Durante años, muchos chavales de instituto fuimos obligados a leer El árbol de la ciencia, la historia de Andrés Hurtado, un señor intensito que pensaba tanto sobre el sentido de la vida que terminaba con el cerebro fundido. Y sí, este estudiante de medicina es el protagonista absoluto de la obra: representa la angustia intelectual, el nihilismo, el agotamiento espiritual de la España de finales del XIX y principios del XX. Pero cuanto más se relee la novela, más evidente resulta que el mejor personaje de la obra es Lulú, una mujer moderna, incómoda y explosiva, con más verdad que todos los filósofos de la obra juntos.
Porque Andrés piensa mucho, sí, pero Lulú entiende la vida. Y Baroja, que podía ser muchas cosas, pero no era tonto, lo sabía perfectamente.
Lo fascinante es que el personaje aparece casi sin hacer ruido. Andrés la conoce a través de un amigo y empieza a frecuentar la casa casi como quien no quiere la cosa. Pero poco a poco Lulú se convierte en el verdadero centro moral e intelectual de la novela. No porque sea una intelectual que pronuncie grandes discursos filosóficos, sino porque tiene algo muchísimo más peligroso: sinceridad. Mientras toda la sociedad vive obsesionada con las apariencias, el honor y el qué dirán, ella se dedica a decir exactamente lo que piensa con una tranquilidad que debió provocar mini infartos morales en más de un lector de la época.
Lulú y el feminismo antes de que existiera la palabra “empoderada”
Uno de los errores más repetidos sobre Lulú es pensar que representa únicamente “la vida” frente a “la ciencia” de Andrés. Esa lectura se queda cortísima. Este personaje no funciona simplemente como complemento femenino del protagonista masculino, sino como un personaje autónomo, complejo y profundamente contradictorio. Es decir: Baroja no escribió “la novia del filósofo triste”. Escribió una mujer que piensa, analiza y cuestiona el mundo desde dentro de una sociedad que prácticamente no permitía a las mujeres hacerlo.
Y ahí está la verdadera modernidad del personaje. Lulú trabaja, opina, ironiza sobre el matrimonio, cuestiona la moral sexual y desprecia la hipocresía social con una naturalidad insultante. Lo brutal es que no habla como una heroína romántica idealizada; habla como alguien que ha visto demasiado. Cuando afirma: “Cada cual debe hacer lo que quiera” no está soltando una frase simpática de personaje rebelde. Está dinamitando toda la estructura moral de la España burguesa. Porque la sociedad de la época no toleraba que una mujer defendiera el deseo individual por encima de las normas sociales. Y mucho menos una mujer pobre, trabajadora y sin posición privilegiada.
Pero Lulú va más allá todavía. La idea realmente demoledora llega después: “A ella no le parecían mal el adulterio, ni los vicios, ni las mayores enormidades; lo que le molestaba era la doblez, la hipocresía, la mala fe.”
Ahí Baroja mete una idea increíblemente moderna: la ética no depende de las apariencias ni de las reglas sociales, sino de la honestidad. Para Lulú, el verdadero pecado no es el deseo ni el error humano. Es fingir. Mentir. Representar un papel moral mientras se vive de otra manera.

La mujer que hablaba demasiado claro para su época
Lo más incómodo de Lulú no es solo lo que piensa, sino la manera en que lo dice. Habla sin filtros, sin dramatismo y sin pedir permiso. Hay momentos en los que parece disfrutar escandalizando a los demás, sobre todo porque comprende perfectamente el mecanismo hipócrita de la sociedad que la rodea.
Uno de los diálogos más impresionantes de toda la novela ocurre cuando habla sobre el amor y el matrimonio. Andrés le pregunta si de verdad se iría con un hombre sin casarse, y ella responde:
“Si me quería de verdad, ¡ya lo creo! Aunque me pegara después.”
La frase es durísima. Y precisamente por eso funciona tan bien. Porque mezcla romanticismo, fatalismo y una conciencia brutal de la violencia masculina y de las relaciones humanas. Lulú no es ingenua. No cree en cuentos románticos. Sabe perfectamente que amar puede destruirte, pero aun así considera que vivir algo auténtico merece más la pena que sobrevivir dentro de una mentira respetable.
Y luego remata con otra frase absolutamente barojiana: “Si vivía dos o tres años con ilusión y con entusiasmo, pues eso no me lo quitaba nadie.”
Aquí aparece algo esencial en el personaje: la obsesión por la intensidad. Lulú no busca estabilidad burguesa ni seguridad moral. Busca sentir algo verdadero antes de que la vida la aplaste. Y quizá por eso resulta tan moderna: porque entiende que una existencia vacía pero socialmente correcta sigue siendo una existencia vacía.
