Los siete demiurgos de Kill Six Billion Demons: los gobernantes más fascinantes del cómic

Si has llegado hasta aquí, probablemente ya conozcas el increíble universo de Kill Six Billion Demons. En Frikarium ya hemos hablado de por qué esta obra es una de las fantasías más imaginativas del cómic moderno y también hemos recorrido su cosmología. Pero aún nos quedaba analizar a quienes realmente sostienen ese mundo sobre sus hombros: los Siete Demiurgos.

Cuando hablamos de grandes villanos del cómic solemos pensar en nombres como Joker, Magneto, Darkseid o Thanos. Sin embargo, existe un grupo de personajes que, pese a ser mucho menos conocidos por el gran público, juega en esa misma liga por ambición, complejidad y carisma. Los Siete Demiurgos no son simples enemigos a los que derrotar al final de la aventura, sino gobernantes que llevan siglos moldeando el destino de 777.777 universos, convirtiéndose en algunos de los personajes más fascinantes que ha dado la fantasía moderna.

Lo más interesante es que ninguno nació siendo un dios. Todos fueron mortales que, gracias a las misteriosas Llaves de la Realeza, alcanzaron un poder capaz de desafiar a la propia creación. Sin embargo, cuanto más cerca estuvieron de la divinidad, más esclavos se volvieron de sus propias obsesiones. La riqueza, la belleza, el conocimiento, el orgullo, el orden o la guerra terminaron consumiéndolos hasta convertirlos en el reflejo de aquello que un día pretendían dominar.

Y esa es precisamente una de las grandes genialidades de Kill Six Billion Demons. Los Demiurgos no representan simplemente siete personajes distintos, sino siete maneras completamente diferentes de entender el poder. Analizarlos es comprender por qué el universo de Abbadon resulta tan rico y, sobre todo, por qué Allison no solo tiene que enfrentarse a siete reyes… sino a siete ideas distintas sobre lo que significa convertirse en un dios.

¿Qué significa ser un demiurgo?

Cuando oyes la palabra «demiurgo», probablemente imaginas a un dios todopoderoso que creó el universo. En Kill Six Billion Demons, sin embargo, el término significa algo muy distinto. Los siete Demiurgos no nacieron siendo divinos ni heredaron su poder por derecho. Todos fueron mortales que, en algún momento de la historia, consiguieron hacerse con una de las Llaves de la Realeza, fragmentos del inmenso poder del legendario conquistador Zoss.

Gracias a esas llaves lograron derrotar a los antiguos gobernantes del cosmos y repartirse el control de 777.777 universos. Desde entonces gobiernan desde Throne, la ciudad situada en el centro de la creación, donde mantienen un equilibrio tan frágil como violento. Aunque cada uno controla un inmenso imperio y posee un poder capaz de alterar la realidad, ninguno gobierna de la misma manera ni persigue los mismos objetivos.

Y ahí es donde Abbadon demuestra lo bien escritos que están estos personajes. En lugar de crear siete villanos que solo compiten por ser el más fuerte, convierte a cada Demiurgo en una forma diferente de entender el poder. Algunos intentan imponer un orden perfecto. Otros viven esclavizados por la riqueza, la belleza o el conocimiento. Incluso hay quien llega a la conclusión de que la única forma de salvar el universo es destruirlo por completo.

Por eso resulta tan difícil elegir un favorito. Los Demiurgos no destacan únicamente por su diseño, sus habilidades o sus combates, sino porque cada uno representa una visión completamente distinta de cómo debería gobernarse el universo. Y, curiosamente, ninguno parece haber encontrado la respuesta correcta.

Mottom y Mammon: cuando el poder no consigue vencer al miedo

A primera vista resulta difícil encontrar dos personajes más distintos. Mottom es una reina obsesionada con la belleza y la juventud, rodeada de lujo, jardines imposibles y un ejército dispuesto a obedecer cualquiera de sus órdenes. Mammon, en cambio, es un anciano dragón gigantesco que acumula montañas de oro en una cámara inmensa y apenas abandona su trono. Sin embargo, ambos comparten exactamente el mismo problema: viven aterrorizados por la idea de perder aquello que más valoran.

En el caso de Mottom, ese miedo tiene nombre propio: el paso del tiempo. Durante siglos ha recurrido a métodos cada vez más crueles para conservar una juventud artificial, convencida de que su poder desaparecerá en el mismo instante en que deje de ser hermosa. Cuanto más intenta escapar de la vejez, más esclava se vuelve de ella. Su reino, construido sobre el lujo y la apariencia, termina reflejando esa misma obsesión por ocultar cualquier signo de decadencia.

