa supuesta superioridad para conducirlas exactamente hacia donde quiere.

Por eso la casa acaba funcionando casi como un reflejo de su propia mente: un sistema cerrado donde Reed controla las salidas, las opciones y hasta las respuestas. Y la contradicción es cojonuda: critica el dogmatismo mientras construye su propio dogma. Está tan convencido de tener razón como aquellos a quienes pretende desmontar. Así, cuanto más se adentran las protagonistas en la casa, más se adentran también en la lógica retorcida de su propietario. La arquitectura deja de ser simplemente el escenario para convertirse en una prolongación de su necesidad de control. Porque en Heretic lo verdaderamente inquietante no es descubrir qué se esconde detrás de una puerta, sino lo que se oculta en la mente de quien la puso ahí.

Barbarian (2022): el Airbnb con las peores reseñas de la historia

Si en Heretic nos adentrábamos poco a poco en la mente de Reed, en Barbarian vamos a descender hacia algo muy diferente: la historia que la propia casa lleva años escondiendo. Tess llega de noche a una casa de alquiler en Detroit y descubre que ya hay un hombre dentro. Una confusión con la reserva la obliga a decidir si se fía de un completo desconocido y, como espectadores, Zach Cregger consigue que nos hagamos exactamente la misma pregunta: ¿podemos fiarnos de él? Pero la película no tarda en plantearnos otra bastante más jodida: ¿podemos fiarnos de la casa?

Porque cuando Tess sale a la mañana siguiente descubre algo que la oscuridad nos había ocultado: el barrio está prácticamente abandonado. De repente, aquel Airbnb tan apañado ya no parece tan buena oferta. Y aquí Barbarian hace algo curioso con la luz: el día no trae seguridad, sino información. La noche escondía el horror; el amanecer empieza a enseñárnoslo. Ya tratamos esta idea en nuestra colaboración con Claqueta Ácida, Especial Terror Solar, donde hablábamos de como el horror podía existir perfectamente bajo el sol; Cregger utiliza la llegada del día para revelarnos aquello que la noche no nos había dejado ver.

Pero lo verdaderamente chungo está dentro de la casa. Tess empieza a explorar y descubre espacios que no deberían estar ahí. Una puerta conduce a otra parte de la vivienda y entonces comienza un descenso que, como toda decisión inteligente en una película de terror, consiste básicamente en seguir avanzando cuando cualquier persona con dos dedos de frente estaría ya corriendo calle abajo.

Pero ahí está una de las mejores ideas de Barbarian: la casa funciona casi como una excavación. Cada nuevo espacio es otra capa de una historia enterrada. En cierto momento Tess encuentra una habitación con un colchón, un cubo y una cámara. Por separado no hay nada especialmente terrorífico en esos objetos; lo aterrador es imaginar por qué coño están juntos allí. Cregger te entrega las piezas y deja que tu cabeza construya algo bastante peor de lo que necesita enseñarte. Por eso, cuanto más descendemos, más estamos desenterrando el pasado. Si Heretic utilizaba la arquitectura para introducirnos en la mente de su propietario, Barbarian la utiliza para hacernos viajar hacia atrás y descubrir las huellas de quienes estuvieron allí antes.

Porque algunas casas no necesitan estar encantadas para dar miedo. A veces basta con descubrir que llevan demasiado tiempo guardando algo que nunca debimos encontrar.

The Apology (2022): cuando el pasado llama, no abras

Después de todo lo que escondía la casa de Barbarian, The Apology nos lleva a un terreno bastante diferente. Aquí no necesitamos pasadizos secretos ni criaturas escondidas en las profundidades. Basta con algo mucho más humano y difícil de enterrar: el pasado.

Darlene lleva veinte años viviendo con la desaparición de su hija Sally. Su casa debería ser su refugio, un lugar rodeado de recuerdos donde sentirse protegida, pero durante una noche aparentemente tranquila una visita inesperada hará que todo aquello que llevaba años intentando mantener bajo control vuelva a llamar literalmente a su puerta.