“La honra”: Baroja desmontando la moral española a martillazos
Si hay un momento donde el feminismo implícito del personaje se vuelve más salvaje todavía es cuando habla del intento de agresión sexual que sufrió siendo niña. Lo cuenta casi con ironía, destruyendo completamente el concepto tradicional de “honra” femenina: “Gracias que llevaba pantalones y empecé a chillar; si no… estaría deshonrada.”
Lo importante aquí no es solo el trauma, sino el modo en que Lulú revela la hipocresía del sistema moral. La sociedad no se preocupa realmente por el dolor de la mujer; se preocupa por el valor simbólico de su pureza. Y ella lo sabe perfectamente. Por eso añade algo todavía más incómodo:
“Para una mujer que no es guapa, como yo, y que tiene que estar siempre trabajando, como yo, la cosa no tiene gran importancia.” Es una frase devastadora porque mezcla clase social, género y autopercepción. Lulú entiende que el valor de las mujeres en esa sociedad depende de su utilidad estética y moral. Y al mismo tiempo se ríe amargamente de ello. Esa lucidez amarga vuelve a aparecer más adelante, en uno de los comentarios más salvajes de toda la novela, cuando alguien pregunta qué será una niña pequeña y Lulú responde simplemente: “Golfa.”
La frase impacta precisamente porque no funciona como un insulto gratuito ni como una celebración provocadora de la libertad sexual. Suena más bien a una predicción social. Lulú mira a esa niña pobre, criada en un ambiente miserable y sin oportunidades, y parece entender que el mundo ya le ha escrito un destino antes incluso de crecer. Cuando añade: “Así la llevarán en coche, como a la Estrella” la frase se vuelve todavía más amarga, porque deja entrever que, para ciertas mujeres de esa época, convertirse en “golfa” podía ser casi la única vía de escapar de la pobreza y alcanzar una mínima comodidad material. Ahí Baroja convierte una frase aparentemente brutal en una crítica feroz a una sociedad que limita el futuro femenino a la miseria, la dependencia o la explotación disfrazada de ascenso social.

Andrés Hurtado: el hombre que pensaba mucho
Andrés queda fascinado por Lulú porque ella representa algo que él no puede alcanzar solo: una manera humana de vivir. Él analiza constantemente la miseria del mundo hasta quedarse paralizado. Cuanto más entiende, peor vive. El conocimiento le produce angustia, nihilismo y agotamiento moral.
Lulú, en cambio, también comprende la crueldad de la existencia, pero no convierte esa conciencia en una cárcel filosófica. Sigue trabajando, sigue hablando, sigue ironizando y sigue buscando afecto. Por eso la relación entre ambos funciona tan bien durante una parte de la novela: no porque Lulú cure mágicamente a Andrés, sino porque le ofrece algo muchísimo más simple y muchísimo más importante. Compañía. Conversación. Hogar. La posibilidad de descansar un rato de sí mismo.
Y aquí Baroja deja caer una de las ideas más crueles y más hermosas del libro: quizá el ser humano no necesita resolver el sentido de la vida; quizá solo necesita encontrar a alguien con quien soportarla.
La evolución final del personaje es probablemente una de las partes más duras de toda la novela. Algunos estudios distinguen entre una “primera Lulú”, racional, libre e independiente, y una “segunda Lulú”, progresivamente absorbida por el papel tradicional de esposa y madre. Y Baroja convierte esa transformación en una tragedia absoluta.
Cuando Lulú queda embarazada, el personaje empieza a desplazarse desde el espacio de la inteligencia y la autonomía hacia el territorio del cuerpo y la función biológica. La mujer lúcida, irónica y libre termina reducida al sufrimiento físico y a la maternidad frustrada. El hijo nace muerto. Ella cae en depresión y muere poco después. No hay épica maternal. No hay glorificación romántica de la familia. Solo dolor, agotamiento y destrucción.
Es imposible no ver ahí una crítica brutal a los límites que la sociedad imponía a las mujeres modernas. Lulú parecía demasiado inteligente, demasiado libre y demasiado consciente para el mundo que habitaba. Y el final de la novela casi da la sensación de que esa sociedad no sabía qué hacer con una mujer así salvo destruirla.
La verdadera tragedia de El árbol de la ciencia
Cuando Lulú muere, Andrés se suicida. Pero el golpe no consiste simplemente en perder a su esposa. Lo que desaparece con ella es la única prueba de que la vida podía tener algún sentido humano pese al horror del mundo.
Porque Lulú era exactamente eso: una forma imperfecta, contradictoria y profundamente humana de seguir viviendo sin rendirse del todo al vacío.
Y quizá por eso sigue siendo uno de los personajes femeninos más modernos de la literatura española. Porque no es un símbolo perfecto ni una musa idealizada. Es una mujer llena de contradicciones, capaz de hablar de sexo, pobreza, violencia, amor y desesperación con una honestidad que todavía hoy sigue sonando peligrosamente actual.