Mammon representa el extremo opuesto. Fue uno de los conquistadores más temibles del universo, pero los siglos han terminado convirtiéndolo en un anciano agotado que apenas recuerda por qué empezó a acumular riquezas. Posee más oro del que cualquier ser podría gastar en millones de vidas y, aun así, es incapaz de desprenderse de una sola moneda. El tesoro que un día simbolizó su poder acaba transformándose en una prisión de la que él mismo no sabe escapar.

Lo fascinante es que ninguno de los dos fue derrotado por un enemigo más fuerte. Su verdadero adversario siempre estuvo dentro de ellos. Mottom nunca logró aceptar que todo envejece. Mammon jamás entendió que llega un momento en el que tener más deja de significar vivir mejor. Y ahí aparece una de las grandes ideas de Kill Six Billion Demons: alcanzar un poder casi infinito no elimina los miedos humanos. Simplemente les da un trono desde el que gobernar.

Solomon David e Incubus: el orden frente al ego

Si Mottom y Mammon representan el miedo, Solomon David e Incubus representan dos formas completamente opuestas de entender el poder. Ambos son guerreros extraordinarios, ambos han construido imperios inmensos y ambos están convencidos de que su visión es la única capaz de traer estabilidad al universo. Sin embargo, el camino que han elegido para conseguirlo no podría ser más diferente.

Solomon David gobierna mediante el orden, la disciplina y la perfección. Su reino funciona como un mecanismo impecable donde cada persona conoce su lugar y la ley está por encima de cualquier individuo. Es un gobernante admirado por muchos de sus súbditos porque, a diferencia de otros Demiurgos, realmente intenta construir una sociedad próspera y estable. El problema es que esa búsqueda de la perfección termina convirtiéndose en una obsesión. En su mundo apenas queda espacio para el error, la espontaneidad o la libertad, como si un universo perfecto solo pudiera existir eliminando todo aquello que lo hace humano.

Incubus representa justo lo contrario. Si Solomon cree en las reglas, Incubus solo cree en sí mismo. Para él, el poder pertenece a quien tiene la fuerza suficiente para imponer su voluntad, sin importar las consecuencias. Es carismático, manipulador y despiadado, un personaje que disfruta demostrando constantemente que está por encima del resto. Mientras Solomon sacrifica la libertad para mantener el orden, Incubus sacrifica cualquier principio moral con tal de alimentar su propio ego.

Lo interesante es que Abbadon evita presentar a uno como el bueno y al otro como el malo. Ambos son víctimas de la misma obsesión: la necesidad de demostrar que su forma de gobernar es la correcta. Solomon termina convirtiéndose en prisionero de unas normas imposibles de cumplir, mientras que Incubus acaba consumido por un orgullo que nunca deja de exigirle más poder. Dos caminos completamente distintos que, al final, conducen al mismo destino: descubrir que gobernar un universo es mucho más fácil que gobernarse a uno mismo.

Jadis y Gog-Agog: cuando dejar de ser humano también tiene un precio

Si Solomon David e Incubus representan dos formas opuestas de ejercer el poder, Jadis y Gog-Agog parecen haber abandonado directamente cualquier forma de humanidad. Son, posiblemente, los dos Demiurgos más difíciles de comprender durante una primera lectura, pero también algunos de los más fascinantes.

Jadis posee un conocimiento absoluto. Conoce el pasado, el presente y el futuro, y comprende el funcionamiento del universo mejor que ningún otro ser vivo. Lo que para cualquiera sería el mayor de los dones, para ella acaba convirtiéndose en una condena. Si todo está escrito y ya conoces el desenlace de cada conversación, de cada guerra y de cada decisión, ¿qué sentido tiene actuar? Su inmenso poder la transforma en un personaje casi inmóvil, atrapado por una verdad que le impide cambiar el curso de los acontecimientos.

Gog-Agog es el extremo contrario. No busca comprender el universo, sino convertirse en él. Su cuerpo puede multiplicarse hasta el infinito y extenderse por incontables mundos, haciendo que la idea de un individuo deje prácticamente de existir. Es uno de los personajes más extravagantes de toda la obra y, al mismo tiempo, uno de los más inquietantes. ¿Qué ocurre cuando alguien deja de ser una persona para convertirse en millones? ¿Sigue existiendo una identidad propia o acaba desapareciendo entre la multitud?

Lo más interesante es que ambos representan dos formas distintas de renunciar a uno mismo. Jadis pierde su libertad porque lo sabe absolutamente todo. Gog-Agog porque ha dejado de distinguir dónde termina ella y dónde empiezan los demás. Una vive prisionera del destino; la otra ha diluido su identidad hasta casi hacerla desaparecer. Dos caminos completamente diferentes que vuelven a demostrar la misma idea que persigue a todos los Demiurgos: el poder absoluto siempre exige un precio, y casi nunca merece la pena pagarlo.