The Apology es mucho más teatral y psicológica que las anteriores y prácticamente toda la acción sucede dentro de la vivienda. Pero la casa no está ahí simplemente porque había que rodar la película en algún sitio. Empezamos en la cocina, un espacio cotidiano y familiar, y poco a poco avanzamos hacia lugares cada vez más íntimos hasta terminar en el sótano, donde Darlene conserva recuerdos relacionados con su hija. Y ese recorrido tiene bastante mala leche: cuanto más nos adentramos en la casa, más profundamente nos metemos también en el duelo de Darlene. La vivienda acaba funcionando como un mapa de todo aquello que lleva veinte años sin resolver.

Si en Barbarian íbamos descendiendo para descubrir las huellas materiales de un pasado desconocido, aquí descendemos hacia algo mucho más íntimo: los recuerdos de una familia incapaz de cerrar una herida. Porque puedes guardar cosas en cajas, meterlas en un sótano y pasarte media vida intentando no pensar en ellas, pero eso no significa que hayan desaparecido. Hay cosas que puedes enterrar durante años y que, tarde o temprano, vuelven a llamar a tu puerta.

Padres (2024): hogar, dulce hogar… los cojones

Con Padres volvemos al suspense, pero desde una situación mucho más cercana. La película española de José Ángel Bohollo parte de una pesadilla que ningún padre querría vivir: una madre se enfrenta a la desaparición de su hija sin tener ni idea de qué ha ocurrido. Y aquí no hay pasadizos secretos, sótanos interminables ni habitaciones chungas. El misterio está en las personas y en algo bastante más cotidiano: a quién dejamos entrar en nuestra casa y, con ello, en nuestra intimidad.

La película juega muy bien con nuestras expectativas. Creemos estar ante una historia de secuestro y nuestra atención se dirige inmediatamente hacia una amenaza exterior, mientras el verdadero conflicto se va desarrollando dentro de las paredes de la casa. Nosotros, igual que los personajes, estamos mirando hacia el sitio equivocado.

Además, Padres mezcla suspense y drama con momentos de humor que consiguen que bajemos la guardia cuando quizá no deberíamos. Y mientras todo esto ocurre, la casa adquiere un curioso doble significado: es el hogar donde una familia ha construido su vida, pero también un patrimonio con un valor económico. Una casa tiene un precio; un hogar, para quien vive dentro, vale bastante más. Y esa casa funciona también como fachada de la propia familia. Desde fuera puede parecer que todo está en orden, mientras dentro las relaciones, secretos e intenciones de quienes la rodean son bastante más difíciles de valorar.

Porque quizá el mayor peligro no sea que un desconocido fuerce la puerta de tu casa. A veces lo verdaderamente jodido es descubrir que tú mismo se la abriste, le invitaste a pasar y hasta le sacaste unas cervezas y unos Risketos sabor barbacoa.

Cuando el hogar deja de ser un refugio

Al final, las cuatro películas llegan por caminos diferentes a la misma conclusión: no hace falta que una casa esté encantada para que dé un miedo de cojones. No necesitas fantasmas, demonios ni cadáveres emparedados. A veces basta con las personas que viven dentro, las que estuvieron antes o las que ya no volverán.

Porque nos gastamos una pasta en alarmas y cámaras de seguridad pensando que el peligro siempre viene de fuera. Cerramos la puerta, echamos la llave y nos quedamos tan tranquilos convencidos de que nuestra casa es nuestro refugio.

Pero Heretic, Barbarian, The Apology y Padres vienen a recordarnos algo muy incómodo: el ser humano puede ser mucho más aterrador que cualquier fantasma. Así que esta noche, antes de acostarte, comprueba que has cerrado bien la puerta. Y luego reza para que no haya nada chungo dentro.

Este artículo ha sido escrito a cuatro manos entre Mari Trini Morales y Frikarium.

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