Verbolario, de Rodrigo Cortés: el diccionario que demuestra que llevamos toda la vida usando mal las palabras

Pocas cosas parecen más aburridas que leer un diccionario por gusto. De hecho, si alguien me hubiera dicho hace unos meses que recomendara un libro compuesto exclusivamente por definiciones, probablemente lo habría mandado a tomar por saco. Pero entonces apareció Verbolario. Y resulta que Rodrigo Cortés consigue lo que parecía imposible: convertir un diccionario en una colección de chistes inteligentes, aforismos brillantes y pequeñas reflexiones capaces de hacerte reír… y después, dejarte pensando durante media hora.

La idea, sobre el papel, parece una auténtica locura. ¿Quién demonios se compra un diccionario para leerlo por placer? Pues resulta que, cuando las definiciones empiezan a sonar como aforismos, chistes filosóficos o pequeñas bombas de relojería intelectuales, el invento funciona sorprendentemente bien. Porque eso es Verbolario: un libro que consigue que vuelvas a pensar en palabras que llevas utilizando toda la vida. Y cuando eso ocurre descubres algo inquietante: quizá nunca supiste realmente lo que significaban.

Un diccionario que no quiere definir nada

Los diccionarios tradicionales sirven para resolver dudas. Buscas una palabra, lees su significado y continúas con tu vida. Verbolario hace exactamente lo contrario. Buscas una palabra y acabas cuestionándote la existencia.

Rodrigo Cortés no pretende decir qué significa una palabra. Lo que hace es observarla desde un ángulo completamente inesperado. De repente, Dolor deja de ser una sensación desagradable para convertirse en una brillante «opinión del cuerpo». Comedia ya no es un género cinematográfico, sino un «drama visto desde lejos». Y Vacío pasa a ser un maravilloso «solar universal», una definición tan absurda como sorprendentemente precisa.

Lo mejor es que muchas de estas definiciones parecen simples ocurrencias hasta que las relees un par de veces. Entonces empiezan a hacer efecto. Y es que Rodrigo Cortés parece desconfiar del idioma. Su juego consiste en desmontar palabras cotidianas y reconstruirlas de una forma que jamás habríamos imaginado. Algunas son pura poesía. Otras son humor negro. Y unas cuantas parecen escritas por un filósofo que acaba de salir de una sobremesa especialmente larga.

Por ejemplo, definir Amar como «odiar sin mirar», «querer, pero para algo» o «dotar de belleza al feo amado» obliga a detenerse un instante. Lo mismo ocurre cuando afirma que un Afligido simplemente está «triste, pero no tanto como para hacer algo al respecto». O cuando un Enfermo deja de ser alguien con una dolencia para convertirse en un «sano con matices».

Y luego están esas definiciones que parecen un chiste y terminan describiendo mejor la realidad que cualquier manual:

Egoísta: «Generoso consigo mismo.»

Intolerante: «Perfeccionista con otros.»

Radical: «Muy metido en lo suyo.»

Es difícil resumir tanto con tan pocas palabras.

Cuando una definición dice más que un ensayo entero

Una de las mayores virtudes de Verbolario es que muchas definiciones contienen más filosofía que libros enteros dedicados al mismo tema. Vivir deja de ser simplemente existir para convertirse en «salir de una para meterse en otra», «viajar al futuro» o simplemente «hacer tiempo». Morirse tampoco es un final, sino «devolver al mundo lo que el mundo le dio a uno», «hacer sitio» o incluso «mantener la vida a raya».

Lo mismo sucede con Ser, definido como «estar un buen rato», una frase aparentemente sencilla que encierra una reflexión enorme sobre nuestra propia existencia. Hay otras igual de demoledoras. Meta pasa a ser un «objetivo inalcanzable» o un «fin banal». Satisfacción se convierte en un «hartazgo efímero que precede a una nueva exigencia». Y Perseverar deja de sonar heroico para transformarse en un incómodo «insistir en el error».

Son definiciones que hacen gracia… hasta que empiezan a incomodar. Y es que gran parte del libro funciona porque Rodrigo Cortés escribe los mayores disparates con el tono de quien está explicando una ley física.

Banco pasa a ser una «entidad financiera que pone el dinero de los clientes a salvo de los clientes». Prestar consiste simplemente en «regalar sin saber que se regala». Una Rebaja no es más que el «resultado de escribir junto al precio inicial otro más alto. Y tacharlo luego.»

Y resulta difícil no sonreír cuando descubres que un Kilo es únicamente una «parte sobrante del cuerpo», que un Pito puede definirse como «instrumento irritante» o incluso «instrumento irritable», o que Levantarse no solo significa abandonar la cama, sino también «combatir heroicamente la entropía».

Porque sí. Todos hemos librado esa batalla un lunes por la mañana.

Las mejores son las que parecen una tontería… hasta que piensas diez segundos

Ahí es donde Verbolario alcanza su máximo nivel. La Siesta deja de ser una cabezada para convertirse en el «tráiler del sueño nocturno». Yacer pasa a ser simplemente «tumbarse con estilo». Una Playa es el «borde del mundo clavado al suelo con sombrillas». Un Zombi no es un muerto viviente, sino un «vivo discreto».

Y probablemente una de mis favoritas sea Umbral, definido como ese «término grandilocuente para definir el lugar donde se coloca el felpudo». Son ocurrencias tan ingeniosas que uno termina preguntándose cómo demonios no se le ocurrieron antes.

Ojo. No todas las definiciones buscan la carcajada. Algunas retratan relaciones humanas con una precisión bastante incómoda. Una Madre es esa «autoridad a la que hasta Dios, de forma preventiva, rinde cuentas.» Un Hijo aparece definido como una «pequeña réplica de sus progenitores que tiene como fin último reemplazarlos.» Y una Generación no deja de ser una simple «nueva hornada de gente.»

Tampoco se libra Madurar. Según Rodrigo Cortés puede significar «comer ensalada», «dejar de votar al partido de siempre», «asumir la propia vulgaridad» o desarrollar «una capacidad infinita para estar triste.» No sabría decir cuál de las cuatro definiciones da más miedo.

Hasta la Ñoñez recibe un tratamiento inesperado al convertirse en una «excrecencia delicadísima» o esa «cosita boba que se le queda prendida en la mirada a quien mira a un niño.»

Después de leer Verbolario ya no vuelves a hablar igual

Ese es probablemente el mayor mérito del libro.

Después de leer Verbolario cuesta volver a utilizar ciertas palabras sin acordarte de sus nuevas definiciones. Empiezas a pensar que Alimento no es más que la «futura turgencia del cuerpo». Que el Júbilo puede ser una preocupante incapacidad para gestionar las buenas noticias. Que Rezar quizá no sea otra cosa que «reprobar a Dios», «exigir», «encomendarse a la suerte» o simplemente «murmurar por lo bajo.»

Y cuando una definición consigue quedarse viviendo en tu cabeza mucho después de cerrar el libro, significa que el autor ha hecho algo muy difícil. Ha conseguido que vuelvas a mirar el lenguaje con ojos de principiante. Después de eso, las palabras ya no vuelven a ser exactamente las mismas.

Deja un comentario

Esta página web utiliza cookies   
Privacidad