Jagganoth: el rey que decidió destruir el universo para salvarlo

Si los otros seis Demiurgos representan distintas formas de ejercer el poder, Jagganoth va un paso más allá. No quiere gobernar mejor que los demás. Ni siquiera quiere sustituirlos. Su objetivo es mucho más radical: destruir por completo el universo y acabar con el ciclo de sufrimiento que lleva repitiéndose desde el principio de la creación.

A primera vista parece el típico villano invencible obsesionado con la guerra. Su enorme tamaño, su fuerza descomunal y su aspecto casi apocalíptico hacen pensar que estamos ante un personaje cuyo único lenguaje es la violencia. Sin embargo, conforme avanza la historia descubrimos que sus motivaciones son mucho más complejas. Jagganoth ha comprendido que el universo está atrapado en un ciclo interminable de conquista, muerte y destrucción donde cada nuevo rey termina repitiendo exactamente los mismos errores que el anterior. Para él, ese sistema no puede reformarse. Solo puede desaparecer.

Eso convierte a Jagganoth en uno de los antagonistas más interesantes del cómic moderno. El lector no comparte sus métodos, pero sí entiende perfectamente por qué ha llegado a esa conclusión. Después de contemplar durante incontables ciclos cómo la historia vuelve a repetirse una y otra vez, destruir el tablero empieza a parecerle la única forma de terminar la partida. Es una idea aterradora… precisamente porque resulta sorprendentemente lógica.

Y quizá esa sea la mayor virtud del personaje. Jagganoth no lucha porque disfrute matando, ni porque ansíe el poder, ni porque quiera gobernar sobre las ruinas del universo. Lucha porque está convencido de que no existe otra salida. En un mundo donde casi todos los Demiurgos intentan conservar lo que tienen, él es el único que está dispuesto a sacrificarlo absolutamente todo. Y eso lo convierte, no solo en el enemigo más peligroso de Allison, sino también en el más trágico y complejo de los siete reyes.

¿Qué tienen en común los siete reyes?

A simple vista, los Siete Demiurgos parecen no tener absolutamente nada en común. Uno gobierna mediante la disciplina, otro vive obsesionado con la juventud, otro ha hecho del conocimiento su prisión y otro solo encuentra sentido a la existencia a través de la guerra. Sin embargo, cuanto más conoces su historia, más evidente resulta que todos cometieron el mismo error: confundieron el inmenso poder de las Llaves de la Realeza con el verdadero significado de ser un rey.

Y esa es una de las ideas más brillantes de Kill Six Billion Demons. Ningún Demiurgo fue derrotado por un enemigo más fuerte que él, sino por sus propias obsesiones. El poder no los corrompió; simplemente magnificó aquello que ya llevaban dentro. Por eso, aunque gobiernen 777.777 universos y sean considerados dioses por millones de seres, ninguno ha conseguido alcanzar la auténtica Realeza de la que hablan las enseñanzas de YISUN. Y entender por qué fracasaron todos es, precisamente, el primer paso para comprender la verdadera filosofía que esconde esta extraordinaria obra.

Sería muy fácil reducir a los Siete Demiurgos a una colección de enemigos cada vez más poderosos, pero eso sería quedarse únicamente en la superficie. Lo que hace tan especiales a estos personajes no son sus ejércitos, sus habilidades o las impresionantes batallas que protagonizan, sino el hecho de que cada uno representa una forma distinta de afrontar el poder y sus consecuencias. Todos alcanzaron aquello que cualquier mortal habría deseado y, sin embargo, ninguno encontró la paz. Cuanto más cerca estuvieron de convertirse en dioses, más evidente resultó que seguían siendo profundamente humanos.

Mucho más que siete villanos

Esa es una de las grandes genialidades de Kill Six Billion Demons. Los Demiurgos no están escritos para que el lector elija cuál es el más fuerte, sino para preguntarse cuál es el más trágico, cuál tomó las peores decisiones o cuál estuvo más cerca de comprender qué significa realmente ser un rey. Y, aunque algunos resulten mucho más carismáticos que otros, todos cumplen una función imprescindible dentro de la historia y ayudan a construir uno de los grupos de gobernantes más memorables que ha dado el cómic moderno.

Pero comprender de verdad a los Demiurgos implica dar un paso más. Muchas de sus decisiones, obsesiones y fracasos nacen de las enseñanzas de YISUN, de las paradojas sobre las que se construye este universo y de una filosofía que convierte a Kill Six Billion Demons en mucho más que una historia de fantasía. Precisamente de todo ello hablaremos en el próximo artículo del especial, donde analizaremos la sorprendente filosofía que esconde esta extraordinaria obra y por qué sigue dando tanto que pensar mucho después de cerrar el cómic.

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